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sábado, 20 de febrero de 2016

El hombre que no quería tener historia (2)



Aquí el hombre sin historia empieza a desdibujarla, voluntariamente o no, no sabemos qué pasó durante un tiempo, ni siquiera si fueron meses o años, y deducimos que sus campos, su casa, las personas queridas hasta entonces, las hierbas medicinales debían estar en su mente demasiado relacionadas con ella, pues fue abandonando todo poco a poco hasta que acabó yéndose de la aldea sin más oficio ni beneficio que las cuatro reglas, algo más pero sin documentar, y sin rumbo fijo. ¿Lo hizo para buscarla o para huir de su recuerdo?, ¿Sería por entonces cuando empezó a beber? Pues sería lo lógico, pero las referencias que tenemos es que no, no más de lo normal en un muchacho de su edad. Sabemos que intentó escapar de la aldea vía Armada, intentando entrar en no sé qué cuerpo pero que no pudo por qué llevaba gafas. Luego nos han llegado anécdotas de cuando estuvo aquí o allá, o acullá, durante “algún tiempo” tampoco sabemos cuánto. En realidad el hombre que no quiso tener historia estuvo muy cerca de lograrlo. Lo que le falló para conseguirlo es que tenía siete hermanos y algunos sobrinos, además esos hermanos eran marinos. Se supone que el marino viaja por mar exclusivamente, craso error, muy a menudo les cambiaban de barco y tenían que atravesar el país en los trenes de los primeros cincuenta, teniendo que esperar en las estaciones quizás doce horas o más para hacer trasbordo. Resumiendo: que no le era tan fácil no ir dejando pistas aquí y allá. Nos consta que estuvo en la zona de los Pirineos, trabajando de no sé qué, y luego las noticias que nos llegan se desperdigan, aquí carpintero, allí fontanero, allá albañil. Siendo albañil en Alcoy fue cuando ese algo que marcó el antes y el después que he venido usando hasta ahora, ocurrió. La gente cercana a él dice que están casi seguros de que murió virgen; yo tengo mis dudas, muchas dudas. En un país en el que hasta el 56 las casas de nenas eran casi legales. De hecho a todos nos consta que estuvo, al menos una vez en una de ellas, y nos consta por qué ese y no otro fue el hecho que marcó su vida. ¿Qué fuera la primera vez que entró en uno de estos lugares? Es posible, pero un hombre soltero, libre, con un sueldo y sin nadie esperándole en la pensión, ¿no resulta lógico que se refugiase en lugares así?
Ahora bien ¿Cómo describir lo que ocurrió aquella noche indeterminada de un día indeterminado de un año indeterminado? ¿hacía frío, llovía, era una triste Navidad de las de entonces, o el otoño y sus vientos y fríos obligaban a buscar reductos de calidez humana aunque fuera pagando? Nadie lo supo, nadie supo nada de aquella noche, salvo uno de sus hermanos, el más cercano en edad y quizás el más unido a él, y aun éste sólo supo del brochazo brutal, no de los matices, no de qué le había hecho ir a aquel antro, no sí iba habitualmente o no. Nada salvo el fogonazo, casi disparo, con que le dijo a Gonzalo en una estación gélida mientras éste esperaba coger el tren para Cartagena con su petate y su gorra de marinero siempre demasiado grande para él. Entre las chicas, sí, esas de “nenas al salón”, tan tópicas, con sus ligueros, corpiños y sus coloretes, tan tópicas que lo más probable es que nunca fueran así, sino mujeres tristes de risas forzadas y pintadas con restos de lo que un día, tiempo atrás, fuera una barra de carmín, pues sí, entre las chicas estaba ejerciendo La Rizosa. No sabemos si habló con ella, no sabemos si usó sus servicios en calidad de cliente. No sabemos nada. Sólo que la vida de Tino se rompió en dos. Sabemos, eso sí, que él continuó su deambular sin encontrar nido o árbol donde ahorcarse. ¿Cuánto tiempo después de ese encuentro ocurrió lo de Alcoy? Tampoco lo sabemos, podemos, aunque no lo vamos a hacer, dar el año exacto en que ocurrió lo de Alcoy pero no cuando entró en el burdel así que no podemos establecer la relación temporal que el hombre sin historia vivió entre ambas rupturas. Trabajaba de albañil, en Alcoy, cuando sufrió un accidente cuyo resultado según el parte médico fue “aplastamiento total de sesos”, según recordaba Magdalena, una de sus cuñadas que lo leyó. Le llevaron al hospital más cercano, no sé cual, donde trabajaba una prima lejana, sobrina de un antiguo director del Prado e hija de una dama de la alta sociedad de una ciudad provinciana y de un carpintero borracho, monja ballenesca y alegre que le atendió en la medida de lo que estuvo a su alcance. Aquella lesión superaba lo que los médicos aquellos podían hacer así que le mandaron aquí, a la capital, a la Mutua en el paseo de Reina Victoria.

2 comentarios:

  1. Cuánto rodeo para acabar en Cuatro Caminos. ¡Ah no!, que no ha acabado.
    Aquí, en ascuas. Un abrazo

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  2. Bueno, no parece un mal sitio ni para acabar ni para comenzar ¿no?

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