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miércoles, 5 de marzo de 2014

Marzo, cuatro episodios o un mal principio de primavera

 De nuevo Gaspar Camps y su calendario, esta vez por partida doble, en la primera imagen los colores son más vivos y apreciamos mejor el fondo: Entrada de Jesús en Jerusalem el domingo de Ramos, parece olvidar el autor el dicho aquel de que "Semana Santa Marzal, año fatal", pero, cuando veamos abril, entenderemos sus motivos.

Por motivos que explicaré en otra entrada he tenido la cabeza en otros sitios estas últimas semanas, ahora parece que vuelvo a poder centrarme un poco más en este blog y, la verdad, hoy quizás no sea el mejor día para contar esto. Con este título nadie espera que hable de lo que voy a hablar. Ni siquiera sé si debo con las espadas de Damocles de las muy diversas Leyes Mordaza que se nos avecinan, no, no sé si debo pero ¿sabéis qué? Pues que de algo hay que morir, que ....nes. Básicamente lo que voy a contar son varios episodios que se han sumado hasta que hoy, día de resacón personal -no etílico, malpensados, sino cliníco después de pasarme dos días encerrado en urgencias y consultas, con buen resultado, parece, pero paliza al fin y al cabo. Decía que el episodio de hoy ha rebosado el límite de mi paciencia y no me queda más que dar gracias a Quien Corresponda por que no está en mi mano organizar una degollina, esta mañana lo hubiera hecho de muy buena gana y sin el menor remordimiento. Pero la cosa viene de hace unos cuantos meses, quizás más de un año. 
Primer episodio: Un "humorista", que nunca me ha hecho gracia por que para el humor soy un exquisito y tengo la absurda idea de que para hacer reír no basta con estar gordo, puso en un bar una grabación anunciando que se volvía al servicio militar obligatorio, cosa que a mí siempre me ha dado lo mismo, ojalá yo hubiera tenido un cuerpo capaz de hacerlo, por poco que me hubiera gustado. Hora de emisión de la grabación: media mañana; público, el normal a esas horas en el centro de Madrid, viejas marujas inflándose a porras y desollando vivo a todo el que cae, algún trabajador con su café y poco más, gancho aparte. En cuanto el gancho consiguió que las viejas salieran del círculo de lo que abarcan sus faldas empezaron sañudamente con frases del tipo, "así se hacían hombres", para acabar dando vivas a Franco y demás lindezas. Supongo que les encantaría ver a sus nietos rumbo a la guerra de Cuba, pongo por caso. Amor de abuela.
Segundo episodio: en mi barrio, junto al quiosco de prensa hay una pared blanca, sé que mi barrio es pelin especial pues desde mi ventana se ve una pintada que dice "Satán es mi pasión" junto a una cruz invertida, al lado del flamear de una bandera del Vaticano presidiendo la entrada al colegio, vamos que no sé si debería haberme herido como lo hizo el ver sobre el blanco de la pared "Fans de Hitler". 
Tercer episodio: 23F. Entraba yo a tomarme mi dosis de cafeína de supervivencia en mi taberna de siempre y me perdía, como siempre en la muda y anhelante contemplación de aperitivos varios que no valen sino para hacerme salivar como al perro de Pavlov pues nunca me los como, cuando oigo a un jubilata, no precisamente un anciano, que entra y le dice a otro: "Venga que te invito por ser el aniversario del golpe que perdimos", casi a gritos. Bajé la vista al café y lo apuré de golpe. Me sentó mal, por supuesto.
Cuarto episodio: hoy, 11'30 de la mañana. Inicio un apacible paseo curaresacón por la acera soleada y templada después de estos días ve vientos gélidos que cortaban el alma y la respiración, esos días tan "madrileños" de luz veraniega y viento ártico. Ante mi cortado al que, en una orgía de recuperación, he acompañado con un churro, veo y oigo entrar a un hombre de unos cuarenta y tantos años, español, por aspecto y por acento con un discreto bolso del que saca un par de billeteras con la intención de vendérselas al jefe del bar, ojo, no a los clientes. Bueno, cada uno sobrevive como puede y más ahora, menos los concejales, que esos siempre han sobrevivido igual. Acabo mi cortado acompañao y me detengo a relajarme cual, como dirían por las tierras del sur, "niño chico" mirando unos acuarios de una tienda recién puesta (tengo que convencerme de no comprarme uno). El pájaro de la cartera sale del bar y se acerca al local siguiente, una panaderia, el panadero apoyado en la puerta toma un poco el sol mientras se fuma un cigarrillo esperando la clientela de la salida de los niños y de las abuelas que suele llegar a más o menos la misma hora.
-¿Eres el dueño?
-Sí. 
-Es que como te he visto blanco y español pues creí que el dueño sería uno de esos que vienen de fuera a quitarnos los derechos -tras una retahila en el mismo tono, inicia su oferta, que el panadero, hombre de bien rechaza. 
El local siguiente es una peluquería que llevan dos chicas sudamericanas encantadoras que atienden a las abuelas con más problemas con un cariño del que no son capaces ni sus nietas cuando sueltan el móvil. Las muchachas también rechazan las carteras y el pájaro sale diciendo lo bastante alto como para que quien quisiera oírlo -ellas las primeras- no tuviera que hacer mucho esfuerzo: "tres tiros en la nuca habría que daros".
El local siguiente es el de los acuarios. Prefiero no decir lo que salió de su bocacloaca. Sólo que acabó diciendo en mitad de la calle "si tuviera una recortada iba a dejar todo esto blanco".
Tuve que irme, buscar un banco y refugiarme en la apacible lectura de "La taberna" de Zola. Sin embargo, estoy no sólo indignado y con ganas de buscarme yo la recortada, sino algo mucho más grave: estoy sobrecogido pues nadie, ninguna de las personas decentes que viven en mi alrededor, en el de todos, hizo otra cosa que sonreír y dejarle hablar. Supongo que si llega con la recortada para matar primero a los no blancos y luego a los enfermos para seguir con quien quiera que ocupe el siguiente nicho de seres inferiores se limitarán a apartarse. Pero no es sólo esa la causa de mi sobrecogimiento sino algo mucho más serio: el odio profundo y sin límites que me llenó por completo, terminé mi paseo procurand evitar cruzarme en su camino y deseando hacerlo para, si me fuera posible, tirarme a su cuello. Un odio visceral que viene de lo más profundo de mí, quizás ni siquiera de mí sino mucho más allá, algo que viene de al menos dos generaciones atrás. 
Hace unos pocos días leí una frase que me alarmó y aclaró este odio ancestral: "Si te arrebatan la libertad, acabas forzosamente odiando a alguien", (Haruki Murakami: "Los años de peregrinación del chico sin color") Tres generaciones al menos de vivir bajo la bota de esa/esta gentuza explica mi reacción, o eso o soy un psicópata.

8 comentarios:

  1. En ocasiones parece que los planetas se alinean contra nosotros, Joaquin. Quiero pensar que esos energumenos siguen siendo minoria, aunque sabiendo lo que sabemos y viendo lo que vemos, nos cueste de creer. Siempre nos quedara la literatura, ahi no entraran. Un abrazo.

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    1. Sí, tienes razón: son una minoría pero ¿que más da si la gente, lo que se supone que somos la mayoría, les dejamos campar por sus respetos sin tascarles el freno?
      Además, no es cierto que la literatura no entren, entran desde antes de que escritor coja la pluma pues sabe que con ellos sueltos su cabeza no vale nada según lo que escriba.
      Un abrazo

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  2. Parece existir una decadencia disfrazada por avances tecnológicos que nos hacen creer que estamos disminuyendo los prejuicios... pero lo triste es que parece que los estamos sofisticando.

    El mundo entero parece estar retrocediendo... hundiéndose.

    Pero no todo está perdido, no todos estamos dormidos.

    Saludos amigo

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    1. Quizás no lo estemos pero lo parecemos. Les dejamos hacer, crecer, expandirse y a todo esto ofrecemos silencio y paso atrás. Quizás el mundo entero no merezca otra cosa. Siento estar especialmente siniestro con este asunto.

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  3. Yo también he trenido algún "día de furia" como el que relatas. Ultimamente que estoy de papeleos burocráticos mas de uno. Cuando añoras la recortada lo mejor es respirar hondo y no dejar que te afecte al hígado.

    Un abrazo

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    1. A veces hasta la recortada se queda "corta", valga la redundancia

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  4. Pues menos mal que somos los catalanes los que navegamos por el espacio por los siglos de los siglos, creo que me gusta la sensación, así que un consejo desde el espacio sideral, tómatelo con calma.

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  5. Temo no entender muy bien lo que me dices pero si nos lo seguimos tomando con calma es posible que ya no sea posible reaccionar cuando vengan a por nosotros.

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