Cuando decidí cerrar el apartado de “Despedidas” lo hice a conciencia. Dispuesto a que fuera definitivo y así va a ser pero hoy tengo que hablar de lo que se ha convertido por un lado en una avalancha de grandes que se nos han ido de golpe (Mariví Bilbao, Bigas Luna, Sara Montiel, José Luis Sanpedro, la tatcher –no es un error, con minúscula-). A veces parece una broma de la historia que en tan pocos días se nos vayan tantos personajes en un tiempo tan concentrado pero es que la historia tiene un peculiar sentido del humor como que Rajoy llegara al poder un 20 N, sin ir más lejos.
Sin embargo, y a pesar de mis intenciones de no deprimirme más de lo imprescindible por las lamentabilísimas pérdidas, hoy tengo que hablar de difuntos por que las cosas se mezclan hasta levantar el estómago a cualquiera y por que, a decir verdad, me siento un poco culpable.
Sara, Sarita, Saritísima, Doña Sara de la Mancha, La Montiel, Maria Antonia Abad, ella en suma, nunca ha sido santa de mi devoción. Desde crío me pareció excesiva, vulgar y en general mala actriz y peor cantante. Curiosamente en mi despavorida huida de los telediarios desde hace algún tiempo a la hora de comer me he ido encontrando con los grandes éxitos de esta mujer y he tenido que rectificar en gran parte mi opinión sobre ella. Lo siento, Doña Sara, estaba en gran medida equivocado con usted. De ahí mi sensación de culpa que quiero expiar aquí.
Sarita Montiel ha sido más icono y mito que artista propiamente dicha. Ahora bien, me he preguntado si es esta afirmación real, supongo que no le importará a nadie mi pregunta pero la he hecho. Es real en grado sumo, si pero no gratuitamente. El mito-icono de La Montiel viene muy determinado por la circunstancia histórica, la mala gestión de la industria cinematográfica y nuestra maldita culturilla del querer y no poder. Veamos.
Sara Montiel era una mujer muy bella, no más que, por ejemplo, Carmen Sevilla, pero sobre todo era una mujer “amplia”, en La Mancha (su tierra y en parte la mía) se calificaría como “hermosa” en todos los sentidos. Incluso deliciosamente rolliza, no hay que decir que las escualideces no son mi debilidad, unos kilos de más llevados con gracia y tronío son infinitamente más seductores que cualquier talla-barbie. La industria se encontró con esa belleza, decidida y que fotografiaba bien, más que bien. Una mujer de pies a cabeza en un tiempo de hambre generalizada. El mensaje subliminal de Sara estaba tan cerca de la sensualidad, evidente, como de la gastronomía, era la lozanía de quien ha comido caliente a menudo. Si me permitís seguir con el mancheguismo profundo que me honro en profesar aunque a veces intente domarlo. Sara era la más perfecta Aldonza Lorenzo que jamás diera el cine ibérico, pata negra. Ah, señores, Aldonza. Y el caso es claro: España no puede, o no ha podido hasta hace poco, producir Dulcineas, de hecho, ni el propio Cervantes pudo crearla, se limitó a mencionar un cúmulo de virtudes femeninas en la boca de un chiflado llamado D. Alonso. No es lo nuestro andar con finuras y menos aun si nos lo proponemos. Rozamos lo sublime, lo excelso incluso, en Inmaculadas con cierta pelusilla en las mejillas, en niños despiojándose, en Majas desnudas bajitas, con los pechos separados y más bien retacos, en los huevos friéndose, en los ángeles cocinando o en las uñas sucias de los santos de Ribera o Zurbarán. El XIX y sus descripciones populares igual que el esperpento de Quevedo o la refinada crueldad del Quijote están siempre a ras de suelo. Incluso Unamuno tan peculiar él, cuando trata, por ejemplo, a Tula en uno de los más aterradores relatos de la literatura (La tía Tula) está pegado, pegadísimo, a la más material de las realidades. Si algo hacemos bien es lo cotidiano, lo vulgar, lo cutre. Se me podrá objetar que ahí están los místicos, de acuerdo pero recordemos a Santa Teresa “entre los pucheros anda Dios”. Ni siquiera entre las porcelanas o el vidrio, no, pucheros.
Nuestro sainete es la base de nuestro primer cine, el buen cine quiero decir. Las grandes obras cinematográficas españolas son A, colectivas, y B, corrientes. “Plácido”, “Atraco a las tres”, “El pisito”, “El verdugo”, incluso los cantos al régimen de superpoblación, “La gran familia”, no han pasado a la historia por la relamida historia de un matrimonio incontinente sexualmente sino por las escenas, míticas, de la Plaza Mayor, la miseria de aquellos puestos y la desolación que destilan esas imágenes.

Esta industria se encontró con una Sara-Aldonza y quisieron convertirla en una Sarita-Dulcinea, para lo cual comenzaron por embutirla en unas fajas que hacen que al verla hoy en aquellas películas lo primero que se nos venga a la cabeza sea Mars Attack, cuando un montón de marcianillos cabrones se disfrazan de mujer para entrar en la Casa Blanca. Tan fajada iba la pobre Sara que, a menudo, vemos que se movía igual a esa criatura en sus películas. Además eso repercutía en las dificultades para respirar, evidentemente, y, por tanto para cantar. De ahí ese erotismo sonoro que a mi ver no era sino falta de aire acompañado, eso de cosecha propia, por unos seductores movimientos de boca, excesivos, como toda ella, y, a la sazón en extremo sugerentes. He ahí por que se convirtió en un mito erótico para los hombres, junto con el filete de 100 grs.
Ningún mito erótico masculino ha gustado jamás a las mujeres, excepto Sarita-Dulcinea. La causa está en sus vidas opacas, su falta de perspectivas vitales, su tristeza de posguerra, sus personajes les decían que la mujer podía triunfar, hacer su santa voluntad, llegar lejos pero comportándose tan decentemente como ellas mismas o acababan fatal como en El último Cuplé, mientras que un acto heroico que la deja ciega (o sea es castigada por su ligereza de cascos) en Mi último tango, la redime y la lleva a los brazos del amado. Por cierto, casi nunca tuvo galanes españoles, por que si España no produce Dulcineas tampoco produce Lanzarotes, y menos si se toman en serio. Lo más parecido que se puede producir aquí en ese sentido es un Sancho con músculos bien distribuidos. Bueno, hasta hace poco, ahora no podría afirmar eso. Pero, sobre todo, a aquellas mujeres de posguerra que acudían en masa a ver La violetera vestidas con sus mejores trapitos que eran eso, trapitos rescatados de las sábanas de la bisabuela, o el abrigo vuelto con la costura de las medias pintadas en la pantorrilla lo que les subyugaba era el inmenso vestuario, deslumbrante, atrevido, colorista, en cinemascope (es un decir, no sé si se rodaron sus películas con esa técnica) inacabable (he perdido la cuenta de los modelitos en El último cuplé) y que jugaba con las transparencias, las joyas, la carne que se mostraba en sus generosos escotes y la que se apretaba visiblemente dentro de aquellos vestidos. Si a esto añadimos que en sus películas se retomaban canciones que todavía había gente que recordaba pero que ya no se escuchaban por que eran más bien picantes, cierto que eran versiones descafeinadas pero suponían un cierto retorno de viejas melodías ya tenemos el combinado con sombrillita y todo que lanzó a Sara, Sarita, Saritísima, Doña Sara de la Mancha a su condición de mito. Quizás lo único reprochable sea que no supo retirarse bien, pudiendo ser toda una dama de la escena asumiendo el paso de los años no lo hizo y en los últimos años ni su actitud, ni sus trabajos ni nada eran dignos de su persona que se dejaba entrever en las entrevistas como una mujer vital, alegre y cargada de experiencias y sabidurías varias.
Ahora el “Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid” ha declarado que va a poner su nombre a una calle. Me encantaría que dada su magnitud fuera uno de los tramos del Madrid Río: salón Sara Montiel. Sin embargo, como este consistorio no hace sino ofender a cada paso, con cada gesto, con cada aparición (y llevamos así desde Alvárez del Manzano, que ya son años) han anunciado también que van a poner el nombre de una calle a margaret tatcher (sí, con minúscula). He dedicado un buen rato a hablar y a disculparme sobre Doña Sara. De la otra sólo diré que el Anticristo ya tuvo su precursora en su persona.