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jueves, 1 de marzo de 2012

De mujeres y pulpos (ahora en serio) 4


Estampa en madera de Yanagawa Shigenobu
 Sin embargo, hay que buscar motivos más profundos para que un tema como éste cale en el arte japonés. En primer lugar, no podemos olvidar de ningún modo que el Imperio Japonés es un archipiélago y que su alimentación se basa en los frutos del mar, llegando en algunos momentos a estar prohibido el consumo de carne excepto a los samurais, pero esa es otra historia. El mar es por tanto fuente de vida pero también de destrucción pues no es necesario recordar la intensísima actividad sísmica de la zona –demasiado reciente tenemos la última muestra de ello-. El término universal para la ola gigante provocada por un terremoto en el mar, Tsunami, es de origen japonés; es pues una cultura acostumbrada por un lado a la convivencia con la mar y por otro determinada por las continuas catástrofes naturales motivadas por su geología. Fascinante mezcla que da como resultado manifestaciones artísticas que rara vez tratan los hechos catastróficos de un modo directo, pero que vienen determinadas por ellos. Un ejemplo de la cultura popular que muestra la relación ambigua con los mares es el cuento infantil del pescador Urashima que salva a una tortuga de que la maten a palos y es recompensado por ella con el don de poder respirar bajo el agua, así le lleva al Palacio del Rey Dragon donde la tortuga se convierte en una bella princesa, conviven un corto tiempo, él quiere volver a ver a su familia y ella le da una caja diciéndole que no la abra. Cuando llega al pueblo han pasado trescientos años y cuando abre la caja esos trescientos años caen sobre él reduciéndolo a arenas. Como vemos en este pequeño relato están la belleza y el horror del mar. En cierto sentido el amor y la muerte.
  
Ilustración del cuento del pescador Urashima
A partir de 1868, occidente descubre Japón y todas nuestras artes mayores y menores de la pintura a la joyería se cuajan de influencias del arte japonés, pero no de cualquier arte, eso llegará algo más tarde. La mayoría de las artes japonesas son demasiado desconocidas y la Europa de entonces no es capaz de digerirlas pero sí digiere son, precisamente, las estampas ukiyo-e que ¡sorpresa! vienen envolviendo las preciosas porcelanas o las lacas exquisitas. La burguesía es aquí como allí quien marca el paso cultural y ambos lugares son nuevos ricos. El caso es que occidente bebe de la cultura japonesa en esa época con la sed de quien ve secarse su fuente pues el arte del momento había llegado a un virtuosismo que no da más de sí, extremadamente literario y hasta teorizante moral y científicamente. Muy pronto será imposible encontrar alguna manifestación artística europea que no haya recibido las influencias japonesas: del impresionismo a la joyería, de las artes industriales a los peinados de las damas. Quizás no sea determinante en la evolución de ninguna pero sí un asidero para unas artes que necesitan evolucionar.

Evidentemente con todo ello llegó un gusto por el arte erótico que tomó también cosas de Japón. No pretendo decir que no haya un arte erótico occidental (oculto y de matute por así decirlo) pero sí que en este medio siglo XIX en adelante hay un rebrote del erotismo artístico que da la cara mucho más directamente siendo el ejemplo más descarnado la obra de Egon Schielle. Sin llegar a ese desgarro hay una serie de autores que salpican la historia del arte de esta época como Felicien Rops, Aubrey Beardsley, Franz von Bayros o Julius Klinger que en esta obra que vemos abajo recoge la tradición del pulpo y la mujer sin duda por influencia japonesa que no se limita al tema sino que también trajo la sinuosidad geométrica de las líneas. La tendencia “biológica” del movimiento modernista, entendiendo por biológica la frecuencia con que sus formas, sobre todo en las artes aplicadas recuerdan seres vivos, favoreció sin duda alguna que un animal tan dúctil como el pulpo cobrara una cierta presencia, a menudo más intuida que expresada, en las formas.


Julius Klinger

Vidriera modernista
 Por otro lado la sexualidad desbordada del cambio de siglo, la libertad recién adquirida de las artes hace que surjan imágenes pocos años antes inesperadas. ¿Podríamos imaginar al joven Pablo con su “Ciencia y caridad” dibujando esto?, Claro que a estas alturas el joven Pablo ya era Picasso.
Mujer y calamar o pulpo si queremos hacer una lectura más amplia del Pablo Picasso

3 comentarios:

  1. Fascinate, Joaquinito. Nunca había reparado en esa influencia. Y por supuesto no conocía el dibujo de Picasso. Me encanta todo esto que estoy aprendiendo contigo que pienso utilizar en los salones para fomentar mi lado extravagante.

    Un abrazo

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    1. Lo cierto es que pocas veces se tiene en cuenta la definitiva influencia japonesa en occidente, conservamos una lamentable mentalidad colonial que nos limita mucho.
      No tenemos lados extravagantes, es que los demás son menos "imaginativos" jejejeje
      Un abrazo

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  2. La verdad es que ya no se que más comentarte, te lo he dicho todo.

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