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jueves, 15 de julio de 2010

Un ratito con La Concha II



Julio coge el pincel con poca pintura entre los dedos, su pulgar está muy combado por los años trabajando con herramientas de precisión, el índice parece no haber perdido aún el color amarillento del viejo y abandonado hábito de fumar a todas horas ni la imperceptible suciedad de la grasa de las máquinas que ha reparado en cien talleres distintos. Extiende el óleo, demasiado líquido, sobre un lienzo con imprimación tan tenue que transparenta la trama y el blanco de la tela a través del siena de la primera capa de pintura, y de la segunda, un ocre rosado que ha sido el primer boceto de un rostro y un cuello de mujer, una rápidas pinceladas redondeadas y negras esbozaron la cabellera, ahora, con el retrato casi acabado algunos de los primeros rizos quedan, residuales, esperando que la pintura de fondo les cubra.
Junto al caballete le mira sin verle una rancia fotografía, un objeto más, en la que se puede leer, escrito con la letra infantil que siempre tuvo su mujer, "Junio 1.942". Es otro retrato, el de ella, que está sirviendo, desde la pobreza de papel arqueado, amarillento y desleído, de modelo al que ha ido ocupando, trabajosamente, la superficie tersa y pretenciosa del lienzo. Treinta y nueve años más tarde ella murió, hace ya cinco años, y él ahora, pinta su retrato en una habitación, destartalada y llena de cosas mugrientas, entre olores a aguarrases y barnices superpuestos. Cuarenta y cinco años atrás aquel fotógrafo vecino, había hecho esa fotografía y él quiere encontrar el tono exacto que tenía la piel de Concha aquella tarde que no recuerda.
No puede recordar si sus ojos eran castaños o negros, nadie le sacará de dudas por que él no va a reconocer su olvido pero también por que no queda ya nadie que les conociera en 1.942, tampoco tuvieron hijos. Los tuvieron, uno, el primero, acabó uniéndoles a pesar de que él, negándose a cargar con el crío, facilitó que la chiquilla de dieciséis añitos que era entonces se metiera en la cama con un niño bien, con la intención de endosarle la barriga además de cobrarle un "módico precio" por las labores de alcahuete. Pero el pollo fue más listo que ellos y al final se vio soltera, en la calle y de siete meses. La acogió como a una puta arrepentida, como si él no tuviese nada que ver. El niño nació muerto mientras él paseaba el Rastro un domingo más. El segundo nació al acabar la guerra con él en la cárcel y ella yendo de despacho en oficina prestándose a cualquier cosa para sacarle de allí; murió dos años más tarde una noche en la que él había obligado a su compañera a dejar sola la cuna del niño comido por la fiebre para satisfacer sus necesidades viriles amenazándola con irse de putas. No sintió su muerte como tampoco se alegró de su nacimiento. Los niños eran engorros que abandonan a los padres cuando ya no pueden chuparles la sangre, ella le creyó entonces como siempre le creyó. Ahora, cuando tiene la gripe mira el teléfono esperando.
Un poco de carmín, apenas la punta del pincel, aclarado con ocre casi blanco para las mejillas, siempre había tenido chapetas de muñeca, por lo del soplo al corazón, pero él no las recuerda en los primeros años sino algo más tarde aunque no podría decir si aparecieron antes o después de la fotografía; igual le ocurre con el tono amoratado de los labios finos que recuerdas con exactitud documental, como una película con los colores chirriantes de los cincuenta. La línea de la barbilla, larga y redondeada, un poco demasiado separada de la boca, se le ha escapado por completo y retoca una y otra vez el óvalo, incansable, cuando parece haberlo conseguido y se separa un par de pasos, la imagen es la de una mujer extraña y deforme que nada tiene en común con el rostro apagado y modernista de la foto. Las capas de pintura, cada vez más finas, van dando a la mitad inferior de la cara un relieve táctil, recortado, que la diferencia del resto de la tela y cobra poco a poco el aspecto de una máscara o que cubriera el verdadero rostro cada vez más ajeno e inaprensible. Con otro pincel más grueso toma un poco de azul cobalto y lo aplica al vestido de cuello camisero. El se hubiera ido a Francia como su hermano Manolo y ahora tendría su buen dinero invertido en terrenos y casas no como ese inútil que ahora malvive de la pensión francesa en casa de su hija, una mala puta que se ha divorciado y vuelto a casar en Alicante. Pero cargado con ella ¿a donde iba? Por lo mismo no se hizo torero como le dijo Rafa, un diestro en cuya cuadrilla estuvo antes de la mili: "Tú, con un toro", mirándole con ojos entornados y huidizos. Lo mató un toro allá por el treinta y seis por no hacerle caso a él que esa tarde había pasado por delante de una funeraria.
-Pobrecito, pobrecito.
A cada pincelada la mujer del óleo se parece menos a la foto y aún menos al recuerdo. La piel transparente y casi nacarada es en el lienzo piel cerúlea de enferma agonizante y el cabello pobre y fino aparece tieso y ralo; el conjunto fracasa estrepitosamente una y otra vez. O quizá no, quizá es él quien mezcla imágenes y las superpone, que evoca texturas en penumbra y quiere pintarlas a pleno sol, que ha borrado de su recuerdo el rostro inarmónico, la boca demasiado pequeña, los ojos demasiado juntos y chiquirritines. Una nueva capa de ocre claro borra barbilla, boca, pómulos y el ojo izquierdo. Por muy raro que parezca, tantos años juntos y no se le ocurrió nunca hacerle un retrato y no por no atreverse, faltaría más, sino por que no se le pasó por la cabeza. Pinta bien, como pocos, lo sabe, no hay más que recordar aquel cuadro que figuraba el ataque de una manada de lobos a un aprisco en una noche nevada que le había quitado de las manos el fotógrafo de enfrente. Si, está seguro de pintar muy bien, lo sabe, es lógico, lo lleva en la sangre, como su primo que hubiera triunfado en Austria sino hubiera muerto tuberculoso a los veinticinco. Como él, había tenido esa mala potra que nunca les dejó salir de....di que es mejor no hablar, pero si no hubiera sido por esta puta suerte…
-Pobrecito, pobrecito.
De nuevo el rostro esbozado tiene cierto parecido, es casi idéntico al de la fotografía. Por un momento Julio se fija en otro lienzo, un florero de cristal negro con una docena de rosas rojas y piensa que están mejor que las originales de plástico barato que colocó en el nicho de Concha. Al mirar de nuevo, la cara no es la de ella, es otra mujer con el óvalo más perfecto, los ojos más grandes, es el rostro de otra mujer más guapa pero no el de Concha, cuyo color de pelo no recuerda con exactitud, como el de sus ojos; cuyo tono de voz se ha borrado para él como las líneas del óvalo que se le han escapado como el agua entre los dedos. Con el pincel entre el índice y el pulgar, demasiado combado hacia atrás, con la pintura algo más densa, intenta cubrir una vez más, el rostro, que no es el suyo, con el ocre rosado y pálido. Mientras lo hace, se le viene a la cabeza, sin saber porqué, es gesto agrio que le dedicó cuando la metieron en la ambulancia. Toma un poco más de pintura con la punta del pincel y la extiende en lo que tendría que ser la mejilla. Junio 1.942. La fotografía se desfleca en grises difuminados y la cara de Concha se fragmenta en mil detalles, tonos y expresiones que no puede recoger. De nuevo cubre con ocre rosado el óvalo afilado.
-Pobrecita, pobrecita.

Perdonad la excesiva longitud

5 comentarios:

  1. Espléndido. Lleno de imágenes, de matices. Cuántas historias en este pequeño relato.
    Enhorabuena. Un abrazo

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  2. ¿Excesiva longitud? Estaba embobado leyendo este relato de vida, de vidas, de muerte, de suertes... tan real, tan poético. Podía haber durado el doble y me hubiera dejado con las mismas ganas de más.

    Estupendo, de verdad.
    Un besote.

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  3. jaja cari, yo ya iba a atacar por el perdón de la longitud, pero claro, Theodore ya ha recogido la cuestión.... que dices de longitu, cari? si se lee de un tirón sin darte ni cuenta. jaja Un post que es en si mismo toda una exposición.... tu tienes que ser pintor, pues no es normal que expliques tan bien como hacer una veladura, jaja.

    Cari, lo que si me llama la atención que hay mucho amor en este pintor tardio que busca el rostro apenas esbozado de su amada prematuramente muerta y aquel otro machista que casi la deja morir, que se iba de putas y que quería endosarle el niño a otro...

    Pero vamos, es todo un libro tu post. Un libro plagado de historias, de amor, de belleza, asi que no te vuelva yo oir disculpándote, jaaj


    Bezos.

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  4. Pintamos y repintamos nuestras vidas en un intento de buscar acomodos, y realmente no los hay.

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  5. Uno: muchas gracias, no sé que decirte, pelín abrumado me dejas.
    Tehodore: te digo lo mismo que a Uno, creo que me leeis con buenos ojos. Eso sí, me hacéis engordar de pura vanidad.
    Thiago: gracias por tus palabras y sí, pinto.
    Pe-jota: no sé a que carta quedarme con tu comentario, pesimista por demás claro que tampoco sé si no será la estricta realidad
    Gracias a todos por leerme.

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