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sábado, 24 de marzo de 2012

Anteayer

Sengai: "El universo"
Anteayer estuve pronunciando una charla sobre Zen. Esa ha sido la causa de la distancia entre las entradas y de la brevedad de los últimos. No me gusta preparar las cosas a prisa y corriendo sino con un tiempo para pulir, reflexionar y podar. Siempre hay que podar como siempre es una delicia compartir lo que te ha llevado media vida conocer, aunque sea de lejos, con otras personas. En realidad lo que menos trabajo supone es la charla en sí y lo que más contra lo que pueda parecer, no es recopilar datos sino podar, podar y podar. Treinta y un años en hora y media es mucho podar. He de reconocer que siempre vale la pena.
Sin embargo, también tengo que reconocer que siempre, y quiero decir siempre, salgo de cada charla con un regusto amargo. La inmensa mayoría de quienes acuden a estas charlas sobre culturas no occidentales suelen ser personas interesadas, más o menos formadas -lo que no significa mucho en estos temas- pero siempre, y digo siempre, hay una especie de nube en el ambiente que cristaliza en un grupito más o menos nutrido que destila desprecio por lo que no es estrictamente cristiano, a ser posible católico, apostólico y romano, con el "nihil obstat" delante. Desprecio que enarbolan sin el menor respeto, usando recursos que van de lo más teológicamente sofisticados, a alusiones cinematográficas -anteayer circuló El Padrino- totalmente fuera de tono e incluso a lo soez sacando a relucir, por ejemplo, el estreñimiento cuando se habló de determinado célebre cuenco de arroz. 
Anteayer, por primera vez en los veintimuchos años dando charlas ocasionales, no dejé correr el asunto y tuve que hacer el inmenso esfuerzo de filtrar mi proverbial mala leche y no llamar a las cosas por su nombre pero poner un par de banderillas de castigo y los puntos sobre las ies. Tres mil años de sabiduría de la tradición de la meditación, convertidos en un problema de retrete. Por ahí no estaba dispuesto a pasar, estoy demasiado viejo para tragar tal sapo, demasiado en carne viva para tolerar carcajadas tabernarias en mis barbas canosas y demasiado harto de la soberbia judeocristiana de andar por casa, descreída y 
 vulgar, vulgar, vulgar hasta revolver las tripas. 
Con mi sonrisa más giocondesca y mascando las palabras, midiendo las sílabas: "bueno, el Zen puede tener mucho humor, e incluso es uno de los caminos para acercarse a él pero son tres mil años de sabiduría así que bromitas y tonterías las justas". 
¿Es que los resultados de la cultura del pecado y el castigo, de las hogueras y las lapidaciones, de los teólogos amordazados, esa cultura que generó y hasta aplaudió las matanzas de según quien, incluidos los campos de exterminio, ha dado resultados tan magníficos como para despreciar todas las demás por el hecho de ser otras? ¿Es que el poder aniquilador de "El Libro" mal digerido ha succionado tan radicalmente la capacidad de pensamiento? Debe ser así pues no se sale de ahí y no sólo en el común de los mortales, no, ojalá. El caso es con quien yo trabajo es ese: el común de los mortales y, he de reconocer, que la mayoría mantiene un respeto desconfiado pero interesado hacia el Zen y los temas orientales pero hay siempre esa nube y ese grupo -hiperactivo, además- que no parece ser sino reventadores de una claque muy vieja, muy mísera, muy rastrera y, por encima de todo, extremadamente cerril, que no cambia y que siempre deja el regusto amargo de haber perdido el tiempo respondiendo a sus preguntas capciosas, absurdas, venenosas o, directamente, sórdidas en lugar de haberse hecho uno el sordo y actuar como si no existieran. 
La arrogancia del Occidente judeocristiano es, hoy, al borde del abismo, más ridícula que nunca, más estúpida que nunca y, me temo, más creciente que nunca. Lo peor es que como ya dije otra vez: ya no nos queda ni París. 
Hakuin: "Daruma"

2 comentarios:

  1. Sí sinceramente se te nota el cabreo, casi desde el principio. Por desgracia cada vez mas hay que contar hasta diez, cualquiera se siente capacitado para soltar la típica gracieta sin sentido, por regla general producto de la ignorancia, en cualquier momento y esperar que se le haga la ola. Triste pero cierto.

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  2. Me cuesta tanto hablar en público que han sido muy pocas las veces que lo he hecho y siempre a regañadientes. Por lo mismo doy muchísimo mérito a los que lo hacen y me guste o no su charla, esté de acuerdo o no con ella, procuro mostrar respeto y, a veces, hasta interés, aunque no lo tenga.
    Qué razón tienes sobre la absurda arrogancia de occidente en los tiempos que corren.
    Un abrazo

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