Páginas vistas en total

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Fauna veraniega (y costera) IV El elfo doméstico I

Las monótonas horas en la playa, al sol o bajo la sombrilla, aburridos como galápagos se acaban formando extraños grupos de amigos-conocidos que, al final, terminan haciendo tolerable e incluso entrañable –de entrañas, en todos los sentidos- el larrrrgo verano. Claro, no puedes elegir. Una mañana alguien pone su sombrilla al lado de la tuya y trabas conversación. Al día siguiente ya nos buscamos mutuamente y acaba formándose una especie de tribu que tiene menos en común que una coalición municipal, lo que te permite conocer gente que de otro modo no conocerías nunca. Entre el grupo del que formaba parte había un personaje extremadamente curioso. Pero antes y para describirlo os quiero contar algo.

Yo me leí a Harry Potter con mis cuarenta y… todos los volúmenes y he de decir que me lo pasé en grande, así que no podía dejar de ver las pelis. En la que aparece por primera vez Dobby, el elfo doméstico, estuve hora y pico pensando a qué me recordaba el muñeco encantador por otra parte. En mitad del cine y a pocos minutos de terminar grité: “Coño, si es Saturio”. Y era Saturio, o lo más parecido a él que quepa encontrar.

Saturio es un hombre de mi edad, es decir seis meses más joven –cosa que no para de recordarme- y casi no me atrevería a calificarle. Sin embargo, hay algo peculiar en él: es una maruja, sí, en femenino. Muy maruja, la maruja más maruja que se pueda imaginar, resumiendo: LA MADRE DE TODAS LAS MARUJAS. Si el creador hubiera pensado un ente llamado Maruja con todas las cualidades y defectos que le son propios no hubiera aparecido la habitual señora con rulos, bata, calcetines, redecilla y carrito de la compra, no: hubiera aparecido Dobby, digo, Saturio.

El caso es que la tribu sombrillera acabó siendo conformada por cuatro maestros revenidos que tenían como santo patrón a Herodes, una solterona de un temperamento más propio de la nitroglicerina que de un humano (de quien hablaré poco aquí, pues merece estudio aparte, casi tesis doctoral), una viuda a quien nadie recordaba haber visto nunca callada, un matrimonio sin hijos cuyo marido actuaba como patriarca y, lo que era más importante, Imperator de la tribu y, por supuesto, nuestro elfo doméstico.

Si había un tema recurrente en las conversaciones de aquella jaima sombrillera era la comida, para desesperación de uno –léase yo- que, siempre estaba a régimen. Parte del amplio espectro que cabe en el término “comida” es la compra y, como no, los precios. Escondida la cabeza bajo mi gorra pasaba la mañana escuchando aquella conversación como quien se ve obligado a asistir a un concierto de gatos desafinados interpretando la Novena: crispándome progresivamente hasta que, por fin, uno a uno íbamos entrando en el mar y allí se establecía otra charla sobre nietos, dolores y… comida.

Nuestro elfo doméstico ejercía especialmente de maruja en esta situación: llegaba hasta donde le cubría por media pierna y allí se ponía en cuclillas y se echaba agua constantemente por encima, especialmente de la calva por que Doby se afeitaba la cabeza ¡voluntariamente! Lo que con esas orejas de elfo en realidad era visión altamente inquietante en lugar del arbiter elegantiorum que pretendía ser con su vestuario de verano. Lease: un bañador, uno, para el día y la noche fuera cual fuera su actividad. Cual maruja solterona insinuaba que en casa estaba desnudo para dejar volar la imaginación. Eso sí, además del bañador, el mismo siempre, lucía una abundante gama de joyería fina sobre su piel tostada. A veces oro, poco, a veces plata y ahí ya la cosa cambiaba. Bisutería fina en plata, buen diseño, incluso gusto pero encajaba tan bien en su persona como los calcetines de Dobby en Dobby.

Era nuestro elfo servicial, como Dobby, inquieto, como Dobby pero a diferencia del personaje pertenecía a ese subgrupo humano, lamentablemente abundante y cercano al eslabón perdido, de quienes siendo prácticamente analfabetos (de lo que no son responsables, quede claro) creen que poseen por ciencia infusa (si supieran lo que quiere decir eso) cuanto conocimiento divino y/o humano, científico o humanista que en el universo existe, solucionando cualquier cosa que demostrara lo contrario por el infalible método de despreciarla y actuar como si, sencillamente, no existiera.
(Continuará)

3 comentarios:

  1. Yo no sé como hacés para soportar esa flora y fauna! Tenés una paciencia infinita. Lo tuyo es realmente un sacerdocio, jajajaja!!!

    BESOTES AMIGO!

    ResponderEliminar
  2. jaj Desde luego tiene razón Stanley. YO (y tú lo sabes) estoy acostumbrado a las playas gallegas tan solitarias y más si te alejas un poco del mogollón que no podría aguantar estos especímenes... Claro que entonces tampoco podría escribir estos post tan divirtidos, y que he leído, lamentablemente al revés, jajaa. Leí antes el de hoy que este, pero bueno, es igual, pues el orden no escoña la diversión.

    Bezos.

    ResponderEliminar
  3. A mi me ha despertado la atención esa mujer con temperamento nitroglicerínico. Muy buena la descripción.

    ResponderEliminar