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lunes, 3 de marzo de 2025

Carnaval. Edición revisada.


 Publicado en 2013 y corregido posteriormente.

MIÉRCOLES DE CENIZA

 

Baile del Círculo de Bellas Artes. Máscara. Miércoles de Ceniza. Cada año el mismo sueño. Incluso alguno ha llegado a comprar la entrada. El Baile del Círculo, toda una enseña de la ciudad.

-“Mascarita ¿me conoces?”

Zapato de terciopelo azul con hebilla de plata y tacón rojo, media de seda, calzas de raso azul celeste con lazos blancos, casaca azul cobalto con botones de plata, chaleco también celeste con botonadura de perlas, camisa con profusión de encajes desbordando los puños de la casaca, pelucón empolvado, tricornio cobalto, bastón de plata, un anillo en cada dedo, pañuelo de encaje en la mano, rostro blanco con un lunar junto a sus labios discretamente enrojecidos, cajita de rapé. La capa, la majestuosa capa negra de vueltas y forro de raso rojo abriéndose a su paso y la máscara.

-“Mascarita ¿me conoces?”

La máscara plateada, antifaz más bien, con plumas azules abriéndose hacia arriba. La máscara blanca, de porcelana, con un rameado en oro, veneciana, con ese aroma siniestro que evoca la peste, con esa mirada más vacía aun al estar rodeada de materiales nobles, la boca menuda con los labios blancos, sin sangre. La máscara. Quizás otro antifaz, negro, con ribete de encaje negro y fingidas pestañas plateadas. La máscara. Tiene el disfraz definido hasta el último detalle desde hace muchos años, pero la máscara varía, no lo ve claro. La máscara. Metálica sin boca, como la de la novela de Dumas, sugerir sin mostrar, desmentir el disfraz. La máscara. Realmente lo único necesario para ir disfrazado, una buena máscara, la adecuada. Un hombre, una capa y una máscara, podría cruzar desnudo las calles de la ciudad. Es el disfraz en sí mismo. No los detalles de la vestimenta. La máscara.

-“Mascarita ¿me conoces?”

Seguramente por eso, cada Miércoles de Ceniza guarda en el armario el disfraz cuidadosamente soñado y las máscaras, todas ellas. Quizás nunca vaya al baile del Círculo. Teme que, al volver a casa, o la mañana del Miércoles de Ceniza tener que contestar al quitarse la máscara.

-“Mascarita ¿me conoces?”

-No.


miércoles, 6 de enero de 2021

Tarde mal y arrastro

 Esta entrada se correspondía al mes Diciembre, pero por problemas técnicos y personales no he podido subirla hasta hoy. Feliz Año Nuevo, Felices Reyes y que Dios reparta suerte.

CUENTO DE NAVIDAD 2020

Me lo encontré sentado en la puerta de mi casa. Yo venía refunfuñando por que la mascarilla me agobia cantidad, el ascensor hace lo que le sale de los cables y fuera hacía un frío que pelaba pese a los pronósticos meteorológicos que anunciaban lluvias, pero con temperaturas suaves, claro que los muy cabrones no cuentan nunca con el viento y el viento norte en Madrid es gélido. Que ya lo decía Galdós “Madrid es mucho Madrid para estar en la esquina de Gobernación sin capa”. Al principio creí que era un sin techo borracho que había decidido anidar en mi rellano, bueno, en algún sitio tendrán que refugiarse, pensé. Sin embargo, luego empecé a darme cuenta de incongruencias. La primera era que no olía a vino sino a calor de horno encendido. La segunda era que no tenia aspecto de borracho sino de agotado, nada de la gama de rojos de mayor a menor que da el alcohol, sino una extraña escala de grises y malvas más propio de hombre envejecido prematuramente que de un borrachín, además qué de viejo, nada de nada, que esa era otra.

Quizás la mayor de las incongruencias fuera su indumentaria: una bata verde de seda adamascada reluciente sobre el cuerpo desnudo, o por lo menos lo bastante poco vestido como para permitir ver un ancho pecho y unas poderosas piernas. Tampoco su rostro delataba vejez, todo lo contrario, mandíbula fuerte, cuello de toro, pelo recio espeso y abundante con algo verde mezclado que no supe distinguir. Al acercarme comprobé que no estaba sentado sino recostado apoyando un hombro en el muro y la espalda en la puerta. Sin embargo, lo peor, lo más incongruente subjetivamente era que me sonaba su cara incluso su lamentable intento de sonrisa al verme, un vago y viejo recuerdo, un recuerdo más allá de mi memoria. Como si aquel desconocido hubiera estado siempre conmigo.

-Pasa y conóceme mejor -me dijo y pensé “vaya por Dios un chiflado”- Mejor, déjame pasar y conóceme mejor – quizás no tan chiflado.

-Sí, hombre, en mi casa le voy a meter, venga, levante y largo.

Lo intentó, ciertamente lo intentó, pero no tenía fuerzas y eso era evidente así que si quería entrar en casa tenía que ayudarle o llamar a la policía, pero esa opción no me atraía lo más mínimo. Le tuve que levantar prácticamente a pulso y me sorprendí aun más al notar el calor que trasmitía, como el de una hoguera a punto de extinguirse o recién apagada. Al ponerse en pie se le cayeron de los bolsillos unos absurdos bastones de caramelo. Remembranzas de niño quizás, aquello me inspiró confianza y pensé que podía abandonar esa desconfianza creciente que me invade, a mí al menos y me atrevería a decir que a todos, y dejarme llevar por esa oleada de descanso que es bajar la guardia. Era un hombre alto y ya dije que fuerte pero apenas podía avanzar por el pasillo sin apoyarse en mis hombros, mientras que de la bata seguían cayéndole mil menudas chucherías, minúsculos juguetes, bombones, o eso me parecía a mí pues cuando quería comprobarlo no había nada desparramado por el suelo. “A ver si el chiflado soy yo”, me dije encontrándolo mucho más lógico que el que lo fuera él. Se dejó caer en una butaca

 A partir de ahí digamos que me pusieron en piloto automático. La desconfianza había desaparecido y me precipité a la cocina para prepararle un chocolate bien caliente. Siempre tengo chocolate en casa, de ese medio prefabricado, que suele ser el que me sobra de las navidades pasadas, así que no tardé nada en prepararlo ni siquiera sé como lo hice pues no podía pensar más que en de qué o quien me sonaba esa barba pelirroja y esos rizos asalvajados y lustrosos, incluso ese inicio de sonrisa sin poder localizar ese recuerdo. Cuando salí de la cocina el hombre parecía haber crecido un poco y miraba un ángel navideño que este año había puesto con demasiada antelación.

-Ven y conóceme mejor, gracias gentil anfitrión por tan reconfortante como sabroso brebaje -hizo el gesto de echar un pellizco de sal sobre la taza y apareció esa amplia sonrisa tan conocida como desdibujada, tan evocadora como, todo hay que decirlo, como inquietante -¿Aun no me has reconocido, pequeño impostor? -comentó estallando en carcajadas de moribundo.

-¿Nos conocemos?

-Está claro que tú a mí no, a pesar de que llevas casi once años vanagloriándote en tu blog de ser yo. Claro que ni a ti ni a mí nos toma nadie en serio. Nadie nos ve, nadie nos reconoce, pero, a pesar suyo, existimos. O casi.

-Eh que yo no me hago pasar por nadie –protesté sofocado de santa ira.

-¿Seguro, Joaquinitopez? Entonces por que no usas tu nombre real, aparte de la pedantería -de nuevo esa risa tan conocida, tan acogedora como unos cálidos cojines- de que nadie te adivine de donde has sacado el Nick.

-Bueno, hay que tener una identidad en

-Paparruchas, pequeño impostor. Si que te haces pasar por mí, cada año, por estas fechas o un poco más adelante dejas salir al divertido farsante que llevas dentro, a ese histrión que busca la alegría forzando los surcos que las lágrimas no vertidas han dejado en tu cara y afirmas “Lo confieso soy

-El Espíritu de la Navidad Presente, siempre lo digo, es cierto, entonces

-Usurpas mi identidad durante las tres o cuatro entradas que poca gente lee y mucha menos disfruta. Yo sí, por cierto, me divierte ver como te esfuerzas por parecerte a mí y como intentas que quienes te lean entiendan algo de lo que tú apenas atisbas por qué, seamos sinceros, nunca has pasado a conocerme mejor. No te preocupes, pocos lo han hecho. Pero es la humana condición la que os lleva siempre a quedaros con los envoltorios de colorines, los lazos, las cajas, la belleza por que ¿qué hubiera pasado si Helena hubiera sido fea? Pues que no habría habido guerra, según vosotros.

Sus rasgos se perfilaban y difuminaban constantemente y su voz, grave, a veces sonaba como un hilillo y otras enérgica y poderosa.

-Quizás el Espíritu de la Navidad sea una de esas cosas que no están a la altura de la mente humana, eso que creéis tan importante: la mente. La diosa Razón que convierte un presente o una comida en números, los misterios en paparruchas y niega lo que no entiende ¡y entiende tan pocas cosas, la pobre! Tú al menos lo intentas, Joaquinito el cobarde que se esconde en un pseudónimo pedante, y hasta vas un poquito más allá, pero siendo consciente te quedas en la pura estética. Intentos lamentables, pero bienintencionados al menos.

-Vamos a ver -logré articular apenas recuperándome en ese filo de realidad, sueño o agujero de gusano-. ¿Usted cree ser el Espíritu de la Navidad Presente, el de verdad?

-Exacto, pasa y conóceme mejor.

-Esto es de locos

-Ah, claro, has perdido la razón.

-Yo no, usted

-¿Seguro? Yo sé quien soy y lo digo, tu dices cada año ser quien no eres. Ah, la razón la Diosa Razón te ciega, es lo que hace cuando la conviene, por eso parece ganar siempre, pero diosas más altas cayeron.

-Vamos a ver, ¿tiene usted alguna medicación que no se ha tomado?

            Su respuesta fue una carcajada estruendosa que estalló casi con violencia.

-¡Cuantos esfuerzos, pobre Joaquinito, para negar esa llamita que cada vez crees más débil y que sabes que es lo más real que hay en ti!, ¿Cuántos esfuerzos para convencerte de que ya no eres un niño y que has madurado? Madurar, querido cobarde, es asumir la realidad y lo que se es. Por eso casi nadie quiere ver esa llamita, en la mayoría ya muerta, que lleváis dentro. Dime, ¿alguna vez deja de vibrar, deja de darte un calor raro, que no quema, pero duele? ¿alguna vez ha dejado de estar en lo más profundo de ti por más que te has esforzado? Ni siquiera te tomas la molestia de negarlo, deja de esforzarte, ahí seguirá hasta que la mates deliberadamente no ignorándola, y sabes, lo sabes perfectamente, que el día que lo hagas habrás matado lo mejor de ti y por eso no lo harás nunca.

-Pero

-Si, las fuerzas fallan. Mis horas en esta tierra son pocas, como las de todos mis hermanos mayores pero las mías aun más pues ya están acabando y falta aun mucho para Navidad. Este año me habéis matado antes de nacer

            Señaló una pared que pareció abrirse como una ventana irregular e inestable y allí vi el año que está acabando, los hechos visibles, los invisibles, los sentimientos, las trampas, la maldad, la mentira todo ello chorreaba por las paredes de todo el salón con repulsivos colores rojos de sangre semicoagulada, verdes de fermentos de almas podridas, muertas, amarillos purulentos de mentira, violáceos sucios de dolor. Lentamente un sonido fue creciendo, era llanto, gritos, risas malignas, tintineo de monedas, leves sonidos de laboratorios, estertores de agonía, insultos, alaridos desgarrados de dolor y un aun más poderoso rumor bajo de indiferencia, de ceguera, de docilidad de buey, hasta hacerse insoportable. Volví la vista para mirarle y lo que había bajo la seda adamascada podía ser un cadáver o una momia que habló con un último suspiro.

-Os quedáis solos, este maldito año, el espíritu de la Navidad Presente os lo tendréis que trabajar solos. De vosotros depende, yo ya morí hace tiempo. Está en esa llamita que no queréis ver pero este año no estaré para ayudaros a resucitarla con escusas. De vosotros depende.

Desapareció como desaparece un recuerdo despacio y poco a poco, sin que uno se dé cuenta.

Así que la Navidad y su esencia este año depende de nosotros, sólo de nosotros.

Pues estamos apañaos.

 

Acabado a 20.11.20


lunes, 3 de agosto de 2020

HOMENAJE JOCOSO A FEDERICO

En estas fechas se suman aniversarios cuanto menos tristes (Marilyn) cuando no espantosos (Federico) o directamente apocalíptico (Hiroshima) sobre ello tenemos la que tenemos encima de manera que se me ha ocurrido echarle un poco de humor con todo el respeto a Federico, por supuesto. El caso es que me he propuesto aprenderme de memoria el Romancero Gitano pero La casada infiel se me ha atravesado de mala manera y a base de intentarlo ha ido saliendo esto.

Yo me la llevé al río
Creyendo que era mozuela
Pero tenía marío,
Novio, amante
Y un curita de Almería
Con el que jodía bastante.
Y un petimetre cualquiera
De sinvivir anhelante,
Y  un pescador de Alicante,
Y un barbero muy apremiante.
Y uno con el rabo grande
Que resultó ser viajante.
Y un vendedor de Sigüenza
Un poquito sinvergüenza,
Y un cómico de la legua
Que tenía buena lengua
Y era del puerto el amor
De un marinero ligón.
Y un pastelero dulzón
Con gusto a miel y limón
Y un cacique que con guita
es que la tenía loquita
Y un bailaor saleroso
Con ínfulas de famoso
Y un juez severo y duro
Que se las daba de puro
Y un Norman taxidermista
Que siempre la tenia lista
Y un futbolista drogado
De lo más considerado
Y un profesor jorobado
Que ejercía de abogado
Y uno más chulo que un ocho
Con fábrica de bizcochos
Y un yogurín desnatado
Y un viejo verde tronado
Y un divorciado endeudado
Y un obispo consagrado

¡Y yo que me la llevé al río
Creyendo que era mozuela
…. y no solo tenía marío!

domingo, 12 de julio de 2020

JULIO: UN HOMBRE LLAMADO ANTONIO



            Llegamos juntos al barrio, todo el barrio se pobló en unos meses del 62, lo que no es decir mucho pero sí que éramos de la misma edad. Antonio era hijo del tendero de mi calle, un ultramarinos que vendía de todo por era la única tienda de todo el barrio –una isla entre cementerios y rio-, al padre se le conocía como El Gordo creo que huelga decir por qué y lo cierto es que nunca les traté mucho hasta hace pocos años, entre otras muchas cosas por que mientras yo me dedicaba a estudiar y “hacerme un hombre de provecho” (me carcajearía si lo que voy a contar fuera otra cosa) el se dedicó a vivir, mal, pero a vivir. Nuestros veinte años coincidieron con los 80 y la cúspide quizás de la drogadicción en el país, que no solo de movida y politiqueos claves de la historia se vivía tampoco entonces, algunos incluso centrábamos todo, pero todo, nuestro interés en esa décima que pasaba del 4’9 al 5, o sea del suspenso al aprobado por los pelos. Que nunca haya entendido como en un examen de humanidades se pueda calificar con décimas no quita que aquel 4’7 de arte árabe aun sea uno de los puñales que atraviesan mi académico corazón aunque, a fuer de ser sinceros académicamente soy como La Montiel: “ya no tengo corazón”, chim pom. Lo dicho, que mientras yo con todos mis compañeros íbamos de intelectuales (o intentando llegar a serlo) tragándonos cosas como “A la búsqueda del tiempo perdido” o “El cuarteto de Alejandría” (¡Confesión! Nunca pude acabar ni el primer capítulo de ninguno de ellos pero me guardé muy bien de que nadie se enterase) Antonio vivía, mal, pero vivía. Algunos teníamos muy claro que hacer con nuestra vida y nos salió mal, Antonio y otros miles no tenían ni pajolera idea de qué hacer con la suya ni les importaba, y también les salió mal.

            Acabó enganchado a la droga, supongo que a la heroína que era lo que se llevaba por entonces, pero no lo sé, teniendo un hijo muy joven, no sé a qué edad pero sé que la última vez que hablé con él me hablaba de un nieto de cinco o seis añitos, teniendo en cuenta nuestra edad muy joven tuvo que ser, casándose con otra adicta y todo ello en medio de una lucha desesperada por su parte y por parte de toda la familia, incluida su mujer que salió antes que él, para sacarle de aquel abismo. Había largas temporadas en que, sin oficio ni beneficio, se mantenía limpio y trabajando de peón, otras en que para mantenerse limpio tenía que recluirse en los huertos que sus padres conservaban en el pueblo, vigilado y apoyado por todo el pueblo, y otras en que se hundía de nuevo en el consumo. Una lucha titánica que se llevaba casi todos los ingresos familiares, que quizás valiera, para que sus hermanos menores ni se acercaran a las drogas pero que terminó por dar sus frutos. Desenganchados ambos, se instalaron al lado de casa, en el bloque que hace esquina con el mío y fueron criando sus hijos como buenamente pudieron. He de reconocer que desde mi ventana veía la pequeña plantación de marihuana creo que era, un pequeño invernadero que siempre estaba encendido, así que durante un tiempo el desenganche no fue total, evidentemente, pero si fue lo suficiente como para llevar una vida normal. Un día el invernadero desapareció y ahí fue cuando personalmente di por vencido el problema. Craso error. No por qué no hubiera desaparecido o vencido el problema de adicción, a las claras estaba que sí, sino por qué de ahí nadie sale indemne.

            Con cincuenta y muy pocos años su mujer a quien conocía de vista pero nunca supe ni como se llamaba empezó a pagar las consecuencias con su hígado lo que la llevó a la tumba dejando dos hijos ya casi adultos. Antonio había empezado a pagar con problemas de tipo depresivo, ausencias, alguna borrachera ocasional, que no fueron a mejor con la muerte de su mujer a pesar seguir adelante con su vida y acabando de criar a sus hijos con un par, si se me permite la expresión. En general nunca se sabía si iba colgado, borracho o limpio, a tal estado había llegado pero cuando charlabas un par de minutos te dabas cuenta de que ni borracho ni drogado y de que, además, era buena gente. Los hijos crecieron, la hija, una preciosa criatura que no sé a quién habrá salido pues por ambas partes son físicos recios, fuertes y toscos mientras que ella es una porcelana del XVIII para que el orgullo de su padre se le escapara por los poros a chorros, se colocó y pasó lo que tenía que pasar. Encontró una pareja y se fueron a vivir juntos, y Antonio se quedó sólo, naturalmente en paro, con la casa vacía y la cabeza dando tumbos.

            Hará más o menos un año estaba paseando por el barrio y me sorprendió que se me acercara para pedirme treinta euros. Nos conocíamos de siempre pero nunca habíamos cruzado más de tres palabras y aun así en pocas ocasiones. En atención a su historia y a lo majo que es siempre su padre con mi familia solté los treinta euros. “Es que no tengo nada y me hundes el fin de semana si no me los dejas”. Los di por perdidos, obviamente, pero me dolía más pensar que hubiera vuelto a recaer. Las adicciones son cabronas en esa pertinaz y eterna insistencia y en cualquier momento atacan, y puedo decirlo por qué soy un adicto al sufrimiento inútil (parecerá una majadería pero no lo es, de hecho es adicción que agria la vida al más pintado). Cual no sería mi sorpresa que unos meses después me llama desde la esquina y me comenta que le van a pagar un premio de la lotería que le había tocado y si me esperaba me pagaba ya. Estuvimos charlando un rato hasta que, efectivamente, contra lo que pudiérase pensar, llegó un señor le pagó, y yo cobré.

            Durante aquel rato me estuvo comentando que se le caía la casa encima y que, salía sin saber donde ir, que acababa en el bar, y por eso intentaba no salir, que estaba pendiente de que le concedieran una minusvalía por los daños en su cerebro, en suma que andaba el hombre deprimido y pensando en vender la casa y comprarse una autocaravana pequeña para no ahogarse en la soledad de la casa. En fin que luchaba como buenamente podía con la depresión que seguramente tenía o al menos le rondaba.

            Pocos días después se decretó el confinamiento y al bajar a comprar vi que en su portal había un cartel diciendo que el vecino del pisto tal letra cual, se ofrecía para hacer las compras a quien lo necesitase, algo muy a tener en cuenta pues en estos bloques hay mucha gente de mucha edad. Era Antonio el único que se había preocupado de ayudar a los demás. Al poco tiempo, un vecino me contó que le habían encontrado muerto. “Sobredosis” pensé, como todos, pero no.  No fue una sobredosis sino un suicidio con pastillas de las que tomaba para sus problemas neurológicos. Medicamentos siempre peligrosos. Rodeado de cajas vacías y solo. Ya sabemos lo que suponía morirse de lo que fuera en el confinamiento. Yo no lo vi pero me contaron que el velatorio fue hasta que se lo llevaron enfrente de la casa con los hijos y amigos bajo la lluvia. Al fin la vida pudo con él pero, eso sí, hizo falta una pandemia a escala mundial y la absoluta soledad para que cayera ante ella.

domingo, 22 de diciembre de 2019

EVOCACIÓN NAVIDEÑA.

Chesterton ya se lamentaba de que parecía casi pecado disfrutar y amar la Navidad. Un respaldo histórico para un amante de estas fiestas siempre viene bien, desde luego. Sin embargo, la presión social contra nosotros (todos la celebran pero nadie parece amarla ni desearla ni disfrutarla) acaba por hacernos, hacerme para ser más concreto un poco imbécil. Quizás para encontrar la causa de tal imbecilidad o para todo lo contrario por primera vez me pregunté en serio por que a pesar de no tener buen recuerdo de ninguna Navidad, salvo los juguetes de Reyes y aun esos venían con la visita mi insoportable primo que se cargaba la mitad y con los deberes de las vacaciones que, como corresponde a cualquier estudiante que se precie, había dejado para última hora, y de encontrarme celebrándolas solo sigo sintiendo una pasión incontrolable por la Navidad.
No suele ser bueno hurgar en los más antiguos recuerdos, sobre todo en mi caso dado que mi infancia fue, con mucha diferencia la peor época de mi vida por la enfermedad (los que me han seguido saben que hablo de polio) pero si se quiere conocer una realidad hay que empezar por los orígenes y no me quedó más remedio que entrar en la caverna de aquel universo de pesadilla y creo que encontré algo que quizás tenga en parte la "culpa" de mi pasión navideña.
           De niño, cada Navidad, llevaban a ver el Nacimiento del Asilo de San Rafael, en el edificio viejo, Paseo de la Habana nosecuántos. De aquellos años no recuerdo veranos, ni días soleados, siempre es invierno en mi memoria de entonces. Siempre oscuridad y frío. Paredes gris naval o gris cemento. Espacios vacíos. Espacios vacíos y miedos, muchos miedos. El pavor absoluto a la oscuridad que aun apenas he superado, quizás fuera uno de los peores. Desde luego el más visible aunque sea absurda la frase. El cine, por ejemplo, era un espacio vetado, por eso la primera película que recuerdo fue en un cine de verano, con las luces del bar bien visibles desde de mi punto de vista, por cierto era “La verbena de la Paloma” de Concha Velasco. Castizo que es uno.
            En illo tempore, el Nacimiento del asilo de San Rafael era casi una referencia para la ciudad, así al menos lo vivía yo, y me atrevería a decir que para mí era especial de un modo muy diferente.
            Solía ir frecuentemente al Asilo de San Rafael, recalco lo de “asilo” por que la perspectiva de beneficencia planeaba sombría al mencionarlo. En general ir era sólo aburrido hasta decir basta. La hora de rehabilitación, el rato de piscina, si aquello se podía llamar piscina pues nunca he visto nada menos parecido a una piscina, pero cumplía su misión y poco más. Eso la mayoría de los días pero había otros era un viaje al infierno de dolores, gritos y acusaciones. Salas blancas, viejas, con tamaño de nave industrial, bancos largos para esperar, blancos, blanco, blanco, siempre blanco. Odiosamente blanco. Un blanco viejo, limpio pero ajado, sólo se rompía el ofensivo blanco en los espacios de transición, pasillos, etc, no por que no fuera igual de blanco sino por que apenas estaban iluminados. Había uno en especial, inolvidable, algo más oscuro, que me llevaba a la sala de yesos, donde viví algunas de las experiencias más espantosas de mi vida sobre una mesa larga de mármol y bajo una lámina de Moisés y la Serpìente de oro que luego supe que era de Doré, para mí era un montón de gente muriéndose sin más. Era pues aquel pasillo no sólo siniestro sino el equivalente para una mente de tres o cuatro años lo más parecido al carro hacia la guillotina o si nos ponemos en plan americanofilo a la milla verde. La sala de yesos, deslumbrante, me esperaba con sus horrores tras una enorme puerta blanca, aquella sí que era la puerta del infierno y no había redención posible. Pero antes, en el pasillo siniestro se abrían cuatro manchas rojas. Eran unas vitrinas empotradas en la pared forradas de terciopelo, supongo, rojo y delante blancas recibiendo de pleno unos focos para que se pudieran apreciar bien. Eran moldes de escayola de cuerpos retorcidos por la polio, pies al lado de los cuales los de las chinas eran un prodigio de corrección anatómica, espantosos  monstruos sin cabeza, sin brazos, troncos sueltos con columnas en ángulos imposibles, jorobas inmensas, pies sin piernas en los que costaba distinguir los dedos del talón. Entonces aparecía la voz. No siempre era la misma, a veces era la de algún fraile, Fray Pedro siempre llevaba caramelos en los bolsillos, cuadrados, de colores, pequeños, duros, y una gran sonrisa, pero nunca estaba en ese pasillo, era otro cualquiera, generalmente desconocido; otras veces era la de mis padres, aleccionados como si fuera una consigna, un santo y seña, la que llegaba a mis oídos: “así es como acabarás si no haces lo que se te dice”. Hubiera sido suficiente para helarme la sangre en las venas si no supiera que lo que me esperaba detrás de las gran puerta blanca era infinitamente peor que esa mera amenaza en principio lejana, el dolor era inmediato, inevitable y abismal. Creo que llegué a inmunizarme a la visión de aquellos Quasimodos de escayola por contraste. Frente a lo que me esperaba dentro aquello era un chiste o poco menos.
            Sin embargo, al llegar Navidad todo aquello cambiaba. Ir a ver el Belén de San Rafael, que ha sido tradición madrileña desde hace muchísimo tiempo, cambiaba el tono hasta de los grises y de los fríos del camino habitual y ya en el edificio se llegaba a él por un ancho pasillo de suelos relucientes negros y marrones, flanqueado por macetones de pilistras con una galería de enormes ventanales semicirculares al jardín, entraba ese sol de invierno tan madrileño, tan imposible de brillante y frío, a raudales, a la izquierda de vez en vez entre macetón y macetón se veían altos ventanales estrechos a los gimnasios y las piscinas (de nuevo el blanco, el aterrador blanco) pero yo no miraba sino al frente. Aquel corredor anchísimo era a mis ojos el colmo del lujo y cerca del final había una puerta a la izquierda y allí una hornacina de boca semicircular y luego, para mi absoluto espanto, se apagaban las luces. Ante nosotros se desplegaba un mundo ajeno al habitual, lleno de colores, los Reyes al fondo creo recordar en primer término un ángel anunciando a los pastores, alto, vestido de rosa sobre una nube, el brazo en alto y las alas verticales. Inesperadamente aparecía la magia pues empezaba a anochecer en la bóveda del Nacimiento, los tonos sonrosados dejaban paso a los azules donde brillaban las estrellas, La Estrella y se iban encendiendo las casas, las hogueras y la luz más fuerte sobre la Sagrada Familia, me sobrecogía esa parte por que era demasiado oscura para mi gusto pero era tan bonito aquel cielo estrellado y el ángel iluminado no sé si desde abajo por la hoguera de los pastores o bien por otro foco como el del Niño. Tenuemente por la izquierda el azul se hacía más claro y luego rosa hasta amanecer y llegar al mediodía. No sé si había música, no lo recuerdo, yo estaba fascinado por toda aquella magia de los personajes, las casitas, las luces, el ángel. En aquel semicírculo se abría una ventana a otra realidad de colores, de luces, sin miedos, de permanente renacer pues a una noche sucedía un día y luego otra noche, una ventana que me decía que había algo más que aquel averno de dolor y miedo, de gris y frío que yo vivía como niño enfermo y solitario entre gentes angustiadas unas y amargadas otras. Aquella visita anual fue durante mucho tiempo una especie de faro entre grises que al final fueron ocupando su puesto dejando espacio a días cálidos y a colores vivos.
            Quizás sea es la causa de mi pasión por la Navidad, quizás un simple recuerdo de un niño de tres o cuatro años o nada. La construcción del nuevo y espantoso hospital con los mismos horrores dentro pero sin el menor gusto estético dejó aquel espacio durante un tiempo prácticamente colgando con escaleras etc. donde yo no podía llegar, hablamos de hace más de cuarenta años, y nunca he vuelto a ver ese Nacimiento que, parece ser, sigue siendo una referencia madrileña.
            Acabo de ver el nacimiento de 2015 y, no censuro, pero ya no son las mismas figuras, supongo que mejores, preciosas, sí, pero ya no son las que me abrieron la ventana en el frío gris de mí sobrecogida infancia.

sábado, 2 de marzo de 2019

Un viejo cuento sin título


Estoy pasando al ordenador viejos textos escritos a máquina y este me ha sorprendido, ni lo recordaba.

            La carta llegó demasiado tarde aunque, posiblemente nunca tuvo demasiada importancia. Se quedó en el aparador quizás apoyada en una figurilla que a ratos parecía una pastora con aires de reina y a ratos una reina a medio disfrazar de pastora. Quizás hubo alguna vez un pastor-rey pero entonces ya no estaba en el aparador grande y señorial.
            Los pasos apresurados y las voces angustiadas olvidaron rápidamente la carta y el sol de la tarde comenzó a filtrarse por las rendijas de la persiana. No tardaron en alejarse voces y zapatos rompiendo una y otra vez el reflejo de la bandeja en el techo. Es lo que tienen las casas viejas donde las cosas han creado con los años un espacio propio, que roen el aire de las gentes con la destructora lima del recuerdo; y entonces queda, imperceptible, el regusto de una ausencia sobre un aparador. El pastor-rey que se rompió hace treinta y cinco años o aquel florero tan espantoso que, un día por otro se fue quedando en la consola y que cuando se estrelló el día del atentado en la plaza hizo que toda la familia se llevara un disgusto.
            Es lo que tienen las casas viejas en las que los muebles de la salita los compró la bisabuela para casarse, que hay cosas que jamás tienen su sitio y van de la mesa del comedor al alfeizar de la ventana, a la mesilla de noche y a la consola del rincón. Cosas que parecen siempre de paso, como a punto de caerse, intrusas, manoseadas y zarandeadas. Otras en cambio, entran y, apresuradamente imponen su presencia, el teléfono y su descabalada mesita, la televisión invadiendo y desajustando la permanencia cotidiana con imágenes fugaces, pérdida parcial, sin embargo. Eso es lo que tienen las casas viejas en las que hay una alcoba, la de la tía solterona, presidida por una Virgen de los Dolores en una campana de cristal sobre la cómoda y por un Cristo opaco a la cabecera de la cama; eso es lo que tienen, que apenas se aleja uno de los reflejos huidizos de la pantalla todo recupera su eterna continuidad inalterada.
            La carta quedó, quizás olvidada, apoyada en la base del candelabro de plata que, dicen, es una antigüedad, mientras los pasos llevaban pasillo adelante a la destinataria cuyo nombre aparecía, con letra inclinada y picuda, en el sobre. Junto al sello, la esquina superior derecha una esquina se había doblado.
            Es lo que tienen las casas viejas y grandes, que cada imperfección fútil aparezca como subrayada en rojo sobre lo perdurable de los desconchones del tiempo en adornos, esquinas y antiguas molduras que ya no hay dinero para restaurar, racimos y cornucopias de escayola pintada que se van deshaciendo en el aire de los salones y las alcobas. Es lo que tienen las casas viejas, que el aire en ellas se hace espeso por el polvo de las molduras de escayola desmigándose, por el aroma de los cajones de las cómodas de castaño al abrirse, por los lejanos gemidos de amor que quedaron flotando desde que sonaron sobre sábanas bordadas, o desde que debieron haberse oído y dejaron a las paredes, los dinteles y las alacenas esperándolos. Por eso el aire se adensa en las casas viejas donde han vivido generaciones enteras y hace que las palabras pronunciadas deprisa, con urgencia por ser oídas, avanzan despacio y tardan tanto en llegar que, a veces, los oídos anhelantes se han ido, se han muerto, o, lo que siempre es peor, ya no esperan. Entonces las palabras se tornan hueras y quedan flotando del salón a la alcoba, de la alcoba al pasillo, hasta deshilacharse en partículas cálcicas que se posan, cuando no hay nadie en las casas viejas, en los muebles, las alfombras y los paragüeros tristes. Cuando entra alguien y enciende la luz se arremolinan y quedan suspendidas en el aire denso, como queriendo ser de nuevo palabras, a la búsqueda de la misión que no pudieron cumplir acaban posándose en las páginas blancas de los libros a los que amarillean año tras año y espesan, aun más, el aire con el olor a papel viejo, a cartón viejo, a viejas horas pasadas con ellas entre las manos.
            Así pasaron las palabras sobre la carta, nadie las oyó y se filtraron por la puerta de la vitrina a medio cerrar hasta los libros de poesía que hace tantos años que nadie lee.
            Es lo que tienen las casas viejas con ventanas altas y balcones estrechos, que los libros de poesía se acumulan en rincones de estanterías, vitrinas y armarios para irse olvidando y dejar deshojarse las miradas que recorrieron, cantaron y lloraron sobre los renglones cortos. Y, poco a poco, la madera se vence con el peso de los libros de poemas que adhirieron a los muros, y los muebles gimen en un crujido inaudible.
            Es lo que tienen las casas viejas con vidrieras de colores en los vanos que se abren a estrechos patios interiores, que la palabra en letras de imprenta pesa en la biblioteca y el despacho; pesan las palabras que enrarecen el aire del gabinete y la salita; pesan las palabras que se pronunciaron alrededor de la mesa del comedor y en el sofá tapizado de verde; pesan las palabras que no se pronunciaron en las alcobas de camas grandes, las que se escribieron furtivas y apresuradas y las que no se escribieron ante el escritorio solemne del despacho, meditadas y sensatas. Pesan versos y canciones, nanas y vacuidades, pronunciadas o no, en las tardes de tediosas visitas; pero más que nada pesan las convulsas palabras de los telegramas antiguos que fueron agoreros pájaros azules en otros tiempos. A su lado la carta, quizás siempre inútil, pero tardía a pesar de todo, apenas es un destello fugaz, todavía, cerca de la pastora con ínfulas de reina.
            Es lo que tienen las casas viejas con muebles antiguos, castaño, nogal, roble, que han ido llenando de aromas de madera las telas floreadas de los cojines, las telas escocesas de los uniformes colegiales, los tisúes de las fiestas, los tules de las bodas, los encajes de los trajes de cristianar, los bordados de los embozos y los tafetanes de los lutos. Y cuando se abre el cajón de la cómoda o se cierra la luna del armario grande, el aroma de los encajes de castaño de las bodas, los bordados de nogal de las fiestas, y de los tafetanes de castaño de los lutos se extiende a ras de suelo y trepa por los opacos zócalos de los pasillos, las torneadas patas de la vitrina de la salita, las sinuosas patas de la consola del pasillo, las faldas perdurables de la mesa camilla del gabinete y la extensión del papel de la pared hasta enrarecer un poco más el aire donde el relumbrar blanco de la carta, inútil y, sin embargo, tardía se va difuminando.
            Es lo que tienen las casas viejas con muchos retratos de lejanas gentes pintados al óleo colgados en los salones, las alcobas y los pasillos, que desde los lienzos miran altivos, airados, indiferentes o entregados a otras gentes móviles que reconocen en las pinceladas densas y en las líneas sabias, rasgos aquí y allá pero siempre ajenas al trampantojo de la imagen vacía y engreída en los oleaginosos colores que se irán, se van, se han ido, descascarillando, cuarteando, degradando y, a veces, descubren, traidores, la trama de la tela que amarillea como las fotografías con el lazo negro en las esquinas, con la huella de haberlo llevado o con la del que nunca se puso pero aparece trazado en el aire por lágrimas, añoranzas, posesiones. Ajenas fotografías, lienzos intrusos que cruzan miradas fijas en la pared, ignorándose y dejando sentir su presencia perdida como la del pastor-rey que desapareció hace tiempo, atónito, arrollado por un golpe de aire.
            Es lo que tienen las casas viejas que tienen un gabinete con butacas amables, cojines de flores y mariposas y un escritorio pequeño, con espacio apenas para escribir esquelas de amor y guardarlas en un cajoncito con llave y pensar a la luz verde que el grueso cristal de la lámpara filtra junto a la pluma aun abierta; que, a veces, el hada de bronce que sujeta la pantalla evoca caricias distraídas de quien escribió ahí, hace tiempo, cartas que quizás no fueron de amor en un papel verdeado por el color denso, de alga de estanque abandonado, del cristal de la lámpara. La luz mortecina, verde y arenosa hace que los brillos de los pisapapeles, los colores de las tapicerías y las líneas de techos y paredes, aristas geográficas determinantes,  se difuminen hasta confundirse con la atmósfera que se adensa.
            Es lo que tienen las casas viejas y ajenas, que la niebla de color verde, de partículas y de palabras, de gemidos y de poesías, no se va cuando, al amanecer, se apaga la lámpara del hada de bronce y no se encuentran las esquinas y la carta, tardía e inútil amarillea. Es lo que tienen las memorias extrañas y viejas, que, a veces, los enrejados barandales de los balcones de las casas viejas con ventanas altas y campanas de cristal, los frágiles enrejados ceden por el peso de las miradas al óleo, los lazos negros, las huellas de gentes que la memoria propia no encuentra sino en almacenes de recuerdos ajenos.
            Entonces, alrededor de la olvidada presencia del pastor-rey, los pasillos se enredan y acaban en paredes cerradas, se bifurcan y terminan en vitrinas invadidas de poesías polvorientas que nadie recuerda quien leyó. Entonces, en torno a la Virgen de los Dolores, los suelos se comban y las líneas de baldosas y maderas se curvan, sinuosas, precipitándose hacia ventanas y tabiques. Entonces, cerca de la lámpara de tulipa verde el aire se hace tan espeso que las memorias viejas recuerdan las bandadas de pájaros que nunca anidaron en el aparador, las consolas y las vitrinas llenas de polvorienta poesía, olvidan los frágiles enrejados de las balconadas tristes y no pueden esperar la carta tardía, quizás inútil, que tampoco encontrará sitio en las casas viejas y amarilleará apoyada en la pastora-reina, el candelabro de plata o la campana de cristal añorando al pastor-rey

jueves, 27 de diciembre de 2018

CUENTO DE NAVIDAD 2018 (2º) "EL CHOCOLATE"

 
Mañana del día de Navidad. Me levanto sigiloso, me afeito apurado,  como a él le gusta, ducha rápida y a la cocina. Empiezo a preparar el chocolate artesanalmente, como toda la vida he visto hacer, sacando finas virutas con un cuchillo y paciencia, canela, espeso. Enciendo la freidora para preparar unos churros congelados y mientras se calienta y antes de seguir adelante me atuso, me peino y perfumo, ese perfume tan caro que me regaló el año pasado. Me pongo el pijama rojo y el batín de seda. Me quito el pijama y me aseguro de que el cinturón del batín quede en el sitio adecuado. Enciendo las luces del árbol y compruebo por vigésima vez los lazos de los regalos, lo reconozco: soy un pelmazo con los envoltorios. Un buen envoltorio es casi medio regalo, es tiempo que alguien ha dedicado a ese lazo, ese rizo o esa etiqueta para ti. Aun no ha levantado el día por completo y me parece que va a haber niebla. “Mañanita de niebla tarde de paseo”. Nunca nieva en Navidad, cualquier otro día, pero nunca en Navidad. Una sola vez, de niño, de vuelta de ver el Nacimiento del Asilo de San Rafael, ya de  noche, y cuatro copos mal contados. Espera que no sea una tarde de paseo sino de lluvias y pasarla con él acurrucado en sus rodillas, comiendo nueces y viendo “¡Que bello es vivir!"; los teléfonos ya están desconectados desde anoche, los ordenadores, cerrados y sin más luces que las del árbol, cada año más horteras, desbordando las ramas y trepando por los visillos. Disfruta como un crío poniéndolas con esa energía de la edad. A mí, más formal, me corresponde el Nacimiento con su río para el que nunca le alcanzan los ahorros e improviso de cualquier manera, las ovejas, siempre con las patas demasiado juntas y que hay que ir apoyando en piedrecitas o musgos para que no se caigan y parezcan una masacre lobuna; los ángeles, sí, esos que no hay forma de fijar hasta que se encuentra el equilibrio y que hay que colocar mil veces pues al rozar el soporte caen en tropel. Me gustan esos ángeles, son nuevos, de una especie de plástico pero se les ve desgastados, como si fueran parte de la otra caída masiva de ángeles; la estrella pidiendo a gritos la jubilación y los Reyes Magos que vamos acercando cada día un paso, como hacíamos de niños. Cada vez menos luces y más ángeles. Anoche, a última hora colocamos al niño en su cunita poco evangélica, sin duda, pero indispensable para nosotros. Al hacerlo nuestras manos se rozaron primero y se entrelazaron después, muy fuerte con el conocido nudo en la garganta de una desesperanza común. Acabaré llorando si lo sigo pensando. Levantamos la copa y nos deseamos una feliz Navidad. Como siempre él puso “El Mesías” y nos sentamos a oírlo aun con las manos cogidas y las lágrimas colgando de sus largas pestañas negras. Yo prefiero los villancicos de zambomba y marimorenas varias pero él es un melómano exquisito, algo que admiro, aunque no entiendo de la misa la media. Ah, sabía que se me estaba olvidando algo, el detalle que casi se me escapa y eso que lo dejé preparado anoche, Adeste fidelis, su villancico favorito (para mí si no hay peces en el río no hay villancico, la verdad) ¿Qué más nos hace falta? Nadie, no, nadie más nos hace falta. Ya he esperado demasiadas navidades en vano a amigos y familiares, al menos un “vente a cenar”. No, no necesitamos a nadie más. Familia y trastos viejos, pocos y lejos, lejísimos, ya que nos ponemos. ¿Listo todo? ¿le hará gracia que aparezca con el espantoso tanga de leopardo que me regaló bajo el batín o me preferirá a pelo? No correré riesgos. A ver: las jícaras, los churros, las servilletas con Papás Noeles bordados, y el centrito con una ramita de acebo. Vamos allá. ¿Será posible? Se me ha olvidado encender el fuego? ¿en qué estaré pensando? Pues en él. ¿En qué voy a pensar? tengo cada cosa que… Ahora se enfriarán los churros. A ver si hoy con la fiesta se anima a levantarse, hace un par de días que está apagado, todo el día en la cama. Me preocupa que haya pillado algo. ¿Cuándo me dejará?, dice que nunca pero yo sé que sí. Demasiada diferencia de edad, cierto que apenas son dos años, sí, pero lo suficiente para cambiar de dígito. De “está a punto de cumplir los treinta” a “ya va a cumplir treintaiuno. Parecen sólo palabras, pero no lo son. Apenas puedo vivir con esa angustia de no saber si cuando llegue a casa ya se habrá marchado dejando una nota, o escuchar ese “tenemos que hablar” que viene a ser el “ahí te quedas” pero en papel de regalo. Claro que me va a dejar. Ya lo han hecho muchas veces pero no soporto la idea de que él, precisamente él, me abandone. Me ahogo sólo de pensarlo. Que me deja es inevitable e intento ir haciéndome a la idea pero no creo que pueda soportarlo. No de él. Sabía que no debía volver a enamorarme y menos de él, que debía huirle. Un mal presagio apenas le vi. Sabía que no podría soportar su abandono y mucho menos aun su ausencia pero no supe, no pude o no quise defenderme. Me dejé atrapar, los dos nos dejamos atrapar en la maldita telaraña del amor y ahora él no encuentra el modo de escapar ni yo el de hacérselo más fácil pues no sabré sobrevivir cuando se vaya. No quiero que se vaya, no me importan los cuernos que pondrá. Me quiero engañar y tampoco sé. Cuando me engañe me desesperaré y morderé la almohada para que no me oiga llorar. Será un dolor que apenas puedo imaginar, y no será por qué no me hayan cornamentado veces, pero que lo vaya a hacer él, si es que no lo está haciendo ya es peor, infinitamente peor y aun así, no es nada al lado de la sola idea, de la certeza de que se va a ir. No, no podré soportarlo, me volveré loco o le seguiré mendigando una mirada, una sonrisa o, mejor, me tiraré al metro y así no tendré que  saberle en los brazos de otro, en la cama de otro, con su piel acariciada por otras manos. Me vuelvo a engañar. Jamás tendré ni el valor para suicidarme ni la mala intención como para que se sintiera responsable, y soy demasiado orgulloso para perseguirle, me quedaré arrinconado, como un juguete del que sea cansado. Callado, fingiendo aceptar lo que no puedo, lo que nunca podré. Así ocurrirá, la cuestión es cuando. ¿Cuántos días, semanas, meses, años quizás, me quedan de felicidad? Sólo puedo intentar disfrutar el día a día a su lado, a su sombra, a su amparo y su calor. Hoy no se irá, no me haría eso en Navidad pero ¿y mañana? ¿y al otro? Me ahogo al imaginar esta casa sin él, me ahogo. No, sé que no lo soportaré. He de agarrarme a que hoy no se irá, todavía hoy es mío, todavía hoy me ha elegido, pero ¿y si cambia de idea? ¿y si le llama el otro y decide marcharse hoy?. No podré soportarlo. Es una mera idea y ya no puedo. Mírale, duerme tan tranquilo que mejor no le despierto. Le dejaré dormir. Mientras duerme, aunque sueñe con el otro (¡Dios no me permitas inaginar esos sueños!) está aquí, conmigo. Le esperaré leyendo a lado del árbol. El hambre le despertará. Sí, le esperaré leyendo, como cada año “Canción de Navidad”. Quitaré la música no vaya a despertarle. Ojalá ya estuviera en pie. No puedo con esta angustia, no aguantaré mucho tiempo. Veamos: “Marley había muerto para empezar”, esto es volver a pisar terreno firme, “Marley había muerto para empezar”. Nada como la serenidad de la letra impresa, digan lo que digan los modernos.

            (A media luz en el dormitorio el rigor mortis ya ha empezado en el cuerpo de un hombre estrangulado junto a unas maletas y un único pasaje de avión para esa mañana del día de Navidad)


domingo, 23 de diciembre de 2018

CUENTO DE NAVIDAD 2018: EL CALDO

 Creo que uno de los pocos días en que en este país estamos todos pendientes de lo mismo es el 22 de diciembre y su sorteo de lotería. La mayoría jugamos sólo en este sorteo, pero por que hay más tradición que esperanza de salir de pobre. Es un bello acto socio familiar, tan absurdo como todos pero tan entrañable como muchos. Hay algo más: los niños de San Ildefonso con su campanilleo cantarín vienen a equivaler al chupinazo o al banderazo de salida: Llegó navidad y como tal queda inaugurada. Quienes miramos las calorías nos sentimos ya con bula y nos lanzamos ávidos como zombis sobre los frutos prohibidos. Los demás contamos los días de que disponemos para lo que sea: comprar regalos, ir a ver a la tía Liboriana a la residencia o llevar a los niños a ver tal o cual Nacimiento célebre. Vamos que queda inaugurada esta Navidad del 18
 "Y tampoco me ha tocado nadaaaaaaaaaa"
 
 Normalmente el Cuento de Navidad anual suele llevar entrada aparte pero, como a tanta gente me ha pillado el toro y no tengo días para que llegue antes de Nochebuena así que aquí va.
Ante todo una dedicatoria: a las Lolas, Carmenes, Maripepas, Engracias y demás que tanto se esfuerzan por "entonarnos el estómago" en estos días resacosos.

COMIDA DE NAVIDAD: (EL CALDO)

 

Paréntesis localista: he vivido siempre en Madrid así que aunque me figuro que, sobre poco más o menos en todas partes habrá platos con las mismas historias este relato va sobre ese caldito al que los madrileños parecen venerar.

            Doña Maria de los Dolores, Lalola para los amigos, se ha levantado temprano el día de Navidad para hacer su famoso caldo que, dicen, resucita a un muerto, pero que es mucho más útil en su otra cualidad de asentar estómagos resacosos. Las malas lenguas decimos que una vez que ha entrado El Caldo en el cuerpo éste tiene que dedicarse por completo a digerirlo no pudiendo perder energías en  resacas y otras frivolidades, pero eso sólo lo decimos las lenguas maledicentes que hemos probado El Caldo (permítaseme el nombre propio) o alguna rebanada de él al menos. Hace quince años y aun se me viene a la boca su densidad. Conste, sin embargo, que sólo lo decimos las lenguas viperinas, bueno, para ser sinceros no nos atrevemos a decirlo, lo pensamos o, como mucho, lo susurramos asegurándonos bien de que nadie nos oiga. Que seamos venenosas no implica necesariamente un suicidio socio-familiar. El Caldo de la mañana de Navidad es tan sagrado como el Niño Dios, de hecho, más pues siempre acaba estorbando para colocar la bandeja de langostinos y se le arrincona de cualquier manera. Da igual que vendieras tu alma al mismísimo Belcebú por café, un humilde cafelito con su tacita, aunque fuera sin azúcar y aunque la taza no tenga asa y te abrasases los dedos, da igual, por más que intentes llegar a él colándote por los más secretos resquicios de la cocina Lalola acaba plantándote un tazón de medio litro de El Caldo con el que no te abrasas los dedos sino la mano entera. Y es que Lalola tiene un peculiar concepto de la temperatura, para ella “un caldito calentito” está dos grados por debajo de provocar un incendio; y también es peculiar su idea del aparato digestivo pues la frase termina con “entona el estómago”. Según ella nada mejor para “bajar” el cordero, los langostinos, el jamón y demás entrantes de la cena que aun andan bailando la conga en tu aparato digestivo que un “caldito” hirviente y con tres o cuatro de grasa visible. Mas como Lalola es de buen corazón te echa una mano con el mantra de “y con esto ya te quedas nuevo” y añade un buen chorro de vino que, si bien no a evitar el bombazo de El Caldo en tu estómago, al menos evita que el esófago sufra quemaduras de tercer grado y, además, si no te quita la resaca inicia (retoma más bien) la cogorza navideña. Y tú sólo querías una dosis de cafeína.

            Si eres un poco hábil es posible que entre los parientes dispuestos a seguir alimentando la melopea de la Nochebuena con tres o cuatro cervezas, te escapes y logres hacerte con tu añorada dosis que, al llegar a las capas de grasas en guerra a muerte con los jugos gástricos, rebota con muy variadas consecuencias, sobre todo cuando te meten poco menos que a punta de pistola dos cañas y una tapa de chorizo picante de dudosa procedencia o de pimientos de Padrón que “unos pican e outros…” también. Se vuelve a casa medio arrastrando a la abuela centenaria que clama por un quinto vermut y lo que uno se encuentra apenas ha puesto el pie en el piso es con una tacita de El Caldo “para entrar en calor”. La voz de Lalola se alza: “ a ver, hoy se come de sobras, que anoche no me comisteis ná. Hala, a la mesa. Un par de horas después por fin estamos todos sentados delante de “las sobras” de anoche, con las que podría alimentarse a un escuadrón de infantería, a las que hay que añadir el cocido con sus tres vuelcos causante, culpable más bien, de El Caldo. Lalola, siempre cargada de buenas intenciones anuncia que para “entonar el estómago” ha preparado una sopita de fideos con lo que quedaba de El Caldo.
 
En fin que como siempre y de todo corazón os deseo a todos una muy feliz Navidad


sábado, 1 de diciembre de 2018

La última rosa

Los dos bloques contiguos a mi casa tienen delante de ellos unos pequeños jardines que, para que no les molesten los niños y no se reúnan las vecinas a cotorrear no vaya a ser que tanta relación humana tenga nefastas consecuencias, han amurallado y sembrado de césped, aquí y allá contra la voluntad de algunos vecinos, hay plantado un rosal. Salpicados en el césped no forman una amalgama de colores al florecer y es casi mejor al dar espacio a la rosa. Rojo sangre, rosas reales, blancas que al marchitarse se vuelven marfil, amarillas que siempre parecen las más robustas, rojo-violeta con las flores tan grandes que sus tallos no sostienen y se comban hasta rozar el suelo mientras, pizpiretos, los capullos todavía coronan la planta, y aquel rosal del fondo con un tono salmón anaranjado que parece disparar sus flores en todas direcciones, como luces de fuegos artificiales.
Hoy, imbuido ya de mi tradicional espíritu navideño, al doblar la esquina la he visto. Ahí estaba; una preciosa rosa de color rosa degradando a blanco. Estamos en diciembre y es la única que queda en los jardines pero ahí está. Le ha llovido encima,  el viento norte la ha sacudido e incluso le ha caído una finísima capa de escarcha. Ya ha empezado a marchitarse. Está en ese instante en que aun se conserva algo de su belleza y se presiente su final. Y uno se deja llevar por una dulce melancolía, tan leve como el tacto de uno de sus pétalos al caer y después por la alegría ante la fortaleza de esa flor. Sonreí y me fui a seguir "navideñeando" que es lo mío pero ya volviendo la recordado.
La rosa es, según los estudios hechos por los sabios, uno de los pocos seres vivos que ha sobrevivido a todo, dinosaurios, erupciones, sequías, diluvios pero ella ha seguido floreciendo pasándose por el cáliz todo eso. Va a tener razón la Rosa del Principito, esta segura por que tiene espinas. Cuando llegara a su pequeño planeta a limpiar el volcán  y ver puestas de sol habrá encontrado sin duda a la Rosa.
He de decir que creo que la rosa es para mí la mas perfecta de las flores y que ante un ramo de rosas podría estar horas perdiéndome en sus curvas y contracurvas, en esos pétalos que parecen tan simples, tan fáciles de dibujar que hasta lo intentas para comprobar que no, que nada en la belleza puede ser fácil y ella es una de las cuatro grandes bellezas que hay en este mundo para permitirnos encontrarle sentido.
La rosa: perfecta y sin comentarios por eso, por que es perfecta.
La suprema elegancia y sinuosidad de los felinos, léase gatos.
La prodigiosa visión subacuática de una varón desnudo. Ojo, a la mujer no la hace falta sumergirse para ser bella, por eso se la compara con ellas: "Es tu mejilla temprana rosa de escarcha cubierta en el carmín de las hojas se ve a través de las perlas" o algo muy parecido. Ver nadar, sumergirse, volver a salir, propulsarse en el agua a la potencia de un varón desnudo es de una perturbadora belleza sólo superada por
Un bebé en el agua, cuando aun no tienen miedo. Y uno, que es muy suyo y preguntón se plantea ¿como los científicos que son tan sabios han tardado tanto en ver el origen marino del humano.
Cuando el primer prehumano salió del agua la rosa ya estaba allí. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

LLUEVE


Hoy llueve en Madrid, hacía tiempo que no llovía tanto rato y tan apaciblemente, creo. Llevo una hora echado en la cama, había estado colocando interioridades en los cajones (siempre sobra lo que no necesitamos y falta lo que necesitamos, por ejemplo cajones con los laterales más finos) y la escuché. Como quien decide pararse a oír una sinfonía decidí dedicarme un rato a escuchar el sonido de la lluvia. Caricia, beso, evocación, manto de otoño en suma. Temprano madrugó este año nuestro otoño, el bello otoño madrileño, la mejor estación de la ciudad. Creo que han de volver los calores, moderados y decadentes de un verano que agoniza, quedan aun capullos en los rosales por florecer, demasiadas hojas verdes en los árboles. Lo habitual es que se prolongue en septiembre un verano imperceptiblemente difuminado y que octubre traiga el cordonazo de San Francisco y los primeros días de un todavía tolerable frío, y así entre apacibles lluvias, suaves fríos y días brillantes llegamos al Veranillo de San Martín, que a veces es veranillo y a veces es era glacial, pero nunca es indiferente. En realidad, lo habitual es que el frío de verdad no llegue hasta fin de año, más o menos. Las navidades blancas en Madrid son una postal anglosajona que ponemos pero pocas, poquísimas veces en mis taytantos años he visto caer más de dos copos en esas fechas. Noviembre es mes de lluvias, mes delicadamente gris que estalla de colores a primeros con los puestos de flores para Difuntos y termina con las precipitadas luces navideñas para que el comercio (el que vende camisetas del Barça) pueda aprovechar para su campaña navideña el puente de la Constitución. Así, entre compras, turrones, pelucas verdes y fucsia, los trecemiles y las añoranzas previas, el otoño avanza hacia su final, cercano ya otro estallido de feroz alegría un tanto absurda pero campanilleante de la lotería de Navidad, siempre decepcionante pero siempre con aquello de por un número ( en realidad son dosmil pero...) y lo de la salud parece casi festivo. Entonces ya el otoño, este largo otoño que parece este año tempranero, ya será historia. Sólo, quizás, alguna hoja dorada quede guardada entre las páginas del libro que estemos leyendo, puede que algún crisantemo que no se llevó o un recuerdo que preferiríamos no tener, pero ya será parte de la historia de cada quien y de cada cual.
Ahora un rayo de sol se cuela entre las nubes. Sin esperanzas, pero aun queda un atisbo de verano por pasar, los capullos de las rosas agradecerán esta lluvia y serán tan hermosas y melancólicas como todas las rosas de otoño han sido siempre, por que la rosa de otoño es el presagio de la decadencia, de la rendición al tiempo. Un último beso a la vida.

domingo, 4 de febrero de 2018

LADY SOPHIE O NOCHE DE REYES Y 8


            Así se hizo pero cuando Lady Sophie entre mil equilibrios bajó había tres figuras más en el portal: una gata gris, un perro con un lazo rosa y una diminuta y hacendosa ratona con cofia victoriana. Ellos no las vieron y los humanos recordarían que habían estado ahí “de siempre”. Las luces de castillo se fueron apagando y el estruendo de la orgía deja paso a un silencio decepcionado. Algún centinela se reincorpora a su puesto recomponiendo sus togas interiores. La estrella se va tranquilizando y el pueblecito coba su quieta y apacible normalidad ante los ojos de los tres. Lady Sophie se pregunta si los copos de nieve estarían ya cayendo.

-No creo –responde Golfo señalando con el hocico.

            De Lady Sophie se desprende un polvillo dorado formando una nube donde, entre destellos, se van formado imágenes que no terminan de definirse del todo, igual que el cortejo inmovilizado fuera pero más pesadas. Son las esencias de todos los felinos que en el mundo han sido. Hay un momento en que casi se perfilan por completo todos y cada uno. Justo entonces se acercan al pueblecito y se inclinan en respetuosa reverencia. Están todos: el ancestral Dientes de Sable, los leones con su aire de superioridad, los tigres, leopardos, panteras, pumas, jaguares, linces, los divinizados gatos egipcios, los sabios gatos de los magos y las brujas, los duales y enigmáticos gatos japoneses y el arquetipo de Gato: tan majestuoso como el león, tan misterioso como el egipcio, tan desconfiado como el tigre, tan sinuoso como la pantera, tan hogareño como los angora y todo ello en el brillo equívoco de sus ojos. Eso sin contar con especies extintas en tiempos remotos. Toda la felinidad se había concentrado en ella y ahora vuelven a donde quiera que estuvieran antes presentando sus respetos a la figurita del bebé, o eso le parece a ella pero no podría asegurarlo. Cierra la comitiva el gato callejero trotando feliz.

-Lady Shophie –dice la Sra. Rat escondida entre las patas de golfo, aterrada ante tanto felino- sus ojos ya no son rojos.

            Lo que fuera que haya pasado, está acabando. Julieta ha dejado de apuñalar a Romeo y recobraba su compostura. Napoleón vuelve a montar su caballo aunque con cierta expresión de desconfianza, la bailarina se recupera del desmayo sin que nadie le acerque las sales. Hasta las destrozadas Gracias se recomponen y siguen mirando al David con ojos libidinosos y los bailarines rococó, ya con las cabezas en su sitio, vuelven a bailar esa música inaudible. Los puros, ruborizados, se apresuran a cubrir sus vergüenzas y vestirse con sus vitolas y el Pensador deja de hacer crucigramas.

            Vuelven a la ventana y ven que los copos de nieve, por fin, caen y e cortejo avanza despacioso, viéndose sin verse, sólo fugaces colores, brillos. Como siempre salvo que, se acerca la densidad de magia ha desaparecido, ni siquiera el alcanza el nivel cotidiano, sencillamente no hay. Las piezas del ajedrez han vuelto a sus puestos sacudiéndose el polvo de la batalla y las cristalerías se recomponen a toda prisa. Junto a la butaca en cuyo respaldo han asentado sus reales pasan, atravesando los cristales de las ventanas, las tres figuras que varias veces ha entrevisto. La barba blanca, capa púrpura y centelleos de oro en la corona; la barba negra le sigue con gemas en la corona, la capa se pierde en la oscuridad. “Podría ser azul, de un azul muy profundo” piensa Lady Sophie al tiempo que sus bigotes le dicen que toda la magia ya está en su sitio. La última figura es de piel hermosamente oscura, viene sonriendo, como sólo pueden sonreír los jóvenes, y su sonrisa amplia ilumina su imagen –telas flotantes, blancas, doradas, agitadas por los vientos del desierto-. Les mira y sus ojos brillan, cómplices, y su sonrisa aun crece e ilumina las almas. Tan embebidos están contemplando las tres figuras que no se dan cuenta de la cabeza de dromedario que también ha atravesado la ventana.

-Lady Sophie –lo dice con aire cortesano, lo que no debe ser fácil cuando uno se está comiendo un manojo de zanahorias- buenas noches. Buenas noches, Sir Wilfredo, buenas noches Sra. Rat espero que sus pequeñines se encuentren en buen estado de salud.

-Buenas noches, están todos sanos y traviesos –responde la ratona con voz temblorosa.

-Lady Sophie, siempre tan hermosa y elegante –no tiene ni la menor idea de quien es el galante   comedor de zanahorias, le saluda con un femenino y casi cortesano movimiento de cabeza, agradece el cumplido pero no lo considera excesivo, simplemente justo.

-Bienvenido, Alí-Ben Yatal, emir de las arenas y califa de todos los desiertos –hay que ver la palabrería del saco de pulgas, Golfo o Wilfredo, o como morros se llame- Es un placer inesperado y gratísimo charlar con vos, aunque sean cortas siempre nuestras conversaciones. Una noche fría ¿no?

-Más que fría, extraña; aunque hermosa como pocas. También para mí, Sir Wilfredo, estos encuentros anuales un valiosísimo placer.

-Ciertamente los buenos amigos nunca están separados en sus corazones.

-Sabias palabras, como no podía ser menos viniendo de vos, Sire. Veo que hemos de retomar el viaje. Por cierto, Sir Wilfredo, veo que a sus humanos se les ha olvidado el anisete –se aleja con paso aun más majestuoso del que trajo.

-Una imperdonable negligencia, Mi Señor. Discúlpeles, al fin y al cabo son humanos y ya se sabe.

-Sí, ya se sabe –responde el dromedario y su voz suena lejana y difusa.

            Lady Sophie no saldría de sus varios asombros sino sintiera cómo el nivel de magia que ya parecía no haber, si se pudiera medir en algún tipo de unidades, ahora estaría bajo cero. Las tres figuras de las capas aparecen casi completas iluminadas por un resplandor blanco que sale de la casita donde dejaron la figurita del bebé. Pronto comienzan a caminar hacia la ventana diluyéndose de nuevo y según se acerca el nivel de magia desciende aun más y un gato sin magia es como un pez fuera del agua. La figura de los dorados ondulantes, aromas de desierto y sonrisa deslumbrante se les acerca y acaricia la cabeza de Golfo.

-Tú, pequeño, tienes la magia de entender a los humanos, algo casi imposible cuando ni entre ellos lo hacen. Usted, mi querida Sra. Rat –despacio y con sumo cuidado pasa un dedo por su blanco lomo-, tiene la magia de poder hacer imaginar a los humanos universos de todo tipo y aprender de lo que ellos mismos han imaginado. En cambio, Lady Sophie –acaricia ese punto entre la oreja y el cuello, el punto traidor lo llama, por que si se toca no se puede evitar un grato ronroneo- es y sabe. Es, y hubo un tiempo en que los hombres lo sabían, la puerta de los hombres a la Magia grande, la que les permite vivir y ella lo sabe, como lo son y lo saben todos los gatos; por eso ahora mismo está agobiada, no siente las magias ¿Sabe por qué, mi Lady? Por que estamos en la absoluta realidad. Lo demás son ensoñaciones, por eso os necesitan tanto, aunque, como vuestra hazaña de esta noche, no lo sepan nunca, o prefieran no saberlo pues quizás intuyan que les sería imposible vivir en la absoluta realidad. He de seguir mi camino, quedad en paz y alegría.

            Las últimas palabras suenan cuando ya monta su dromedario y el cortejo evanescente se pone en marcha, despacioso y eterno. Apenas deja de vérseles y el árbol, bueno, esa burda imitación, ya canta con sus cascabeles y campanitas, los copos caen y el fuego se aviva.

-¿Wilfredo? –comenta distraída Lady Sophie.

-Wilfredo Norberto Lambert decimoquinto.

-Abulta más el nombre que tú –deja caer la gata, más que nada por chinchar.

-Pues a mí me gusta –añade la Sra. Rat sacando su labor del bolsillo del delantal.

-Hay unos cojines que llenar de pelos y están cerca de la chimenea. ¿Os apetece pasar ahí lo que queda de noche –propone Lady Sophie.

-De acuerdo –responde Golfo/Wilfredo- pero antes habrá que encontrar el paso.

            Si, habrá qué hacerlo, pues toda la habitación esta llena de paquetes, grandes y pequeños envueltos en vistosos papeles y brillantes lazos. Mañana tendrá que hacer el número de colarse por todas partes y demás. Por fin llegan a los famosos cojines y se acomodan en ellos frotándose todo lo posible. Golfo hace lo propio y la Sra.Rat. encuentra una acogedora madriguera entre los cojines.

-Con que Wilfredo ¡eh? ¿Por qué les consienten que te llamen Golfo?

-A la niña de las trenzas le gusta llamarme así.

-Ya voy entendiendo.

-Delicioso lugar MyLady, procuraré dejar todo el pelo posible.

-Muchas gracias, Sir Wilfredo.

-No hay de qué, MyLady

            El silencio de la nevada les arrulla y el sueño les vence casi al instante, acabará cuando los humanos descubran los paquetes, al fin y al cabo no se puede esperar mucho: son humanos.