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domingo, 30 de marzo de 2014

Dos emes en realce (octava entrega)



Si ella vivía todo aquel trajín con aceptación serena, él, por el contrario, vivía en un estado de continua agitación interna que no se manifestaba nunca salvo en algún exabrupto desmedido con algún “inferior”. La educación en el pazo arruinado le había dejado bien claras las escalas sociales y, si fuera sincero y dejara de escudarse en su cristianismo de sacristía, sería capaz de establecer de una mirada a cada uno en su lugar sin plantearse dudas. Para empezar esas relaciones que buscaba entre los del escalón inmediatamente superior le obligaban a cosas que no le gustaban como ir a salas de fiesta, bailar o incluso ir a algún cine. Lo de leerse el mismo periódico que el jefe lo consideraba parte de su trabajo, la mayoría de las veces era el “Ya”, pero otras era “El Alcázar” o, excepcionalmente entre sus superiores más cultos, el ABC. Era obligación tan asumida que ni siquiera se daba cuenta de en qué momento cambiaba de diario. Como un trabajo se lo tomaba pues no le gustaba leer, ni bailar, ni… bueno, ya hemos dejado dicho que no se le conoce nada que le guste. No es cierto, de lo único que hay certeza que le gusta es “La flor de la canela” que él, no sin esfuerzo, ampliaba a la música sudamericana. Por supuesto no tenía ni tiene equipo predilecto, faltaría más, y en la cruel tesitura de elegir tendría la sabiduría para decantarse por el del jefe o, llegando un paso más lejos, por el del próximo jefe. Sin embargo, dos o tres noches por semana se veía obligado a salir más o menos de buen grado, hoy una cena, mañana una sala de fiestas, pasado un coctail, al otro la presentación de un libro del hijo del gobernador civil, al de más allá una puesta de largo o una boda o un bautizo e incluso algún funeral que otro.
Tras la primera enfermedad de casados y el primer ingreso de Mariola hubo un tiempo en que pareció que aquel podía ser el destino definitivo de la pareja, incluso Manuel comenzó a moverse en ese sentido. Sin embargo, y ahora lo vemos desde los ojos del abnegado marido, como siempre cuando tenía la sensación de encontrarse cómodo en el lugar, de ir hallando amistades algo más profundas que las del más superficial trato social, de ir encontrando los resortes, los rincones, los encantos de cada lugar, comenzaba a sentirse incómodo. Algunos antiguos lo definirían como “culo de mal asiento”, pero no era eso. Manuel deseaba, o eso creía, establecerse definitivamente, pero esa desazón que le acometía repentina, furibunda y silenciosa, tanto que ni sus confesores tenían noticia de ella, le hacía casi inconscientemente buscar que le trasladaran, casi siempre ganando en el cambio pero tan poco era el beneficio que ni compensaba los gastos de mudanza. Por supuesto, Mariola ni se enteraba hasta que comenzaba a verle aun más respetuoso en la cama, con la mirada perdida y como distraído; llegó un momento en que al notar los síntomas, incluso antes de que él hiciera nada ya comenzaba a empaquetar pequeñas cosas para ir adelantando. Eso sí, en cada traslado confiaba la muchacha en que se acercarían a su familia y, siempre, se equivocaba.
Hubieran podido pasar así su vida entera pero eran los sesenta y hubo cosas y hechos que se fueron imponiendo, a pesar de Manolo. Además eran armas de doble filo, y más en sus manos. La primera fue la televisión generalizada, cosa grave pues no sólo tenía que hacerse con una, a plazos, para demostrar un cierto poder adquisitivo que pretendía dar por hecho ante sus amistades sin tenerlo pero por otro lado su presencia en el minisalón de la casa le inquietaba, no se consideraba un mojigato pero tanta violencia y tantas imágenes perturbadoras no le gustaban, es más le revolvían y procuraba evitarlas por todos los medios. El segundo hecho que le vino todavía más impuesto cuando de buenas a primeras se encontró siendo el único de toda la oficina que no tenía coche. Casi aprisa y corriendo se compró el primero que le ofrecieron, un R8 crema. También era arma de doble filo pues si bien como efecto negativo tenía poder viajar más a casa de la familia de Mariola y, por tanto, aceptar más compromisos del tipo: “hazme una batita de verano” y demás, por otro lado le permitía organizar constantes salidas “de compromiso” con las que evitaba que sus familias les visitaran demasiado a menudo. Además, al sentirse el Amo y Señor de tan poderosa máquina consideró que ya podía volver a casa sin tener que bajar la cabeza como le había dicho su abuelo. Cuando llegó se encontró con que todos los supervivientes tenían mejores coches que él aunque, eso tiene que reconocérselo todo el mundo, no conducen mejor que él. De hecho aun hoy sigue atravesando el país y manejándose con el coche con verdadera habilidad, y no solo conduciendo sino quitándose de en medio cuando alguien les anuncia que va a ir a cerca de donde viven, “casualmente” ese día estarán de viaje, y no miente, siempre tiene pendientes varios viajes para estas ocasiones. No es, contra lo que pueda parecer, que no aprecie a quienes llegan, no, ni mucho menos, esta actitud se debe a la misma causa por la que buscó desde siempre pisos pequeños: para que nadie pueda quedarse con ellos ni una sola noche. No es que le moleste su presencia, no, ni mucho menos, es más se siente halagado y extraordinariamente satisfecho de poder agasajar a amigos y parientes tanto fuera como dentro de su casa pero cuando él considera oportuno y nada logra forzar su voluntad en ese tema, ni siquiera sus compromisos sociales más intensos. En aquellos años eran muchos y adecuados para las pequeñas mejoras que siempre buscaba a través de aquellas “amistades” oportunas. Sin embargo, alguien que no se dejara enredar por el constante juego de comidas, cenas, salas de fiestas, bodas, bautizos, comuniones y funerales hubiera podido observar que mientras Mariola se acomodaba lenta pero confortablemente en el nuevo lugar, Manuel se integraba de inmediato forjando relaciones deprisa pero que cuando esas relaciones u otras que fueran apareciendo se iban asentando y adquiriendo mayor intimidad, él se iba encontrando más y más incómodo, iba rehuyendo precisamente a las personas con la que la pareja se encontraba más a gusto, a aquellas con las que le resultaba fácil sincerarse, casi como si le diera miedo de algún tipo de contagio. Entonces surgía la posibilidad de traslado.

2 comentarios:

  1. Se podría decir que este Manuel, no se casaba con nadie.
    Un abrazo

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  2. Hay gente que siente miedo de la intimidad y hay gente que tiende a convertirse en una especie de garrapata, el término medio entre la sociabilidad y la discreción es algo que en este país no se ha prodigado demasiado.

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