Páginas vistas en total

jueves, 16 de junio de 2011

El extraño caso de la coja ahorcada (I)

Algunos quisieron pensar que había sido el viento que “enloquece a las mujeres sin hombre”, susurraban en las tabernas, otros optaron por deducir que, como desde niña había sido enfermiza y débil le habían encontrado algo malo, vamos peor de lo que ya tenía encima. Quien más quien menos se dijo para sí que lo raro es que hubiera tardado tanto. Algunos la lloraron unos días, otros, pocos, unos meses, y la mayoría al día siguiente ni la recordó. Sin embargo, todavía hoy cuando se juntan a bordar, en las matanzas, en las romerías, o simplemente a charlar a la fresca acaba saliendo a relucir María La Calvaria. No falta quien dice que su muleta todavía se ve apoyada en la silla por las rendijas de la puerta, pero nadie ha querido ir a comprobarlo. La casa se cerró después de aquello, no había familia o, si la había, ni siquiera eso les llevó a ir y ahora está abandonada, nido de ratas y de malas hierbas. El director de la sucursal del banco sabe, y se lo calla, que apareció un sobrino para “hacerse cargo” del monetario y las tierras que María tenía en la lejana provincia de donde su madre era nacida y que ninguno del pueblo conocía, pero ni pisó la casa. Algunos, algunas más bien, recordaban a su hermana, mucho mayor que ella, Soledad La Calvaria, lo hacían con envidia y algo de rencor quizás.
Era de joven una real moza que sabía caminar como nadie con los tacones altos subiendo la cuesta empedrada de la iglesia del Divino Salvador, de bien joven, que ya con los trece años, cuando le nació la hermana, era famoso su paso camino de misa de doce, luciendo los posibles de la familia, que los había. Los mozos bebían los vientos por verla pasar, por cruzar dos palabras en la plaza o bailar un pasodoble por la fiesta del Jesús. Esas ancas poderosas, esos pechos retadores, esa mirada altiva, esa cabellera que suelta era un insulto y recogida en recatado moño no era sino una alimaña enjaulada revolviéndose, ese saber llevar la mantilla –aquella mantilla que valía más que lo ganaba medio pueblo en diez años-, aquel calibrar a los hombres como al ganado y, sobre todo, aquella risa potente echando atrás la cabeza para hacer resonar a la vez las joyas de su poderío que cargaba a la menor ocasión; además de otras cuentas que se echaban los mozos de cuanto de trigo, cuanto de olivo y cuanto de vino calzaba la Soledad, hacían de ella objeto de deseo masculino y de inquina femenina. Mucho se habló entonces de noviazgos rotos, de mozos a medio vestir escapar corriendo por la ventana del corral, de hábitos colgados por su comportamiento, de mano en exceso blanda de sus padres, más aún cuando les nació la desgracia, dejando a Soledad La Calvaria demasiado suelta. A ella le resbalaban rumores y murmuraciones y cuanto más en entredicho estaba, más profundo era su escote, más oro había en él, desde más lejos se oía su risa y peores actos se le adjudicaban. Decían, y era cierto, que iba al río, al Remanso del Molino Viejo, a ver bañarse desnudos a los muchachos y que los mozos acudían a él aunque ya no fueran tan muchachos a exhibirse como sementales en feria. Decían, y eso no hay forma de saberlo, que se veía en la sacristía con D. Manuel, tanto lo decían que tuvo que marcharse del pueblo mientras ella se reía con las zafiedades de uno u otro gañán al subir a oír la misa de doce que cantaba el nuevo párroco. La desgracia cayó en la casa cuando Soledad La Calvaria tenía trece años y desde entonces anduvo como cabra monte arriba, sin control y sin rienda. Malparió la madre que murió en el trance de alumbrar una niña deforme; una tía solterona vino a hacerse cargo de casa y niñas no pudo hacerse con ninguna de las dos.
Soledad La Calvaria un buen día desapareció llevándose las joyas sin olvidar los buenos duros que su padre había cobrado esa mañana por la cosecha y un par de mantones que casi compraban una viña. No se volvió a saber nada de ella, quien dijo haberla visto como una señorona en Madrid, gastando coche y pieles, quien dijo haberla visto en el Barrio Chino de Barcelona haciendo la carrera. Poco a poco Soledad la Calvaria hubiera acabado convertida en leyenda onanista para los mozos y maldita para las mujeres, como muchas de las viejas consejas que antaño se contaran al amor de la lumbre en largas tardes del invierno ventoso de aquellas tierras si no hubiera existido María La Calvaria.
Entre silencios expresivos sobre Soledad, enfermedades y recuerdos ajenos, María fue creciendo. Murió El Calvario y la casa se cerró en lutos durante un tiempo. Sólo se oían sus pasos con el opaco compás de la goma de la muleta hacia la iglesia del Salvador camino de la primera misa. Acabó el luto, llegó el alivio y María la Calvaria se quitó el velo que ella había convertido en máscara al ir con la cabeza gacha, no por modestia como creían unos, o por vergüenza de su hermana, como pensaban otras sin decirlo, sino por la imperiosa necesidad de saber donde ponía la muleta para no abrirse la crisma. Sólo cuando el negro pasó a ser gris, malva y algo de blanco, el pueblo se dio cuenta de que ya no era una niña. Reconocieron en ella la rebeldía del cabello sometido, la altivez de la frente y las formas opulentas de su hermana a pesar de sus enfermedades, de su alza en el pie derecho, de su hombro caído y de su espalda levemente torcida. Era ya moza, guapetona y con capital. Las hembras del pueblo la presintieron como una amenaza, los mozos como un morboso y siniestro objeto de deseo. Parecía irse a revivir la guerra soterrada pero letal entre las Calvarias y las demás o, peor aún, la más antigua de los mozos por Elena la Viñosa, moza rica del tiempo de las abuelas, que acabó con dos hombres muertos, otros dos en presidio y ella suicidándose en un convento de clausura. Los tres pies de María, ahora sin las trabas del luto, recorrían las calles del lugar con resonancias casi amenazadoras. Sin respirar las mujeres, mozas sobre todo, esperaban con espanto el momento en que el alivio cumpliera. Esperaban ver abrirse esos escotes, liberarse la cabellera, ver suelta la sonrisa, pues eran conscientes de que María la Calvaria, coja y deforme, era más mujer que todas ellas, rica y sin nadie a quien rendir cuentas. El malva pasó a azul y finalmente el alivio acabó. Sin embargo, los escotes apenas se abrieron para lucir la medalla del Salvador, el cabello no se liberó nunca y la sonrisa no era esa sonrisa procaz e infame de su hermana sino otra que sólo se abría a ancianos y a niños manteniendo a los mozos a distancia, a pesar de que acudían al olor del capital, del vino o del aceite.
Quizás estaba harta de ellos o quizás quiso cortar de cuajo las murmuraciones dejó caer en casa de la tía Genara, delante de las viejas parteras, tras el rosario del velatorio del difunto que ella no podría parir a causa de su cojera y que, por tanto, no pensaba casarse. Como por ensalmo los machos se alejaron y buscaron en las otras mozas lo que en ella era imposible. Así María La Calvaria dejó de ser una amenaza y el sonido de su muleta fue reconocido por las calles y cuestas con cierta alegría pues donde ella iba, iba la decencia. Los Calvarios habían sido toda la vida más bien descreídos que por eso mataron en guerra, apenas hacía treinta y… años, a Juan El Calvario, dos tiros, el primero entre lo huevos, presumía aún el tío Sandalio, y el segundo entre las cejas; pero María era casi, casi una beata. No era de misa diaria pero sí que se la veía cada día recorrer el pueblo para rezar ante la Santa Imagen del Salvador por muy lejos que estuviera la casa del hermano o hermana que le tuviese a cargo ese año. Era costumbre de la Cofradía del Salvador que cada uno de sus hermanos mayores por turno riguroso albergara en su casa al Divino Salvador de Domingo de Resurrección a Domingo de Ramos. María se hizo hermana tan pronto pudo disponer de los medios libremente que fue, poco más o menos, cuando su tía se volvió a sus tierras. Con todo respeto y delicadeza cada día, a una hora prudente pero temprana, llegaba a la casa y se arrodillaba ante Nuestro Divino Padre durante al menos una hora y luego se volvía a casa despacio con la cadencia familiar de pie, muleta, pie. Por las tardes María se sentaba junto a la ventana a bordar o a hacer encaje, saludaba a quienes pasaban, charlaba y siempre tenía a punto una sonrisa. Luego, a eso de las seis llegaban algunas amigas, o iba ella a casa de ellas, tomaban un café espeso y unas pastas contundentes y tras rezar un rosario charlaban de lo divino y de lo humano. No tardaron en darse cuenta de que si en aquellas charlas María se enteraba de alguna penuria ajena se esforzaba en ponerle remedio si era posible o, al menos, hacerla más llevadera, eso sí, sin que lo supiera nadie más que el Padre Cipriano pero, claro, las gentes ataban cabos, aunque no faltaba quien decía que ya se ocupaba ella de que lo hicieran, que hay maledicientes en todos los rincones. Así fueron pasando los años, aunque la belleza de María La Calvaria parecía crecer pese a su encierro de rejas y discreción. No tardó mucho en establecerse la costumbre de llevar su reclinatorio a la casa donde la Imagen iba a ser albergada al mismo tiempo que la propia imagen, poco menos que formando parte de la solemne procesión que ella seguía con mantilla y luto riguroso, acompañada del golpeteo rítmico de su muleta y de una amiga que la guiaba pues tenía promesa hecha de renunciar a ver al Divino Salvador en su esplendor procesional y seguía el paso con una venda sobre los ojos. Pasaba los días de preparación y procesión recluida en su casa amasando y friendo dulces de sartén que ofrecía más tarde a sus vecinos para celebrar la Resurrección del Divino Salvador, pero también interesándose por los preparativos para que nada faltara a ese paso, sufragaba cuanta carencia pecuniaria hubiera sin límites ni peros. Había posibles, claro, pero también una profunda devoción que no dejaba de admirar a las gentes, ni de escocer, tampoco.
La Hermandad y Cofradía del Divino Salvador y Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad de aquel pueblo seco, blanco, tirado medio del llano en torno a un peñasco escarpado donde estaban los restos del castillo y la Iglesia, era humilde, sin pretensiones pero la generosidad de María puso plata donde antes había metal y rosas donde había claveles, caoba donde antes había pino e hilo de oro donde antes había bordados en hilo de seda. Nunca había lucido más aquel Jesús, aquel Nazareno, que con sus tres potencias bañadas en oro, con las orlas de sus mantos bordados igualmente en oro, sus candeleros en plata maciza, sus Golgota de rosas blancas salpicadas de algún ramillete de rosas rojas, como su Santa Sangre. Le decían que cuando salía en procesión el Domingo de Ramos camino de la iglesia iba glorioso, sí, ese era el término que usaban para describirle, glorioso, con el manto blanco que ella misma cortó y cosió, llevándolo a bordar a un convento de la comarca célebre por sus exquisitos bordados, no sintiendo los suyos dignos, que relumbraba al sol de primavera, como un lirio blanco y que incluso parecía sonreír cuando al cruzar la Calle Estrecha le daba un rayo de sol en la cara, rodeado de las palmas de los niños. Le decían que en la medianoche del Viernes Santo estremecía verle en ese manto granate, con las luces apagándose a su paso, que, parecía llorar y susurrar el “Perdónales, Padre, por que no saben lo que hacen”. Ella podía oír las exclamaciones a su paso pero no verle en aquellos momentos cumbres. Sólo le veía con el hábito nazareno, tosco, simple, casi viejo que vestía de diario, o con el otro también nazareno pero con un ligero bordado en la orla que quienes le albergaban le ponían los domingos y fiestas de guardar, con las potencias de latón y con las velas en las palmatorias de cerámica o a la luz de las mariposas que le ponían quienes como ella iban a rezarle. Nadie salvo ella acudía todos los días del año a postrarse ante Él, a pesar de sus rodillas enfermas, por eso, cuando en cierta ocasión tuvo que pedir ayuda para levantarse, suplicó que le permitieran llevar un reclinatorio que mandó hacer especial para quedar semiarrodillada. De ahí lo que llamaban en broma y llenos de cariño “el tercer paso del Viernes Santo”, los mozos llevaban el reclinatorio con un respeto profundo pero también con alegría aquel trasto que pesaba como un demonio pues era armazón reforzado e incluso con agarraderas para que levantarse no fuera para María un esfuerzo que acabara impidiéndole hacer sus oraciones ante el Divino Salvador. Quizás fueran un poco pasados de vino, ella no lo cuestionaba, estaban en la edad, pero el favor, como tal lo entendía, se lo hacían del mismo modo. Algunos, y no pocos, se le acercaban después del tercer paso, cuando ya estaba el reclinatorio ante Él y ella volvía a su casa ya sin venda, con las piernas y la espalda gritando de dolores, para pedirle que rezara por ellos, por la salud de su madre, por algún amor contrariado o por que les fuera bien en la ciudad donde se tenían que ir quizás para no volver a ver al Divino Salvador.

2 comentarios:

  1. Menuda historia de la España profunda, y qué bien escrita. La verdad es que consigues meternos en el alma de los personajes, como los buenos escritores decimonónicos. Y me han gustado esas palabras que usas en las descripciones de las escenas, como la de los "pechos retadores" (jeje). Me ha recordado vagamente también a la Casa de Bernalda Alba. Y cuántas historias así esconden esos pueblos blancos y devotos. Gracias, saludos y felicidades.

    ResponderEliminar
  2. Qué fuerte aquella España. Tu estupendo relato me ha recordado "Señora ama", por el ambiente mas que otra cosa. Estoy en ascuas.

    Un abrazo

    ResponderEliminar