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sábado, 5 de julio de 2014

El tunel del tiempo, El día de la marmota o La Reina de las lavanderas

Hace tiempo que no traigo por aquí algún libro pero hoy es un buen día para hacerlo. Carmen Gallardo publicó hace un año y pico "La reina de las lavanderas", pero a pesar de lo que me interesaba el tema decidí esperar a la edición de bolsillo por dos razones, pasta y espacio. Bien, tan pronto me topé con ella la cogí y no la solté hasta ayer que terminé su lectura. 
Virtudes del texto: que al final la autora aclara lo que hay de ficción en el relato y lo que no lo es, y la verdad es que pocas más. Vamos que como novela o como texto histórico no es ninguna maravilla, y es especialmente lamentable pues trata un periodo histórico que habitualmente se pasa de largo: el reinado de Amadeo de Saboya y su esposa, protagonista de la novela, Maria Victoria del Pozzo. Desde luego personaje que glamour, glamour no tiene, para que vamos a engañarnos. Claro que es lo que suele pasar con la gente válida. Su amiga Concepción Arenal tampoco tenía mucho glamour que digamos. Fue un ser humano de calidad, temple y, como no, machado por la tragedia. Incluso lo que debería ser su momento de gloria, la llegada como reina a España, llegó marcado por el, aun hoy oscuro asesinato de Prim, único valedor de la casa de los Saboya para ocupar un trono del que habían echado a escobazos a la rotunda, castiza y catastrófica aunque simpática Isabel II. 
Era Maria Victoria persona de extensísima cultura, algo que en España ni se tolera ni se perdona, y de pocas pretensiones, algo que en España ni se comprende ni se valora. De lo que era sólo se apreciaba en este reino su aspecto benefactor pero sólo por las clases humildes. El padre Coloma nos dejó en su "Pequeñeces" novela que quizás contra la voluntad del autor retrata lo peor de la aristocracia alfonsina, a la que, por supuesto, las clases humildes se la traía al pairo. 
Pero no he traido aquí esta novela por sus virtudes ni por las de la dama en cuestión, a pesar de algún que otro cotilleo sabroso, sino por que la autora usa como elemento de articulación a un aprendiz de periodista canario llamado Benito Pérez que no es Galdós... del todo, pero he de reconocer que es un acierto al reflejar a través suyo los ambientes políticos del momento. La sordidez, la corrupción, la intolerancia, el desprecio de los contrincantes, la impunidad, (por ejemplo del duelo de Montpensier), los chanchullos, el amor al esclavismo de determinadas capas sociales nos hace pensar que realmente no han pasado casi ciento cincuenta años. Hay pocas cosas que cambian: entonces había damas, y ahora hay como mucho, escuerzos. Ah, y cojones, entonces había cojones.

martes, 21 de agosto de 2012

El negro que tenía el alma blanca

Esta imagen no sé de donde viene pero bien podría ser la portada de alguna edición de la novela.

En “La conquista del cuerpo”, libro que comenté en una entrada reciente aparece un fragmento de “El negro que tenía el alma blanca” de Alberto Insúa que, curiosamente, me llevó a la lectura inmediatamente anterior, un libro encontrado en un puesto por casualidad (Lydia Vázquez: “Elogio de la seducción y el libertinaje”) con lo que me picó la curiosidad sobre el dichoso Negro que tenía el alma blanca. No sé, quizás sea yo solo pero a mi aquello me venía sonando a película culebronera de los cuarenta. Así que tiré de bibliografía y me encuentro que hay una edición relativamente reciente (1998) y me lancé a su búsqueda. Apareció, claro que apareció, y lo cierto es que me lo bebí en dos tardes.
Ante todo he de decir que un libro que usa el lenguaje y no lo que se viene haciendo últimamente –unos por anglicismos baratos y otros por una no menos barata “voluntad de estilo”- ya lleva mucho ganado para mí. Eso lo hace Insúa desde la primera letra y con una facilidad que hace que incluso conceptos que nuestra mente [pretendidamente] abierta de hombres del XXI rechazaría de plano en otro contexto entren suavemente, permanezcan aislados en nuestra mente pero sin dejar de cumplir su parte en la trama, obviamente me refiero al racismo que subyace o sobreyace, según se mire, incluso en el título: inferioridad del negro que, de puro bueno, tiene el alma “blanca”. Es posible que frases brutales que deja aquí y allí relativas a la escala de las razas, la subespecies dentro de la raza negra o el olor de “los de su raza”, fueran cosas que nadie cuestionara en la época pero parecen, y no digo que sea así, situadas en contextos que las desmienten automáticamente. Con cierto cinismo diría que así deja satisfechos a todos. Especialmente a una España que se creía firmemente que no era racista. Pero eso es un comentario cínico y personal.
Escenarios, dos: un teatro madrileño que ofrece “obras de texto” y varietés al final de la noche, su compañía titular y los moscones habituales que, parece ser, rondaban por entonces estos lugares y un segundo y posterior escenario múltiple y cosmopolita, muy de la época, Jardiel, por ejemplo, también se recrea en este tipo de ambientes, menos dibujado, menos importante pues, como esa gente que salió con tres años del pueblo hace sesenta y sólo piensa en volver a él, los personajes viven atados a ese Madrid y a ese teatro cada uno por su historia. En cierto sentido la tensión, por decirlo así, entre ambos es la materia oscura que une y da aun más sentido a la historia. Hay algo, mucho, de folletín, moderado sin duda; de melodrama con un protagonista de una bondad que está más allá de ángeles y arcángeles, también. Sin embargo, creo que hay algo más, algo a lo que cada vez estamos menos acostumbrados: categoría, clase, savoir faire y también humanidad con el olor que ésta desprende. Todo con un cierto distanciamiento que permite al lector verse ahí y no verse ahí, según le convenga, y también la sonrisa e incluso alguna que otra carcajada. Es evidente que no tengo la formación necesaria para hacer un comentario más profundo (aunque bien que me gustaría) sobre la obra y aquí lo voy a dejar.

Cartel de la película de 1926-27 con el encanto de aquella manera de ilustrar.

A lo que sí me atrevo es a una breve reseña de las películas que se hicieron sobre esta novela: una primera versión nada menos que del año 26-27 con una jovencísima Conchita Piquer, otra del año 34, ambas con protagonista negro y ambas dirigidas por Benito Perojo. Finalmente, la más conocida pues el cine que se hizo antes de la guerra sufrió tremendas pérdidas, es la que se hizo en 1951 dirigida y protagonizada por Hugo del Carril, célebre cantor de tangos… blanco que se pintó ad hoc. Hoy hacer una versión sería impensable a menos que uno sea Garci y, de verdad, después de "Sangre de mayo" y "Ninette", de verdad que no. O sea: no. En serio, no, ¿eh? No. Sin embargo, sólo ahora se podría expresar de un modo visual la tremenda carga erótica de algunos de los episodios de la novela. Desde el casi obsesivo afán por bañarse del protagonista, bailarín además, los asaltos sexuales que sufre por la primera actriz de la compañía en una escena en que comida, sexo y carne se entrelazan de un modo sutil más sugerida que expresada y de la, curiosamente, uno sale con la impresión de que el plato fuerte es el hombre,  y hasta el visceral asco que produce en su amada por su raza. La sensualidad extrema de los bailes en el último tramo de la obra sólo ahora se podría expresar.



Cartel de la versión del año 34 

 Cartel de la versión del 51 con Hugo del Carril y una hoy casi olvidada Maria Rosa Salgado. El personaje femenino de La Cortadita es sumamente importante y requiere una interpretación de excesos y contenciones. Dífícil, muy difícil.

 Esto me lleva a pensar que desde principios del XX parece que España ha necesitado un “galán” negro para sus fantasías o sus ensoñaciones y, por supuesto, sus varietés. Especialmente en el primer cuarto, época por cierto del triunfo de esta gloriosa raza en los escenarios del mundo, el ejemplo más conocido sin duda fue Josephine Baker. Veamos si no este popular charlestón de Bolaños y Jofre “¡Cómprame un negro!", al que le puso música el maestro Villajos. Lo estreno “La Yankee” el año 1926, año en el que también se presenta en el Olympia de París:
Son tantos negros los que han venido
para enseñarnos el charlestón
que las mamás se ven morás
para evitar ir al bazar,
donde esas muestras de chocolate
a los pequeños hacen exclamar:
¡Madre, cómprame un negro,
cómprame un negro en el bazar!
¡Madre, cómprame un negro,
cómprame un negro en el bazar!
que baile el charlestón
y que toque el jazz-band.
¡Madre, yo quiero un negro,
yo quiero un negro para bailar!
El otro día papá me dijo:
-¡Anda, nenita, vente al bazar!
Y, al ir allí, un negro vi
y yo a papá le dije así:
-¡Éste es Domingo, nuestro vecino,
un gran amigo de mi mamá!
¡Madre, cómprame un negro,
cómprame un negro en el bazar!
¡Madre, cómprame un negro,
cómprame un negro en el bazar!
que baile el charlestón
y que toque el jazz-band.
¡Madre, yo quiero un negro,
yo quiero un negro para bailar!

Uno de los grandes responsables de nacimientos en España fue sin duda Antonio Machín. ¿Quién no caería ante esa voz diciendo que “cuando digo tu nombre/ siento envidia de mi voz? ¿Y que melodía más a cuento en esta entrada que Angelitos negros? Llegó a este país en el año 39 y se quedó haciendo felices a nuestras madres con sus Dos gardenias que todos las hemos oído cantar trajinando en casa (A los de menos de treinta, poned abuelas)
Los tiempos cambian y se imponen otros ideales más “espirituales” y en pleno Concilio Vaticano II surge la imagen de otro negro (con alma y parte del hábito blanco) que permite aunar en las mentes hispanas los aspectos más variopintos: “Fray Escoba”. Película rodada en 1961 y protagonizada por René Muñoz. En mi escritorio hay una figurita de barro representando al entrañable San Martín de Porres (curiosamente canonizado en 1963 como Santo Patrón de la Justicia Social) que lleva en mis manos más o menos desde por entonces, claro que el primer adorno de árbol de Navidad que se compró en casa fue por aquellos años y fue… un angelito negro que aun cuelgo “con amor” de mi monumental árbol navideño.

 Cartel de Fray Escoba, Ramón Torrado 1961.
  
Ojo a las letra blancas sobre el hábito: El Dios Negro, uyyyyyy como suena eso ¿Verdad?
A pesar de los esfuerzos para evitarlo los tiempos siguieron cambiando y hubo un último rabotazo en esta misma línea místico carnal en el cine ibérico: “Johnny Ratón” de Vicente Escrivá en 1969. Lamentable espectáculo a medio camino entre la promoción inmobiliaria, la publicidad a Sevilla, Sor Citróen y un mal viaje, que ni siquiera tiene la disculpa del entorno. Eso sí, todas las chicas de la época que he oído encontraban al actor negro Robert Packer (un hermano de la Orden de San Juan de Dios, en la ficción, claro) “muy potable”. Ah, a mí me encantó cuando la vi… a los diez años. Cuando la volví a ver… mejor me callo.

sábado, 11 de agosto de 2012

"La conquista del cuerpo" de Isabelo Herreros

No es la primera vez que hablo aquí de un libro, aunque he de reconocer que éste es un tanto especial. “La conquista del cuerpo” de Isabelo Herreros, Editorial Planeta.

Título que permitiría una cierta ambigüedad sobre su contenido si no fuera por la frase que en la misma portada sigue al título: “El desnudo en 1936 estaba incorporado sin mayores problemas en España. La cultura, la libertad y la tolerancia habían calado en nuestra sociedad. Y eso, claro está, los enemigos de la modernidad no podían dejar que acabase bien”. Queda expulsada cualquier ambigüedad posible.

Ante todo (y por hacer caso a cierto escritor actual que dice que quiere más crítica y menos peloteo) empezaré por resaltar la “pegas” que se le pueden poner al libro. La menor es la calidad de las fotografías que lo acompañan, pequeñas y con no muy buena reproducción, lo que resulta especialmente doloroso por el interés que entrañan en sí mismas.

La segunda de estas “pegas” es, al mismo tiempo, su principal virtud. El tema es histórico, obviamente, pero el autor es periodista y escritor con los inconvenientes que esto conlleva al afrontar una obra de este carácter. Sin embargo, dado el tema, poco corriente para quienes como yo no estamos muy duchos en este periodo de tiempo que fue, sobre poco más o menos el interregno entre dictadores (de 1930 a 1939) (aunque el autor no lo plantee así pues la dictadura de Primo de Rivera, según tengo entendido, en este aspecto físico, poco o nada tenía que ver con la que vino después. Doy estas fechas sólo a título orientativo pues ni lo especifica el autor ni hay un límite claro) y mucho menos sobre la actividad legisladora de la República lo que, en principio, es un lastre, se convierte en virtud al poner al alcance de los “profanos” una visión general y concreta de esta época en ciertos temas. General por que abarca legislación, evolución, reacción, consecuencias; concreta por que aporta nombres (a veces en forma de fichas consecutivas) y biografías que no carecen de interés y que, muchas veces, hemos oído pero sin saber muy bien en que sentido ejercieron su labor.

Fascinante es que, al tratar el tema “del cuerpo” se limita, sí, pero también permite una historia parcial pero apasionante que trata desde las legislaciones sobre divorcio, aborto, homosexualidad, hasta los aspectos más frívolos de la cuestión como las revistas, los desnudos en el espectáculo y hasta el cine. Así nos abre una puerta, por lo menos a mí, a un mundo semioculto lleno de nombres de primer nivel que la historia, el exilio, la cárcel, el asesinato o el olvido han dejado en la cuneta (ah, las cunetas de España). Nombres como Alberto Insúa o Álvaro Retana que han llegado hasta nosotros en el mejor de los casos con un aura de la sordidez de un erotismo prohibido, de novelita amarillenta que pasaba de mano en mano a hurtadillas. Eso, en el mejor de los casos, en la mayoría, ni eso.

En resumen que me parece un libro muy recomendable para iniciarnos en este periodo y en este tema y no menos importante para comprender el choque brutal que la Victoria tuvo que suponer para nuestros abuelos o bisabuelos, siempre hablando del mundo urbano, por supuesto. Además y como valor añadido en estos tiempos de desaliño editorial se acompaña de lo esencial: índice (increíblemente cada vez más aparece libros sin él), bibliografía, Indice onomástico (importantísimo en una obra de este tipo) y ¡notas a pie de página!

La verdad, resulta refrescante encontrar un libro de estas características sin tener que buscar en archivos y que, además, abre puertas.

viernes, 25 de mayo de 2012

Un occidental en Japón.


Donald Keene: “Un occidental en Japón” Ed. Nocturna,  Madrid 2011
Como ya he comentado me he dedicado a estudiar la cultura japonesa muchos años lo que explica algunas lecturas que, a priori, resultan bastante extrañas. Evidentemente aprecio mucho a quienes tienen la deferencia de leerme como para torturarles hablándoles de ellas, de todas ellas quiero decir. Sin embargo, este libro hace que necesite hablar de él aquí. Como nadie está obligado (gracias a Quien Corresponda) a saber quien es esta buen señor diré que es uno de los grandes yamatólogos y traductores vivos. El libro que nos ocupa son unas memorias.
El tema tradicional de la inmensa mayoría de los textos de occidentales sobre Japón es el choque cultural entre ambos mundos, tema repetido hasta el hartazgo, sobre todo en narrativa. Pocas veces se hace con rigor, seriedad y respeto; un buen ejemplo, sobre todo teniendo en cuenta la época, es nuestro algo fallero pero indudablemente grande D. Vicente Blasco Ibáñez en “La vuelta al mundo de un novelista”. Como es lógico, cuanta más categoría tiene el autor mayor es el respeto con que trata a otras culturas, excepción hecha de cuando está al servicio de intereses políticos en determinadas épocas. Desde este punto de vista las memorias de Keene desde luego tratan con verdadera delicadeza y yo diría con un mimo esencial a Japón. Desde luego es un texto, como decían los críticos, “encantador”, deliciosamente encantador, de eso no cabe duda y no seré yo quien niegue la mayor, ya sabéis que detrás de todo esto hay un “pero” ¿verdad? Pues sí, hay un “pero”, algo tan simple y tan básico como decir que ese delicioso texto nos cuenta una trayectoria académica y… poco o nada más. Es natural que en unas memorias se perciba un cierto egocentrismo, al fin y al cabo el sujeto de las memorias siempre es YO, pero, otro “pero”, cuando acabas de leerte un libro de ese tipo a veces has sacado tus consecuencias o dicho con otras palabras: has aprendido algo. Cuando alguien con tanto talento escribe algo así al menos esperas sino aprender haber encontrado un poco de vida, de pasión, de algo. No un currículum y un listado de grandes intelectuales a quien el autor conoció hasta que te empantanas en un profundo desinterés, hacia la mitad del libro, que te impulsa a respetar profundamente al autor y a almacenar el volumen por si más adelante necesitas encontrar una cita sobre algo que pueda aparecer. Pero no me hagáis caso. El libro es una pura delicia de encuadernación, ilustración y talento, muy interesante la introducción, y no deja de ser una peripecia vital peculiar, desapasionada y algo ajena de quien la protagoniza pero peculiar.
¿Por qué necesito hablar aquí de un texto que, como veis, no es precisamente ni un Quijote ni un espanto? Pues por algo tan simple como que ha removido mis tripas, metafóricamente hablando, que estamos en el país del hara-kiri y no quiero confusiones ni literalidades.
Tengo 53 años y a los 15 o antes yo elegí el tipo de vida que quería vivir. Trabajé desde entonces para lograrla, la rocé con la punta de los dedos a los veintitantos y como la copa de las hadas o los sueños del Santo Grial, la perdí. Las cosas se torcieron, las causas no vienen ahora a qué, sería demasiado largo contarlas, y perdí todo por cuanto había trabajado antes de tenerlo. Hubo un destello de gloria, sí, mis quince minutos de gloria que diría Warhol, una conferencia en un importante emporio cultural: paredes de madera, techos altos, alcurnia y alto copete universitario y una ovación final resonando. Mis veinte minutos de gloria. Luego, nada. Hambre de oportunidades, guerra por el mendrugo que te arrebatan, miseria en lo que me pagaban y, finalmente, la muerte, o lo que viene a ser lo mismo, el ostracismo en el círculo donde ser reparte el escaso botín que la cultura da. Desde entonces arrastro una vida sin norte ni sur, sin Estrella Polar ni Oriente. Una vida que no es la que esperaba, para la que no estoy preparado y que no soy capaz de sentir como mía. Soy un extraño en ella, un intruso, como lo he sido siempre en todas partes. Tan sólo durante unos pocos meses me sentí parte de algo, el resto de mi vida he sido un verso suelto, un peón de más, una chinita en el zapato. El raro, el tonto, el discordante, el incómodo, el ajeno; y no sólo para los otros, así era, y es, como me he sentido siempre. La vida que yo quería era la de Donald Keene, ese tipo de vida. Es fácil sentirse víctima de buitres, hienas y demás carroñeros con título –algo hay de esa realidad objetiva- pero lo cierto es que no estoy viviendo esa vida y lo peor es que leyendo estas memorias he descubierto algo aterrador: no soportaría vivir algo tan vacío de mí mismo, tan volcado en la lucha por una beca, un puestecito en una universidad, un artículo o una charla en cualquier centro cultural o en una televisión como para no ser yo, no sentirme, no ser más que eso: un especialista que maneja bien los hilos y que sabe mucho.
Necesito pasión y elegí la vida que más podía alejarme de ella, al fracasar en el intento no estaba adiestrado en la pasión, en la vida fuera de las bibliotecas y las citas bibliográficas. Había ahogado impulsos, deseos, momentos, aplazando vivir lo que tenía por lograr lo que quería y que no conseguí. Si logré sacar mi puñetera tesis, sin medios, sin ayuda y boicoteada, quiere decir que soy básicamente correoso y peleón, así que no me rendí sin lucha. Entonces vino el infarto y luego el otro infarto. Levanté la testuz de nuevo pero, un tercer “pero”, miré la realidad quizás por primera vez de un modo racionalmente objetivo y vi que mi tiempo ha pasado, que soy viejo. Que vivo entre decrepitud y que revivo, cada día tres o cuatro veces, el infarto. Que todo naufraga en esas arenas movedizas y que, realmente, no era aquel modelo de vida por el que luché el que quería. Ahora ya soy un extraño incluso cuando estoy solo, un extraño ante mí mismo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Poema ¿infantil?

Lo leí hace un montón de años en un libro de cuentos desvencijado y roto que me prestaron y no sé por que últimamente se me viene mucho a la cabeza, sobre todo en los telediarios y demás.
EL RATÓN DENTRO DEL QUESO
(Pablo de Jérica)

Mientras en guerras
se destrozaban
los animales
con justa causa,
un ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
estaba siempre
dentro de un queso.

Juntaban gente,
buscaban armas,
formaban tropas,
daban batallas:
y el ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
siempre metido
dentro del queso.

Pasaban hambre
en las jornadas,
y malas noches
en malas camas;
y el ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
siempre metido
dentro del queso.

Ya el enemigo
se ve en campaña;
al arma todos,
todos al arma;
y el ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
siempre metido
dentro del queso.

A uno le hieren,
a otro le atrapan,
a otro le dejan
en la estacada.
y el ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
siempre metido
dentro del queso.

Por fin lograron
con la constancia,
sin enemigos
ver la comarca;
y el ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
siempre metido
dentro del queso.

Mas ¿quién entonces
lograra alcanzar
el premio y fruto
de tanta hazaña?

El ratoncillo,
¡qué bueno es eso!,
que siempre estuvo
dentro del queso.

martes, 2 de agosto de 2011

Maria La Brava.

Actualmente llevo un relativo buen ritmo de lecturas pero me acaba de ocurrir algo que nunca me había pasado: he acabado un libro y me he arrepentido profundamente de haberlo leído. Habitualmente cuando un libro no me convence lo dejo y se acabó, no veo el motivo para prolongar una experiencia desagradable. Sin embargo, dado que los dos libros anteriores de la autora (“Pasión Imperial” y “Ena”) que me he leído en poco tiempo me gustaron y además “Ena” cubre aunque sea novelescamente un período de la historia que no conozco demasiado, me pareció interesante seguir con este libro. Por otro lado es casi una continuación de Ena, digamos que coge el tema donde lo abandona en la novela, cierto que es una biografía y no una novela pero la continuidad existe y en un tema, repito, que desconocía. Sin embargo, hubiera preferido haber seguido mi instinto primero de no leerlo cuando lo vi en la edición cara en las estanterías, pero no lo hice. Sobre la monarquía y la republica no voy a entrar que no viene a qué pero sí sobre el tratamiento de la monarquía y la casa (casas) real (reales). Vamos a ver, cuando uno lee una biografía hay que estar siempre con el hacha levantada esperando el momento en que al autor se le vea el plumero y se delate con qué intención escribe si la de enaltecer a cualquier precio al biografiado o la de demostrar su ascendencia demoníaca. Y luego están estas cosas que se hacen con las monarquías, parecen ser obras de falsos monárquicos que pasan de la objetividad más sobria a la exaltación del o los personajes y de ahí a la puñalada trapera más infame que quepa imaginar. Además, y esto es grave, se escamotean nombres, fechas y datos: ¿eso es una biografía? Comprendo que muchos de ellos están vivos y hay que ir con tacto pero si no puedes concretar simplemente no la escribas.
Para rematar el comentario y diciendo que no está mal para pasar un rato y situar algunos episodios en su momento y su entorno concreto quiero resaltar que nuestra autora, por otra parte amenísima y respetuosa, ve a la familia real española como a la ínclita y nunca bien ponderada familia Simpson: sólo las mujeres son inteligentes y sensatas. El comentario constante de la pena de que en España en su momento rigiera la ley sálica y la castiza Infanta Doña Pilar no haya podido ocupar el trono deja claro lo que quiero decir. Pie este del que cojean novelistas y periodistas mujeres, no así las historiadoras que pocas veces anteponen el feminismo a la objetividad.
En fin, que, como siempre digo, un libro de este tipo hay que hacer que suene cuando caiga en una mesa, que suene con el peso de los datos, las notas y las referencias rigurosos y exhaustivos no unas meras referencias bibliográficas que son de agradecer pero insuficientes. Si quieres hacer una novela, hazla, y si lo que quieres es biografiar, biografía, pero esto está a medio camino entre lo uno, lo otro y el libelo. Eso sí, es un buen libro para llevar a la playa pasar el rato y acabar discutiendo con tu cuñado que es lo suyo en estas fechas.

jueves, 7 de julio de 2011

Lecturas veraniegas.

Yoko Ogawa: "El embarazo de mi hermana", la portada es un cuadro de una de las olvidadas mujeres impresionistas: Marie Casat.
La lectura es como la ruleta o juegas a rojo y negro, o sea los clásicos, o te arriesgas a perder hasta el gusto por el juego. Últimamente voy teniendo suerte con este juego loco de leer literatura "contemporánea". Reconozco que un tanto heterodoxa.
Han sido dos obras de las que he disfrutado muchísimo por diferentes causas.
"El embarazo de mi hermana". Naturalmente japonesa. A priori un embarazo es bien algo tierno y conmovedor o, visto desde fuera, algo que se presta al humor tanto como a la ñoñería.  Claro que ya he dicho que es una novela japonesa y el resultado es algo tan lejano de todo ello que resulta realmente fascinante. Desde luego no es apta para embarazadas ni futuras madres, ni siquiera para quien no esté dispuesto a una mirada radicalmente, muy radicalmente, diferente del hecho maternal. Sencillamente magnifica en la sobriedad alusiva que es propia a la literatura japonesa. Desde luego extremadamente recomendable para descolocarse y salirse de los tópicos en los que al final caemos sin querer. El final es digno de ... bueno no voy a destripar por si os da por hacerme caso y leerlo.
"Pasión Imperial" de Pilar Eyre es todo lo contrario. Partiendo de un personaje que personalmente he detestado toda mi vida, Eugenia de Montijo, elabora una biografía novelada o una novela biográfica que en nada favorece al personaje, labor meritoria pues cuando se escribe sobre alguien se enamora uno de él o los personajes (yo viví una loca pasión por todos los samurais), pues la describe como una ambiciosa sin límites y una intriganta de mucho cuidado, un poquito pendón y absolutamente cainita. Sin embargo, lo hace como si estuviera en lo más profundo de su mente, donde se expresa a "la pata la llana", lo que en medio de un siglo como el XIX y de la sociedad en la que se mueve no deja de arrancarte carcajadas casi constantemente a pesar de lo sórdido de la historia y de lo lamentable que aquel imperio de advenedizos y trepas resultó ser para la historia e incluso de las tragedias personales de sus protagonistas. Pecados del texto: sacrifica un mínimo rigor -por Dios, alguna fecha más, algún clavo donde agarrarte- a lectura de entretenimiento de la que no soy necesariamente partidario pero he de decir que con esta novelita en edición de bolsillo no he tenido la sensación ni de estar perdiendo el tiempo ni de haberla leído antes. Virtudes literarias cada vez más escasas. Nunca será una obra magnífica pero sí un magnífico pasatiempo que deja añade el valor de no descolocar la historia de su marco. Además viene con interesantes ilustraciones.
Así es como una novela que no pasa de entretenida ocupa más espacio que una soberbia, por que ésta si la tocas mucho impides el pleno disfrute de quien te lea u oiga.

lunes, 10 de enero de 2011

A pesar de todo he conseguido leer algo.

 
Otra cosa es que haya valido la pena.
Ambos libros eran de los que tenía pendientes desde hace años y por unas u otras cosas no había podido afrontar.
Primero las damas. Nieves Concostrina ya me tenía conquistado con sus intervenciones radiofónicas sobre decesos y cadáveres viajeros etc. Me he reído con ella muchísimo (ya os he dicho que tengo un ramalazo de humor negrísimo), inesperadamente una amiga me lo ha prestado y ahí ha venido lo malo. He leído lo mismo que he escuchado, vamos a ver, no las mismas historias, algunas sí, algunas no, pero no me ha aportado nada nuevo. Esta fantástica periodista, al afrontar la elaboracíón de este libro ha hecho -y lo digo con pena- un simple corta y pega de lo que ya tenía hecho en los textos radiados. Lamentable. En algún momento alguien tendrá que decir y dejar bien claro que un libro no es el mismo medio que una radio, una televisión o eso que ahora llaman periódicos y que a fuer de ser sinceros no pasan de ser libelos panfletarios, vulgares, adocenados y pensados para quienes ni piensan ni quieren hacerlo. En fin que me leí "Polvo eres" en un pis pas pero me podía haber ahorrado el esfuerzo. Quizás si hubiera sido un CD lo habría disfrutado más. Eso con respecto al medio, con respecto al contenido he de decir que no da la impresión de ser extremadamente riguroso, es más, no lo parece en absoluto, datos a medias son muy frecuentes, y la carencia de otros es más que evidente. Como el valor a los militares que no han entrado en conflicto el rigor "se le supone" pero siempre es peligroso caminar sobre la historia sin buenos clavos pues puedes patinar con una facilidad pasmosa. Un libro no es un corte en la radio y si se trata así se debería agarrar a la historia con puntales firmes como notas y acotaciones que centren y fijen de lo que se está hablando por que constantemente surge la pregunta de ¿y esto segun quien? En fin que para pasar una tarde de domingo vale, pero esa falta de agarraderos históricos hace que valga para poco más por muy ameno y entretenido que resulte. Eso sí, divertidísimo si no se cuestiona uno nada.
El otro es otro cantar. Pepe Gonzalez escribió otro libro que era algo así como "Mentiras fundamentales de la iglesia católica" o algo parecido. Cuestionable, polémico etc. pero rigurosisimo, equivocado o no, pero al leerlo te quedabas con la sensación de que todo se sujetaba perfectamente. No voy a entrar en polémicas sobre su validez o no por que eso va en creencias muy personales y todavía no estoy yo para meterme en esos berenjenales. Esperaba por tanto de "Mitos y tradiciones de la Navidad" algo parecido y no. Para empezar es desigual en grado sumo al tratar unos temas mucho más a fondo que otros (magnífico, o por lo menos muy esclarecedor el dedicado a Papá Noel), otros apenas son refritos también de corta y pega pero que resultan válidos para centrar el tema y ver el estado de la cuestión (especialmente los primeros capítulos). Sin embargo, en bastantes temas se ve una cierta precipitación, en todos una gran dosis de datos interesantas que... no consiguen interesar por la forma árida en que se plantean y en general una desarticulación del planteamiento del libro que empieza muy bien pero...
A esto hay que añadir que al tratar ciertos temas da por universales aspectos que son locales y da a las tradiciones catalanas mucho más espacio que a las del resto del mundo, cosa que me parecería muy bien si lo hubiera hecho en capítulo aparte pero que tal y como lo hace no contribuye a la lectura fluída del texto. Antes que se me eche nadie encima por lo que acabo de decir he de puntualizar que la solución sería tan simple como un capítulo centrado en las tradiciones catalano-francesas, por cierto, mucho mejor conservadas que en el resto de los países. En fin que sobre ser carísima la edición y poco cómoda de leer por el brillo del papel no disfrutas leyendolo en absoluto. Eso sí, se aprende mucho.

viernes, 23 de julio de 2010

Cautiva en Arabia


He terminado de leer el libro-biografía “Cautiva en Arabia” de Cristina Morató. Escuché a su autora hablar en la radio sobre la biografiada (la Condesa Marga D’Andurain), casi poniéndola como referencia para la mujer moderna, liberada y tal. Interesante. Además la señora en cuestión recorrió parte de Oriente Medio y tuvo una serie de vicisitudes que hacen su historia atractiva en gran parte como antecesora de las mujeres modernas libres de prejuicios y limitaciones sociales. Más interesante. Siempre me han fascinado las biografías de mujeres célebres, entre otras cosas por que son más variadas y amenas que las de los hombres célebres, y más desconocidas. Así que fui y me dejé la pasta que cuesta el libro (tapa dura, tres cuadernillos de fotografías) y me dispuse a pasar un buen rato con una lectura distinta y amena, mi gozo en un pozo. En un profundo pozo. En una sima abismal. A punto estuvo el volumen de salir por la ventana en tres o cuatro ocasiones pero los euros que me había gastado me hicieron acabarlo. Cierto es que a partir de la mitad mejora pero…
Vamos a ver y empezando por el principio: la susodicha condesa no era tal. Bien, la referencia para la mujer moderna y su antecedente, para la autora –o lo que yo entendí que decía, que a lo mejor es que entendí mal-, es una vividora, caprichosa, impostora, contrabandista, antisemita, casi estafadora, amante del dinero ante todo, que trajo a mal traer a todo el que tuvo la desgracia de caer en su entorno. Los hombres con los que se relacionaba caían como chinches (uno se suicida, a otro le envenenan, a otro le apuñalan, a otro también le envenenan, su hijo mayor, a quien ignoró siempre por cierta discapacidad que la autora no deja clara, se hace matar a propósito en la guerra y al pequeño le dijo cuando mató a un hombre que ya era él mismo un hombre) y posiblemente fuera una traidora a su patria (Francia) siendo espía de Inglaterra. Eso sin contar con que dos de esos hombres fueron asesinados por ella y escapó impune. Señores, si esa es la referencia de la mujer moderna: cambiemos de planeta antes de que acaben con nosotros.
Pero, bueno, al fin y al cabo la historia tiene su aquel. Mejor dicho tendría su aquel si se hubiera escrito de otra manera. Para empezar, el tema no da para más de cien, ciento cincuenta páginas y hay trescientas y pico, trescientas sesenta y algo creo recordar. Las que sobran se pierden en descripciones de hoteles o de personajes sin mayor relevancia posterior que con una notita a pie de página más o menos amplia había sido suficiente. Pero no es solo eso. Determinados conceptos y hechos son repetidos varias veces a lo largo del libro, como si la autora no recordara si lo había contado o no, determinados conceptos que requerirían una aclaración en su primera aparición no la tienen hasta medio libro.
Estoy seguro que el fallo viene no de la autora sino de querer plantearlo exento en lugar de cómo parte de un fresco como previamente había hecho Cristina Morató con “Reinas de Africa”. No da para tanto el tema y, desde luego, dada la pléyade de mujeres que vivieron en aquella primera mitad del XX no debería afrontarse como antecedente de nada, que golfas hubo siempre, y menos aún plantearla como icono de libertad. Si yo tuviera que definir a la tal Marga diría que es una Escarlata O’Hara sin guerra civil que justifique sus actos delictivos.