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miércoles, 9 de julio de 2014

La última cita (cuento)

Como sabéis estoy dando un somero repaso por cajones, armarios y demás, de aqui que estén saliendo textos un tanto "añejos", este es de antes del noventa y cinco pero no sabría decir más sobre su fecha. Es algo más largo de lo que suelo pero no he querido corregirlo para no perder la fuerza de uno con veinte años menos. 



Cada noche, Sergio, llega a casa, un piso amplio en un barrio frío, moderno, repleto de gentes que, como él, entran en lo que se considera triunfadores jóvenes. Carne de bancos y negocios, gimnasios y viajes de fin de semana a lugares gratos y, sobre todo, caros.
En el portal, la luz indiferente de los plafones baña el matorral verde de plástico torpe. El ascensor es pequeño pero se pretende disimular con un espejo ante el que, cada noche, coloca la corbata y el pelo con el mismo esmero que si fuera a salir en vez de entrar. Sonríe siempre en ese momento al notar, poco a poco, acelerarse las pulsaciones en las muñecas y las ingles. El sudor frío comienza a recorrerle la espalda y las manos hasta empapar la camisa de seda que se deja sentir ahora especialmente suave y sensual en los puños y los pezones, exacerbada la piel, como cuando los dedos de Isabel se deslizan entre los botones, buscándola.
La puerta del ascensor se abre con un tenue chasquido, ahora es cuando las rodillas empiezan a temblar, respira profundamente hasta sentirse abrir las costillas por el aire que huele a ambientador, aromas del bosque de pinos canadienses en sobrecitos de plástico. La moqueta es de un verde sucio, jugando con el tono opaco de la tela de las paredes y el blanco del rodapié y los interruptores.
La puerta de su casa, una más de la planta, es sólida, como todas, y de un color indefiniblemente oscuro a la eterna luz indirecta y demasiado débil de la escalera. El sonido de la llave al entrar en la cerradura es el punto sin retorno, ha de entrar en su casa, un piso amplio y caro, con todo aquello que se supone debe contener un habitáculo moderno. El pavor total, casi paralizante, se apodera de él, como cada noche, antes de cruzar el umbral. Un paso más y el golpe de la puerta al cerrarse tras él. Da ese paso.
Pone en marcha el compact casi inconscientemente; ni siquiera escucha la música, una distante composición japonesa que alguien le regaló, seguramente Isabel. Quizás algún día acabe por cogerle el gusto, de momento va acostumbrándose.
Sobre la mesilla de noche deja con el cotidiano cuidado el reloj, la billetera, el anillo y el sobre que saca cada noche de un cajón. Era un sobre corriente y blanco el día que empezó todo. Ahora está amarillento y un poco arrugado por el ir y venir diario del escritorio a la mesilla.
Estará ahí, junto al despertador electrónico que sonará a las siete de la mañana suceda lo que suceda, hasta que todo haya pasado una vez más. De la lámpara triste cuelga una medalla de esmalte blanca y azul, con una inicial curvilínea. Una ele, de Laura. Casi roza el ajado papel del sobre, ennobleciendo con su regusto empalagoso de bisutería de tenderete la anodina luz verde de los inestables dígitos del reloj. Llevó esa medallita en el bolsillo de sus vaqueros los ocho días del dieciséis al veinticuatro y después hasta el veintisiete de un mes de julio. Hace ya años, tenía dieciocho recién cumplidos. Laura, dieciséis.
En el cuarto de baño, el espejo, grande, ante el que se desnuda relajando poco a poco los músculos, asumiendo como liberación el pavor que, ahora, es ya tan suyo como el pelo o las uñas, le devuelve la imagen de un hombre adulto; tiene ahora la misma edad que el otro tenía entonces. Piensa un instante, breve, o quizás esta noche no podría soportarlo, en la mirada de aquellos ojos cuyo color no recuerda sobre aquel cuerpo.
El agua caliente salpica los baldosines rojizos formando con las gotas caprichosas figuras, un paisaje, un dragón o irregulares mariposas que se funden en el deslizarse de una lágrima pared abajo. Con Isabel juega a veces a interpretar imágenes en las nubes pero él siempre finge no ver más que algodón. Le resulta tan extraño compartir ese juego infantil con ella que prefiere escapar así y tomarla el pelo. Ahora estará llegando a casa del trabajo y dentro de un rato charlarán por teléfono, seguramente, como cada noche, saldrán a tomar una copa, quizás acabe esta noche también entre sus brazos. Para entonces ya habrá pasado todo. En el vaho de los azulejos el dedo traza una curvilínea y barroca ele.
Está cansado, aunque no se ha cuenta hasta ahora, al ver la ele de la pared. También la escalera de la casa de Laura estaba llena de la inicial pintada a tiza, rotulador o grabada en el muro a golpe de navaja. Ya es casi un acto reflejo dibujar la ele cuando se encuentra ante una superficie virgen. Otros hacen pajaritas de papel o cuadraditos, Isabel, por ejemplo, firma y Laura hacía patos partiendo de unos donosos doses con los que llenaba las hojas de sus cuadernos en el instituto; otras veces eran margaritas diminutas las que poblaban sus apuntes. Por eso aquella tarde de entierro añoró algún modesto ramo avasallado por las grandilocuentes coronas de ayuntamientos, colegios etc., etc. Unas cuantas margaritas perdidas en aquella interminable pesadilla, aunque nadie las viera. Como a él tampoco le habían visto, uno más de los jóvenes que acudieron o no acudieron al cementerio. Como cada día se subleva, también entonces lo hizo, por el escaso valor de palabras y promesas. Uno más.
Sale de la ducha y se seca, desodorante, unas gotas de colonia y afeitado, preparándose para la cita diaria. Seguramente cenarán fuera, le han hablado muy bien de un restaurante coreano muy cerca de casa de Isabel. A Laura le habría gustado la comida oriental pero no le dieron tiempo a probarla, en el pueblo no había por entonces ni un chino. El verano pasado vio varios y también hamburgueserías y hasta un par de karaokes. Tenía dieciséis años aquel dieciséis de julio en el que quedaron a las once, después de la procesión de la Virgen del Carmen, donde siempre; una plazuela con cinco palmeras y tres bancos que ocupaban el grupo de amigos cada noche de verano.
Ya no se hace la colonia que usaba entonces, sólo hace diez años –ya hace diez años-, y apenas queda algo de lo que fue suyo, ni la colonia, ni las modas, ni la música, ni Laura; ni siquiera la casa de sus padres en el pueblo es la misma. Llama al restaurante y reserva mesa para dentro de dos horas, hay tiempo de sobra, lo que tiene que hacer, como cada noche, es cuestión de segundos.
Se sirve despacio una diminuta copa de moscatel. Compartieron, Laura y él, otra en lo más parecido a un beso que recuerda y siempre sonríe evocándolo al paladear el vino espeso y dulzón. La llave es el complemento cotidiano de ese sabor, la guarda en la caja de clips del escritorio.
Abre la puerta de la habitación y enciende la luz, un fogonazo sobre la pared despejada  donde cuelga la ampliación de la fotografía de carné que le dio laura. La original estaba, desde el primer día, en la billetera que le robaron hace seis años, incluso los ocho días en que el pueblo se lanzó a buscarla por los campos y los montes, estaba en el bolsillo de sus vaqueros, junto al colgante de esmalte azul y blanco que iba a regalarle esa noche del dieciséis de julio. No pudo hacerse con otra fotografía, no se atrevió a pedirla. Tuvo que hacer la ampliación y el resultado no es muy alentador, contornos nebulosos y la vivacidad de su mirada perdida para siempre.
Ante ella, una mesa con una ruleta de madera, que él mismo lijó hasta sangrar y barnizó mil veces, sobre la que descansan dos revólveres idénticos en la penumbrosa que sólo alumbra, cegadora, la imagen desleída, como la propia memoria, de su rostro. Se sienta y mira las armas, una de ellas es falsa, pero ya no sabe cual. En la otra hay una bala, una contra once. Versión libre de la vieja ruleta rusa a la que, cada noche, se enfrenta desde hace años, desde que quiso encontrar algo fijo donde asirse.
Suena el timbre de la puerta, nunca suena por que rara vez está en casa. No debe ocurrir eso ahora, hoy. No debería sonar el timbre y romper ese silencio en el que invoca y concentra cada día el recuerdo obsesivo y escurridizo de aquella mirada hoy deshilachada en un trabajo de laboratorio no demasiado bueno.
Cierra la puerta para aislar el timbre, siempre le ha parecido un error la persistencia del sonido. A la luz, en el peor de los casos, se la controla cerrando los ojos, pero para dejar fuera el ruido hay que cerrar puertas, ventanas, poner sistemas de insonorización o cerrar el cerebro al taladro persistente del sonido.
Cuando vuelve a sonar es el teléfono y ya apenas es para Sergio un eco lejano a pesar de su insistencia casi desesperada. Como cada noche se ha entregado al ejercicio exasperado de reconstruir aquellos días y acompañar, de una oscura manera, un instante a la  jovencita que desapareció un día del Carmen.
Al principio era fácil, estaba todo reciente, en carne viva, pero una tarde de agosto cuatro años después, paseando delante de la casa pintada de amarillo donde había vivido Laura se dio cuenta de que ya no recordaba el color de sus ojos, de que sus padres ya no vivían en el pueblo y de que la casa, antes, era azul. Hasta entonces la muchacha había sido una presencia constante a pesar de todo, viajes, estudios, nuevos amigos a quienes nunca comentó que conocía a la chica de La Malcañada –todo el mundo sabía del caso, por lo trágico y por haberse convertido en serpiente de verano de aquel año, haciendo célebre el lugar donde la encontraron-. Pero a partir de aquella tarde Sergio comenzó a asistir a la huida de la memoria como a una procesión. Hoy comprobaba que la colonia que usaba entonces ya no se fabrica, mañana que las margaritas del jardín ya no están, que ya no queda ni el jardín. En su lugar, el aparcamiento de un hipermercado donde los turistas veraniegos compran ofertas de lleve tres y pague dos y de todo a ciento noventa y cinco, ciento setenta y cinco, doscientas cincuenta.
Pronto, de lo que había rodeado a Laura no quedaba nada, hasta el nombre de la calle han cambiado, hasta las letras del nicho –bronce sobre mármol- se fueron cayendo y las flores de las amigas tan sólo aparecen de vez en cuando. Para él los recuerdos eran la inicial de esmalte azul, la torpe fotografía de carné y unos pasos involuntarios que le llevaban a la casa amarilla de la calle Santa Quiteria –antes la casa azul de la calle Unificación-; todo lo demás tenía que confiarlo a su memoria, depositaria huidiza por demás.
Quiso atrapar sus recuerdos escribiéndolos pero si una noche llenaba cinco o seis folios con anotaciones, a los pocos días le parecían esbozos de una novela en la que Laura era una intrusa. Y cada día, sin amarras, su presencia se borraba y Sergio lo percibía como una huida que le iba dejando solo. No quería caer en esa soledad que presentía, por eso se entregó con un desenfreno que, de no ser hombre de pocas palabras y menos gestos, capaz de esconder todo dentro de sí, habrían tachado de enfermizo, a desentrañar recuerdos.
Así recuperó aquellos retazos que no hacía tanto tiempo había querido borrar. Insensiblemente los recuerdos anteriores a aquel día del Carmen se habían concentrado en los sentimientos, sensaciones, la alegría de ambos confundidos en las pandillas, la turbación del descubrimiento, la placidez de los ratos que iban robando para estar solos, el deseo de besarla –ahora ya no recuerda si llegó a hacerlo-, el miedo que le confesó tener al sexo. De aquella conversación, que vivieron como casi delictiva, sí que se acuerda perfectamente, quizás todo lo que vino después se lo tatuó en la zona del cerebro donde, dicen, reside la memoria.
El timbre ha dejado de sonar y así el paso siguiente es más fácil. Los detalles, siempre esos malditos detalles en los que no se fijó entonces, reaparecen al adentrarse en el recuerdo de aquellos últimos días.
Casi como un acto reflejo, con el conocido primer golpe de rabia, hace girar el plato por primera vez. Lo hará ocho veces, una por cada día de búsqueda. La mancha de la camisa de Javier a veces parecía la cabeza de un indio y otras un extraño animal alado, la camisa era verde claro y le faltaba el segundo botón.
Recuerda también con extraña claridad la sombra de una lagartija escabulléndose entre los cantos del lecho del río seco cuando oyeron que alguien gritaba algo. Es, sin embargo, incapaz de recordar qué palabras pronunciaba, ni siquiera quien era. Corrió con los demás hacia el hombre que seguía gritando, al abrir la boca dejaba ver el hueco de una muela.
Entre la tierra vio Sergio, antes de lograr entender que estaban diciendo todos aquellos hombres y muchachos, la mano derecha de Laura. Hace girar la ruleta por segunda vez.
Nadie supo que Sergio se alejaba y se sentaba en una piedra medio oculto por la genista sin apartar los ojos de aquel guiñol en el que se iba convirtiendo todo. Estaba allí, mirando sin parpadear cuando llegaron a levantar el cuerpo y cuando llegaron unos parientes de Laura, y cuando Javier cayó redondo al verla, pero no quedó nada de todo esto en su memoria. Lo sabe ahora y aparece en estos momentos por que alguien se lo ha contado, ha de enfrentarse también a esa memoria ajena y depurar lo que es suyo. Cada noche se infiltran imágenes dibujadas con pinceladas otros, casi insensiblemente, y cada noche ha de buscar las que él vio. Sin verlo mira fijamente el retrato de Laura mientras vuelve a girar la madera y los dos revólveres.
Recuerda que desde donde estaba pudo ver como descubrían el cuerpo, las heridas y las ropas desgarradas. Se le confunden la sangre en la cara, el sonido de la respiración fatigosa de un policía, el vientre desnudo y lacerado, el color de la ambulancia y la agonía insoportable de una oruga que, a sus pies, era arrastrada por las hormigas, Una mano se cayó de la camilla y dio en el suelo con el chasquido seco del cascarón de un escarabajo al romperse, alguien de la cruz roja colocó la mano sobre el pecho de la muchacha pero Sergio se recuerda a sí mismo obsesionado por su propio olor.
Otra vez las armas giran y, como cada noche, le estremece. Como cada noche lo achaca al frío de la habitación y a su malcubierta desnudez.
Gritos, rostros, flores, lágrimas, cámaras de televisión y él vagabundeando alrededor de todo aquello; comentarios, calles, lutos, frases, periodistas inundándolo todo, tiendas cerradas, banderas a media asta. Y él recorriendo sin destino esas calles desiertas del pueblo casi enloquecido por Laura, casi borracho de fama, volcado en el cementerio. Y él a contramano, sentándose en el pedestal de un monumento que hoy tampoco está. Sabe que también esos recuerdos se han ido diluyendo y que acabarán por esfumarse como los otros, como Laura. Golpea el mecanismo para hacerlo girar y abstraerse en ese constante retorno cada vez más lento, más próximo al final.
Le han dicho después que nadie le vio durante los tres días que pasaron desde que encontraron a Laura hasta a su entierro. Le han preguntado mil veces que hizo, donde estuvo, por que no fue al entierro y, salvo decir que sí estuvo allí, encaramado a una tapia semiderruída, nunca supo contestar. Tampoco el sabe nada de esos tres días. Los amigos, la familia, creyeron siempre que había ido a las fiestas del pueblo vecino, ajeno a todo, quizás sea cierto pero cree que no lo sabrá nunca. Una vez más hace girar la ruleta.
Cuando la familia, concepto ahora tan extraño a él, volvió del entierro le encontraron en la ducha y su ropa demasiado impregnada de tierra, barro y sudor- en la basura. Pasó mucho tiempo enjabonándose una y otra vez bajo el chorro caliente y, entonces por primera vez, trazando eles mayúsculas en los azulejos. Tenía miedo, eso si aparece claro en su memoria, a mirarse al espejo; esperaba encontrar a un extraño meditabundo, canoso, vencido. Pero, salvo una barba de muchos días, nada había cambiado. El pelo seguía negro; los ojos, brillantes; hasta era capaz de sonreír y el hoyuelo de la barbilla se le marcaba al hacerlo, como antes. Incapaz ya entonces de saber si había o no besado a la muchacha, buscaba en sus labios secos alguna huella que, contra toda lógica, quedara en ellos, suficiente para decirle si se había atrevido o no.
Sentía hambre y cansancio, pero nada más, nada de cuanto había temido durante la búsqueda, nada. Cogió la navaja de afeitar del abuelo y, a propósito, se cortó en la mejilla, ni siquiera le temblaba el pulso, casi gritó al comprobarse capaz de sentir algo, que no todo en él era lo que creía frialdad, indiferencia de peña. Vuelve el círculo de los revólveres a ponerse en movimiento mientras Sergio lo mira sin ver.
A principios de agosto volvieron a la ciudad, a casa, tenía que recuperar un par de asignaturas, lo hizo brillantemente. Y hasta entró en la universidad cuando ya desesperaba. Las nuevas gentes, el cambio de vida, le alejaron del recuerdo hasta que ya fue casi irrecuperable.
La constante presencia de Laura ya se había difuminado para aparecer tan sólo en fugaces destellos arbitrarios cuando Sergio se dio cuenta e intentó invocarla. Al principio fue un combate vano, apenas esbozos acudían hasta que cierta noche salió solo de casa, buscando, se sentó en una acera solitaria y dejó que el miedo a no recuperarla le invadiera. La mano en un acto reflejo ha empujado la ruleta y su sonido tenue es casi insoportable en el silencio de la habitación.
Casi resignado a esa soledad abisal su pensamiento recorrió caminos distintos y, por primera vez, se preguntó qué debió sentir ella esas horas en las que fue violada, humillada, golpeada y asesinada por un hombre que, como él ahora, tenía veintiocho años, un aterrador cuerpo adulto, como él ahora. Un coche se subió a la acera entonces y, sin reducir la marcha, a toda velocidad, continuaba avanzando hacia él. Inmóvil con los ojos fijos en los faros recuperó un instante a Laura, en el miedo al ver venir a aquel hombre con el arma, el mismo terror que él estaba sintiendo atado a la calle. Un volantazo, un golpe en la farola, un hombre que sale del coche y Sergio, pasos lentos en la noche alejándose calle abajo, con el regusto a Laura recuperada.
Supo entonces que sólo en el pavor espantoso de la muerte inminente podía encontrarla y ese encuentro no tardó mucho en convertirse en una cita diaria con aquel juego que inventó, once posibilidades de vivir y una sola bala. La vida que ama y el miedo a perderla. En ese cruce, Laura, cada noche esperándole sin necesitar cosas, ni calles, ni gentes, sola ante el miedo, como él.
El movimiento se hace más lento hasta pararse, uno de los revólveres ha quedado frente a él, como cada noche. Apenas tiene ya control sobre su cuerpo y la mente se desboca, atenazados ambos por el terror. Es el momento de la voluntad y del olvido total. Para apretar ese gatillo apuntando al paladar tiene que olvidar el sobre amarillento con la carta del suicidio, el colgante de esmalte blanco con la ele azul, el trabajo, los amigos, el dolor de los músculos agarrotados, el miedo, Isabel.
Era ella quien llamaba al timbre, al teléfono, seguramente tratando de evitar lo que va a hacer ahora mismo. Ayer, en su cama, hablaron mucho sobre ellos, su relación, vivir juntos, matrimonio y Sergio le contó todo. No debió hacerlo. Era su última reserva, todo lo demás lo comparte con ella. ¿Le ama Isabel? Seguramente, viendo el horror de sus ojos al oírle describir el ritual, escuchando como le pedía que no lo volviera a hacer. ¿La ama él? Seguramente, oyéndose prometer que la noche siguiente, esta noche, sería la última.
Isabel no entenderá nunca que nada de cuanto pueda llegar a hacer a hacer Sergio tendrá tanto valor como renunciar a esa cita diaria con Laura, condenada ya al olvido irremediable. Suena otra vez el teléfono, es ella, lo sabe, quiere evitarlo, no puede respetar este último encuentro. Y eso le halaga. Sonríe al empuñar el arma, abre la boca y, como cada noche, se deleite en el acero frío. “Adiós, Laura”. Aprieta el gatillo.

5 comentarios:

  1. Uf! Vaya tela, Joaquin. Tremendo relato.

    Un abrazo, amigo.

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    1. Muchas gracias aunque lo de las pesetas y el teléfono y tal se ve viejo.

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  2. Se nota la efervescencia de la edad. Yo no me reconozco en mis viejos textos.
    Un abrazo

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    1. AHora que lo dices lo cierto es que con los años mis temas son más apacibles, en apariencia, más sutiles y cotidianos.

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  3. Aunque se intuye el final resulta fascinante.

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