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viernes, 12 de septiembre de 2014

Deshacerse de libros

Hemos de reconocer que mi quinta y por lo que deduzco la de muchos de los compañeros que me leen hemos ha recibido una educación completamente decimonónica al menos en algunos aspectos.  Por ejemplo: el culto al libro, no diré a la letra impresa por que la prensa en España hace ya bastantes años que dejó de merecer respeto alguno por parte de nadie. El libro para mi generación y me temo que muy especialmente para mí, no es sólo una herramienta con la que aprender o entretenerse. No sé muy bien qué palabras emplear para expresar lo que son, o en lo que se convierten para nosotros.  Pedazos de vida; cuando te encuentras con un libro que has leído hace, quince, veinte, treinta años atrás, es como traer a hoy muchas de las experiencias que estabas viviendo entonces, si lo leías en el autobús y fuera llovía, si tenías a un pariente enfermo, si fue un verano maravilloso de esos que dicen que existen; pero el libro  ni entonces era un sujeto pasivo, recuerdas las ganas que tenías de cogerlo o lo que te costó acabarlo, si lo disfrutaste o fue después cuando te diste cuenta del valor del texto.
Son también, no todos, pero sí muchos, puntos de inflexión, cuando uno lee El retrato de Dorian Gray a los quince años no puede ser el mismo que antes de leerlo, o cuando uno se sumerge en El Señor de los Anillos por primera vez, tampoco. Cito grandes obras pero hay otras, menores, pequeñas, olvidadas por la historia pero que si las has leído en el momento justo cambian una vida, en mi caso fue un libro encontrado en un puesto en la Plaza de Isabel II, corrían los últimos setenta y esas cosas ocurrían, no recuerdo ni el autor,  pero sí el título “Dinámica de la tontería”, basado en la demostración irrefutable de que lo que mueve el mundo es la convicción profunda de que los demás son tontos: el jefe que sus empleados son tontos, éstos que el tonto es el jefe, la mujer del marido, el marido de la mujer. Según esta visión medio humorística del mundo la tensión creada por ese firme convencimiento es lo que mantiene el mundo y le hace avanzar. Si nos lo pensamos un poco vemos que no está tan descaminadas como puede parecer en un primer momento.  Eso animó mucho mi juventud.
Son también oscuros objetos de deseo, bien por qué no te puedes permitir, bien por qué no se encuentran en el mercado, por qué están prohibidos –en mis años mozos existía esa categoría hoy un poco increíble-, o bien por qué  entran en el círculo de lo que no se debe leer, caso más flagrante: el Divino Marqués. ¿Quién se atreve a aparecer en público leyendo una obra suya? Nunca puedes olvidar cuando, de matute, te leíste el Decamerón –sí, lo confieso fue mi primera obra erótica, de absoluto empollón gafapasta (en mi descargo diré que venía ilustrado con dibujos muy sugerentes (sobre todo a los 14 años)- o, ya un poquito más adelante, tu cuerpo se removió con Historia de O, pongo por caso. Esa es una de las experiencias del libro convertido en objeto deseo casi fetichista pero luego está la otra, la más importante, la del libro que sabes que existe pero no encuentras, que te pasas años como la de Tatuaje “de mostrador en mostrador” mendigando ese texto, hasta que, en el Rastro, en Moyano o en un puesto de la calle de los que ponen el Día del Libro, aparece en una edición de 1905, desvencijado, ajado, con el delicado y embriagador perfume del libro viejo, a un precio exorbitante que pagas con la mayor de tus sonrisas. Podría contar mil casos pero uno en especial resulta curioso. Mi madre desde niño me había estado hablando de una novela de Concha Espina, Altar Mayor, pero que no había manera de encontrar, a los dos o tres años de morir mi madre pasé por un quiosco de prensa por el que no pasaba a menudo y allí estaba en una edición de 41. La satisfacción de coger ese libro en tus manos es algo que no se paga, literalmente con dinero, pues creo que me costó como 25 pesetas o algo así.
Así, sin darte cuenta, los libros para quienes los amamos se van convirtiendo en pilares de una vida, en venas y articulaciones de una vida por mejor decir, experiencias únicas a veces decepcionantes –al final Altar Mayor no era la novela de la que me habían hablado pues mi madre se confundió de título-, a veces determinantes pero siempre únicas. Ese libro que buscaste durante 25 años resultó ser un trullo fascista sobre un Japón mal digerido, o exactamente aquel que te dio el dato que necesitabas para tu tesis. Otras veces esos libros aparecen por qué a otros chiflados como tú les da por editar un texto que no se publicaba desde 1890, pongo por caso, da igual. La emoción de ese encuentro es la misma.
Como la emoción de tropezarte en un texto con la frase justa que expresa lo que tú sientes, sin más ni menos, o la que casi insensiblemente te cambia la forma de ver el mundo (Los dos nacimientos de Dionisio de Robert Graves en mi caso) o esa otra lectura que te envuelve y arrastra por que no es el tiempo en que te corresponde leerla a un abismo de depresión y angustia del que no sales ya jamás (Bomarzo, de Múgica Laínez), o que te eleva como San Juan de la Cruz, o te hace reír a carcajadas (Ah, pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? De Jardiel Poncela) o la de empequeñecerte ante la grandiosidad (Fortunata y Jacinta, La Regenta, Cien años de soledad) o la que se te graba a fuego lento en la piel del alma (“Mi vida es un erial, flor que toco se deshoja, en mi camino fatal alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja), la que nos formó o deformó en los primerísimos años, Samaniego, por ejemplo.
Lo malo de que los libros sean venas, articulaciones y parte de tu vida es que, como el resto de tu vida, se va acumulando, algunos pierden funcionalidad (las Enciclopedias, habiendo internet no tienen sentido) otros se han quedado atrás (varios tengo yo basados en el color de Miguel Angel en la Capilla Sixtina antes de la restauración, naturalmente una vez hecha esta todo el tinglado teórico del libro se ha ido a hacer puñetas) a otros los has dejado atrás (Manual de Historia del Arte de D. Diego Angulo) pero todos, todos indefectiblemente ocupan un espacio, como todo en la vida, físico o emocional todo ocupa un espacio. Buda dijo, o así lo recogen las tradiciones, que si se hace una balsa para cruzar un río ¿hay que cargar con la balsa una vez cruzado? Ese es el espacio emocional. En mi caso, lector y fetichista de libros, éstos ocupan un espacio excesivo del que ya no dispongo, sobre todo si quiero seguir pudiendo amarlos y leerlos. Una biblioteca de unos cuatro mil volúmenes que llenan los armarios y poco menos que los muebles de cocina llega un momento en que alcanza su tope. Entonces surge la imperiosa necesidad de hacer espacio, o sea, deshacerte de libros de un modo u otro. Como ya he dicho y si no lo digo ahora, en mi entorno nadie aprecia todo cuanto llevo dicho, es decir que nadie apreciaría ninguno de los libros que tengo, prefieren una buena morcilla de Burgos –lo comprendo pero lo Facundo no quita lo Cabral-.  Heroicamente tú, una mañana, la de ayer concretamente abres un armario y te lanzas a desbrozar. A veces es fácil, este es un rollo, este resulta que viene en las obras completas, pero la mayor parte de las veces tienes que hacer un esfuerzo personal enorme para decidir si la biografía del Conde de Cagliostro se queda junto a la de Sade y Cristina de Suecia o sale del armario.
Hasta febrero yo daba unas clases pero se acabó por falta de alumnas, las que no se me murieron pillaron alzheimer y las otras tenían que cuidar a las familias que ya lo tenían. Evidentemente tal y como está el paño y más el cultural y la edad que tengo, no voy a encontrar más trabajos. Por tanto si antes podía pensar que tal o cual texto podría ser útil para las clases ahora ya no, ya no hay clases, ya no hay futuro; y la vida se me escapa por la punta de los dedos mientras aparto un libro que compré exclusivamente para explicar la lectura de un cuadro a mis alumnas y no me dio tiempo a usar.
Libros superados, abandonados por insoportables, útiles pero que no sabes si volverán a serlo en un futuro sin futuro profesional, otros comprados por las ilustraciones cuando ahora todas están en la red, de autoayuda que no sabes si ayudan o todo lo contrario, que te sirvieron ¿volverán a servir? Las arterias y las articulaciones enquilosadas necesitan despejarse de adherencias pero al intentarlo parece que la propia vida se desmorona, como si quitases el esqueleto. Y se te oprime el pecho y sientes ganas de llorar, y lo achacas al polvo, cuando coges una colección recién comprada para el curso que tenía que empezar este mes de octubre y que no va a empezar y lo pones en el montón de fuera. Y todo esto con sólo un par de estantes de un armario repleto.

8 comentarios:

  1. Te comprendo perfectamente. Hacer sitio y separarse de libros es duro. Al menos así lo siento. Llámalo educación decimonónica, pero un día llegará el apocalipsis digital y se sabrá más del siglo XIX que del XXI. La instantaneidad está bien para la ropa pero me niego a ZARAizar mi biblioteca, porque si Romeo y Julieta siguen vivos después de unos cuantos siglos, por algo será...

    Mucho ánimo

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    1. Completamente de acuerdo pero las casas no dan de sí. Ese es el drama.
      Un abrazo

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  2. Yo también adoro los libros, y no sólo por la información que transmiten, sino también como objetos, su forma, su olor... Tienen una magia especial. De niño siempre deseé una enciclopedia como la Larousse, que nunca llegó, pero, las vueltas que da la vida, ahora agradezco no tener esos mamotretos guardando polvo en una estantería. Aún así sigo pensando que lo que no está escrito en papel, o en un soporte durable, es pura entelequia, así que al libro aún no le ha salido rival que lo supere, o eso creo. A mí también me cuesta deshacerme de mis propios libros, aunque no son muchos, reconozco que tengo cierto vínculo afectivo con ellos, y cuando he participado en campañas de donación de libros he preferido comprarlos nuevos y donarlos en vez decir adiós a los míos. Aunque sí los presto a quien me los pide. Es un asunto complejo. Quizás sí cedería libros a alguien que yo sepa que los cuidará bien, o a una biblioteca pública, donde incluso podría pasar a saludarlos. Yo mismo he sido y soy usuario de bibliotecas públicas y agradezco encontrar justo el libro que necesitaba y que alguien lo dejó allí. Un abrazote, Joaquín (... y no te fíes de las estadísticas y esos rollos sobre la población activa, creo que los hacen para desmoralizar, forma parte de "su plan", que no es más que polvo en el viento).

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    1. La verdad es que según me han contado algunas de mis alumnas que han tenido que deshacer casas paternas ni en las bibliotecas públicas aceptan con facilidad los libros. Yo también he comprado libros para donar, somos incorregibles. En cuanto a lo de la población actica no es que me fíe de lo que me cuenten sino de la realidad objetiva, la enseñanza no reglada de adultos -que es lo mío- está desapareciendo en sus aspectos inteletuales -sevillanas y punto de cruz, si que siguen, aunque también de capa caída- y digamos que mi tiempo pasó.

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  3. La comunidad de vecinos de un edifició en el que viví habilitó un chamizo bajo la escalera como biblioteca donde los vecinos dejábamos libros o recogíamos los que nos interesaban. Una idea estupenda que dejo aquí para el que quiera hacer uso de ella.
    Ya no conservo los libros que leo. Los regalo inmediatamente. Solo muy raramente uno me emociona todavía de una manera especial y se queda a vivir conmigo y "los intocables".
    Ânimo Joaquinito.

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    1. En mi comunidad de vecinos se dejó una silla de ruedas para emergencias y a más de uno ayudo en sus fracturas y embolias varias. Al final un presidente decidió que estorbaba y la tiró. Estoy esperando que él la necesite por que va a bajar la escalera con los dientes. Así que imaginate si se ponen libros. Civilización creo que lo llaman
      Buena medida la de deshacerse de ellos al acabar de leerlos pero sólo válida para los de ahora y ¿los de antes?

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  4. Bomarzo tambien cambio mi vida en cierto modo, pero no hacia la tristeza sino hacia la belleza. Creo que ya conté por aquí que hace unos meses me puse a aligerar mi vida y doné gran parte de mi biblioteca al pequeño pueblo en donde descanso. Fue a la vez doloroso y liberador. Algunas personas del pueblo (gente mayor) han dicho : "Veas tu para que queremos eso". Pero se que este verano algunas personas han visitado la biblioteca y se han beneficiado de ella. Me siento feliz. Un abrazo, Joaquin.

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    1. LIberador siempre resulta, eso sí que es cierto. En cuanto a la gente mayor siempre tendrán que decir algo y alguien a quien apedrear si se les deja.

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