Contra mi costumbre escribo directamente, sin borrador, así que algún falló habrá, disculpadmelos.
La muerte de Suarez ha despertado cosas, creo que en todo el mundo, especialmente entre quienes vivimos aquellos años en el paso adolescencia juventud, cuando aún no acabábamos de comprender el "funcionamieto" del "régimen anterior" y no teníamos ni idea de hacia donde íbamos.
Creo que él ha sido siempre el único político a quien no he puesto de vuelta y media en algún momento aunque desde luego la camisa azul de sus orígenes no le ponía en mi bando.
Era un gran hombre para momentos críticos. Me pregunto si hubiera destacado tanto en un periodo de normalidad. Afortunadamente le tuvimos ahí justo en el tiempo y el lugar adecuado.
Dejó cosas por hacer. Evidentemente, evidentemente, pero echando cuentas desde verano del 76 a invierno del 81 no llega a cinco años. No, no es a él a quien hay que echar en cara que los represaliados del franquismo sigan en las cunetas o que aun queden aspectos a desarrollar de la Constitución o que todavía estén vigentes leyes franquistas.
No creo que si hubiera logrado algo más después de su defenestración, algún cargo quiero decir, hubiera podido mantener el ritmo, no sólo él, el país tampoco. Tras esos años del 75 al 82 convulsos, sangrientos y apasionantes, el país necesitaba remansarse, que lo hiciéramos bien o mal es otro cantar.
Gratitud. Si, desde luego, pero por algo más que nadie ha mencionado estos días de lenguaraces a sueldo. Gracias por hacer que mi juventud, y la de varias generaciones, sintiense que avanzabamos hacia algo mejor, que podía hacerse, que la historia avanzaba. Fue una ilusión, desde luego, pero esa sensación de un futuro mejor posible y accesible, por el que se podia trabajar y no sólo laboralmente, es algo que las actuales generaciones de menos de treinta y pocos años no pueden ni imaginar. Fueron años de efervescencia absoluta en todos los campos. Para bien y para mal.
Historia. Sin duda es un hito en la lamentable y apasionante historia de España. No tuvo quizás la profundidad de un Jovellanos, no parece que le interesara mucho la teoría política, pero tampoco la radicalidad de los hombres de la República, era un hombre, por lo menos su obra así lo indica, que se enfrentaba a problemas concretos para llegar a un punto y aportaba soluciones concretas para avanzar, pasando de servidumbres a ideologías presas por letra impresa. Se le ha comparado con Cánovas, hasta cierto punto, sí, pero sólo hasta cierto punto. Cánovas trajo un monarca, Alfonso XII el Pacificador y una cierta estabilidad, pero él no tuvo que enfrentarse a un país infectado por el miedo de cuarenta años de represión. Un miedo profundo y una élite oligarquica de cuño autoritario que vivía y se arraigaba precisamente en ese miedo y en esa ignorancia. No, Cánovas sin duda lo tuvo más fácil.
Reacciones. No creo que nadie esperara la reacción que ha habido teniendo en cuenta que hace mucho tiempo que abandonó el primer plano de la vida pública y algunos años en que sabíamos de su enfermedad. Si se me permiten los terminos: esa reacción ha debido ser un zapateado en la entrepierna de toda la clase política por la inherente comparación con la panda trepas caciques y herederos de caciques que han tomado los diversos poderes y no me refiero a los de un único color, llevando al país a una situación más parecida a la España de Primo de Rivera y anterior que a cualquier otra. De nuevo gracias, don Adolfo.
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miércoles, 26 de marzo de 2014
martes, 4 de febrero de 2014
Y encima se nos va Felix Grande
No soy buen lector de poesía pero este hombre siempre ha conseguido partirme. Repito que apenas sé nada de poesía pero la de él la entiendo, cosa que no puedo decir de la mayoría de la poesía contemporánea. La experiencia de leer La Balada del Abuelo Palancas fue algo difícil de definir. Muy difícil. Me ha costado encontrar las palabras para traer aquí su recuerdo. La verdad es que ha sido un golpe sobre todo por que apenas queda nadie como él. Sólo recordarle, no soy quien para decir nada más.
sábado, 13 de abril de 2013
Callejero madrileño
Cuando decidí cerrar el apartado de “Despedidas” lo hice a conciencia. Dispuesto a que fuera definitivo y así va a ser pero hoy tengo que hablar de lo que se ha convertido por un lado en una avalancha de grandes que se nos han ido de golpe (Mariví Bilbao, Bigas Luna, Sara Montiel, José Luis Sanpedro, la tatcher –no es un error, con minúscula-). A veces parece una broma de la historia que en tan pocos días se nos vayan tantos personajes en un tiempo tan concentrado pero es que la historia tiene un peculiar sentido del humor como que Rajoy llegara al poder un 20 N, sin ir más lejos.
Sin embargo, y a pesar de mis intenciones de no deprimirme más de lo imprescindible por las lamentabilísimas pérdidas, hoy tengo que hablar de difuntos por que las cosas se mezclan hasta levantar el estómago a cualquiera y por que, a decir verdad, me siento un poco culpable.
Sara, Sarita, Saritísima, Doña Sara de la Mancha, La Montiel, Maria Antonia Abad, ella en suma, nunca ha sido santa de mi devoción. Desde crío me pareció excesiva, vulgar y en general mala actriz y peor cantante. Curiosamente en mi despavorida huida de los telediarios desde hace algún tiempo a la hora de comer me he ido encontrando con los grandes éxitos de esta mujer y he tenido que rectificar en gran parte mi opinión sobre ella. Lo siento, Doña Sara, estaba en gran medida equivocado con usted. De ahí mi sensación de culpa que quiero expiar aquí.
Sarita Montiel ha sido más icono y mito que artista propiamente dicha. Ahora bien, me he preguntado si es esta afirmación real, supongo que no le importará a nadie mi pregunta pero la he hecho. Es real en grado sumo, si pero no gratuitamente. El mito-icono de La Montiel viene muy determinado por la circunstancia histórica, la mala gestión de la industria cinematográfica y nuestra maldita culturilla del querer y no poder. Veamos.
Sara Montiel era una mujer muy bella, no más que, por ejemplo, Carmen Sevilla, pero sobre todo era una mujer “amplia”, en La Mancha (su tierra y en parte la mía) se calificaría como “hermosa” en todos los sentidos. Incluso deliciosamente rolliza, no hay que decir que las escualideces no son mi debilidad, unos kilos de más llevados con gracia y tronío son infinitamente más seductores que cualquier talla-barbie. La industria se encontró con esa belleza, decidida y que fotografiaba bien, más que bien. Una mujer de pies a cabeza en un tiempo de hambre generalizada. El mensaje subliminal de Sara estaba tan cerca de la sensualidad, evidente, como de la gastronomía, era la lozanía de quien ha comido caliente a menudo. Si me permitís seguir con el mancheguismo profundo que me honro en profesar aunque a veces intente domarlo. Sara era la más perfecta Aldonza Lorenzo que jamás diera el cine ibérico, pata negra. Ah, señores, Aldonza. Y el caso es claro: España no puede, o no ha podido hasta hace poco, producir Dulcineas, de hecho, ni el propio Cervantes pudo crearla, se limitó a mencionar un cúmulo de virtudes femeninas en la boca de un chiflado llamado D. Alonso. No es lo nuestro andar con finuras y menos aun si nos lo proponemos. Rozamos lo sublime, lo excelso incluso, en Inmaculadas con cierta pelusilla en las mejillas, en niños despiojándose, en Majas desnudas bajitas, con los pechos separados y más bien retacos, en los huevos friéndose, en los ángeles cocinando o en las uñas sucias de los santos de Ribera o Zurbarán. El XIX y sus descripciones populares igual que el esperpento de Quevedo o la refinada crueldad del Quijote están siempre a ras de suelo. Incluso Unamuno tan peculiar él, cuando trata, por ejemplo, a Tula en uno de los más aterradores relatos de la literatura (La tía Tula) está pegado, pegadísimo, a la más material de las realidades. Si algo hacemos bien es lo cotidiano, lo vulgar, lo cutre. Se me podrá objetar que ahí están los místicos, de acuerdo pero recordemos a Santa Teresa “entre los pucheros anda Dios”. Ni siquiera entre las porcelanas o el vidrio, no, pucheros.
Nuestro sainete es la base de nuestro primer cine, el buen cine quiero decir. Las grandes obras cinematográficas españolas son A, colectivas, y B, corrientes. “Plácido”, “Atraco a las tres”, “El pisito”, “El verdugo”, incluso los cantos al régimen de superpoblación, “La gran familia”, no han pasado a la historia por la relamida historia de un matrimonio incontinente sexualmente sino por las escenas, míticas, de la Plaza Mayor, la miseria de aquellos puestos y la desolación que destilan esas imágenes.
Esta industria se encontró con una Sara-Aldonza y quisieron convertirla en una Sarita-Dulcinea, para lo cual comenzaron por embutirla en unas fajas que hacen que al verla hoy en aquellas películas lo primero que se nos venga a la cabeza sea Mars Attack, cuando un montón de marcianillos cabrones se disfrazan de mujer para entrar en la Casa Blanca. Tan fajada iba la pobre Sara que, a menudo, vemos que se movía igual a esa criatura en sus películas. Además eso repercutía en las dificultades para respirar, evidentemente, y, por tanto para cantar. De ahí ese erotismo sonoro que a mi ver no era sino falta de aire acompañado, eso de cosecha propia, por unos seductores movimientos de boca, excesivos, como toda ella, y, a la sazón en extremo sugerentes. He ahí por que se convirtió en un mito erótico para los hombres, junto con el filete de 100 grs.
Ningún mito erótico masculino ha gustado jamás a las mujeres, excepto Sarita-Dulcinea. La causa está en sus vidas opacas, su falta de perspectivas vitales, su tristeza de posguerra, sus personajes les decían que la mujer podía triunfar, hacer su santa voluntad, llegar lejos pero comportándose tan decentemente como ellas mismas o acababan fatal como en El último Cuplé, mientras que un acto heroico que la deja ciega (o sea es castigada por su ligereza de cascos) en Mi último tango, la redime y la lleva a los brazos del amado. Por cierto, casi nunca tuvo galanes españoles, por que si España no produce Dulcineas tampoco produce Lanzarotes, y menos si se toman en serio. Lo más parecido que se puede producir aquí en ese sentido es un Sancho con músculos bien distribuidos. Bueno, hasta hace poco, ahora no podría afirmar eso. Pero, sobre todo, a aquellas mujeres de posguerra que acudían en masa a ver La violetera vestidas con sus mejores trapitos que eran eso, trapitos rescatados de las sábanas de la bisabuela, o el abrigo vuelto con la costura de las medias pintadas en la pantorrilla lo que les subyugaba era el inmenso vestuario, deslumbrante, atrevido, colorista, en cinemascope (es un decir, no sé si se rodaron sus películas con esa técnica) inacabable (he perdido la cuenta de los modelitos en El último cuplé) y que jugaba con las transparencias, las joyas, la carne que se mostraba en sus generosos escotes y la que se apretaba visiblemente dentro de aquellos vestidos. Si a esto añadimos que en sus películas se retomaban canciones que todavía había gente que recordaba pero que ya no se escuchaban por que eran más bien picantes, cierto que eran versiones descafeinadas pero suponían un cierto retorno de viejas melodías ya tenemos el combinado con sombrillita y todo que lanzó a Sara, Sarita, Saritísima, Doña Sara de la Mancha a su condición de mito. Quizás lo único reprochable sea que no supo retirarse bien, pudiendo ser toda una dama de la escena asumiendo el paso de los años no lo hizo y en los últimos años ni su actitud, ni sus trabajos ni nada eran dignos de su persona que se dejaba entrever en las entrevistas como una mujer vital, alegre y cargada de experiencias y sabidurías varias.
Ahora el “Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid” ha declarado que va a poner su nombre a una calle. Me encantaría que dada su magnitud fuera uno de los tramos del Madrid Río: salón Sara Montiel. Sin embargo, como este consistorio no hace sino ofender a cada paso, con cada gesto, con cada aparición (y llevamos así desde Alvárez del Manzano, que ya son años) han anunciado también que van a poner el nombre de una calle a margaret tatcher (sí, con minúscula). He dedicado un buen rato a hablar y a disculparme sobre Doña Sara. De la otra sólo diré que el Anticristo ya tuvo su precursora en su persona.
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lunes, 14 de enero de 2013
Ana Lizarán
Me acabo de enterar del fallecimiento de Ana Lizarán, ocurrido el viernes, creo. No la vi actuar en muchas ocasiones pero siempre me pareció una actriz soberbia pues marcaba con su presencia la escena donde estaba. Nunca la vi actuar en teatro pero admirando su inolvidable interpretación en "Actrices", por ejemplo, imagino que verla en un escenario debía ser una experiencia memorable. Se ha ido joven, con mucho por decir. Una vez más comprobar como nos van dejando solos aquellos a quienes admiramos y desde la cercanía-lejanía de conocerles sólo por su trabajo, amamos. Adiós, sra Lizarán.
Con la despedida de esta magnífica actriz se acabaron las despedidas en este blog. Razones: no soporto personalmente en este momento más peso, hablar de mis queridos cómicos cuando se van es enredar aún más en el dolor de su pérdida y no está la Magdalena para tafetanes.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Más adioses
El título del blog ya es bastante siniestro en sí mismo y hay personas y personajes que exigen un recuerdo en él cuando nos dejan. Lo espantoso es que son tantos y han calado tan profundamente en nosotros, no sólo en mí, que prácticamente el blog se convertiría en una sección necrológica. Opté hace tiempo por no hablar de estas marchas y de los vacíos que van dejándonos sino de cinco en cinco. Número arbitrario y opción que puede resultar fría pero mis ánimos no me permiten desangrarme evocándoles sobre la marcha y menos aún en el calor de una pérdida reciente.
Aurora Bautista en "La tía Tula"
Aurora Bautista o el desparrame emocional cabría titular cualquier artículo que se le dedicara pero eso demostraría conocer poco nuestro cine. Reinó en las pantallas en un tiempo en el que las emociones, las pasiones debian ser recluidas en ellas, en las coplas y en las radionovelas. Sin contar con que encarnó la pasíón patria en Agustina de Aragón, tan racial y adecuada al régimen a pesar de lo cual logró sacarla adelante con extrema dignidad, a Doña Juana I de Castilla, La Loca en una inenarrable "Locura de amor" (reina Juana por que lloras si es tu pena la mejor, que no fue pena de amores, que fue locura de amor) en una actuación casi impecable dada idelogía, guión y medios. Una notable Curra Albornoz en "Pequeñeces", personaje que, como los otros mencionados, siempre parece estar al "borde de un ataque de nervios". Se esperaba de ella que sobreactuara, que fuera desmelene perpetuo y, a mi modesto entender, eso limitó su carrera. Desmintió que ese fuera su único registro con una estremecedora Tula, el terrible personaje de Unamuno que inspiró la película (aunque con un guión que se tomó demasiadas libertades con el texto original, aun más espeluznante). El volcán contenido de esa mujer, lo aparentemente corriente de su personaje, sus ojos delatándola a pesar suyo, hacen de esta obra una interpretación magistral, no sin su momento desmelene (que fue aprovechado para el cartel, como si fuera mucho más importante de lo que realmente es, eso vendía). Bordó a una mujer cualquiera de una capital de provincia de la época, y representar lo cotidiano es lo más difícil de hacer en cualquier arte. Creo que su última interpretación fue con José Luis Garci en "Tiovivo" donde representaba a una mísera anciana que se gana la vida -de un modo más que sobrado- llevando y trayendo vírgenes y sacando donativos (inolvidable escena con Alfredo Landa y Tina Sainz) y que acaba siendo asesinada por ello. Es una película muy coral y por tanto es papel corto pero simplemente perfecto.
Carlos Larrañaga
Enraizado por ascendentes y por descendentes en algunas de las dinastías más importantes de nuestro teatro-cine, Carlos Larrañaga comenzó extremadamente joven en el cine, creo recordar que, precisamente, con "Pequeñeces" como hijo de Curra Albornoz, Aurora Bautista. Caprichito de Ava Gardner en su tiempo español y hombre de un aspecto que resultaba sumamente atractivo tuvo una vida extraña, por lo poquito que sé de ella, como lo fue también su carrera pasando de papeles infumables a trabajos magníficos, como en "El extraño viaje". Como a casi todos los "guapos", la madurez le quito belleza y le trajo oficio y calidad interpretativa. Envidiado concretamente por mí, secreto enamorado de Ana Diosdado, y presa permanente de polémica cotilleril quizás el barullo en torno a su vida y amores haya eclipsado su carrera.
Lina Canalejas
Deliciosa presencia y no solo por su incontestable belleza sino por un buen hacer y una simpatía personal que trascendía aun dentro del más antipático de los personajes. Vedette nata aunque no lo supiéramos lo descubririamos en su modo de despojarse del medieval vestuario en "La venganza de D. Mendo", hizo una relativamente corta carrera cinematográfica con papeles inolvidables con, además de la ya citada "La venganza de D. Mendo", "Mi calle", de Edgar Neville (joya del cine hispano, como su autor lo fue de la literatura y me temo que ambos escasamente valorados y recordados hoy día) y, entre otras, también "El extraño viaje", de Fernando Fernán Gómez. Más reciente y además mostrando su capacidad de adaptación a los tiempos es su Sor Vïbora en "Entre tinieblas", de Pedro Almodóvar, la monja empeñada en diseñar nuevos vestuarios para las imágenes religiosas enamorando sin pretenderlo al capellán, el siempre soberbio Manolo Zarzo.
Sylvia Kristel
Quizás no fuera ni la mujer más bella del cine de los setenta ni la mejor intérprete, pero sí que fue, indudablemente la mujer que supuso una cierta forma de revelación sensual para toda mi generación con su celebérrima "Emanuelle", película que, por otra parte, tampoco es que fuera una cumbre en el arte cinematográfico pero era la mujer perfecta para la película perfecta para unos años concretos. Hoy resultará sino inocente, casi, pero entonces, y más en España, resultaba incomodamente perturbadora con el amagar y no dar de unas imágenes que siempre prometían más de lo que eran. Todavía hoy, desde el 74, los sillones de mimbre con esa forma determinada nos sugieren las curvas entre inocentes y perversas de Emanuelle. Personalmente me gustó más tanto ella como la película en "El amante de Lady Chatterley", de 1981, claro que los tiempos eran otros y la posmodernidad ya había hecho del desnudo algo bastante más habitual, y quizás pasara demasiado desapercibida la adaptación de esta novela por demás dificil de adaptar. Su vida casi truculenta y sus adicciones nos privaron de lo que podía haber sido un inmenso mito erótico más allá de una década.
Tony Leblanc
Como en todo la sobredosis causa estragos. Mi generación tuvo una sobredosis de Tony Leblanc, sus apariciones diría que constantes en las noches de la única televisión, su Cristobalito Gazmóño (Mi padre tiene un barco mecachis en la mar), la repetición incansable de sus películas en la televisión y de papeles en el cine lograron crear, al menos en mí, un cierto hastío de su trabajo y de su personaje. Cuando logré desintoxicarme pude ver una carrera coherente con su tiempo y con más matices de lo que sabía apreciar en mi juventud. Su papel en Cuéntame, lejos del chuletilla graciosete que le había valido la fama y que fue columna vertebral de su carrera que empezó con Celia Gámez en el 44 y acabó, lamentablemente, con Santiago Segura en el 2011, demostró que ni la edad había acabado con un actor, uno más, desaprovechado. "El día de los enamorados", "Las chicas de la cruz roja", "Los ángeles del volante", "Manolo, guardia urbano", son hitos en nuestra cultura popular en los que él con mayor o menor protagonismo estuvo presente. Si tuviéramos que colocar en una pared las imágenes que fueron telón de fondo de nuestra vida sin duda él estaría en ella.
jueves, 9 de agosto de 2012
Más despedidas.
Yolanda Ríos, fue azafata de alguna de las primeras entregas del "Un, dos, tres" pero no sólo eso. En una etapa en que el cine español estaba en un momento de indecisión, entre el destape y el Cine, Yolanda Ríos quizás no tuvo suerte con los papeles que le dieron pero, personalmente, siempre me parecieron trabajos dignos teniendo en cuenta el material que le daban. Nunca abandonó el mundo del espectáculo pero sus trabajos fueron más y más espaciados. En los últimos años era escenógrafa y apenas le dio tiempo a más pues a los sesenta años murió. Quizás a muchos su carita encantadora y su presencia no les haya llegado a tiempo o se les haya perdido en la memoria. Un recuerdo para ella, en su momento, una de mis favoritas.
Ernest Borgnine, se podría decir todo de su trayectoria con pocas palabras que lo hacen más grande: el actor que interpretó al hombre corriente. Ni galán, ni heroe, ni antiheroe, simplemente un hombre como cualquiera de nosotros. Y ese es el papel más difícil de interpretar.
José Luis Uribarri, era, como tantos presentadores, casi parte de la familia allá por los setenta. Luego le perdimos un poco, especialmente aquellos a quienes Eurovisión dejó de interesarnos desde la participación de Braulio (1976)
Juan Luis Galiardo. Es curioso, cuando buscas en Google imágenes suyas aparecen casi en exclusiva las de su madurez dejando en el olvido que fue uno de los galanes más guapos y atractivos de los setenta. Eso sí, como actor por entonces dejaba bastante que desear. Creo que su propio físico y los problemas personales que tantas veces comentó con una capacidad de compartir y de autcrítica envidiable, le limitaban como actor. Con la madurez y la pérdida de esa pujanza física sus interpretaciones fueron creciendo hasta ser un soberbio galán maduro, capaz de afrontar cualquier desafío.
Sancho Gracia. Hoy ha muerto este actor que pagó demasiado caro el éxito de su serie "Curro Jiménez", desde entonces se le conoce como Curro Jiménez pasando por alto casi todo. Especial recuerdo tiene para mí su papel en un viejo Estudio 1 "Doce hombres sin piedad", versión sin duda muy superior a la cinematográfica pues el reparto era de primeras figuras. Su papel era desagradable, hostil, pero lo bordó dando la talla ante Rodero, Aleixandre, Bódalo, Puente, en fin, otros once actores de primer nivel como él. Curro le marcó y, quizás, limitó, pero eso no debe hacernos perder de vista su calidad como actor.
Todos ellos formaron parte de nuestras vidas, algunos enamorándonos, otros como uno más de la familia, otros nos impresionaron con trabajos que recordamos casi cuarenta años después. A todos ellos, pues, yo por lo menos considero que les debo algo, y lo único que puedo hacer para pagarles es dedicarles un recuerdo.
lunes, 6 de agosto de 2012
Días de agosto.
Cada agosto el recuerdo de Hiroshima se nos superpone o anula otros no menos trágicos, ayer Marilyn y las Trece Rosas, cuya verdadera muerte fue nuestro olvido/desconocimiento/silencio durante tantos años. Cada agosto traigo aquí su recuerdo con imágenes de ruinas y lápidas. Este año he querido recordar como Hiroshima, pese a todo, se levantó, como todos, con su tragedia a cuestas pero en pie. El castillo que vemos es probable que sea una reconstrucción pero ya han conseguido más que nosotros que no hemos podido reconstruir nuestra dignidad despues de la guerra y la posguerra que se llevó nuestras rosas, y no hablo sólo de la Trece Rosas, que ya sería motivo suficiente, sino todas nuestras rosas de luz, de esperanza y progreso. Ellas fueron las víctimas de la barbaríe, nosotros lo somos de la miseria mental en que nos dejaron. No es la mejor imagen con que podría ilustrar esta entrada pero sí es una imagen que para muchos es de esperanza, no para mí, pero si para alguien hay esperanza y luz al final del túnel es un buen símbolo.
Creo que ya lo dejé escrito alguna vez en este blog: "Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento". Miguel Hernández quizás ha resumido a este país mejor que nadie en este par de versos, una eterna elegía.
El agosto que viene, además de estos tres dolores, Hiroshima, Las Trece Rosas y Marilyn habré de sumar el recuerdo de una pérdida más. La única que me ha arrancado lágrimas de las tantísimas que llevamos recogidas en este blog: Chavela Vargas. Se nos ha ido como ha vivido, valientemente, dando la talla y dejándonos aún más desolados.
Las ruinas por las que camina el blog son cada día más decrépitas y vacías. Hoy especialmente.
martes, 17 de abril de 2012
Nos están dejando solos
En pocos días se nos han ido muchos compañeros de viaje vital, algunos grandes figuras que pasarán a la historia, otros personajes que formaron parte de nuestras vidas casi insensiblemente, presencias que casi ni percibíamos, alguno con especial repercusión individual, otros son una referencia de un tiempo concreto que no sería igual sin ellos.
Antonio Mingote, que tenía el escaso talento de no ofender ni con su humor ni con sus actitudes a nadie, se estuviera o no de acuerdo con él. Un genio que nos habíamos acostumbrado a tener como algo permanente. Costará imaginar ABC sin su referencia, costará adaptarse a su carencia. Afortunadamente Madrid tiene en sus calles mil detalles suyos que nos siguen acompañando.
Marisa Medina: una belleza que nos acompañó en el viaje, literalmente, de la infancia televisiva al despertar democrático-destapante. Polifacética y vital fue arrollada por la historia y la vida pero supo ponerse en pie y recuperar entre nosotros el buen sabor de boca que su presencia siempre había tenido.
Francisco Valladares, Diego de Acevedo. Icono íntimo por demás, fue siempre mi serie predilecta, incluso muchos años después de que se dejara de emitir. Las cenas ante sus aventuras son uno de mis primeros y más apreciados recuerdos.
José Guardiola, fastuosa voz a la que se recuerda lamentablemente por una "cosa" llamada "Dí papá" que grabó con su hija. Este país es ansí de gárrulo. Su versión de "!6 toneladas" debe ser demasiado progre para nuestra memoria.
José Rubio, el "sinvergüenza" del teatro español por excelencia, fue su mayor éxito, pero su presencia en papeles menores o mayores era constante en el cine y la televisión de los setenta.
Pedro Macía, no sé con que edad empezaría a trabajar en televisión pero extremadamente joven seguro, pues yo le recuerdo de siempre. Uno de esos rostros que están ahí y que un día desaparecen sin que te des cuenta hasta mucho tiempo después. Entonces sabes que en la memoria de tu vida estará de fondo en los telediarios que es donde más le recuerdo.
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sábado, 3 de marzo de 2012
Se van pero se quedan.
Lo decía Camilo Sesto y es cierto, se van pero se quedan. Cada uno de ellos ha dejado mucho en nuestras vidas, al menos en las de los amantes del cine, el teatro, la televisión. Fieles compañeros, miles de horas junto a nosotros, contándonos vidas ajenas y haciendo que fueran reales, que nos aportaran algo en un sentido o en otro: una reflexión, un deseo, una carcajada, una sonrisa, una lágrima. Incluso la indignación de ver sus grandes talentos a menudo desperdiciados. Queridos cómicos: con vosotros nos hicimos, unos más, otros menos pero nadie carece de una referencia en vosotros.
Ben Gazzara. arquetipo del buen tipo en situaciones límite.
Davy Jones, quizás muchos no le conozcáis o le recordéis, era el cantante de un grupo de vida breve (The Monkees) que tuvo una serie juvenil en televisión allá por los sesenta. Una, junto con Rintintín, de mis primeras referencias televisivas.
Andres Resino: uno de esos actores que siempre dejaba la sensación de estar desaprovechado.
Carlos Ballesteros, con un galán como él otra industria habría hecho maravillas. Uno de mis educadores teatrales en aquellos míticos Estudio 1
Florinda Chico: eterna chacha ibérica, indispensable secundaria, presencia lozana y alegre. De nuevo actriz poco aprovechada pero ella dejó buena muestra en aquella Poncia de "La casa de Bernarda Alba", sin duda la mejor interpretación de la adaptación cinematográfica con mucha diferencia.
Quique Camoiras. He de confesar que su humor me ponía de los nervios pero eso no quita su talento ni su profesionalidad y lo que es más importante: el hecho de que casi formaba parte de la familia con su frecuente presencia en las pantallas y en la televisión cuando en España había algo digno de llamarse así.
martes, 20 de septiembre de 2011
Mi Pumby o La entrada más difícil
Portada de un Almanaque navideño de Pumby con muchos de sus personajes al fondo.
Para mi asombro esta es la entrada que más me está costando escribir desde que empecé en el bloguerío; y no deja de ser sorprendente pues es la que me lleva más lejos en mi infancia, quizás ese sea precisamente el problema. Mi infancia no son recuerdos de ningún patio de Sevilla sino un tiempo oscuro de dolor y frío, un tiempo en el que se me veía como igual a subnormal profundo, literalmente, en el que la diferencia, lo pondré en plural, diferencias eran demasiadas para ser toleradas. En realidad así ha sido siempre, pero entonces eso apaga las luces que iluminan las infancias recordadas por casi todos. Y luego estaba el dolor. En aquel panorama oscuro, casi mísero, deslavazado y sin sentido para mí, había puntos oscuros, concretados en días y en escenarios, pero también había puntos de luz que eran faro de la semana, por ejemplo: la visita semanal al quiosco. Eso supone que al tratar algún tema que tenga que ver con aquellos años se me levanten fantasmas, recuerdos y cicatrices. Por eso me está costando tanto esta entrada, en la que quisiera poner más cariño que en otras.
Los Almanaques de Navidad, Primavera o Verano eran entonces acontecimientos de primera índole para cualquier chaval.
Es curioso como alguien de quien no hemos visto jamás la cara, de quien sabemos apenas un nombre, puede marcar nuestra vida, sin quererlo, sin saberlo, sin pretenderlo. El día dos del pasado agosto moría José Sanchís a los 79 años y con él se va el creador que me hizo pasar algunos de los mejores ratos de mi primera infancia y cuyo rostro vi por primera vez ese día, cuando salió en la prensa con su necrológica. Pumby, su creación más importante, era un gato “de profesión: sus ratones”, vestía un pantalón rojo y un algo al cuello que parecía un cuello de camisa muy almidonado con un gran cascabel; tenía un amigo científico, el Profesor Chivete que era una especie de cabra, y una medio novia, Blanquita, que lucía los peinados a la moda, cardados. Pero, además, Pumby era un tebeo semanal.
Payasete y Fu-Chinin, inolvidables.
Al abrirlo a la izquierda estaban Payasete y Fu-chinin, a la derecha la aventura de Pumby. Esa era la visita obligada del domingo al quiosco a la que me refería, mi padre por el Ya y yo por mi Pumby. En el interior había otros personajes como Plumita, Trompy, La alegre tripulación del barquito Cascarón, algunas historietas sueltas, y al final, en la tapa trasera Caperucita Encarnada, no creo que dejaran decir “roja” en una publicación infantil.
Plumita, un niño indio muy en la moda del western de la época pero en infantil
He de decir que a Pumby le debo lo que soy en un sentido estricto. A una historieta en concreto. En ella el gatito Pumby visitaba un museo y la Venus de Milo le pedía que fuera al monte Olimpo a buscar sus brazos, allí se iba encontrando con diversos personajes mitológicos entre los que recuerdo a Pandora, una gatita de melena como la de Conchita Bautista, cancan y tacones de aguja que con un silbido llamaba a Pegaso, se subían en él al ritmo de “Mi jaca, galopa y corta el viento”. Jamás había oído hablar del Monte Olimpo, la Venus de Milo o Pandora pero gracias a aquel tebeo me empezó a interesar la mitología, de la mitología pasé a la historia y, de ahí, al arte que es lo mío.
Caperucita Encarnada con su conejo, ni que decir tiene que el lobo siempre perdía.
Pero hay más. Mi infancia entera está repleta de referencias iconográficas a la labor de este hombre. De su obra en el “tebeo” llamado “Jaimito” quedan dos personajes para mí y para otros muchos de mi generación sin duda también inolvidables: el Capitán Mostachete y el Soldadito Pepe.
En "Jaimito" triunfaron el Capitán Mostachete y el Soldadito Pepe, ingenuos quizás pero parte de la formación estética y emocional de muchos de nosotros.
Lo cierto es que mi niñez no fue en absoluto idílica, más bien fue una larga pesadilla, y que no añoro nada de aquellos años infernales, es más, creo que en nuestro fuero interno todos vivimos la infancia como un caos de cosas, normas y órdenes que no acabamos de comprender y por tanto vamos a ciegas de castigo en regañina, de bofetada en silencio, y de caída en arañazo, lo que ocurre es que, desde lejos, lo vemos como el tiempo en que las decisiones las tomaban otros a quienes hoy podemos culpar de nuestros errores y fallos. No nos consideramos responsables de aquellos años, de ahí su idealización cómoda y acomodaticia.
Pumby cortejando a la manera clásica a Blanquita, cuyos peinados eran reflejo de la moda de la época.
Los grandes de Bruguera eran para niños un poco mayores, aún hoy esos niños que ya son abuelos siguen -seguimos- partiéndose de risa con Mortadelo y demás, pero para los pequeñines de entonces eran Jaimito y, sobre todo, Pumby. Mi Pumby. Llegaron otros tebeos, otras revistas, luego los libros, y más libros, y más aun. Hubo que hacer sitio y mi colección de Pumby tuvo que seguir el camino de la basura, yo ya era muy mayor para conservar esos tebeos que tanto espacio ocupaban, ya era un adulto. Hoy, me doy cuenta de que nunca se es adulto para de esas sonrisas arrancadas a una infancia triste. Hoy lamento más que nunca no haber intentado conservar mis Pumby, mi Pumby. Gracias por esas risas y estos recuerdos, sr. Sanchís.
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lunes, 8 de agosto de 2011
Blues de agosto
Hace tiempo que dejé de dedicar entradas a quienes se van y nos dejan, un poco más, caminando entre ruinas. Estos días hay un aluvión de aniversarios y de despedidas que sumar a los que se nos fueron últimamente: María Isbert, Ernesto Sábato, Manolo Otero, Facundo Cabral, Lucien Freud, José Sanchís, Hiroshima, Marilyn, las trece rosas, Cecilia, Nagasaki. Memoria común en ocasiones universal, en otras, nacional y en otras casi privada. Las ruinas nos invaden y rodean. Nos van poco a poco minando y abocando a una vida chabolista de ruinas entre las que intentamos, a duras penas, sobrevivir sin perdernos a nosotros mismos entre el lamento, la soledad y la añoranza. Entre ruinas, pocas veces como en estos primeros días de agosto es tan adecuado el título de este blog.
María Isbert, con quien tanto hemos reído.
Ernesto Sábato, la integridad en el horror
Manolo Otero, a muchos esa voz y esa canción nos descubrieron el erotismo.
Facundo Cabral, murió como vivió: subrayando el delirio de un continente. Pobrecito su patrón.
Lucien Freud: el destructor de la belleza académica del desnudo
José Sanchís, genial dibujante, caído o casi en el olvido.
El espanto puro, y Japón este año volvió a sufrir el castigo atómico.

Marilyn: una de mis fotografías predilectas.
Sin palabras, profundamente avergonazado y estoy pensando en Avila estos días.
Cecilia, quien a algunos nos dejó cuando comenzabamos a definir nuestros gustos musicales.
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jueves, 7 de julio de 2011
Veinticinco años
Hoy está haciendo veinticinco años de la muerte de mi madre de un infarto, a las doce y cuarto de la noche, estrenando el día de San Fermín, para que nunca se pase por alto, el infarto se la llevó por delante, ese corazón tan familiar y entrañable que se está llevando por delante a toda mi familia, hasta ahora, que parece que los primos nos vamos escapando. Tenía cincuenta y cuatro años y aquella noche hacía frío. Sí, una noche fresca de un verano tórrido. Salimos corriendo a urgencias, con una de las hijas de mi vecina de al lado sujetando su cuerpo en el asiento de atrás, yo iba en el coche del vecino. Cuando llegué ya estaban allí la el vecino de enfrente y la vecina de al lado suyo, Pili. Una de las chicas que había ido con ella, lloraba en un ataque de histeria. Alguien me acercó un vaso de agua. Salió un médico y no pude moverme, Pili se volvió a mí y yo afirmé “Se ha muerto”, ella asintió y pasó su mano por mis hombros. El vecino de enfrente me miraba fijamente, dije que no podía sostener el vaso. Me lo cogieron. Momentos más tarde atravesé el vestíbulo oscuro del hospital sin más luz que la de la cabina de los de seguridad que me miraron extrañados. Era el único teléfono activo, eran más de las dos, la única luz. Llamé a parte de la familia. Sólo había oscuridad y los seguratas que jugaban a las cartas. Fueron llegando los vecinos, luego la familia. Y más tarde la espiral de horror se precipitó hasta hoy. Durante muchos años tal noche como anoche mi vecina de al lado sobre las once menos cuarto llamaba a la puerta, como por casualidad, y se sentaba a charlar hasta que pasaba la medianoche, sin mencionar nada, sin sacar el tema, eso quedaba para el día siguiente, para hoy, para mañanas como esta cuando nos oía salir camino del cementerio y nos daba unos billetes para que le pusiéramos un ramo de su parte. Su cabeza se fue y después ella también. Anoche viendo una película en la tele recordé la delicadeza de aquella mujer de pueblo, que apenas sabía hablar; hoy añoro a ambas.
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