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domingo, 9 de febrero de 2014

Dos emes en realce (cuarta entrega)

La rutina en la vida de Mariola no se lo parecía pues aunque no era muchacha de risas ni de chascarrillos, ni siquiera de echarse a la calle con cualquier excusa de las que tantas ofrece el mundo de la aguja, ella se lo pasaba bien con las tareas de la casa, las labores sola o con el grupo de amigas, el cine ocasional, las estaciones en Semana Santa, la misa, el aperitivo de los domingos con papá y mamá y, como no, los guateques de domingo por la tarde donde lucían ella y sus amigas sus mejores, galas, armas ofensivas y, como era inevitable, defensivas –aquellos codos clavados en las costillas en las lentas-. Bueno, en realidad Mariola solía ser el equivalente femenino al gordo que se dedicaba a poner los discos, si la importaba o no, si le dolía la perspectiva de ir quedándose atrás como la costurera de trajes de cristianar, si añoraba o no esas charlas furtivas con un muchacho, esos besos robados o tan sólo saberse mirada al pasar por la calle camino de alguna visita, no lo sabía nadie. Es más, a nadie le preocupaba, Mariola era una de esas chicas que se van quedando en la cuneta de la vida, en la casa, con las tareas domésticas, cuidando a los sobrinos, luego a los padres y acaban tiradas en la residencia más barata que la familia pueda encontrar para dejarla esperando, eternamente esperando, sus visitas en vano. ¿Novio Mariola? Si alguien lo planteaba solía ser respondida por un coro de risas que era la propia Mariola quien iniciaba, seguramente como defensa. Era algo que estaba asumido, incluso los padres casi lo preferían, siempre es bueno tener alguien que cargue con los trabajos sucios cuando llegue la hora, así no les faltaría nunca quien les guisase y limpiase, ni a Andrea canguro cuando tuviera que ir a las fiestas de negocios del joyero, ni canguro ni modista gratis, que todo hay que mirarlo; y luego que ella no quedaba tan mal, el piso y la mitad del resto, más la pensión de horfandad. Vamos que era una chica con suerte, para ser tan “poquita cosa”, tan “feucha”, tan “delicada”, tan “buena chica” –que viene a ser lo peor que puede decirse de una amiga en un grupo de chicas-.
Habían empezado a tomarse algo más en serio el ajuar de su hermana y ya iban por el segundo juego de sábanas con un soberbio bordado de tres palmos de ancho en el embozo, cuando Fernando pareció tomarse en serio por fin los estudios y Andrea se tuvo que resignar a guardarle ausencias y a bordar efes en pañuelos de caballero, la pobre nunca ha sido demasiado hábil. Tan sólo se veían los domingos en los itinerantes guateques donde todas se preguntaban para qué tanto esfuerzo, sabiendo como sabían que las joyerías iban a pasar a él, tarde o temprano. Una de las que más censuraba el afán estudiantil era la más íntima de las amigas de Mariola, Inés, que andaba rabiando por que su chico, a pesar de ser funcionario, ni “comía la berza ni la dejaba comer” apareciendo los domingos con algún compañero destinado temporalmente para coquetear con una u otra según le conviniera hasta llegar las lentas, el escurrirse al balcón, para eso la buscaba y ella, entre irritada y derretida, se iba dejando llevar por él. Eso sí, en cuanto él desaparecía le brotaba la lengua más viperina del mundo poniendo a parir con muy poca clase, para el gusto de la discreta Mariola, a cualquier ser vivo o semivivo. El caso es que, como se veía venir, el pollo de Inés fue quien se presentó un domingo que tocaba el guateque en casa de Andrea y Mariola con nuestro Manolo.
Manuel hacía poco que había llegado y era lo que se podría clasificar como un partido de medio pelo, sin un gran porvenir pero con un trabajo para toda la vida, un poco mayor para las señoritas pero no tanto para lo que las viejas castellanas llaman “moza vieja”, demasiado joven para una solterona y demasiado pobre para una viuda de su clase. En realidad ni el uno ni la otra se hicieron mucho caso, ella ocupada en atender a sus invitados y él demasiado atento a la casa y el tronío que pudiera demostrar. Como saben bien quienes lo vivieron no siempre los padres anfitriones se iban al cine, es más, lo normal es que se quedaran ejerciendo de carabinas discretas y, si la casa era lo bastante grande, invisibles. Así Manuel, con su aspecto de joven formal y sus modales melifluos y adaptables, le entró por el ojo derecho al padre de Mariola y poco tardó en trabar con él una conversación ante un coñac. Su hija, mirando la escena desde el tocadiscos se compadeció de aquel joven pues sabía lo pesado que se puede poner un padre, cualquier padre, para los chicos, así que se levantó a rescatarle y llevarle junto a los veinteañeros.
Se podría decir que una cosa trajo la otra y que poco a poco el asunto acabó en boda pero, a fuer de ser sinceros, no fue exactamente así.
En realidad, el pollo a medio asar de Inés no llevó por casualidad a Manuel al guateque aquel domingo frío y lluvioso, aunque no lo supiera, por supuesto. Ante una barra de bar a la hora del café se habla de tantas cosas y se oyen tantas otras, de tras las celosías de los confesionarios se oyen tantas directrices, tantas amenazas y el pasado no se dedicaba sino a traer más. Por otro lado, había un algo indefinible, por así decirlo, un aroma. Sí, esa sensación era lo más parecido a lo que llevó a Manuel al guateque de las amigas de la medio novia del pollo, la tal Inés. Un perfume que venía de la mano de palabras como “joyería”, “pisos”, “Droguería La Mayor”, que flotaban en el aire de aquellas conversaciones insípidas, vacías, a menudo sin ser pronunciadas pero no por ellos menos contundentes en su evanescencia. Además, no tenía nada mejor que hacer aquel domingo de lluvia persistente.
Sería el ojo de sus antepasados para la compra venta de vacas, cerdos y demás ganado o sería el monótono sonido de la lluvia fría con el calor de la casa de Mariola, quizás fuera ese perfume que allí parecía cobrar cierta fisicidad ante los cuadros de buenos marcos, que de pintura no entendía pero antes de ser funcionario había trabajado unos meses en una tienda de marcos y eran caros, carísimos. Ante las porcelanas añejas, las alfombras. Pequeñas cosas que denotaban un antiguo “buen pasar”, sin lujos, sin excesos, un simple “buen pasar” burgués, asentado, que en los últimos siglos no había derrochado un céntimo y que había capeado con hábiles maniobras los zarandeos históricos. Un amigo suyo, castizo él, calificaba este tipo de vida como “Corchera Española”, siempre a flote. Sería el ojo de sus antepasados para la compra venta de vacas, seguramente, o quizás el instinto de primitivo y mal dotado para la supervivencia de aquel primigenio primate que derivó en la especie humana, o incluso el recuerdo de las palabras de su padre espiritual anunciándole la eternidad en el averno, el caso es que apenas vio a Mariola acercarse a rescatarle de su padre que, por cierto, estaba dándole mucho en que pensar, supo que ella era todo cuanto esperaba.
A ver como se podría decir: el eslabón débil de la cadena, el cachorro más indefenso de la manada, el problema de una casa bien. Eso sí, envuelta en buenas telas, con joyas discretas pero –lo sabía por el aroma- caras, es más, muy caras. En suma Mariola era la presa más fácil, la incasable, la enferma crónica –eso no había más que verlo pues acababa de salir de uno de sus arrechuchos-. Manuel sólo tuvo que dar un leve giro a su rutina y dedicarle un par de horas a quedar con ella y la carabina correspondiente, para descubrir su sonrisa encantadora, su docilidad que valora especialmente, claro que para entonces él ya estaba decidido a casarse, y lo antes posible, en unos cuantos meses, un año como mucho le destinarían a otro lado y, por difícil que pareciera, estando lejos no era imposible que apareciera otro como él o parecido, o eso es lo que él quería creer. La verdad ni siquiera tenía el valor de pensarla en la intimidad de su cama, atormentado por los deseos y las fantasías de un cuerpo vigoroso y sano pero con la maldición de la pena de suicidio. De algún modo pensaba que si dejaba pasar la ocasión no podría escapar de aquello, de la eterna condenación. ¿Se casó Manuel con Mariola por dinero? No exactamente ¿por ese pavor a sus fantasmas que, según su confesor se esfumarían en un matrimonio pues “antes casarse que abrasarse”? Pues tampoco exactamente.
Manolo decidió ennoviarse y pedir rápidamente la mano de Mariola por… el aroma. Sí, el mismo aroma que había percibido en las charlas tabernarias ante el café de la mañana. Desde luego sería fácil decir que se enamoró de tal o cual de las muchas virtudes que adornaban y adornan a Mariola, y aún más fácil que fue por dinero; algo menos que por miedo pero aun así sería menos complicado que hablar del aroma. Evidentemente, huelga decirlo, no era un aroma que se percibiese por la nariz, por cierto asaz poderosa, de Manuel sino el perfume de la misa de doce en la misma parroquia, de la rutina sin agobios de una casa puesta, bien puesta como correspondía a tal señor, del tapetito de ganchillo, de la libreta de ahorros, de las salidas de matrimonios, del comprar una joya por su cumpleaños, de visitar a la familia. ¿Enamorarse? Sinceramente dudo mucho que Manuel esté dotado para actividad tan desmesurada, como todos aquellos a quienes el miedo a sí mismos doblega toda la vida. Si aceptara esa posibilidad entre las cartas que le pueden corresponder en el juego de la vida, tendría que aceptar que no sería él quien controlara de quien se enamoraría y eso sería para su salvación y para su condición de persona respetable algo inaceptable. Él tenía que enamorarse convenientemente, y eso no es posible. Lo cierto es que creo que casi logró convencerse de que realmente amaba a Mariola, de que aquello era el enamoramiento romántico; hizo tales esfuerzos por hacerlo que creo que lo consiguió, o por lo menos que creyó haberlo conseguido, lo que no sé es por cuánto tiempo.

4 comentarios:

  1. Estupendo Joaquinito. Das tantas claves, tantos detalles sugerentes que veo la peli perfectamente. Hasta sientoi el aroma.

    Un abrazo

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    1. Gracias Uno. La verdad es que me preocupa que el cine me pueda en estas tareas.
      Un abrazo

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  2. Respuestas
    1. Eso es todo un elogio. Muchas gracias, aunque habría que saber si el regreso a la infancia es un retorno al Paraíso o un retorno a los infiernos.
      Un abrazo.

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