Portada de un Almanaque navideño de Pumby con muchos de sus personajes al fondo.
Para mi asombro esta es la entrada que más me está costando escribir desde que empecé en el bloguerío; y no deja de ser sorprendente pues es la que me lleva más lejos en mi infancia, quizás ese sea precisamente el problema. Mi infancia no son recuerdos de ningún patio de Sevilla sino un tiempo oscuro de dolor y frío, un tiempo en el que se me veía como igual a subnormal profundo, literalmente, en el que la diferencia, lo pondré en plural, diferencias eran demasiadas para ser toleradas. En realidad así ha sido siempre, pero entonces eso apaga las luces que iluminan las infancias recordadas por casi todos. Y luego estaba el dolor. En aquel panorama oscuro, casi mísero, deslavazado y sin sentido para mí, había puntos oscuros, concretados en días y en escenarios, pero también había puntos de luz que eran faro de la semana, por ejemplo: la visita semanal al quiosco. Eso supone que al tratar algún tema que tenga que ver con aquellos años se me levanten fantasmas, recuerdos y cicatrices. Por eso me está costando tanto esta entrada, en la que quisiera poner más cariño que en otras.

Los Almanaques de Navidad, Primavera o Verano eran entonces acontecimientos de primera índole para cualquier chaval.
Es curioso como alguien de quien no hemos visto jamás la cara, de quien sabemos apenas un nombre, puede marcar nuestra vida, sin quererlo, sin saberlo, sin pretenderlo. El día dos del pasado agosto moría José Sanchís a los 79 años y con él se va el creador que me hizo pasar algunos de los mejores ratos de mi primera infancia y cuyo rostro vi por primera vez ese día, cuando salió en la prensa con su necrológica. Pumby, su creación más importante, era un gato “de profesión: sus ratones”, vestía un pantalón rojo y un algo al cuello que parecía un cuello de camisa muy almidonado con un gran cascabel; tenía un amigo científico, el Profesor Chivete que era una especie de cabra, y una medio novia, Blanquita, que lucía los peinados a la moda, cardados. Pero, además, Pumby era un tebeo semanal.
Payasete y Fu-Chinin, inolvidables.
Al abrirlo a la izquierda estaban Payasete y Fu-chinin, a la derecha la aventura de Pumby. Esa era la visita obligada del domingo al quiosco a la que me refería, mi padre por el Ya y yo por mi Pumby. En el interior había otros personajes como Plumita, Trompy, La alegre tripulación del barquito Cascarón, algunas historietas sueltas, y al final, en la tapa trasera Caperucita Encarnada, no creo que dejaran decir “roja” en una publicación infantil.
Plumita, un niño indio muy en la moda del western de la época pero en infantil
He de decir que a Pumby le debo lo que soy en un sentido estricto. A una historieta en concreto. En ella el gatito Pumby visitaba un museo y la Venus de Milo le pedía que fuera al monte Olimpo a buscar sus brazos, allí se iba encontrando con diversos personajes mitológicos entre los que recuerdo a Pandora, una gatita de melena como la de Conchita Bautista, cancan y tacones de aguja que con un silbido llamaba a Pegaso, se subían en él al ritmo de “Mi jaca, galopa y corta el viento”. Jamás había oído hablar del Monte Olimpo, la Venus de Milo o Pandora pero gracias a aquel tebeo me empezó a interesar la mitología, de la mitología pasé a la historia y, de ahí, al arte que es lo mío.
Caperucita Encarnada con su conejo, ni que decir tiene que el lobo siempre perdía.
Pero hay más. Mi infancia entera está repleta de referencias iconográficas a la labor de este hombre. De su obra en el “tebeo” llamado “Jaimito” quedan dos personajes para mí y para otros muchos de mi generación sin duda también inolvidables: el Capitán Mostachete y el Soldadito Pepe.
En "Jaimito" triunfaron el Capitán Mostachete y el Soldadito Pepe, ingenuos quizás pero parte de la formación estética y emocional de muchos de nosotros.
Lo cierto es que mi niñez no fue en absoluto idílica, más bien fue una larga pesadilla, y que no añoro nada de aquellos años infernales, es más, creo que en nuestro fuero interno todos vivimos la infancia como un caos de cosas, normas y órdenes que no acabamos de comprender y por tanto vamos a ciegas de castigo en regañina, de bofetada en silencio, y de caída en arañazo, lo que ocurre es que, desde lejos, lo vemos como el tiempo en que las decisiones las tomaban otros a quienes hoy podemos culpar de nuestros errores y fallos. No nos consideramos responsables de aquellos años, de ahí su idealización cómoda y acomodaticia.
Pumby cortejando a la manera clásica a Blanquita, cuyos peinados eran reflejo de la moda de la época.
Los grandes de Bruguera eran para niños un poco mayores, aún hoy esos niños que ya son abuelos siguen -seguimos- partiéndose de risa con Mortadelo y demás, pero para los pequeñines de entonces eran Jaimito y, sobre todo, Pumby. Mi Pumby. Llegaron otros tebeos, otras revistas, luego los libros, y más libros, y más aun. Hubo que hacer sitio y mi colección de Pumby tuvo que seguir el camino de la basura, yo ya era muy mayor para conservar esos tebeos que tanto espacio ocupaban, ya era un adulto. Hoy, me doy cuenta de que nunca se es adulto para de esas sonrisas arrancadas a una infancia triste. Hoy lamento más que nunca no haber intentado conservar mis Pumby, mi Pumby. Gracias por esas risas y estos recuerdos, sr. Sanchís.