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martes, 16 de febrero de 2016

El hombre que no quiso tener historia



¿Cómo contar, empezar a contar o siquiera acercarse a la historia de un hombre que no tiene historia? No es cierto, tiene una historia como todos. Queramos o no todos somos protagonistas de una novela; si no se convierte en tal es por la torpeza de los escritores. Si alguien llegara a poder contar ésta sería una historia dura, terrible, en realidad. La de un hombre que quiso no tenerla, que no quiso dejar huellas de ningún tipo en el mundo. Pero ese poder no le es dado a casi nadie y las huellas que dejó, los recuerdos, resultaron ambiguos, obscenos, vulgares y hasta brutales. Una cosa es cierta, si bien no logró eliminar los restos de su paso por el mundo, sí que elaboró un gran engaño pues con esos escasos restos que quedaron se dibujó, queriendo o sin querer, un personaje que era eso: un personaje al que terminaron confundiendo con él. ¿Fue su gran trampa o sólo el reflejo de un hombre perdido?

Unas pocas herramientas, ropa raída, chaquetas de lana y pantalones de botones, pues nunca hubo forma de que usara cremalleras, un bastón o dos, un arsenal de medicamentos, unas gafas de lejos, otras de cerca, un par de zapatos, las zapatillas de estar en casa, la documentación de cincuenta y seis años de vida, alguna foto suelta de las que se hizo para el último carné y dos cajas de zapatos de cartón blanco, ni siquiera se esforzó en que fuera un buen material o en buscar una buena caja de madera; no, sólo dos cajas de cartón blanco sucio y blando conteniendo lo que eran sus recuerdos, quizás el material de esas cajas era el valor que tenían para él aquellos recuerdos. No, no es ese el término, no eran sus recuerdos lo que había guardado allí, era su intimidad que había querido reducir al mínimo en su afán de desaparecer. Ese era el material del que estaba compuesto su personaje. Para conocer al hombre que no quería tener historia hay que ver precisamente lo que no está, lo que no aparece, lo que no se dice, lo que no existe por qué esa fue precisamente la única existencia que tuvo el hombre sin historia.

En su tumba de granito negro con una cruz desmedidamente alta se lee en letras doradas “Tino”, debajo, en letras considerablemente más pequeñas su verdadero nombre que nada tuvo que ver con Faustino, Agustín, o cualquier otro de los que suele derivar este diminutivo y por el cual nadie le hubiera conocido. Cosas de los pueblos pequeños, que nunca se sabe de dónde sale tal o cual apodo. Lo cierto es que tuvo éxito y hasta la propia familia le llamaba Tino. A los pocos años tan sólo ellos recordaban el nombre. Por eso en la lápida alguien quiso que se le reconociera o nadie hubiera sabido quien estaba allí enterrado. La hermana en cuya casa vivió sus últimos años quiso una tumba ostentosa, que se viera, al contrario de lo que él había sido, con la intención de que los parientes que vivían en la ciudad acabaran todos allí. Irónica, sádicamente, ninguno ha ido ni irá a parar allí, una vez muerto no tienes mucha voz y menos voto en estas cosas y ni siquiera a ella la llevaron allí sino que sus cenizas están en una tierra que no es la suya, lejos de la gente de su sangre y por supuesto de la cuasi monumental tumba de granito negro. Tino estará bajo esa desmedida cruz solo, como siempre estuvo. Quizás como siempre quiso estar, era difícil saberlo pues era de trato áspero y pocas palabras. Por lo menos así era después, cuando le conocieron los sobrinos e incluso cuñados y cuñadas. Sólo unos pocos recuerdan como era antes: los que van quedando de la familia y gentes del pueblo. De un lugar de los de antes por que el hombre que no quiso tener historia murió a los cincuenta y seis años, sí, pero hace treinta, los hará el próximo trece de agosto. En los pueblos, al menos desde fuera, la vida lleva otro ritmo, e incluso desde dentro todo parece encauzado por carriles inamovibles que heredan o se trazan muy tempranamente y las parejas ya dibujadas aunque pasaran años antes de oficializarse de alguna manera que Perenganito se había puesto novio formal de Zutanita, generalmente por una preñez tan previsible como inevitable.

En toda familia hay alguien que se ocupa de recoger los recuerdos personales, los que el resto de la familia tiraría sin contemplaciones, y que él, o más generalmente ella, también debería tirar sin mirar, pero que, en cambio, guarda amorosamente, después de una cierta, y un tanto aleatoria, selección. Tino murió joven y además era hombre de poco guardar, tal vez por qué lo fue de mucho viajar. Un culo de mal asiento, claro que eso fue después.

Quienes no le conocimos antes sabemos que se dedicaba a trabajar el campo, que era esbelto y bien formado aunque bajito en relación a los gigantones también esbeltos o escuálidos, según se mire, de sus hermanos, que dibujaba bien sin haber aprendido y que tenía desde niño una novieta a quien, por alguna razón, llamaban La Rizosa, es lo que tienen los pueblos, los apodos se heredan generaciones y, al final nadie sabe por qué a una chiquilla de pómulos altos, barbilla puntiaguda y pelo lacio aunque abundante, se le llama La Rizosa. Dicen quienes le conocieron antes que poseía un cuerpo perfecto, definido y proporcionado. Las fotografías que nos quedan nos dan la imagen de un muchacho sonriente, esbelto y con cierto aire travieso, signo de una inteligencia viva, algo en lo que coinciden todos los que quedan que le conocieron entonces. En una de ellas están cuatro de los hermanos llevando un pequeño paso procesional y tiene cierta gracia como su esquina se ladea pues la diferencia de estatura era realmente notable. Los cuatro sonrientes, no hay más fotos en las que sonrieran, ninguno.

Sabemos que un grupo de jóvenes del lugar se acercó a Vigo el verano del 47, cuando la visita de Evita, mítica e icónica imagen de aquel tiempo de hambres variadas, lo que no he llegado a averiguar es si entre ese grupo iban Tino y La Rizosa. No sé por tanto si esto fue antes o después. Lo único que nos proporciona ese dato es un tiempo, un medio, un ambiente, un escenario como quien dice. Apenas hay fotos de abuelos, tíos y demás pero en una de esas cajas de un hermano de Tino, alguien que se empeñó en organizar dentro de lo posible lo no organizable encontró una foto tamaño carnet. Debía estar tomada en una feria o un estudio pues se ve un ovalo recortado en un cartón o madera dentro del cual debían posar los retratados, en lugar de posar una chica de rasgos angulosos, sonrisa ligera y manos largas, las apoya y sobre ellas la barbilla en el borde inferior quedando medio fuera medio dentro del óvalo. Como no se parecía a nadie que conociera tuvo la inocencia de preguntar. “Anda, sí es la Rizosa ¿qué hace esa foto ahí?” Le contestaron. Lo cierto es que nadie supo dar razones del porque una fotografía de la novieta de Tino acabó en la caja de recuerdos de un hermano que no podía ni verla; la explicación es, sin embargo, simple, cuando falta la persona que recopila los recuerdos familiares pasan a otra, y de ésta a otra más hasta que acaban en el fuego, el contenedor o el Rastro.
            Casi se diría que esa fotografía es la última vez que nadie la vio. Quedaría poético pero no es real, lo real es que una tarde Tino fue a buscarla a su casa entre castaños con su pitillo en la boca para ir al baile y ya no estaba. No estuvo nunca más y por mucho que cuando veía aparecer por el camino alguna moza con la cesta en la cabeza y ese paso peculiar Tino corría al camino, nunca volvió a ser ella. No dejó ni una nota, ni una pista, simplemente se fue. Desapareció, aunque, por desgracia para él, no para siempre. No para siempre.

2 comentarios:

  1. No me puedes dejar así. Habrá una segunda temporada, espero.
    Un abrazo

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  2. Si, hay una segunda entrega ya escrita y una tercera a medio hacer.

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