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domingo, 6 de noviembre de 2011

Respuesta 14 sobre ¿Qué nos hace humanos?

Roberto T: me estremece lo que me cuentas de los niños, ya no se les lleva a los hospitales para que no se contagien (jejejeje) y se les oculta la realidad de la enfermedad, quizás no sea sólo un problema para con la infancia (quizás la edad más perversa del ser humano, muy lejos de esa inocencia ficticia, más que nada por que el niño ni es consciente del daño que hace ni tiene normas morales fijas, hay que dárselas. Hablo, por supuesto, del niño que ya se ha socializado, que ya no es un bebé, vamos.) sino que observamos el afán de ocultar a los seres cercanos, todo lo negativo o siniestro. También creo que lo propiamente consumista no es responsable de esto, al fin y al cabo tanto la enfermedad como la muerte son y podrían ser más, unas vías de consumo muy potentes. Es otra cosa. Algo infinitamente peor y más siniestro.

Pe-jota: completamente de acuerdo contigo salvo en el término que empleas “descreido”, creo que gran parte de la responsabilidad de esta “deshumanización” está, precisamente en el exceso de creencias. La ley del péndulo, por supuesto, pero también en estar demasiado guiados por unos comportamientos –hablo de la iglesia católica- acomodaticios ante todo. Eso es lo que el creyente ve. Las fuentes de creencias se acomodan con mucha facilidad a según que cosas (regímenes, explotación, etc) y se mesa las barbas y rasga las vestiduras por que sus “fieles” no obedecen sus tiránicas leyes. Ese es el modelo que sigue el creyente y la consecuencia es la deshumanización, entre otras muchas, claro. La causa es que se tiene una fe igualmente acomodaticia que no exija un esfuerzo a las neuronas, creer sin pensar. Ah, la delicia de todo déspota.

Carlobito: el ser humano es el único que es consciente de su extinción, no el único que tiene miedo a la muerte, los animales huyen del peligro despavoridos. Sólo que nosotros podemos imaginar y proyectar nuestros miedos igual que deberíamos ser capaces de asumir quienes somos y de quienes venimos.

Un abrazo a todos y gracias por seguir leyéndome.

martes, 1 de noviembre de 2011

¿Qué nos hace humanos?

No soy antropólogo, más quisiera yo, pero siempre he oído que dos son los hitos que marcan la evolución del hombre desde el peludo semisimio con cara de alcalde de Marbella o concejal de urbanismo al hombre civilizado (en la medida que nos podamos considerar tales). El primero de ellos ha sido determinado recientemente, hará unos cinco años, cuando se descubrieron los restos de un humano o humanoide que se pudo comprobar que había vivido bastante tiempo sin dientes, lo que en una vida en la que la comida se arrancaba a mordisco limpio de la presa implica que alguien estuvo masticando por él. A partir de ahí podemos considerar que la especie se hizo humana. El gran y vilipendiado por la Santa Madre, que Madre tenía que ser, Jean Jacques Rousseau sostenía que el hombre es intrínsecamente bueno, cosa que también ha sido probada en experimentos recientes de un modo tan curioso como entrañable. Se cogía a un niño de año y pico, dos años y se le dejaba con sus juguetes tranquilamente, se montaba un tendedero y alguien comenzaba a tender la ropa, deja caer una pinza y e intenta cogerla desde el otro lado, hace como que no puede y el niño, instintivamente, se la alcanzaba, siempre. Curioso comportamiento en alguien que no tiene aún las pautas de comportamiento social aprendido. Luego, uno de los pilares fundamentales de la condición humana es la preocupación por “el otro”.
Como de humanos pasamos a iniciar el proceso de la civilización supone el segundo hito a los que me refería. Volvamos a los hallazgos antropológicos. En tribus nómadas que han llegado a nuestros días (y me refiero hasta el XIX que fue cuando se iniciaron muchas investigaciones, no siempre con fines lícitos ni éticos) en las formas de vida más primitivas, cuando se les preguntaba como habían muerto padres o parientes la respuesta era “se quedó atrás”, y la tribu siguió su camino, es la segunda parte de esta respuesta. Creo que la civilización comenzó el día en que alguien se detuvo, cubrió el cadáver y dejó una marca en aquella primitiva tumba. Cada vez que la tribu pasara por ese lugar reconocería que allí había uno de los suyos. Las primeras muestras de cultura y civilización siempre surgen en torno al arte y la cultura funeraria, se le puede llamar culto a los muertos, se le puede llamar recuerdo a los que faltan o se le puede llamar consciencia de las raíces de las que venimos. “Como queráis que igual es” que diría el ínclito Don Juan Tenorio. El caso es que lo que nos hace humanos civilizados en el principio son estos dos pilares en los que sin duda alguna se apoya todo lo demás que ha ido viniendo después tanto en lo más excelso como en lo más abyecto.
Recientemente y como tengo este maldito triple vicio de observar, pensar y opinar –cosas todas imperdonables en esta sociedad en que alguien mastica por nosotros sí, pero nuestra forma de pensar, no aquello que realmente necesitamos- he descubierto cosas extrañas, inquietantes. Por ejemplo, hace unos días tuve a un familiar ingresado en el hospital, nada serio pero una semana sí que nos pasamos allí. Pues bien, si en la sociedad actual el peso de la tercera edad es enorme, dentro de los hospitales es infinitamente mayor no sólo entre los pacientes sino también entre los acompañantes, maridos –los menos, suelen estar ya enterrados- hermanas, hijas, cuñadas, primas incluso forman una inmensa mayoría de los acompañantes. El lugar de encuentro es el restaurante-comedor donde acuden cada día acompañadas por alguien diferente, otra pariente de más o menos su quinta suele ser la norma, también hay maridos, e incluso hijos y, menos frecuentemente, nietos. Lógicamente cuando una persona está en esas circunstancias suelen ocurrir dos cosas: primero su salud se deteriora, aunque por lo visto no es cierto pues estas señoras, enfermas de todo, se metían entre pecho y espalda unos guisotes, unos pedazos de cerdo grasiento que si lo hubiera hecho yo acabo en la UVI directamente desde el comedor pero ellas resultaban capaces de digerir una viga de acero colado, segundo efecto esperable es la preocupación por el enfermo, el supeditarlo todo a como va a salir de este momento –que muy bueno no es precisamente- pero tampoco debe ser cierto por que de lo que más se oía hablar era de los viajes que iban a hacer con el Inserso o con lo que fuera. Ah, y de comida, de cómo habían comido en tal o cual viaje, de lo mala que era la comida que estaban comiendo, de qué había de menú. Comida –en todas su variables, la que habían comido, la que estaban comiendo y la que pensaban comer- y viajes que habían hecho y, mucho más, de los que pensaban hacer. Por otro lado no hago sino escuchar a la gente que “ellos pasan de ir a los cementerios”, que eso son “tonterías”, “que, total, ya están muertos”, e intentan argumentar con mil y un recursos de niñatos malcriados, Peterpanes eternos y cómodos, hedonistas sin placer, el simple hecho de que no están dispuestos a tomarse la más mínima molestia por sus ancestros, padres, abuelos y demás. Con lo simple que es decir “no voy por que no quiero”, pero no, por que eso implica un posicionamiento vital y ¡ah, no!, ¡eso sí que no! Hasta ahí podríamos llegar.
Creo que estoy divagando y alejándome del tema. Intento retornar a él. Con estas actitudes desde mi punto de vista estamos atacando lo que nos hace humanos, los dos pilares a los que me refería más arriba. La pregunta, lo que realmente me inquieta, es: si nosotros mismos estamos trabajando, muy intensamente, para acabar con aquello que nos ha hecho humanos y al hacerlo no sentimos racionales, modernos y ¡libres! ¿qué puede esperar la especie sino aquello por lo que tanto está trabajando? La regresión al estado animal, al “se quedó atrás”. No cabe duda de que alguien saldrá ganando con ello, si no, no estaría ocurriendo pero ¡es tan cómodo emborracharse en Halloween y dormirla en Todos los Santos! Eso sí, con argumentos ¿eh? Con argumentos.
No quiero decir que considere obligatorio ir a un sitio u otro, quiero decir algo más grave, que ni siquiera se tiene la conciencia de que se brota de unas raíces y que su recuerdo ha de respetarse este día de Todos los Santos o cualquier otro yendo o no a los cementerios pero sí teniendo presente de qué va todo esto y quien gana cuando lo olvidamos.
En cierta ocasión estuve en un hospital varios meses y un pariente muy cercano me dijo: “mira con el buen tiempo que hace no voy a desperdiciarlo viniendo a verte así que ya cuando salgas nos vemos”. Lo que hacía este buen hombre era irse a la sierra de bares por los pueblos para acabar como una cuba. Años después otro me dijo “no voy a verte por que no me gustan los hospitales”, jódete y baila, ¡pues anda que a mí! El caso es que, encima, hay que respetar su honradez y, de paso, su desvergüenza en el mejor sentido, yo, aunque fuera cierto, no tendría valor para decirlo. Pero si ni a los vivos les atendemos ni a los muertos les recordamos ¿es el alcohol en Halloween o en las tabernuchas infectas de la sierra o la caravana camino de la playa levantina con sus correspondientes chiringuitos igualmente infectos a lo único que ha de aspirar el bicho humano?
Por cierto: felices huesos de santo, que eso funciona siempre.

Respuesta 13 sobre Antes de que se vaya octubre.

Uno: creo que ya he salido de todos los armarios aunque de algunos nunca he sabido si estuve dentro alguna vez y de otros estoy como dicen de los gallegos que nunca se sabe si suben o bajan la escalera, pues igual, no sé si entro o salgo pero lo cierto es que ¿A quien le importa duduaaa?

Pe-jota: una novedad descubrirte alguien por que tú me tienes hundido en la miseria con la cantidad de aportaciones que estás haciendo a mi conocimiento estético. En realidad Tissot no dejó nada nuevo en la historia de la pintura pero tanto sus damas como sus paisajes bíblicos son de una alta calidad pictórica auque ya entonces superada por las sucesivas oleadas de modernidad en las artes.

Gracias por leerme a ambos.

jueves, 27 de octubre de 2011

Antes de que se nos vaya octubre.

"Octubre" de James Jacques Joseph Tissot (1836-1902)
Pintor francés que en su primera época se dedicó a dejarnos deliciosas damitas como esta en la línea de identificar a la mujer con la naturaleza, o lo que para la mentalidad del XIX venía a querer decir que la mujer y la naturaleza eran algo que el hombre debía perfeccionar, dominar y superar. La relación mujer-naturaleza que hoy nos parece enaltecedora era entonces el equivalente a equipararlas poco menos que a animales, seres sin pulir ante la innegable perfección del hombre. Que esto fuera lo que quisiera decir el pintor o no es otra cosa pero era lo que pensaba el cliente -burgués nuevo rico y bastante bruto en general que se sentía justificado con esas ideas y que, en el fondo, compraba el cuadro por que "hacía bien" en el salón de recibir para que todo el mundo viera que había posibles.
Es un autor que tiene una historia que parece de novela, sé poquísimo de él pues poco dejó de nuevo al arte pictórico pero sí que al morir su amante y modelo abandonó casi todo y acabó dedicándose a recorrer Tierra Santa y pimtar escenas religiosas con bastante rigor arqueológico lo que acaba por poder enmarcarle dentro del orientalismo, fenómeno tan decimonónico como yo mismo.
No pretendo dar una clase de nada aquí pero estas damitas, lo reconozco, son una de mis debilidades.

Respuesta 13 sobre Estar con la gente

Ahora resulta que tampoco puedo seleccionar identidad así que de nuevo tengo que responder en una entrada. Creo que va a venir siendo que mi ordenador es un dinosaurio de hace ¡seis años!

Angel: gracias por tus palabras, para empezar. ¿Qué a donde nos lleva la corriente? Simple: un hombre aislado es un hombre indefenso, ¿Qué más pueden desear los poderes fácticos? No estamos deshumanizados, estamos asustados de nuestra propia humanidad, de que relacionarse implica en cierta medida sufrir, preocuparse “sentir con” y por ahí no pasamos, pasan.

Pe-jota: el tema de la banalidad es casi necesario hoy, precisamente por lo que comentaba a Angel. Si pasas de ahí, te encuentras con vida, y eso duele. Así que degrademos la calidad de nuestra comunicación-convivencia y todos tan contentos.

Roberto T: sí, son historias de nuestros tiempos que no siempre son negativas, mira esos dos que cuentas. A lo mejor incluso no se matan o logran aguantar diez años sin divorciarse. Jejejeje. Por cierto, que el móvil es un gran invento… bien usado. La de apuros que me ha solucionado con las dos o tres llamadas que hago y recibo al mes. No seré yo quien critique el avance que supone pero es que como casi todo ha caído en manos de psicópatas potenciales, o sea, todos.

Uno: ese día la red y en especial los blogs estaban como vaca sin cencerro. En realidad el monstruo somos nosotros, por eso cualquier cosa se convierte en garra.

Como siempre gracias por leerme tened en cuenta que ahora sólo puedo dejar comentarios en aquellos blogs que me reconocen así que ando limitadillo. Un abrazo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Estar con la gente.

Hubo un tiempo en que había tertulias, en que la gente, las personas, se reunían a charlar, los importantes hablaban de cosas importantes: del realismo literario, del modernismo, del cubismo, de la política o de a cuanto había acabado el Consolidado en bolsa; los menos importantes hablaban cosas menos importantes, de las obras, de quien se casa con quien, de la salud de unos y otros. Solían ser en cafés o en domicilios particulares, a la manera de Salón dieciochesco, el café de Pombo, por ejemplo, representando con la obra de Solana toda esa forma de estar con la gente.

Luego la gente dejó de ir a las tertulias, esta fase sí que la conocí yo, pero se reunía en casa de unos y otros; en verano, al caer el sol, salían a tomar el fresco a veces con su silla, en los pueblos sobre todo, a veces sentados en la acera o, si podían permitírselo, en la terraza de un bar, y allí se hablaba de todo lo divino y de lo humano, a veces se cantaba, poco por aquello de dejar dormir, se interesaban los unos por los otros. Los vecinos y las vecinas pasaban a tomar café a casa del otro para seguir charlando en invierno y en verano. Incluso ¡se hacían visitas! ¡Sí! La gente iba de visita. ¿Os acordáis como era eso de “tener visita o ir de visita”? Conocidos, viejos amigos, parientes más o menos lejanos, se presentaban en las casas de visita, llamaban, cuando ya hubo teléfonos en todas las casas, y venían o íbamos de visita, los niños nos aburríamos como galápagos pues había que ser formalitos y tal, pero íbamos, bueno, nos llevaban. Ni que decir tiene cuando había un enfermo en casa aquello era más o menos una romería aunque muchas veces se quedaran los vecinos en la puerta sólo para preguntar como estaba el enfermo; incluso en los hospitales a pesar de que las visitas estaban bastante más restringidas, había turnos para pasar a ver al paciente.

La televisión fue acabando con la costumbre de salir a tomar el fresco y a charlar, al principio no se notó tanto por que en un bloque podía haber dos o tres televisores y sus orgullosos propietarios invitaban a unos y otros a ver los toros –entonces no había debate sobre el tema-, a ver Galas del Sábado o Bonanza. Los niños nos relacionábamos así también fuera del colegio y de cualquier forma de organización. Los adultos tomaban café, charlaban, criticaban y se interesaban unos por otros. En los veranos de los pueblos, al principio, se daba la vuelta al televisor con la pantalla hacia la ventana y los corrillos se formaban en torno a ellos, corrían las pipas y los cacahuetes. No digo nada cuando el Teresa Herrera era de los pocos torneos veraniegos, se partía el grupo en dos: los hombres en torno al fútbol y las mujeres aparte charlando o jugando al parchís, que anda que no he visto yo vicio con el parchís. El caso es que cada vez íbamos siendo más ricos y, al poco tiempo, había un televisor en cada casa y ya sólo servía de excusa para reunirse los vecinos en torno a uno ¡el Festival de Eurovisión! Reconozco que era triste reunirse para saber quien manejaba la barca a una pobre muchacha descalcita pero era así, también lo hacíamos con Eres tú o Sobran las palabras (¿a que nadie se acuerda de esta canción, Braulio, Eurovisión 1976?) Eurovisión cayó en el abismo de horteridad subliiiiiiime que todos padecemos hoy día y la mitad de la población ni sabe donde cojones esta Nosecuantosstan que da duepoin a Meimportaunbledostan, cosa que, además dice el comentarista antes de empezar el circo. En fin que esa excusa también se perdió.

Entonces ciertamente se perdió la espontaneidad de las relaciones, las visitas desaparecieron por que no se salía hasta después de que acabara la película o por que esa tarde había un partido y era más cómodo verlo en casa. El color en las televisiones trajo algo del viejo invitarse a ver el partido o los toros o lo que fuera pero duró poco. Pronto todos tuvimos tele en color. Vale, no había la añeja costumbre ni la espontaneidad en las relaciones: había voluntad. La gente se relacionaba por que quería hacerlo, sin más. Nos llamábamos por teléfono y luego los recibos subían una barbaridad, quedábamos ex profeso a medio camino, cosas así. Claro, en el camino se perdieron las viejas amistades que pasaban de padres a hijos, el concepto “amigo de la familia” se perdió –ahora eres amigo de Pepe o de Manolita, pero no “de la familia”-, hubo un proceso de selección natural más acorde con los cambios sociales. Nada que objetar por que en todas estas maneras de relacionarse la gente estaba ahí, aunque fuera a veinte o quinientos kilómetros, estaba. “Estaba”.

Hoy ese concepto de relacionarse “estando”, es decir, completamente presente en la relación, volcado, aun en la relación más superficial, es un concepto y una realidad no sólo inexistentes sino también inconcebibles. Es una presencia parcial, incompleta. En estado de alerta ante una llamada de móvil, por ejemplo, o del pitido que indica cuando estás al teléfono que alguien llama. Todo se relativiza ante esa llamada, sea lo que sea ese todo. Ya nunca puedes estar con alguien pues ese alguien realmente está existiendo en relación únicamente a esas llamadas y con ellas tampoco va a estar más presente que contigo, pues como entre otra cortará aquella por la que cortó la conversación contigo. Es curioso que en el siglo de los medios de comunicación el bicho humano esté perdiendo la capacidad de establecer comunicación en el nivel que nos ha hecho humanos. Hace muchos meses que no logro acabar una charla personal, telefónica e ¡incluso una consulta médica! (el lunes 17 del presente, consulta urólogo, o sea, ya sabéis lo que eso supone a ciertas edades, tres veces el móvil del médico interrumpió la consulta, era la misma persona, una dama, y, lo peor es que el médico me cortó para llamarla él, a punto estuve de preguntarle si me iba y volvía en un momento que le viniese mejor pero, dado lo cerca de ciertas partes que va a trabajar dentro de unos meses decidí callarme, el miedo a que se le fuera un bisturí me coartó un tanto) sin que suene un puto móvil o entre otra llamada. Sé que no son cosas importantes por que las respuestas a esas llamadas de móvil suelen ser “En el estante de la cocina” o “No, no, un Ribera siempre”. Pero ahí estás tú, con cara de lelo, esperando el resultado del informe de tu dolencia, o la palmada en el hombro o el final de un chiste, en un segundo plano, eres “no prioritario”. Hubo un tiempo en que las parejas eran tres: ella, el y el radiocassette del coche para que no lo robaran. Ahora si que son “parejas abiertas” pues son ella, él, los dos móviles y toda llamada que se haga que se colocará siempre como más urgente que él o ella. Los niños no pueden decir aquello de “Mamá mira lo que hago” por que la mamá (o el papá) están con el móvil, ni llamarles por teléfono por que “Cariño, me está entrando otra llamada”. Subliminalmente estamos diciendo a esa persona, sea quien sea:” mira, lo cierto es que me importa más cualquier otra cosa que tú y perdona que me está entrando otra llamada”. Curiosamente esa otra llamada sufrirá el mismo destino haciendo que el siglo de las comunicaciones acabe en la absoluta incomunicación del individuo. ¿Será ese su objetivo?

Mientras estaba escribiendo esto, que no ha salido de un tirón ni cosa parecida pues me parece que el texto no fluye adecuadamente, he visto algo muy ilustrativo. Vivo cerca de un instituto, o sea: hormonas despendoladas saltando por todas partes y en todas direcciones, o así debería ser. La escena era la siguiente: en un banco una muchachita apoyaba su espalda en el hombro de un muchacho, él metía la mano en el escote de ella, tiernamente, ella tenía la mano en el paquete de él, esperemos que fuera asunto menos tierno, él en la mano izquierda tecleaba en el móvil, ella con la mano derecha jugaba a algo en el suyo, ni se miraban ni se hablaban. Creo que esa es la imagen de lo que he querido decir y que no me ha salido.

viernes, 7 de octubre de 2011

Ciao, Thiago

Thiago en el corazón, sí, pero también en la nostalgia.
Estoy mayor, muy mayor, eso ya lo sabía pero cada día surgen cosas que me demuestran que estoy muy mayor, demasiado mayor para la edad que tengo. Y es que no tengo ya edad para permitirme perder amigos, para permitir que se alejen quienes quiero y respeto, sin que me se abran las cannes y me entre una pena negra. Sí, parece que lo digo en broma pero es cierto. Ahora es Thiago (me enteré anoche), antes fue Theodore, y antes y entre medias unos cuantos nombres más. En varios foros en los que participo la cosa ha sido bastante más dramática, cánceres fulminantes, por ejemplo, o paros laborales, o problemas familiares extraordinariamente serios. Y yo ya no estoy pa estos trotes. La copla dice que cuando un amigo se va queda un espacio vacío, no, deja un abismo y una indefinible tristeza. Ahora es Thiago quien se nos va, afortunadamente sin nada dramático aunque su post de despedida dejaba un poso de amargura. Como si el despertar fuera a otras muchas cosas. (Robert, te he robado la imagen como verás espero que me des tu permiso aunque sea a toro pasado) Decir que echaré de menos sus cosas y sobre todo a su abuela fantasma es algo que todos sentimos y sabemos, nada nuevo; pero me duele de más esta repentina despedida aunque sus entradas delataban una nueva forma de vida. Cada vez me cuesta más despedirme, asumir que il mondo gira y que le da igual lo que los míseros humanos pensemos o sintamos. Además yo me encariño con una piedrecita que se me meta en el zapato así que para que contaros con las personas y sobre todo con el saber que están ahí, en su blog, en este caso, donde puedo encontrarlas, refugiarme y compartir con ellas lo bueno, lo banal, lo divertido y… lo que no lo es tanto.
Thiago, además, fue el primer bloguero a quien seguí seriamente y creo recordar que el primero que dejó un comentario en este blog. Además, nuestros orígenes son similares y las raíces céltico-gallegas ahí están, comunes aunque no iguales, evidentemente. La energía de Thiago dio quizás su primer aliento a este blog. Suena elegiaco pero es que en cierta manera lo es. Al irse Thiago y sus zapatillas plateadas, que confío sigan siendo su sello de distinción, perdemos, para siempre probablemente, un compañero, un lector, un amigo virtual, a quien nunca nos encontraremos casualmente por la calle por que no le hemos visto nunca, y con quien no nos unen esos lazos de recuerdos y experiencias comunes, así que esta relación es mucho más fútil, más evanescente, y aunque en ocasiones nos haya sacado de un bache, más que una relación física, o que hayamos aprendido de estos amigos cibernéticos o como se diga más que de muchos otros de mucho más tiempo, la pérdida es más definitiva, más radical, más inaprensible e inexpresable. Ahora cuando encienda el ordenador no habrá una entrada de Thiago que me haga reír o me haga compartir su indignación. Se acabó para casi todos nosotros Thiago y no hay más que hablar. Su camino le aleja, o ha decidido que le aleje, de esos fantasmas anónimos que leemos y escribimos aquí, que sentimos un poco al unísono con otros fantasmas como él. Y todos nos diluimos un poco con su marcha.
Ciao, Thiago, suerte.