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miércoles, 3 de julio de 2013

La Dama del Puente Celestial. Cuento oriental. 2

Imagen del Genji Monogatari e-maki.
Aun hoy, más de mil años después la ladera por la que se filtraron las lágrimas de Tejon al llegar el otoño estalla en crisantemos tan dolorosamente hermosos que los habitantes de la comarca los consideran de mala suerte y evitan los caminos que pasan cerca durante su, breve, floración. Entonces, por el contrario, la vida siguió aparentemente su curso, nada parecía haber cambiado pero en la casa, en el pueblo y en los bosques, incluso en el templo comenzaron a pasar pequeñas cosas, nada nuevo en sí mismo, nada importante, pero que nadie recordaba que se hubieran presentado tan a menudo. Unos viajeros que llegaron a La carbonera apagada, posada del lugar, a deshoras en medio de la noche aseguraron aterrorizados haberse encontrado con la terrible Yamabanba en el bosque y sólo con mucha suerte lograron escabullirse entre la maleza y alcanzar la posada.


La mansión de la Dama del Puente Celestial no quedaba libre de estas nimiedades y mientras los caballeros que frecuentaban las noches de la Dama eran de mayor alcurnia y elegancia, los elegidos que llegaban donde el príncipe Genji temía fracasar, y la prosperidad de todos aumentaba, las ropas de cama amanecían revueltas en todos los lechos de la casa incluida la cada vez mayor servidumbre, e indefectiblemente sus habitantes despertaban con la cabeza hacia el norte, signo de próxima desgracia. La esposa del jardinero, dándose cuenta de cada uno de los pequeños augurios, comenzó a deslizarse hacia la locura rompiendo en alaridos cada vez que algo resultaba inquietante invocando la protección de los dioses ante cada nuevo ser que creía les amenazaba, poco a poco se sumió en un silencio pasmado que aun aterraba más a la servidumbre, tanto que nadie se fijó en que Tejón había perdido su risa y ya no parecía un muchacho sino un hombre triste. En cierta ocasión un propio de la casa llegó a la casucha del jardinero para hacerle saber que la Dama del Puente Celestial precisaba una peonía especialmente hermosa para acompañar una carta. El jardinero prometió buscar la más hermosa y enviársela con Tejón. Fue el propio Tejón quien eligió la más delicada peonía de cuantas se cultivaban pues nadie como conocía hasta casi la personalidad de cada flor y al amanecer llegó la casa llevándola. Demasiado pronto sin duda pues llegó a tiempo de ver como de las habitaciones de su ídolo salía, a medio vestir, un mocetón robusto que no era uno de los delicados caballeros de boquita pintada y fino bigotito, que siempre había imaginado. Esos salían por la puerta, con la servidumbre haciéndoles reverencias. Este salía procurando no ser visto, lo mismo hizo Tejón que se retrepó bajo las sombras casi nocturnas de un pequeño pino que, dice la leyenda le acogió acercando más sus ramas entre sí. El hombre que apenas se malcubría con las ropas enrolladas en su brazo, se detuvo en un discreto rincón del jardín y apresurado se vistió. Era un caballerizo conocido de vista de Tejón, entregó la peonía como se le había encargado sin que nadie notara qué estaba pasando por la cabeza y el corazón del muchacho. Si el caballerizo podía acceder al amor de la Dama, si ella elegía también entre inferiores a sus compañeros, si no ser un aristócrata no era para la cortesana condición para compartir unas horas, una noche quizás, con ellos ¿qué había en él, en el humildísimo Tejón que le descartara como amante? Además, estaba seguro de que él sabría amarla tanto que ella no precisaría más amor, de que sería el único y el último amante de la Dama del Puente Celestial.


Aquella noche varias fantasmales ruedas gigantescas en llamas recorrieron el pueblo, varias casas se incendiaron en fuegos fatuos y tres bebés desaparecieron y en la Casa se sintieron ruidos y presencias extrañas, todos excepto la Dama del Puente Celestial que yacía en los fornidos brazos de un pariente imperial y Tejón que, sentado sobre sus talones en los confines del jardín, con la mirada perdida pensaba en los infinitos goces que su alma daría a su señora. Dicen las crónicas que hasta en la corte se percibió como un espasmo en el tiempo y en el espacio, los poemas que se estaban componiendo se quebraron en su ritmo, los inciensos, por un instante dejaron de oler, y hasta la concubina imperial que compartía su lecho con su señor percibió un frío extraño en el fogoso cuerpo del Hijo del Cielo, pero todo eso se dijo después, en susurros aterrados. Entonces nadie le dio demasiada importancia. Al día siguiente Tejón se lavó aun más cuidadosamente de lo habitual, se puso la ropa menos vieja que tenía y se presentó ante la Dama del Puente Celestial que se entretenía en la veranda con sus damas plegando papeles de colores vivos a los que con su maestría convertía en lo que su voluntad dictara. El mozo, a pesar de la timidez natural ante esa situación, logró hablar de amores a la Dama, quiso, y no pudo, expresar con palabras el torrente que se le desbordaba por el alma, la piel y las entrañas. La respuesta vino después de unas discretas risitas tras el abanico.


-¿Crees de veras que una dama como yo se entregaría a quien no pudiera ofrecerle algo? No, no creas que poner un saco de oro ante mí cambiaría nada. Algo que no posea, algo que me maraville. Hagamos un pacto, joven destripaterrones, yo me entregaré a ti como la más rendida de las mujeres –las risas de las doncellas eran ya excesivamente sonoras para la discreción que se espera de una dama medianamente educada-, ya que no eres exactamente repulsivo en tu aspecto, si el día de Año Nuevo eres capaz de ofrecerme un regalo que sea capaz de asombrarme. Como sé que no tienes dinero, toma esta moneda a ver que partido le sacas –remató la Dama arrojando una moneda de cobre al muchacho, mejor dicho, ante las rodillas del muchacho enrojecido de vergüenza y de esperanza.


Cuando se alejó del grupo de las damas semejante a un jardín florecido en mil colores, pudo escuchar al objeto de su veneración: “Nos divertiremos a su costa, no imagino que se le ocurrirá hacer”.


Lo primero que hizo fue subir al monasterio cercano y dejar allí la moneda. Nunca había podido ofrecer lo más mínimo a aquellos monjes a quienes respetaba y con aquel inesperado obsequio pudo permitirse esa satisfacción, pero no pidió nada a ninguna divinidad. Ni siquiera permaneció en el recinto más tiempo que el necesario para depositar discretamente su ofrenda. Sabía lo que iba a ofrecer a su amada el día de Año Nuevo.


Rebuscó durante algunos días entre los desperdicios de la mansión hasta que encontró una carta a medio escribir, con apenas un par de kanji en una esquina. El papel era del tono de las glicinas más claras. Guardándolo como un tesoro lo llevó a su chocita junto a la del jardinero y allí lo cortó hasta formar un cuadrado. Así es como había visto hacerlo a las damas de su señora para crear esas formas fantásticas que tanto parecían agradarla. Luego y durante muchos días buscó piedras planas para planchar las arrugas que se habían formado. Más tiempo aún fue necesario para que desaparecieran pero, por fin el papel quedó liso, casi como nuevo. Desde ese día Tejón dejó de dormir, pasaba las noches enteras plegando y desplegando el cuadrado de papel en vanos intentos de lograr una forma. Lo hacía con sumo cuidado para que el papel no se rompiera aunque no podía evitar que con tanto manoseo se fuera ajando poco a poco. Como él mismo. Las noches en vela fueron pasándole factura, adelgazó a ojos vistas y sus ojos se fueron hundiendo en sus cuencas. Sin embargo, también había en él algo de lo que antes carecía. Su mentón se hizo más firme, su cuerpo más fibrado, su mirada más cabal, su sonrisa más escasa y su amabilidad casi infinita. En estos meses que él no sintió pasar el pueblo vivía aterrorizado pues las ruedas en llamas volvieron a aparecer, con las primeras nieves apareció la temida Mujer de Nieve acabando con una pequeña expedición de mercaderes en una noche en la que ni siquiera heló y constantemente se veían llegar más y más onibis, almas en pena aferradas al mundo que en forma de luces llenaban los caminos de extraños efectos y de sombras crueles. La esposa del jardinero, enloquecida de pavor murió una noche de luna llena, los monjes oraban constantemente, y los comerciantes eran cada vez más reticentes a llegar a lo que empezaban a considerar un pueblo maldito, los que lo hacían subían los precios y el hambre, esta sí que nada fantasmal, comenzó a asomar su fiero hocico. Sólo dos personas permanecían ajenas a todo aquello: Tejón, demasiado embebido en los pliegues de su hoja de papel y la Dama del Puente celestial, enredada en demasiados romances, cartas y amantes para contemplar otra cosa que su propia gloria.


Así llegó la noche de Año Nuevo, en la casa la Dama del Puente Celestial se había reunido con un selecto grupo y, sin duda por burla o por que la reunión languidecía, mando llamar a Tejón. Se presentó como la otra vez, con sus mejores galas y cualquiera que no fuera la Dama del Puente Celestial se habría dado cuenta del cambio que había sufrido su cuerpo y su actitud. Respetuoso pero sin restos de aquella timidez adolescente se sentó ante ella, sosteniéndole la mirada. Firme, más con aire de guerrero que de “destripaterrones”.


-Bien, jovencito, el plazo se ha cumplido. Esta noche seré tuya –las risas tras los abanicos y los comentarios burlones crecieron hasta hacerse ensordecedores- siempre y cuando tu obsequio logre sorprenderme ¿Ese fue el pacto o no… jardinero?


-Si, mi señora.


-Bien, muéstranos pues tu presente.


Con mano firme sacó de los pliegues de su ropa un pequeño animalito de papel, de aquel papel color glicina que después de tanto manoseo se había quedado en un color blanquecino sucio y triste. Era una grulla. Portadora de fortuna y protección del hogar. Un juego de pliegues que para los expertos era viejo y vulgar pero para nuestro hombre era otra cosa.


-¿Pretendes sorprenderme con una torpe y malformada grulla de papel viejo? –la Dama del Puente Celestial comenzó a reírse casi histéricamente, la siguieron sus acompañantes en un crescendo de risas infames que rebotaba en los bosques y los lagos, interminablemente.


Un grito de una doncella interrumpió aquella burla. Miraba fijamente a Tejón que había caído aparentemente desmayado y sin color. No es que hubiera empalidecido sino que su piel se había vuelto blanca. El servicio se apresuró a atenderle pero estaba muerto. Un cierto silencio asqueado apareció unos segundos en la reunión mientras la Dama del Puente Celestial ordenaba sacar de allí el cuerpo. Sin embargo, otra gran Dama según proclamaban sus vestidos que estaba allí invitada profirió un terrible alarido señalando con su abanico la pequeña grulla sobre la mesa lacada. Ahora era roja y goteaba sangre que iba cayendo al suelo. Como si el grito fuera un conjuro mágico se desató en la estancia un viento tremendo e, increíblemente, la grulla, la minúscula grulla de papel a la que Tejón había dedicado las noches de sus últimos meses crecía y comenzaba a moverse sin dejar de chorrear cada vez más y más sangre que empapaba vestidos, tatamis, muebles y hasta trepaba antinatura por las paredes de papel. Un graznido espeluznante, un aleteo brutal y el animal echó a volar arrancando la techumbre. Dio una vuelta sobre la casa sin dejar de crecer y de verter sangre sobre ella y, finalmente, todo se incendió de golpe, a la vez. La grulla roja parecía reír desde su altura viendo como quienes estaban en aquella jaula de fuego luchaban por escapar, todos menos la Dama del Puente Celestial, inmóvil contemplando el cuerpo de Tejón. Nada ni nadie pudo moverla y tuvieron que dejarla dentro de su casa mientras ardía hasta los cimientos. Hasta que las brasas se apagaron todavía con la grulla chorreando sangre sobre ellas la dieron por muerta pero cuando nada quedaba en pie la Dama del Puente Celestial estaba en el mismo lugar, en la misma actitud y con sus vestidos respetados por las llamas y hasta por el humo. Levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con las ascuas de los ojos de la grulla. Enloquecida empezó a correr hacia el bosque a pesar de sus pesados vestidos y la grulla la siguió. Y aun la persigue y aun la Dama del Puente Celestial conserva en la mirada el cuerpo blanco y muerto de Tejón.

*He procurado evitar errores de época pero seguro que algún anacronismo se me ha escapado.

miércoles, 26 de junio de 2013

La Dama del Puente Celestial. Cuento oriental. 1

Inspirado en el viejo Japón, en el de la damas y los fantasmas, de los caballeros y de los seductores, el de las delicadezas y los aromas. Antes del imperio de la katana y el suicidio.

En la corte del príncipe Genji se referían a ella como “La Dama del Puente Celestial” pues al acercarse a su mansión todos los hombres gemían como si atravesando el airoso puente que les acercaba entraran en las mansiones celestiales. Tal era su belleza. Si la blancura de su piel sólo se podía comparar a la luna llena de agosto, su ingenio era aun superior; si jamás los pétalos de rosa dibujaron labios tan perfectos y rojos como los suyos, las abejas jamás libaron miel semejante a la dulzura de su voz; si sus movimientos superaban en elegancia a los sauces junto al arroyo movidos por el viento sur, su entendimiento superaba el de muchos sabios, más su discreción era aun mayor, tanto como para que ellos no se dieran cuenta. Si sus cabellos caían sobre las capas de sus vestidos al igual que la noche inunda los montes en lo más crudo del invierno su elegancia y buen gusto iluminaban, como un aura, persona al igual que una fresca mañana de primavera. Tal era La Dama del Puente Celestial. Sin embargo, cuanto encanto pudiera apreciarse a simple vista eran prontamente eclipsados por aquellos que no podían serlo. Era la más virtuosa de las cortesanas, la más compasiva de las damas, la de más elevados pensamientos, conocía y dominaba el chino y la nueva escritura que se gestaba en los gineceos, había profundizado tanto en los Sutras como en los antiguos poetas chinos y japoneses. Era capaz de competir con el mejor de los poetas vivos repentizando wakas y la primera en reconocer cuando era vencida con elegancia, gracia y una sonrisa amable y, digamoslo, coqueta. Se dijo, no sé si será verdad, que el propio príncipe Genji, de tan alta memoria que los siglos aun conservan, en sus mejores años no se atrevió a cortejar a La Dama del Puente Celestial, tan alta era la estima en que se la tenía. El más leve rechazo por su parte habría humillado en exceso al ilustre seductor. Otros, con menos que perder, sí lo habían hecho y hay que decir en honor a la verdad que no pocos lo habían conseguido, según era el uso por entonces entre las cortesanas. Hubiérase dicho que La Dama del Puente Celestial era el ideal femenino, la perfección de la esencia de la mujer pero, ah, lamentablemente eso no era cierto.

En medio del brillo de la luna llena de agosto que era su persona, una casi insignificante mácula la engrandecía en lugar de depreciarla. Era esa mácula tan inevitable como el reflejo del propio rostro en un estanque apacible, pues no era otra que la conciencia de sus perfecciones. Ese defecto era como la gota de tinta que cae en un sumi-e desprendida de un pincel experto, que demuestra la humanidad de la mano del pintor y que, por tanto, agrada más que estorba. Sin embargo, según sus perfecciones aumentaban con el tiempo también lo hacía su arrogancia alimentada por los continuos triunfos en la corte, no sólo con los abundantes y apuestos galanes que rondaban su lecho, sino en absolutamente todos los espacios donde una gran cortesana podía brillar. Hasta la sangre imperial quería tenerla cerca en las ceremonias de altísimo protocolo, sin embargo, ella disfrutaba mucho más con los más frívolos y menos peligrosos triunfos en los juegos con que entretenían tardes de verano y noches de invierno. Era una maestra no sólo en los juegos poéticos, por así llamarlos, sino que brillaba en el juego de los perfumes, detectando hasta el más levísimo toque de cualquier aroma, incluso en el origami era ella quien más y mejor improvisaba con las pequeñas hojas de papel saliendo de sus manos pequeñas maravillas que parecían a punto de cobrar vida. Todo se doblegaba a su paso y ella era consciente de merecerlo aunque entre sus virtudes figuraba la de carecer de ambición y por tanto no buscaba nada simplemente por que consideraba que todo le era debido.

Estaba en la flor de la edad, sin la impetuosidad juvenil y sin el cansancio de los años, con la plenitud de su cuerpo y la sabiduría de una cierta experiencia, cuando llegó a su mansión un muchacho, casi un niño, buscando trabajo. Naturalmente ella no le vio pero su jardinero sí, vio el trazo aun sin rematar de un cuerpo fuerte y resistente y en él el ayudante y aprendiz que necesitaba para cuidar los jardines de La Dama del Puente Celestial pues era hombre a quien la edad comenzaba a doblegar. Su esposa la primera noche que llegó el muchacho despertó gritando espantada, afirmando haber visto sombras de los demonios budistas huir de la casa aterrados por lo que iba a ocurrir, algo tan innombrable que ni ellos mismos se atrevían a mencionar. Pidió a su esposo que no aceptara al muchacho, que le diera unas monedas y le devolviera a los caminos. Sin embargo, y a pesar de estimar en mucho la opinión de su esposa el hombre no lo hizo. Desde el primer día Isao, que tal era el nombre del muchacho aunque pronto todos comenzaron a llamarle cariñosamente Tejón, pues era pequeño de tamaño y edad y juguetón sin desatender sus deberes para con todos. Cierto, y eso lo sabían todos y les había causado cierta desazón, que el muchacho había llegado en una dirección infausta en un día nefasto en el que nadie debería haber viajado en aquella dirección. De hecho, el propio príncipe Genji había cambiado sus planes de viaje para visitar a Pabellón De Glicinas ante lo infausto de la dirección que debía tomar aquel día, pero las prendas personales del chico, su simpatía y su afán por el trabajo hicieron pronto olvidar cualquier desconfianza hacia él. Incluso la esposa del jardinero muy pronto le llegó a querer como al hijo que no pudo dar a su esposo y se esmeraba en muestras de cariño para con él que correspondía siempre tratándola como hubiera tratado a su madre que no conoció.

Tejón era un chico listo y sensible de modo que sin darse cuenta siquiera conocía las necesidades de las plantas, los cambios de tiempo y hasta cuando iba a llegar una tormenta que nadie esperara. Casi se diría que se había hecho uno con aquel jardín, aquellos montes y con el bosque cercano. Antes de que nadie le dijera nada ya estaba él podando, limpiando o regando exactamente donde y como había que hacerlo. Siempre con la sonrisa en la boca y siempre con la actitud que se espera de un criado de una gran mansión. Así creció y se convirtió en un mozalbete fornido siempre en su lugar por quien las jovencitas del pueblo y algunas madres de las que acudían a traer provisiones o a felicitar el año nuevo a La Dama del Puente Celestial comenzaron a incluirle en sus planes casamenteros en un futuro que aun no era inmediato, pero lo sería pronto.

La mansión era grande y, según la calidad de los caballeros que la visitaban, su categoría iba subiendo y el servicio creciendo, así que cuando él llegó La Dama del Puente Celestial ni siquiera supo que tenía un nuevo ayudante de jardinero a su servicio y él ni siquiera sabía a quien pertenecía el jardín al que se dedicaba en cuerpo y alma. Sin embargo, una tarde en que se fraguaba una tormenta algo se quebró en el aire. Todo el mundo pudo sentirlo aunque nadie hubiera podido decir qué había pasado, tan sólo la Señora de la casa dejó de sentir el estremecimiento de cuanto le rodeaba, embelesada en la lectura de una carta escrita con delicada caligrafía viril sobre papel vincapervinca que acababa de recibir. No así nuestro Tejón, que al levantar la vista de la tierra que preparaba para sembrar oteando la tormenta vio a su Dueña y Señora por primera vez y sintió que la muerte había entrado en él. Continuó su trabajo, regando los terrones con lágrimas incontenibles.

viernes, 21 de junio de 2013

Permisos por defunción

El no sé cuantos de la empresarial ha soltado una nueva barbaridad afirmando que los permisos por defunción de parientes son excesivos por que con los medios de transporte de hoy puede quedar todo solucionado en unas pocas horas. Sí, claro, ahora se disculpa, abre la bocacloaca, suelta el globo-sonda bajo forma de ofensa y luego disculpitas. Si se me permite la comparanza como el pájaro ese a quien, encima, pagamos todos, y que por cierto no sé ni de que partido es (creo que del Bloque Nacionalista Galego, pero no lo sé así que no afirmo nada) pues el pollo en cuestión suelta la burrada machista contra Soraya Saenz de Santamaría, personaje con cuya ideología no puedo estar más en desacuerdo pero que, dado como está el paisanaje político, está desempeñando su cargo con una sorprendente ecuanimidad y dignidad, cosa que no hacía en la oposición. El pollo machista, o gallito de pelea desplumao, disculpas y hasta dimisión. Vale, ¿qué menos? Pero hay algo más: nos ha descalificado a todos aquellos que criticamos la gestión de gobernantes y gobernantas con su grosería brutal, con su falta de categoría para representar a nadie y encima cobrando a los ciudadanos y a los hombres que no usamos esa terminología más que con las pruebas en la mano. Volvamos al pato mareao de la CEOE, está claro que o no se le ha muerto nadie, o no viaja salvo en jet privado, o está permanentemente en ese mundo de luz y color donde residen los políticos de este país, con ríos de chocolate que no engordan, nubes de algodón dulce y árboles de gominolas de los que pueden comer los niños mientras ellos deciden retrasar las medidas para que puedan comer de verdad, en este secarral llamado España.

A partir de ahora los abuelos no sólo tendrán que darse prisa para morirse como dijo el neoliberal y, con permiso, neonazi personajillo japonés. Sino que tendrán que hacerlo con horario si quieren que alguien pueda ir a su entierro o a despedirle en el tanatorio. Claro, tendrá que estudiar a qué hora para que los “modernos medios de comunicación” y sus permanentes retrasos/huelgas, embotellamientos, logren llevar a tiempo a sus hijos y parientes durante las “pocas horas en que se soluciona todo”. Se morirán más los viernes si la familia tiene horario fijo, lo cual hoy es pedir la luna con marquetería. Claro que siempre podrán acudir las mujeres a las que la ley Gallardón habrá echado del mercado laboral para que cuiden a los hijos deformes y enfermos, eso sí, si no se alarga mucho la cosa por que habrá que pagar una “canguro” para cuidarles mientras ellas, acuden presurosas a enterrar/incinerar al abuelo. Abuelo al que nadie habrá ido a ver al hospital, residencia, o moridero al plan que llevan, por que la inexistencia de horarios laborales torna imposible cualquier acción que no sea la de la mera existencia y aun así con prisas. Abuelo, al que sus nietos apenas conocerán si no ha sido de los que les han tenido que criar, por que tienen su horario infantil demasiado ocupado preparándose para un mundo laboral falsamente competitivo en el que dice valorarse el esfuerzo pero se valora la cartera y el apellido de papá, ah, un buen culo tampoco hay que despreciarlo como carta de presentación para un trabajo. Abuelo que, posiblemente, haya sido operado a vida o muerte y haya dicho que no avisen a su familia para no molestarle, no por bondad sino por que le han inoculado –nos están inoculando- la extrema valoración de su poco valor frente a esos otros como los beneficios empresariales. Claro que siempre tendrán a las madres de sus nietos malformados y enfermos o, en todo caso, se pueden crear empresas de acompañantes en entierros e incineraciones, cuyos trabajadores estarán demasiado ocupados para ir a los de sus parientes pero será un trabajo. Los parientes del difunto se quedan tranquilos, el difunto habrá pagado ese servicio y los asistentes profesionales estarán satisfechos por que la deformada moral del trabajo que se nos está imponiendo les dirá que eso es lo que tienen que hacer mientras que estar despidiendo a sus propios parientes es hacer perder dinero a la empresa.

Estoy pensando en montar una de estas empresas, a medio plazo acabarán apareciendo. De hecho, ya se están volviendo a contratar plañideras profesionales.

lunes, 17 de junio de 2013

Feria del Libro 2

 Sobrecogido ante la presencia de mis amados y abandonados griegos me alejo de la caseta y sigo mi camino Feria adelante. Así acabó encontrándome con dos de mis grandes frustraciones de cada año: los tebeos y los facsimil. Me embobo ante las encuadernaciones de sopocientos volúmenes de El Jabato, Joyas Literarias, El Corsario de Hierro e incluso con El Capitán Trueno, pero de todos, aquellos que desearía poder llevarme con avaricia digna del Tío Gilito son los de Azucena. Eran tebeos de cuentos de hadas con princesas, príncipes y hadas con cucurucho en la coronilla que no era demasiado correcto leer siendo niño y uno se quedó con esa frustración infantil.

Salivo de lascivia ante los libros de oraciones iluminados, los libros de horas o las vidas de la Virgen del XIV. Me dejo media alma entre sus cantos dorados y sus lapislázuli sabiendo que, como los comics, quedan fuera de mi alcance. Suspiro, lánguidamente por supuesto, que para eso me gustaba Azucena y continúo mi deambular.

Desde una caseta me asalta violentamente una colección de textos japoneses que no conocía, nueva por tanto, o seminueva, por así decirlo. Cada año aparecen un montón de colecciones y de editoriales que se dedican casi convulsivamente a publicar sobre Japón, cada vez con más rigor y calidad, lástima que lleguen con treinta años de retraso. Comento un buen rato con los dependientes la desaparición de la escasez desértica de aquel tiempo en el que empecé mi tesis con una ficha (sí, de cartulina, existían, en serio, aunque ahora parezca del tiempo de Dickens) con cuatro, cuatro contados, títulos de bibliografía sobre Japón. Samurais y Mitos me llevo, el veneno de la cultura nipona es duradero. Me arranco de la caseta antes de empeñarme y llevarme la mitad del expositor.

 Facultad de Geografía e Historia de la Complutense. El frío que he podido pasar en sus aulas y las pocas personas que conocí que valieran la pena. Pocas pero... muy selectas.

Hace una mañana preciosa y paseantes y lectores nos mezclamos con alegría indiferente. Me paro en una más, libros de arte. Leo títulos y más títulos, algunos de viejos profesores míos cuando eran penenes. Me doy cuenta, de golpe, a traición, de cuanto echo de menos a los pocos con los que hablar y escuchar era aprender sin esfuerzo, aquellos quienes con conversaciones sobre una monja de clausura que cuando pillaba a alguien desprevenido le aturdía con una cháchara imparable, por ejemplo, han ido cambiando mi vida, formaron las bases de mi formación y lograron mi respeto (incluso cuando me suspendían) y, lo que es más importante para mí: mi cariño. Son pocos, muy pocos, no más de tres o cuatro, ante todos uno D. José Manuel Pita Andrade, hombre a cuyas clases asistí durante tres irregulares cursos y que, todavía hoy, cuando doy una charla me doy cuenta de que tengo resabios de mal aprendiz de él. Es para mí una persona inolvidable. Lamentablemente falleció hace unos años. La profesora de arte islámico, que se pasó el curso suspendiéndome con una justicia irritante, también fallecida muy joven un par de cursos después de aquel. El de arte del s. XX, granadino y con un acento precioso pero algo complicado a la hora de coger de oído Kandinsky cuando nunca has oído hablar de Kandinsky, también muerto hará un par de años. Alguno queda vivo: la directora de mi tesis, primera persona que puso en mí su plena confianza; el hombre que me descubrió que el arte es algo más que una lista de artistas y otra de obras y pocos más. Echo de menos la atmósfera del saber, del investigar, del conocimiento sereno y humilde, el que te empequeñece por tu ignorancia y te engrandece por la conciencia de ella. Me siento desterrado de otro paraíso perdido del que sólo tuve destellos. Lágrima a punto de caer huyo de la caseta y me distraigo mirando al público.

Un matrimonio joven empuja un carrito de caseta en caseta. Quizás uno de mis mayores dolores personales sea la ausencia de descendencia y sin embargo, esa familia me enfrenta al hecho de que quizás no lo hubiera soportado. En el carrito no va un bebé sino una niña de unos nueve años. Aparentemente lo que antes se llamaba subnormal, ahora tenemos que tener los conocimientos científicos para identificar una discapacidad intelectual de otra. Amantes de los libros cuya hija jamás podrá apreciarlos, ni siquiera rechazarlos. No imagino tal dolor, nadie puede imaginarlo.

Acabo mi presupuesto con un libro de coplerío, que no sólo de Japón vive el hombre, e inicio apesadumbrado por la certeza de que jamás me podré leer todos los libros y de no tener más dinero ahorrado para este evento. Caracoleo un rato por el parque y enfilo el paseo del lago deprimiéndome un poco más. Junto a la reja se ha instalado un top manta, una sábana de gafas, otra igual, cinco iguales. Luego empiezan las de bolsos. Están colocados de modo que no te puedes acercar a apoyarte en la reja. No es el sitio adecuado y mucho menos la cantidad adecuada, un rastrillo repetitivo y estúpido, descontrolado en medio de un parque que, por definición, por histórico y delicado, debería estar vigiladísimo.

Junto a un banco una silla de ruedas ocupada por una mujer triste enfundada en una gabardina marrón. Sus cuidadoras, hablan cada una por un móvil, dándole la espalda y con gesto de odio feroz. Ella, simplemente, está. Más adelante una joven echada en el césped bocabajo toma el sol en topless y de nuevo el mercadillo chabacano y repetitivo. Más gafas, más bolsos, más gafas. Salgo a la Puerta de Alcalá e inicio el regreso a casa, como siempre lo hago en estos casos: con la sensación de llevarme a casa un tesoro difícil de evaluar.

jueves, 13 de junio de 2013

Hoy es San Antonio

Por cierto, nunca he visto tanta gente en esta fiesta.

 Hoy es trece de junio y, por fin, hace calor en Madrid. Luce un sol espléndido que baña el alma más que el cuerpo incluso. Trece de junio en Madrid equivale a San Antonio. Curiosamente esta ciudad celebra, casi al margen de la oficialidad, a los dos Santos Antonio (Abad, más conocido como San Antón, y de Padua) con tradiciones remotas que se siguen cumpliendo contra toda lógica y sin ni siquiera un corte de tráfico, salvo en la procesión de los animales, La vueltas de San Antón, pues son calles estrechísimas.

Esto es lo más cercano que pude estar del Santo esta mañana.
Un trece de junio del sesenta y ocho, Corpus, por más señas, vestidito de marinerito, con mi silbato y demás hice la Primera Comunión, parecía un angelito de Rubens antes de ponerse a dieta (él, por supuesto) y otro trece de junio este ya del ochenta y tres, creo, hice el último examen de mi carrera: Historia del Arte del Siglo XIX. Al volver compré unos churros ante la ermita que me vendieron sin sal, pero me había quedado tan a gusto que a gloria bendita me supieron. Como veis un día un tanto especial para mí, pero también un espacio por otras historias que no voy a contar hoy.

Así que cada trece de junio me endomingo tempranero y me pongo en camino a la ermita. Soy de esos escasos madrileños que vive entre tres ermitas, a cual más pequeña, a cual más valiosa, a cual más bella: San Isidro, La Virgen del Puerto y San Antonio de la Florida. Un hermoso paseo entre árboles algunos demasiado jóvenes para dar sombra, que bordea el mini río que, según el ángulo, incluso parece un río de verdad. Creencias aparte me gustan las tradiciones, te hacen formar parte de algo aunque sea por unos pocos minutos, algo mucho más valioso de lo que muchos creen, así que cumplo con la tradición de ponerme a la cola para coger el pan de San Antonio que dicen protege la casa y da fortuna si lo guardas –creo que hay que meter una moneda, pero no me hagáis caso-, si fuera mujer metería la mano en la pila de agua bendita llena de alfileres para pedir novio, costumbre de modistillas que guardaban aquellos alfileres que se iban cayendo en el taller a lo largo del año y los echaban en la pila, al sacar la mano salen enganchados varios, ese será el número de pretendientes que tendrán a lo largo del año. Hago algunas fotos, las que veis, y deambulo por la zona. Un anciano de sonrisa amable y simpática de la organización de la romería, vende por la voluntad rosarios. Intento hacer una foto al santo que, preparado en los jardines, aguarda salir en procesión. Misión imposible, inmensos traseros marujiles, más inamovibles que la cordillera de los Andes, hacen de barrera. El hombre de los rosarios me pone uno en la mano, no soy capaz de negarme, pregunto cuanto es sin darme cuenta de lo de “la voluntad”. La respuesta, quizás sea un poco sensiblón yo pero ca uno es como es, me emociona: “Nada, es para que la Virgen esté siempre dentro de usted”. Creencias aparte, estos son gestos hermosos, te dan en lo que creen, aunque tú no sepas si lo crees o no. Detalles que, como este primer sol de verano, bañan el alma te arrancan una sonrisa y una gratitud especial.
No intentemos sacar la media de edad, es la misma que hace treinta años.


Logro atravesar ahora los Alpes de otro montón de traseros que escuchan la misa por megafonía y me dedico a deambular de nuevo sin renunciar a la esperanza de acercarme al santo de palo para hacer la humilde foto anual. Imposible pero, en cambio, tengo el raro privilegio de escuchar a la gente. En realidad escuchar como discute la gente. Más que la gente, los matrimonios sesentones, destilando rabia, odio, resentimiento acumulado, algunos en vivo, él quiere irse, ella esperar a alguien, otros a distancia vía móvil, no se encuentran y están los dos, según dicen, en el mismo sitio. Agrias palabras, insultos por omisión, arrepentimientos de bodas, desprecios manifiestos. Una pareja y otra y otra, y otra más. Entretanto las mujeres, muchas casadas hacen cola para los alfileres pidiendo novio. Me pregunto qué interés pueden tener en que aparezcan otros contrincantes en la batalla a muerte que vienen manteniendo con sus respectivos. Una señora en la cola del pan relata como le pidió hace un año al Santo que su padre se curara del cáncer y se curó, otra cuenta como su hija al desmayarse cuando tuvo no sé que accidente descubrió que estaba embarazada, otra más cuenta destilando algo que sólo puede definirse como veneno como despilfarra el dinero otra que no está allí. Un grupo de chulaponas maduras entra en escena luciendo mantón y palmito abundoso. Otro grupo de señoras inician y no continúan el Milagro de San Antonio. Frente a la ermita un par de polis y un grupito de muchachas con sombrero cordobés rojo que reparten folletos sobre no sé que cosa religiosa, recorren la acera ante un montón de maridos que esperan pacientes a que las esposas recojan el pan, toquen la reliquia y recen un padrenuestro al Santo. Quizás alguno se pregunte si el bueno de San Antonio de Padua tuvo algo que ver con su noviazgo. Inicio el paseo de vuelta a casa con un churro en la mano antes de que haga más calor, habiéndome sentido, por un rato, parte de algo.

lunes, 10 de junio de 2013

Feria del Libro 1

 Supongo que cada uno tendrá una idea del Paraíso diferente, para mí es muy simple, mi Paraíso es la Feria del Libro de Madrid –no conozco otra- en el Retiro. Una eternidad para leer en un banco en el fresco parque con todos los títulos –y las novedades- y comida que no engorde. Es así de simple mi Paraíso, tanto que tengo el privilegio de vivirlo casi por unas pocas horas al año. Este año ha tocado hoy, casi no llego. Jamás pero lo que se dice jamás dejaré de sorprenderme de la cantidad de cosas que puede uno ver, oír, percibir de alguna manera cuando consigue abrirse y salir un poco de sí mismo. Habitualmente nos pasamos la vida demasiado atareados con nuestros propios pensamientos, sólo a veces podemos, puedo, mantenerme un rato largo en ese estado de percepción simultánea de los estímulos exteriores. Ha quedado entre científico y como de manual de autoayuda, pero seguro que me entendéis.

Acabo de llegar, aun las casetas se están abriendo perezosamente, el Paseo de Coches huele a frescor, la cascada de la Montaña de los gatos está seca y el estanque que rodea un pabelloncito pompeyano que es, o era, punto de información, también está medio seco. Habrá que ahorrar agua o quizás esté en una de esas interminables obras que tanto nos caracteriza a los madrileños. Los libros están ahí, esperándome, tras las persianas blancas, una excursión de chavales de unos doce trece años se arremolina en la entrada. Horror. Decido dejar que se alejen para no estar metido en todo el mogollón de adolescentes desinteresados o demasiado interesados por los héroes de “Crepúsculo”. Inicio mi deambular cuando veo una cierta continuidad de casetas abiertas. Primera parada, si me compro lo que realmente me interesa ya me tendría que dar la vuelta. Tomo nota mental, que se me olvidará, y sigo adelante.

Una dama alta, traje negro, bellísima cabellera blanca, camina delante de mí apoyándose en un bastón. Va acompañada de un joven, bueno, lo que ahora consideramos joven, alrededor de treinta, cabeza rapada, camiseta rosa, vaquero ajustado, musculoso y extremadamente amanerado que, a todas luces, es su cuidador. Cada año en la Feria hay más casetas dedicadas a la literatura infantil. La dama se para en una de ellas pero a quien oigo es al joven pidiendo un libro, no lo tienen.

-Que pena, lo leí hace muchos años y me gustó mucho, es el único libro que he leído pero me gustó mucho.

El único libro que ha leído. Bendita virginidad mental y, por otra parte, que lugar más inadecuado para escuchar semejante frase pronunciada con alegría y despreocupación. No sé si envidiarle por su ignorancia o abrirme las venas por que queden personas en ese nivel en este país. Claro, hay que matizar, a veces los matices nos dan la belleza, a veces los matices, la infinita gama de matices, convierten la realidad en lo que era aquel cuadro, creo recordar que “La obra maestra desconocida”, en el que cada pincelada era tan pluscuamperfecto que la imagen se perdía en una amalgama de perfecciones. El joven está buscando ese libro para el nieto de la dama a quien no pierde de vista. Ella, por su parte, ha trabado conversación en una caseta comenta como para ella la lectura es abrirse al mundo y darse cuenta de que no somos tan importantes como creemos conociendo otras vidas y otros paisajes. Él la acompaña con alegría, sin alejarse pero sin invadir su intimidad, con una sonrisa que parece permanente. Ella, comenta que no comprende como pueden ser felices quienes no leen pero que seguro que tienen otra forma de serlo. Luego se alejan y yo me quedo comprando la primera japonería del día.

Es lunes y hay relativamente poca gente, ningún autor firmando, o por lo menos no dan la información por megafonía.

Y de repente todo se vuelve Aquiles. Sí, fue de golpe, como una súbita revelación. En una caseta se desparrama toda la antigüedad clásica. Una soberbia edición de la Odisea con un Ulises mirándonos desafiante. Y Aquiles. Comics del héroe, imágenes en portadas varias, Troya y la mitología al completo desbordándose desde las estanterías. Una caricia para el alma habituada desde la infancia a navegar en las procelosas aguas del mito, de los dioses y Troya. Como sumergirse en un baño caliente, volver a mis orígenes de ser pensante. Volver a Troya y a Ítaca, al Monte Olimpo y a todos los viejos nombres que poblaron y rellenaron mi infancia y adolescencia. Nombres sonoros que aun hoy en el resonar del griego moderno me hacen vibrar. Baño caliente para el alma y consuelo para el intelecto pues esos comics, esas múltiples ediciones de todo lleno de Aquiles garantizan que alguien, unos poquísimos quizás, van a seguir disfrutando de todo aquello. Que Aquiles, desde tres mil años atrás, seguirá perturbando con su arrogancia y su tragedia a más generaciones, por lo menos una más. Quizás sea la piedra de toque del resurgir de lo que fue o quizás sea el canto del cisne de todo lo que ha supuesto Grecia, su mitología y Troya. Y todo se vuelve Aquiles, delante del monumento A Cuba. Dos desastres separados por miles de años y unos cuantos paneles de madera.

martes, 4 de junio de 2013

Ana

“Mirando hacia el cielo, vio un nido de pájaros en el laurel y se lamentó consigo misma diciendo: << ¡Ay de mí ¿Quién me engendró? ¿Qué seno me dio a luz? Por que yo he nacido como maldición ante los hijos de Israel, y me han echado con burlas del templo del Señor. ¡Ay de mí! ¿A quien soy yo semejante? Desde luego yo no soy semejante a las aves del cielo porque las aves del cielo son fecundas en tu presencia, Señor. ¡Ay de mí! ¿A quien soy yo semejante? Yo no soy semejante a las bestias de la tierra, porque también las bestias de la tierra son fecundas en tu presencia, Señor. ¡Ay de mí! ¿A quien soy yo semejante? No soy semejante a esta agua, porque esta agua son también fecundas en tu presencia, Señor. ¡Ay de mí! ¿A quien soy yo semejante? Yo no soy semejante a esta tierra, porque también esta tierra produce sus frutos a su tiempo y te bendice, Señor.>>”


“Dolor de Ana” del Protoevangelio de Santiago, mediados del s. II (Piñeiro, Antonio (recopilador): “Todos los evangelios”, Ed. Edaf. Madrid 2009)

No miremos contenidos religiosos, que siempre nos traerán prejuicios, a favor o en contra, sino la capacidad de expresar un dolor universal y permanente aun en los albores de la literatura occidental. Resulta perturbador. Es innecesario evocar el monólogo de Segismundo que se despliega de un modo semejante pero sobre la hipotética libertad del individuo, pero esto es, probablemente del II y como mucho de antes del IV.
Por cierto, pocas cosa más irreverentes que la expresión de Santa Ana en este boceto de Leonardo, no parece tomarse muy en serio lo que le cuentan y encima (no se ve aquí) levanta clásicamente leonardesca el dedo hacia el cielo como diciendo (y no quiero ser irreverente) "Y ¿dices que es obra del cielo?".