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viernes, 13 de abril de 2012

De mujeres y pulpos (ahora en serio) 13

Hay otro grupo, más pequeño, más picante, de un erotismo más zafio y, desde luego más occidental, en el que la seducción del animal por parte de la mujer resulta mucho más evidente y hasta más propia del tradicional tebeo que del comic a la japonesa. Casi cabría definir estas imágenes como chistes verdes de un gusto no muy exquisito.
 Mira atenta no vaya a ser que la vean,
 Sexo segurísimo, pero segurísimo.
 ¿Recordamos los aterrados y garridos marineros que luchaban contra el pulpo gigantesco del principio, pues parece que la incorporación de la mujer a las fuerzas armadas han cambiado las cosas. Eso sí, poco probable una marinera con liguero. Muy poco probable.



Otro apartado se correspondería a la hembra ya ejerciendo el poder sobre el animal sin cortapisas ni tapujos, como soberana y devoradora de esa fuerza de la naturaleza que, en principio, era su verdugo. 
 El animalico se defiende pero parece que tiene pocas posibilidades. Como cambian las cosas desde la indefensa pescadora a... esto.
Hela aquí, Reina y Señora de los Tentaculos. Realmente ha cambiado la posición de la mujer si no del todo en el mundo, sí ante los tentáculos. 

jueves, 12 de abril de 2012

De mujeres y pulpos (ahora en serio)12

Un camino más de la representación de las relaciones femino-cefalopódicas cabría definirse como Ambigüedad. En él, casi como en los orígenes del género, no puede afirmarse si están siendo atacadas, acariciadas e incluso en algunas ocasiones resulta difícil distinguir a la mujer del animal lo que casi sugiere que éste sea una parte oculta de la naturaleza del personaje o que la implicación emocional entre ambos es tal que se difuminan el uno en el otro. 

 Delicada elegancia de Lisa-Alisa en sus imágenes. Aquí la cabellera no es un pulpo, no lleva un pulpo encima pero hay tentáculos ¿naturaleza híbrida?, ¿fusión?, ¿escamoteo discreto de la intención?
 Ruth Ishbel Munro en esta obra nos deja dudosos: un pulpo en la bañera y una doncella con un ¡desatascador! ¿quiere defenderse o está ayudando a su compañero de bañera a salir de la succión del desagüe? Lo dicho, ambigüedad.
 ¿Entregada o secuestrada? Pertenece a la portada de una revista de los años treinta pero no he logrado localizar más datos. En cualquier caso es una imagen poderosa y representativa.
 ¿Dejándose hacer u ofrecida a la bestia? Su actitud puede sugerir ambas cosas.
 ¿Caricia que pilla de sorpresa o principio de estrangulamiento? ¿alegoría del matrimonio?
 De esta no digo nada por que me resulta extremadamente desconcertante.
 ¿Sale de ella o viene por ella? Las piernas se entreabren y mira medio espantada. Ambigüedad en estado puro.
¿Donde empieza quien aquí?

miércoles, 11 de abril de 2012

De mujeres y pulpos (ahora en serio) 11

El siguiente género sería el que podríamos llamar “Intimidad”, las mujeres aparecen en actitudes casi matrimoniales con los animales, paseando, en la bañera, con pequeñas caricias, en momentos de abandono entre sus tentáculos creando imágenes a menudo delicadas, muy a menudo muy eróticas y otras no exentas de un cierto sentido del humor que nos arranca una sonrisa no se sabe muy bien por que.
 Audrey Kawasaki "Octogirls" 2006. Sinuosa elegancia para un trío pelín peculiar, dos mujeres y ocho tentáculos.
 "Geisha loves octopus" por Bambi-ii o la geisha de mis tentáculos. Esta es una de esas imágenes que arrancan una sonrisa.
 Ken Wong "Quédate y hare el amor contigo" 2006. Erotismo profundo a un nivel más allá de lo que venimos viendo. Lleno de soledad y penumbra.
 Rin Nadeshioo y sus chicas de faldita tableada y aire de colegialas, tan propio del actual erotismo japonés, esta vez en un cuarteto de dos chicas, un pulpo y un calamar, eso sí, con la ola de Hokusai y el Monte Fuji al fondo. Todo muy tradicional japonés.
 El título que he encontrado para esta escena un tanto manga es desternillante, casi tanto como la cara de espanto del animalico: "Este es mi pulpo"
 El título de este no lo es menos: "Los pulpos son los mejores amigos de una chica", si Marilyn levantara la cabeza. 
 Reposo, calma y una caricia, intimidad en suma.
 Un baño, una copa de vino, ¿algo más propio de una dulce vida en pareja?
 Sí, este abrazo de reconciliación, aunque vemos en ambos cierta tristeza, cierto aire de soledad.
 Tentáculos elegantes en los que reposar tranquila. 
 Serenidad y protección.
 El paseo del domingo por la tarde, eso sí un tanto gótico.
 Susurros
 "No intentes camelarme, zalamero, que crees que con cuatro tentáculos lo puedes arreglar todo" parece decir ella
Caricias delicadas

martes, 10 de abril de 2012

De mujeres y pulpos (ahora en serio) 10

 Por intentar organizar un poco el material podríamos subdividirlo en temas, el primero de los cuales sería sin duda el de las mujeres entregadas o poseídas por el pulpo sin tapujos. Destaca entre este “género” las obras de Hajimi Sorayama, que, desde luego, sigue su tradición nacional pero alejado ya completamente de las formas plásticas de la estampa y del arte japonés, eso sí, es bastante explicito en los ejemplos que conozco. Sin embargo, no parece que el tema pese demasiado en su producción aunque esta primera imagen quizás sea una de las más famosas.
Tanto esta como la que encabeza son imágenes de Hajimi Sorayama
Pero no es el único que aborda el tema y vemos unos cuantos ejemplos.

 En actitud semejante vemos a esta delicada damisela de Svetlana Valueva, medio entregada, medio agónica, en cualquier caso una bella combinación de rosas y rojos.
 Dorian Cleavenger, magnífico ilustrador, es en esta obra bastante más explicito y la mozuela está entregadísima al placer aunque el pulpo es más bien una indefinible criatura politentacular, algo que ella parece agradecer.
 Nada sé de este autor, André Toma, pero esta obra deja clara la fusión de mujer y pulpo así como quien lleva el control de la misma. Deliciosa perversidad.

De las siguientes imágenes no tengo datos pero son tan, pero tan, adecuadas al tema que no se pueden dejar pasar.
Por muy pulpo que se sea un cigarrito después, apetece, por lo menos a él, ella parece estar en séptimo cielo.
 Casi se podría calificar de vuelta a los orígenes del tema pero con un ángulo más explicito. Delicias de pulpo o para el pulpo a la japonesa. 
Esta imagen es bastante ambigua pues si el personaje "atacado" por nuestro bienamado pulpo no tiene senos femeninos, en cambio calza tacones de aguja. En fin, está claro que es un Manga japonés y seguramente ambas cosas tendrán su explicación en la historia, incluso esa especie de Caperucita/Alicia asustadita del fondo


lunes, 9 de abril de 2012

De mujeres y pulpos (ahora en serio) 9

Aunque a salto de mata hemos ido viendo algo de la trayectoria de las relaciones extraconvencionales de las damas, algunas damas, con algunos pulpos, o viceversa, desde el XVIII a la primera mitad del XX. Bueno, lo que sigue es simplemente un proceso lógico al ser el XX el gran siglo de las comunicaciones y, por añadidura, el del comic. El comic nace “oficialmente” en Estados Unidos hacia finales del XIX pero existían precedentes ya desde el XVIII en Occidente. Sin embargo, el lenguaje que conformó la actual concepción del comic (especialmente las sagas de superhéroes etc.) así como el uso de diversos recursos hunde sus raíces en la estampa japonesa, aunque desde luego ni como única fuente ni como determinante en principio. En la segunda mitad del siglo la influencia de las artes gráficas japonesas en Occidente sufre un proceso de aceleración, muy especialmente a partir de los 70-80, lo que a los estudiosos de la cultura japonesa nos crea múltiples problemas pues hay generaciones enteras que conocen Japón a través de esta forma artística que, además, toma muchos elementos de la tradición por lo que digamos que no tienen esas generaciones claro qué es qué en Japón, pero esa es otra historia. El comic japonés y su lenguaje invaden literalmente Occidente sin que se produzca el fenómeno en sentido contrario, al revés que en otras manifestaciones culturales. Así el tema que nos interesa perdura en ambos mundos. Oriente continua con su para nosotros extraña relación con los cefalópodos (como se puede apreciar en la película coreana “Old Boy” en la que vemos al peculiar protagonista comerse un pulpo vivo) y occidente los va convirtiendo no sólo en monstruos marinos sino en oscuros objetos sexuales temidos y deseados, un equivalente zoofílico al mito-cuento de la Bella y la Bestia (por favor, olvidaos de la versión Disney) Esto ocurre tanto en el ámbito de las artes más o menos pictóricas, incluyendo las obras informáticas, como en la fotografía. Ahora viene el problema de por donde seguir pues entre el material que he ido encontrando hay absolutamente de todo desde obras con todos los datos necesarios hasta cosas sin ninguna referencia.
Empezaré por la obra de Daikichi Amano, artista japonés de la fotografía cuyo tema principal son ellas y los pulpos, de un modo un tanto peculiar en el que ya no queda claro si estamos viendo a un cefalópodo atacando o amando a una mujer o más bien a una mujer devorando a un pulpo, eso sí con una cierta mirada de Mantis Religiosa, no, en absoluto son inocentes las imágenes de Amano.



 Una brevísima selección de las imágenes menos impactantes de Amano. 
Siguiendo con la fotografía he encontrado imágenes de autores occidentales llenas de un erotismo mórbido pero no por ello menos potente 


 Dos imágenes de GillesBerquet, erotismo a la occidental con un cierto regustillo Belle Epoque.
 Julian Murray, el color, los pulpos, las texturas. Puro morbo.
 Kevin-Hundsnurscher: ambigüedad sinuosa, sorprendente cuanto menos.
 Pelopulpo de Saatchi & Saatchi, un cruce entre tocado original y una descendiente de Medusa o el valor de  la herencia clásica.
 Saint Octopuss, no he encontrado el autor pero reconozcamos que huele a simbolistas, a Xalambó, a Salomé y a Diosas oscuras
 De nuevo Julian Murray, pero con un toque de glamour Hollywood años 50 (¿a que parece que va a salir Gene Kelly con otra copa bailando?)
 ¿Cigarrito?
 Recordando a Man Ray ¿no?
Una bellísima imagen de un tema que, como vemos, no siempre resulta cómodo
De nuevo tocados y medusas, casi un subgénero.


domingo, 8 de abril de 2012

Isabel


Las persianas bajadas, el humo de los cigarrillos como una niebla densa que le costara deshacerse. Isabel, sentada ante el escritorio abierto, fuma lenta y constante. Desde la calle se oye el escaso tráfico de la calle de pueblo, las voces de las vecinas que vienen y van de compras, los niños que corren camino al colegio o de vuelta de él. Le gustan especialmente esas tardes de lluvia intensa en que sólo se escucha el agua cayendo con fuerza, ni una voz, ni un alma salvo las viejas beatas que acuden al rosario o a misa de seis. Esas tardes de noviembre, enero. También esas tardes, como ésta, en que el sol cae a plomo sobre la calle y la placita ante la escalinata de la iglesia y el silencio se come hasta el canto de algún pájaro despistado. De niña, en esas tardes de verano, esas horas sesteras las dedicaba sin ganas a practicar con el piano en otra calle del pueblo, muy parecida a esta en que vive desde que se casó con Pepe. Escalas y más escalas, de vez en cuando el “Para Elisa” o el principio de un “Nocturno” chopiniano hasta que caía el sol y podía salir un rato a jugar con otras niñas, a pasear con otras muchachas, a coquetear con Pepe, con Juan, con Pablo. La calle quedaba entonces en un silencio que se iba poblando según refrescaba con los vecinos que sacaban sillas y se sentaban a tomar el fresco.
Impecable en su vestido negro, siempre es negro desde hace tiempo, justo desde… entonces, sus medias negras, sus zapatos de tacón alto negros, su moño perfecto, sus uñas escarlata, su bolsito de fiesta dorado, diminuto, el espacio suficiente para el tabaco, el mechero y uno de los  pañuelos de batista bordados a cuya plancha dedica las veladas junto a Pepe mientras él intenta ver una película antes de quedarse dormido. En invierno, se echa un chal de seda sobre los hombros desnudos.  Y así, apenas dan las tres, Isabel sale de su alcoba impecable y se encierra bajo llave en esa habitación con tres ventanas a la iglesia hasta las nueve menos cuarto, justo cinco minutos antes de que Pepe abra la puerta, le diga que cada día está más guapa y le dé un beso, habitualmente acompañado de una flor, una minicaja de bombones o unos pendientes.
Cada tarde durante seis horas se dedica a fumar y a “poner en orden” su colección de pendientes. A sus cuarenta y ocho años Isabel alcanza ya los diez mil setecientos noventa y seis pares de pendientes perfectamente guardados en seis muebles de uno treinta de altura (y dos de uno veinte) por sesenta de profundidad y dos metros de longitud que ocupan la habitación que había sido de sus suegros en aquella casona de la parte más antigua del pueblo, frente a la iglesia más antigua del pueblo, una joya del s. XI. Cada mueble tiene veintiséis cajones de cinco cms. de altura y cincuenta de anchura. Dentro de cada cajón tablitas forradas de terciopelo negro configuran espacios desiguales según el diseño del pendiente, con un número bordado. Hace años que están perfectamente organizados pues Isabel desde que… jamás se pone más que unos de perla, sobrios que justifican su parquedad por su antigüedad, y tan sólo hay quehacer cuando alguien le regala unos nuevos, cosa muy frecuente pues es sabido su interés por ellos. Entonces Isabel se levanta muy temprano, las cinco o cinco y media de la mañana y se viste como siempre, recorta las tablillas en su escritorio bajo la ventana central, las forra primorosamente y comienza a bordar con hilo de oro el número correspondiente. Suele terminar el bordado hacia el mediodía y entonces se concede unos minutos para comer, no más de un cuarto de hora, y vuelve al trabajo. De vez en cuando su mirada se pierde en las persianas y recuerda como había sido su vida antes. ¿Antes de qué? Antes, sencillamente antes.
Pequeñas cosas como las escalas al piano o como la voz de la vecina cotilleando, la clase de latín con aquel profesor de nombre olvidado, delgado, alto y canoso que a todas les parecía tan “interesante”, se van desgranando, enroscándose sobre sí mismas, intentando escapar del abismo al que indefectiblemente se dirigen, que no era otro que el suceso que marcó el “antes”, el “entonces”. El que Isabel, vestida de fiesta, recluida en esa habitación y fumando, no quiere recordar y vuelve la mirada a la ficha que rellena con letra redondilla a pluma con tinta negra o azul si los pendientes son de bisutería, verde, si son “del serrín” como decían antes o roja si son “buenos”. Anota fecha, forma, color, calidad, donante (con este término exacto), ocasión y fechas en que se los pone. Isabel nunca se pone más que las perlas antiguas desde que…
Vuelve el recuerdo a evitar pero hoy con más fuerza, con demasiada fuerza. Todo el mundo sabe que Isabel ni se pone los pendientes que colecciona ni se viste de color, ni usa más joyas, ni sale de su casa más que lo inevitable, los compromisos y las reuniones familiares. Pepe tiene tantos conocidos que tiene que conceder su presencia siempre encantadora, siempre amable, siempre perfecta. Todo el mundo sabe eso, pero todo el mundo le regala pendientes, casi como en un concurso, a ver quien el más valioso, a ver quien el más exótico, a ver quien el más extravagante. Ella los agradece todos por igual siguiendo el tono del “donante” con la misma sonrisa sincera y lejana. Es el par 148. Primer mueble. Tercer cajón. Plástico. Tinta verde. Triangulares. Pinza. Azules. Piedrecita cristal en el centro, falta una. Fecha de entrada: décimo séptimo cumpleaños 1-10-81. Donante: Pablo. La luz de la siesta de junio entra por las rendijas de las persianas formando una reja de barrotes horizontales. Enciende otro pitillo dejando que le tiemble la mano sin darse cuenta de que tiene uno recién encendido en el cenicero que le hizo uno de sus hijos (Dios mío ¿Cuál sería?) y se fuerza a seguir rellenando la ficha. Donante: Pepe. Oro y circonitas. Fecha: 3-6-11.
Tres de junio, por eso le arrolla la avalancha de ese recuerdo, del suceso épico del “antes de”, del “antes”, del “entonces”. Tres de junio del ochenta y ocho, dieciocho treinta. Ella había vaciado la habitación y se proponía convertirla en un gabinete de estudio para los chicos, Pepe se acababa de ir a toda prisa al trabajo. Subió las persianas y abrió las ventanas. El glorioso sol de junio estallaba sobre la iglesia y los tejados de la ciudad antigua. La gente se apiñaba ante la portada medieval restaurada con mano delincuente, una boda. Siempre es algo llamativo ver una boda, la novia de blanco, los invitados de gala, el arroz y todo lo demás. Recuerda, a pesar de todo, recuerda, no le gusta hacerlo. Aquella angustia que le aplastó el pecho revive ferozmente cada vez, pero no siempre puede evitarlo, culpar al tabaco ayuda pero no convence, no a ella, no a esa Isabel que fue identificando a la señora de fucsia, a la niña con lacitos beige, al novio que era Pablo con sus inconfundibles rizos rubios.
Pepe se había dejado los cigarrillos en la habitación, sobre un peldaño de la escalera, e Isabel encendió el primer cigarrillo de su vida, mientras bajaba definitivamente las persianas y se preguntaba quien era ese hombre que dormía en su cama y como había llegado a ocurrir.