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martes, 28 de mayo de 2013

La ley del aborto, Gallardón, los ciudadanos de segunda y yo

El –se me atraganta hasta decirlo- Ministro de Justicia, de infaustísima memoria para muchos se atrevió –él, precisamente él- a decir que no estaba dispuesto a hacer ciudadanos de segunda con la ley del aborto evitando que nacieran personas condenadas a sufrir gravísimas taras de por vida, dolores inenarrables y demás lindezas con que la naturaleza adorna a quienes no son sus elegidos, por que la naturaleza es madre y cabrona y como tal tiene sus favoritos. Ciudadanos de segunda. Y lo dice él, que a las viejas de mi barrio, salían enfebrecidas a gritarle vítores de quinceañeras calientes como perras sarnosas mientras él las miraba como si fueran apestadas (como nos mira a todos y más o menos como las miro yo desde entonces).  Él, ellos, que se formó en las más caras instituciones del Reino. Precisamente ese ser, él, ellos, se atreve a hablar de ciudadanos de primera y segunda categoría. Simplemente es una infamia, por no decir palabras mayores que son las que vienen a mi boca y las que se me quedan cortas, no hay insulto ni habría castigo suficiente para él, ellos.
La pintada que recojo todavía está en un barrio madrileño. Por supuesto no el de Salamanca. Por supuesto no en el que las viejas berreaban como verracos en celo hasta quedar afónicas vitoreándoles antes de embestir como vacas locas a quien, yo, decía algo en contra. Por supuesto no en los barrios de sotanas apolilladas y aun más infames–si cabe que cabe poco-. No, es simplemente un barrio en que la gente vive, lucha por vivir y sacar adelante unos hijos con un sueldo, normalmente miserable, educarlos en una escuela asediada con profesores que mayoritariamente hacen lo que pueden pero que, en no poca medida, lo son por que era la solución laboral más cómoda (una amiga mía sacó una plaza de Agregado pero se las apañó para no dar clases hasta que consiguió un barrio fino por que “ella no había estudiado para enseñar a pobres”). Lógicamente no podía estar en uno de esos reinos de Bella Durmiente en que parecen vivir nuestros politicastros de pacotilla. Ni en una de esas urbanizaciones con rejas y guardias de seguridad. Ni en los paraísos acotados de las grandes mansiones donde se crían las camadas que mañana explotarán a nuestros hijos. Ni en los otros aún más acotados donde se refugian mientras las “autoridades” miran hacia otro lado gángsteres, dictadores, traficantes, dinero no negro sino rojo de sangre humana, que envenenarán, tirotearán y prostituirán a nuestros hijos.

Pues bien, Señor Ministro: le habla un ciudadano de segunda, gracias a ustedes y sus por siempre malditas ideas. Si Dante hubiera conocido a los abominables engendros de las que partieron y que las defienden hubiera creado un décimo círculo del infierno para albergarles por toda la eternidad y no imagino tormentos adecuados, claro, yo no soy Dante. Él tuvo la suerte de no conocerles.

Como no voy de bueno en esta entrada voy a dejar clara mi opinión sobre el aborto: la mujer debe tener derecho a hacer lo que la plazca, sin límites. Punto y seguido. Prefiero pagar abortos a mantener o añadir privilegios a quienes no saben tener sus bajos controlados y procrean indecentemente. En realidad creo que la mujer sabe lo que se hace, aunque quien hoy ocupa el Notariado Mayor del Reino diga que no son responsables sino víctimas. Igual que condenaría a la mayor pena que se pueda imaginar a quienes mutilan genitalmente a las mujeres, exactamente con el mismo rigor creo que ellas deben decidir. Siempre y sin paliativos. Sin excusas y sin excepciones. No una ley dictada por un hatajo de gentes que, como mínimo, nada saben de no hacer su voluntad, y, como máximo, sirven a intereses aún más infames que ellos.

Hubo alguien que dijo “quien quiera vacunar que se lo pague”, y fueron catorce mil niños afectados entre 1956 y 1960, afectados reconocidos por que la enfermedad se negó en gran parte de este país (de los no reconocidos obviamente, no hay datos), de esos catorce mil más de dos mil murieron. Hubo otro alguien que dejó, por negligencia o por interés, que se administrara al menos una partida de vacunas en mal estado. Las pirámides de población de determinada provincia del sur de España, se hunden en la barra de los niños menores de cinco años. Fue una matanza. En aquella semana de septiembre y en aquel hospital sólo hubo un niño superviviente, yo. Yo que no fui tratado como un ciudadano de segunda, sencillamente no fui tratado ante la impavidez de las monjitas de la caridad con sus airosas tocas que negaban los calmantes ante los “lacerantes” dolores (el entrecomillado está motivado por que es el término empleado en textos médicos). Tampoco fui tratado como un ciudadano de segunda, por que no fui tratado, cuando pasó la fase aguda. Simplemente fui abandonado sin iniciar el tratamiento rehabilitador básico en las primeras fases. Ya hubiera querido yo ser tratado como un ciudadano de segunda, incluso como a un ser humano cuando caí, por que no se puede expresar mejor, en la sanidad religiosa. Si algo hay lejano al amor cristiano y a la compasión que tanto predican es negar, o dar con cuentagotas y tras llorosas súplicas, los calmantes a alguien con un hueso recién fracturado; ignorar tu dignidad personal, ser vejado y exhibido, insultado llamándote de vago para arriba y fomentando un sentimiento de culpa que, puedo asegurar, perdura aun en los afectados, por mucho que queramos esconderlo tras capas de falsa arrogancia.

Tampoco fui tratado como un ciudadano de segunda cuando, al iniciarse las campañas de vacunación masivas, después de los catorce mil casos, se dio por zanjado el asunto y oficialmente los afectados desaparecimos, ni cuando me fueron negadas todas las ayudas que se podían solicitar, que eran pocas, ni cuando con expediente brillante se me negaron las becas mientras veía a gente con bastantes más posibles pero de genitales inquietos que se las llevaban de calle, de hecho, muchos de nuestros actuales oligarcas estudiaron con becas. Ni fui tratado como un ciudadano de segunda cuando se me expulsó de la rehabilitación física de la sanidad religiosa por que “eso a ti no te vale, a quien les es útil es a los subnormales” (palabras textuales). Ni cuando los supuestos profesionales de esa sanidad sonreían ante mis alaridos mientras me retorcían los miembros (necesario, sin duda el tratamiento, vejatoria e infamante su aplicación) ante la indiferencia de sus superiores.

Creo que debo darles las gracias a quienes crearon las ideas que usted tan ardorosamente defiende Sr. Ministro, gracias por que no fui tratado como un ciudadano de segunda, sino directamente expulsado de la sociedad. Hasta que cumplí los cuarenta no empecé a ver rebajes en las aceras sistemáticos, lo que quiere decir que prácticamente no podía entrar en casi ninguna parte y en algunas de las que podíamos entrar se nos expulsaba. Hartos estamos de oír “yo no sé como salen de casa”, “total, ya no les puede pasar nada más”, “la silla de ruedas la aparca usted fuera del cine”, “el ascensor no se abre en la segunda planta por que molesta a los señores profesores”. Hartos estamos de ver como cuando se nos veía después de haber hablado con nosotros por teléfono o mantenido correspondencia profesional sin mencionar que teníamos tal o cual minusvalía (ahora este término es políticamente incorrecto), al interfecto se le cambiaba la cara, reculaba y acababa toda relación personal y, lo que es más grave, profesional. Hartos estamos de que los taxis se negaran a llevarnos, de que en los colegios no se nos aceptara, incluso pagando un buen dinero y con el dedo de la culpa cristiana diciéndote “no te vales por ti mismo por que eres un vago”.

Ahora bien, lo mío es un caso personal representativo de un colectivo, condenado por la pura maldad y la competencia. Digamos que una enfermedad “a posteriori” no entra en los parámetros de la aberración que usted propone. De acuerdo, a diferencia de ustedes yo soy razonable y no sirvo a nadie. Sin embargo, soy alguien con derecho a hablar pues, gracias a ustedes, soy un ciudadano de segunda y sé lo que eso supone. En esa bestialidad de prohibir el aborto de embriones con malformaciones y enfermedades congénitas, está usted condenando a ser de facto ciudadanos de segunda a quienes nazcan, por que ni ustedes ni la Santa Madre Iglesia van a hacer nada por ellos. Deliberadamente ustedes condenan a una vida de sufrimientos, dolor y miseria a esas criaturas. Fría y deliberadamente, como asesinos en serie. Eliminan las ridículas ayudas a la dependencia, reducen y acabarán eliminando la sanidad pública, reducen y acabarán eliminando la enseñanza pública (y ningún colegio privado va a admitir a según que deformaciones en sus aulas, ¿se imaginan las ceremonias de graduación con niños y adolescentes retorcidos en sus sillas de ruedas en lugar de algo que se asemeje al modelo yanqui?) y ningún pobre podrá pagarse un centro especializado así que ustedes condenan deliberada y fríamente, como asesinos a sueldo, a la miseria a esas criaturas y a sus familias para que otros tirándoles un mendrugo mohoso o las moneditas de cobre que les sobran en la cartera, o tratándoles pero dejando claro lo buenos que son por tratar con ellos/nosotros crean ganarse su cielo. Ustedes ni siquiera proponen regresar a las situaciones que hemos vivido nosotros (que tras el final del “ancien regimen” o régimen del anciano, fueron mejorando, a paso de tortuga, pero mejorando), no, ni siquiera a la edad media, entonces los chavales que nacían con esos problemas morían pronto. No, lo que ustedes proponen cínicamente hasta que acaben con la sanidad pública es mantenerles sádicamente vivos entre sufrimientos y miseria física, mental y social, alargarles artificialmente la vida –como ya sabemos preconizan- hasta que ocurra lo inevitable.

Estoy seguro que ustedes no tendrán hijos así, completamente seguro, y ustedes también. Por eso se permiten estas barbaries, sencillamente no van con ustedes. Siempre habrá una clínica discreta en un barrio tranquilo sin circulación, o un anhelado viaje a donde corresponda. Conozco los resortes, no tan bien como ustedes, por supuesto, pero los conozco. Los conocemos todos, aunque el fondo de rebaño del señorito que queda en este país no quiera reconocerlo.

Parece que la Ley del aborto sólo afecta a esas víctimas no responsables que, según usted, son las mujeres. Pues mire, dejando aparte el hecho de que ninguna mujer aborta por gusto y que las que lo hacen tienen sus motivos más que justificados y si no es que están enfermas mentalmente lo que ya es un motivo, lo cierto es que, dado que su cantera de voto es mayoritariamente femenina, especialmente entre la viejas desgañitadas que le vitoreaban siendo alcalde de esta villa y corte, que las ha tratado como a menores de edad exonerándolas de toda responsabilidad en este asunto y que no he oído protestas sobre esa expresión, sinceramente: allá ellas. He dejado clara mi opinión sobre el asunto. Sin embargo, en los casos de malformación o enfermedad congénita ustedes no tienen ningún derecho ético ni moral a decidir. Los únicos que tienen ese derecho son los padres, que son quienes van a afrontar, convivir y a inmolarse ante ese hecho. No seré yo quien censure a quienes tomen una u otra decisión pero ha de ser suya, de nadie más. Y menos de ustedes.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El hombre que anda

Les vemos por la calle, a todas horas. Caminan deprisa o se recrean en los pasos pausados, llenan los parques, las avenidas en las que se van parando aquí y allá para mirar un escaparate, los centros comerciales, hasta las calles más solitarias son escenario de su deambular ocasional y sin rumbo. Bueno, rumbo sí que tienen pues, casi insensiblemente, acaban estableciendo una rutina que, como un acto reflejo, repiten sin pensar. Son los paseantes. El paseante. Se diferencia de quienes caminan para hacer ejercicio o para quitarse michelines por la indumentaria y por la calma con que se mueve. Se diferencia de quienes acuden a algún lugar por la inexpresividad de su cara y por la indiferencia por la ruta. Se diferencia de quienes salen “a dar una vuelta” por que va solo y rara vez habla con alguien, algún “buenos días” ocasional y nada más.

Al paseante no le limita el clima, pasea bajo la lluvia con la misma ecuanimidad que bajo la más tórrida solanera, rodeado de su silencio, poco a poco acaba volviéndose invisible, tampoco él parece ver nada, mirar nada. Pasea por su recorrido insensiblemente inalterable e igualmente establecido sin notar los cambios, sin notar si han florecido los cerezos del parque, si los lirios ya se han marchitado o si las ventanas están llenas de sábanas blancas.

El paseante nunca llega, en un punto indeterminado se da la vuelta e inicia el regreso. A veces el paseante, a la ida o a la vuelta, entra en un bar o se sienta en una terraza y toma un café, la mirada perdida o escondida en un periódico.

El paseante nunca acaba su paseo con el regreso a casa, para salir mañana igual que hoy, que ayer.

Si no va a ninguna parte ni lo hace por el placer de fundirse con el entorno cabría preguntarse por que pasea el paseante. Una pregunta que nadie quiere hacerse por que nadie quiere oír la respuesta. Nadie quiere oír por que él tampoco se fija en si los lirios han florecido o si en las ventanas no aparecen las sábanas blancas; nadie quiere saber por que el silencio crece a su alrededor y cada vez más se sorprende con la mirada perdida o escondiéndose tras un periódico, un partido de fútbol o un reality.

Por eso el paseante, sin saberlo, está condenado de por vida a pasear, por que, fuera de su guarida, no tiene donde ir.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Pecios, recuerdos, ruinas 1

En la entrada hay un mueble con un espejo y una percha. Se compró en verano de 1969. La mitad esta cubierto de papel entelado con un estampado de paisajes, la otra mitad es el espejo, ahora ya tiene manchas de los años y el plástico que enmarcaba los paneles, color caramelo, se ha deformado y ennegrecido. Transversal sobre ellos otro panel estrecho de formica oscura con colgadores metálicos mate. Ahora son oscuros y la formica tiene manchas extrañas, opacas. Las patas metálicas forman una especie de jardinera donde se albergaba una bandeja de plástico blanco que, junto a un aro a media altura, cumplía funciones de paragüero, y un cajón de plástico forrado con papel adhesivo simulando mármol verde con vetas blancas que contenía unas falsas ramas verdes y una rama más con tres rosas rojas. Ya no hay ni aro, ni vegetación de plástico. En su lugar se deposita el calzado casi a la japonesa. En los colgadores se acumulan sombreros y chaquetas hasta que el espejo queda neutralizado. Una cazadora, negra, cubre otra cazadora igualmente negra, y ésta dos chaquetas de cremallera, una gris y otra verde, que, a su vez cubre otra más amarillo chillón que dejé allí hará un par de años; sobre todo ello, arriba, de modo que se caen siempre al coger cualquier prenda: dos bufandas, una braga y un amplio pañuelo regalo de una amiga que resulta utilísimo los días crudos del invierno. Pero hay más colgadores: un sombrero de ala negro, barato y sucio después de dos años esperando ser usado, un sombrero sin alas de tela vaquera, de verano, pero que lleva todo el invierno cogiendo polvo, una visera rígida de invierno polvorienta del polvo de la obra del verano pasado, un sombrero de paja roto decorado con un par de plumas de urraca que encontré por la calle, y otro de paja con una cinta roja. Además hace poco sacó el gorro “de oso” pues ese es el aspecto que le da una vez puesto con sus orejeras peludas y demás. Abajo se amontonan de cualquier manera los zapatos y las bufandas que se caen una y otra vez. Era un mueble alegre cuando llegó a la casa, o quizás fuera la casa lo que fuera alegre. Relucía el verano y las apilistras de mi madre brillaban recién lavadas con un algodón empapado en leche. Sobre el mueble colocaron un aplique con dos tulipas que lanzaban la luz hacia abajo, semitransparentes, que todavía sigue ahí, hace años, cinco o seis quizás, que se fundió una bombilla y todavía no se ha cambiado. La puerta era entonces casi de cartón pero de un vivo color pino amarillento –por ponerle un nombre a aquello- que brillaba. Ahora es una recia puerta notarialmente oscura con dos cerrojos y marcas de los roces de los dedos en torno a la cerradura. El aplique era suficiente luz para tan pequeño espacio y el pasillo brillaba al encenderlo, ahora su luz es mate, triste, agónica. En la pared de enfrente entonces había dos pequeños cuadritos de no recuerda qué tema. Ahora hay un gran puzzle con una pareja romántica y absurda y un paisaje lamentable al óleo de un pariente que, allí, escondido, no ofende demasiado.
En Navidad colgaban de los colgadores una única tira navideña de plástico rosa –residuo de los sesenta- con unas bolas de cristal –residuos de los sesenta- plateada y otra roja en cada extremo. Asimétricamente. Era toda la decoración navideña que se doblaba al reflejarse en el espejo aun nítido. La última vez que se pintó cayó una mancha sobre la base de madera del aplique y aun sigue ahí; la última obra que se hizo dejó marcas de cemento cerca de los bordes del marco de la puerta y aun esperan una nueva pintura; como los desconchones de la pared que se hicieron quizás cuando se trajo el frigorífico, éste no, el anterior. Ni los marcos dorados del puzzle y el óleo, ni las cortinas que cierran el pasillo, alegres amarillos y anaranjados algo ajados, cambian en absoluto el deseo de salir de aquel pasillo, todo con tal de no encender el aplique de la vieja luz alegre y hoy agónica.
Llegó el mueble después de aquel verano, era septiembre, un septiembre luminoso en el que la enfermedad golpeó a la familia. Una vez más.

viernes, 10 de mayo de 2013

Abuelitas

ADVERTENCIA PREVIA: QUE NADIE SE MOLESTE CON ESTE TEXTO. SEGURO QUE HAY ABUELITAS ENCANTADORAS. ECHADLE HUMOR Y OBSERVACIÓN. NADA MÁS LEJOS DE MÍ INTENCIÓN QUE CABREAR A NADIE. 
¿Quién busca los niños,
Sus gracias celebra,
los ama, los mima,
tan dulce, tan tierna?
¿Quién goza si ríen, si sufren
quién pena?
¿y excusa sus faltas
por graves que sean?
La madre dos veces,
la plácida abuela.
¿Quién blancos cabellos
Cual galas ostenta
y grata los tiempos
pasados recuerda?
¿Quién sólo virtudes
y amores revela?
¿Quién nunca se enfada,
y es siempre tan buena?
La madre dos veces
la plácida abuela.

Autor:J. M. Alfaro Cooper (Costa Rica) 1861-1912

Abuelitas, ah, las abuelitas. ¿Qué sería de nosotros sin esas entrañables figuras que dan calor a nuestros recuerdos de infancia, que aparecen en nuestros parques tomando el sol apaciblemente, siempre rodeadas de nietos a quienes cubren de mimos y caricias? Ah, las abuelitas.
Pero ¿quien coño se ha inventado semejante mito griego? Esas abuelitas sólo existen para ilustrar los cuentos infantiles cuando el ilustrador tiene gripe mezclada con resaca y todavía tiene la jeringuilla en la vena justo después de que le haya dejado su pareja por otro/a. Esas abuelitas ni siquiera existen en los cuentos, incluso son un poco golfas que dejan entrar en sus casas a lobos indocumentados y le dicen aquello de “Devórame otra vez, lobo mío”, por que no pensaremos que si no fuera así, la cosa se iba a solucionar abriéndole las tripas al pobre gigoló, digo, lobo. No, ni hablar, las abuelitas hoy son una especie de plaga de langosta bíblica e incluso más temible.
He de reconocer que yo no tuve abuelas y lo más cercano que estuvo en mi entorno fue mi madrina. Prácticamente crió a mi madre y como tal era lo más cercano a una abuela ¿no? Delicada ancianita castellana de salud frágil y piel de porcelana de quien sólo recibí un momento de calor humano: una paliza con tres años, para ser más concreto. Por otro lado como murió cuando yo tenía 22 años me dio tiempo a verla ejercer con todo su poderío suministrando bofetadas a diestro y siniestro y con un especial empeño en que encizañar matriminonios. La frase más delicada de esta “frágil ancianita” era “la madre que lo parió que no lo cagó” seguida de cerca por (cuando alguien había muerto) “Le ha tocao pues le ha tocao, que se joda”. Hasta yo me sonrojo de lo que salía por aquella boquita de piñón pintada como las divas de los treinta.
Pero bueno, los tiempos han cambiado y ahora las abuelas han cambiado… a peor.
Sé que a estas alturas estaréis poniendo el grito en el cielo (¡estoy atacando algo sagrado, tanto como la maternidad al cuadrado!) pero preguntaros esto ¿no he visto y oído comportamientos como estos mil veces?
Ejemplo 1: indefectiblemente, siempre, aunque la abuelita en cuestión haya tenido criados por docenas ellas “han trabajado mucho”, y empiezan la larga enumeración de labores que han realizado. Las primeras 10.000 veces te las crees pero cuando vas conociendo historias como que tenía tres hermanas solteras viviendo con ella para que no se esforzara, o que tenía una hermana medio retrasada que hacía las labores de la casa mientras pudo y cuando dejó de poder la abuelita en cuestión buena prisa se dio para ingresarla y perderla de vista, su credibilidad se reduce bastante.
Ejemplo 2: igual de indefectible es que cuando van con su marido se refieran a él con un característicamente despectivo “éste”, cuando no con un clarificador: “éste, que es idiota”. Hay una excepción en este “tratamiento”, que viene a suceder a los dos minutos de que el marido se haya muerto, entonces pasa a referirse a él por su nombre de pila, añadiendo, “que se llevó mi vida al morirse”.
Ejemplo 3: cuando por la edad o las enfermedades se ven obligadas –obligadas casi a punta de pistola- a ser acompañadas y atendidas en mayor o menor medida por alguna mujer, generalmente jóvenes inmigrantes, vuelven al despectivo “ésta” negándose a aprender el nombre.
Ejemplo 4: la abuela-queja, en general las abuelas se quejan muchísimo, muchas veces con razón pues la enfermedad no respeta a nadie, no voy por ahí. Me refiero a la abuela-queja por cosas como las siguientes (que personalmente he oído)
-que no le dejen cruzarles la cara a sus nietos
-que le viva uno de los padres
-que no le viva ninguno de los padres
-que no la llamen nunca por teléfono
-que no la dejen en paz con el teléfono
-que nunca vayan a su casa
-que no haya manera de que dejen de ir a su casa, que luego es ella quien tiene que limpiarlo todo.
-que la nuera-hija no sepa limpiar por que “es ella quien tiene que limpiarlo todo” detrás de la chapuza que hace la nuera-hija
-que el marido no salga de casa.
-que el marido no pare en casa.
Ejemplo 5: esta actitud abuelil es aplicable también a la MADRE, o mejor dicho a la SANTA MADRE, a saber: Si llegado un día como el pasado día de la Santa Madre, el/los hijos/as aparecen con un regalo la cosa suele convertirse en un drama padre pues “como están las cosas y os gastáis un dineral en mí”, no es un planto convencional de “madre sufridora”, no, es un verdadero reproche cargado de cabreo; pero, ah, si aparecen con las manos vacías, aparentemente todo irá bien hasta que se vayan, momento en que comenzará su lamento de “ni un mal detalle tienen nunca conmigo y ni un cachete puedo darles a mis nietos” (eso suelen llevarlo fatal)
Ejemplo 6: las que hacen Biblia de aquel refrán de “los hijos de mis hijas mis nietos son, los de mis hijos, lo serán o no” al que ellas añaden “por que ésta es una lagarta”. Sé que no lo vais a creer pero he conocido abuelas que a determinados nietos de diez años les han dicho: habla con los de tu familia, no conmigo. En este ejemplo hay que incluir lo que yo llamo vieja-calculadora-electrónica: es decir aquella que mide cada gasto al céntimo en lo que se refiere a lo que gasta en sus nietos literalmente “No me voy a gastar más en los hijos de ésta (nuera) que en mis nietos”.
Ejemplo 7: vulgarmente denominada “abuela-disgusto”. Son aquellas que cuando saben que van a serlo se llevan el disgusto de su vida. Las causas más generalizadas son tres:
-¿con ésta?
-que creen que las envejece ser abuelas, sobre todo se produce en el primer nieto y si están todavía activas y atractivas (que haberlas haylas y muchas)
-“más gastos”, opción esta mucho más generalizada de lo que pudiera creerse.
Ejemplo 8: o abuela resentida, cierto que es escasa –al menos a simple vista- pero son aquellas que vierten su resentimiento contra los nietos. Recuerdo a una que había tenido en un año un nieto y una nieta. Se le deshacía el alma hablando de la niña y cuando la otra abuela con la que conversaba le preguntó “¿y el niño?” respondió tajante: “un inútil, como todos los hombres”.

Dando un salto cualitativo, es decir, sacando a la dulce abuelita del contexto familiar las abuelitas suelen ser esas señoras que:
-te atropellan con el carrito de la compra
-se cuelan en la cola de la carnicería
-te cuentan todas sus enfermedades con pelos y señales hasta la quinta generación de la quinta generación, hacia delante y hacia atrás a la menor oportunidad que tienen
-te hacen una proclama política en cuanto digas “parece que hace malo hoy ¿eh?”
-te elogian sin medida a hijos y yernos para acabar con un silencio elocuente que viene a querer decir “y tú, no, fracasado”.
-acuden presurosas a clínicas a visitar enfermos para comentar quien se ha muerto de lo mismo; y a velatorios para llevar la lista de dolientes; ah, y a los cementerios para desollar vivos a quienes no visiten regularmente las tumbas. Es gracias a ellas que se está imponiendo la incineración.
-se paran en mitad de la calle durante horas de palique con otras de su misma condición dedicándose al noble arte triple de A: despellejamiento generalizado, B: proclamas golpistas a tres voces, C: desarrollo monologado y simultáneo por parte de las concurrentes de toooodas y digo toooodas las enfermedades de la familia y anexos explicando con todo lujo de detalles lo que trabajan en casa y por que no pueden estar a pie firme mucho tiempo. Aunque no lo parezca son capaces de hacer las tres cosas a la vez, todas juntas y, encima, enterarse de lo que dicen las otras (en el hipotético caso de que les importara). Intentadlo vosotros a ver cuanto tardan las neuronas en colapsarse.
Bueno, ese es el panorama abuelil actual generalizando mucho. Por suerte para la humanidad no son todas así, aunque… no. No son todas así. Lo que si es absolutamente cierto es que la abuela que describe el poema ha desaparecido, y es bueno por que las actuales están más activas e incluso con peores circunstancias vitales tienen una vida personal y unas expectativas propias que en aquellas se reducían a irse quedando encerradas en vida cuidando de la casa y los nietos. Claro que también atendidas y nunca, nunca, se enteraba el mundo de su muerte por que la escalera olía demasiado mal.

¿Sabéis lo verdaderamente trágico de cuanto he escrito aquí? Que no me he inventado ni una sola coma.

viernes, 3 de mayo de 2013

Cuarto aniversario

Hoy hace cuatro años que inicié, sin tener muy claro lo que hacía, este blog. Con muchos errores de diseño, que aun no he sabido corregir, pero con ganas. No escogí el día, llevaba tiempo queriendo hacerlo y alguno tenía que ser. En estos cuatro años han pasado, me han pasado, muchas cosas: amigos que se han ido, amigos que se han muerto, esperanzas que también lo han hecho, ilusiones que han desaparecido y ando loco buscándolas por los rincones, energías que se han extinguido, amistades que han resucitado, amistades que han supuesto la mayor decepción de mi vida. Empecé el blog sano –todo lo sano que yo podía estar, que no era mucho-, ahora estoy cargando con tan solo medio corazón y con más historias lo bastante desagradables como para no exhibirlas.

El mundo, la vida, para mí se han vaciado. Mi biblioteca, demasiado nutrida para un piso medio y antaño mi orgullo, ahora me parece un ente extraño. He ido dejando morir relaciones, hábitos, costumbres para no sustituirlas por otras y hasta el peso de los recuerdos se me hace intolerable. No hay proyectos ni profesionales ni vitales. Ni siquiera me animo a plantearme que voy a hacer mañana, no por miedo a que pueda pasarme “algo” –con el puto corazón ya se sabe-, no, simplemente no tengo fuerzas para hacerlo. Junto a ilusiones, proyectos y demás mi mente también se está yendo, no creo estar volviéndome loco –vamos, creo, que eso nunca se sabe-, pero sí que el marasmo de apatía, falta de fuerzas y miedo, entorpece hasta casi paralizar la actividad de mi cerebro que vaga de un lado a otro sin poder centrarse en nada. La última conferencia que di no pude prepararla, tuve que confiar a ciegas en lo que ya sabía.

Ayer releí algunas cosas anteriores e inmediatamente posteriores a los infartos, eran mucho mejores que lo que escribo ahora. El daño no cede sino que persiste y aumenta; el deterioro prosigue. Un deterioro personal que no tanto físico, aunque también.

Una barca sin amarras, sin destino y sin remos. Intento encontrar un punto de amarre o de referencia, un asidero o un destino, asentar algo o lograr algo, pero sigo a la deriva, sintiéndome enfermo sin estarlo, incapaz de asumir lo que ya es seguro que no podrá ser y recociendo viejos y nuevos odios (demasiado intensos), resentimientos e hipotéticas venganzas sin sentido, contra gentes a las que nunca he importado ni importaré lo más mínimo, que ni siquiera saben que existo y si lo saben, no les importa. Viejas heridas que parecen recién hechas.

Intento echar amarras que frenen mi deriva personal que nace de haber tenido que renunciar, casi de golpe, a todo por lo que se ha luchado durante una vida sin haber conseguido nada. Cierto que muchas de esas cosas no tienen que ver con los infartos, pero también lo es que ellos les han cerrado definitivamente las puertas. Ninguno de mis, no diré sueños –el sueño es por definición irreal-, objetivos vitales, ninguno, se ha cumplido. Y yo no he fallado, al menos no creo poder haber fallado en absolutamente todo. En derredor veo cada vez más carencias de las que antes no me daba cuenta. Intento echar amarras mediante cosas menores, no tengo fuerzas para emprender otras, aprender origami, por ejemplo, o clases de pintura.

Sin embargo, una de las pocas amarras que me funcionan, que impiden que me deje caer directamente en la cuneta es este blog. A veces decepcionante para mí y para vosotros, a veces halagador y siempre enriquecedor (al menos para mí). Así que esta entrada es para daros las gracias a quienes me leéis y me comentáis y a quienes me leéis sin dejar huella. Gracias.

martes, 30 de abril de 2013

La verdadera riqueza.

Hay un antiguo cuento zen que se titula "La  verdadera riqueza". Cuenta que un comerciante muy rico estaba preocupadísimo por conseguir no ya más riqueza sino la suficiente para quedar tranquilo sobre la posición de su familia para siempre. Asi que acudió a un famoso monje zen a que le ayudara a encontrar el modo o la clave para conseguirlo. El monje, después de pensárselo mucho, escribió cuidadosamente este poema:
Muere el padre
Muere el hijo
Muere el nieto.
El comerciante, naturalmente se indignó y le echó en cara al monje que en lugar de ayudarle le quería desmoralizar y muchas más cosas. Finalmente dejó al monje hablar.
-Escucha. Lo que he escrito es la única y verdadera riqueza. Imagina que muere el nieto antes que el abuelo, ningún bien podrá hacer feliz a la familia.
Más o menos es lo que quiero decir con las dos imágenes que encabezan esta entrada. La única riqueza real la posee el hombre de la primera imagen y no hay mayor miseria en el mundo que la aplasta a los muchachos de la segunda imagen. Enfermos de poliomielitis. Es curioso que nadie hable ni el inmenso caudal de riqueza de quienes se asemejan al primero (aunque no sean tan perfectos) ni menos aun se acuerde de la cloaca de miseria que arrastra a quienes se asemejan a los segundos, nada hay, ningún bien material, ninguna cantidad de dinero, nada, nada hay que les arranque de esa miseria física. Radical, absoluta, brutal, ignorada y olvidada.
"Afirmar que la polio es quizá la primera enfermedad, perpetuada por los intereses del capitalismo salvaje, es la mejor forma de resumir la bazofia que la rodea: En su prevención, tratamientos, el abandono médico de sus victimas, la siembra de mentiras, confusión, el silencio, la complicidad de los poderosos. Comprenderla íntegramente es más complicado que el tema de las preferentes. Definitivamente ciudadanos indefensos, ante los intereses de los poderosos. Erradicarla imposible con la vacuna oral y la forma en que la utilizan".
Este comentario ha sido publicado sobre un artículo del diario EL PAÍS, Hilary Koprowski, creador de la primera vacuna de la polio.
(Recojo estos dos últimos párrafos de http://poliospain.blogspot.com.es/)
Por eso es necesario resaltar noticias como esta:
Por que no se puede arrancar la miseria de los cuerpos torturados por esa enfermedad ni en los paises subdesarrollados ni en la arrogante civilización capitalista del primer mundo, pero si se puede -y se debe- evitar que ponga sus malditas garras sobre nadie más. Quizás así tengamos todos, sin excepción, un poco más de esa verdadera riqueza.

viernes, 26 de abril de 2013

Solita o el aterrador desarraigo anunciado

Si algo hay que no se te perdonará nunca es que tengas buena memoria. Cuanto más rigurosa y menos idealizada, cuanto más se ajuste a la realidad objetiva y cuanto más tiempo pase, peor. Sin embargo, es algo que no puedes evitar, la tienes o no la tienes, y si la tienes y no sabes como hacer para fingir que has olvidado tu vida puede ser muy triste y no sólo por que la gente tratará de evitarte sino por que tendrás que convivir con una realidad sin edulcorar, verás que polvos trajeron estos lodos y, por encima de todo, verás todos y cada uno de tus errores, tus meteduras de pata y todo lo que debiste hacer y no hiciste y lo que no debiste hacer pero hiciste. Leí el otro día que se ha demostrado que la gente puede olvidar a voluntad, dichosos ellos, yo a lo más que llegó es a hacerme el tonto o a callarme para que la gente esté más tranquila.

Por eso recuerdo, y callo, cuando y como nació Solita, hace ya más de cuarenta años. Lo malo es que de aquellos polvos…. El caso es que la niña llegó tarde y llegó mal. Tarde por que sus hermanos eran ya casi adolescentes y mal por que no fue deseada. Su Santa Madre no quería por nada del mundo tener más hijos. Le recuerdo berreando desaforada por la ventana llamando a sus hijos para que subieran a casa, nunca entendí como no le reventaba, no una vena, el cráneo entero entre la potencia y la violencia rabiosa de ese alarido. No hace mucho que murió, pero eso no quita que fuera una verdadera arpía. Aquí he de abrir un paréntesis, a mí, por aquel entonces, me caía muy bien. Yo era el típico niño gordo de película de terror, con los ojos (y los oídos) abiertos que siempre estaba donde no debía estar y escuchaba lo que no debía escuchar, si a eso añadimos la ya mencionada memoria, hubiera resultado aun más aterrador, pero no era así por que me limitaba a almacenar y a comportarme, sibilinamente, como se supone que se comportan los niños. Y si la Santa Madre de Solita era una arpía, no era la única. Si la una era habladora y escandalosa la otra Arpía, sí, con mayúsculas, era menos escandalosa pero a su lado era el equivalente a un corredor de maratón frente a un principiante de los cien metros lisos. La Arpía, respetaré su nombre, era un caudal de palabras de un castellano purísimo –o sea, que soltaba unas barbaridades que temblaba el firmamento-, que fluían sin fin ni principio, palabras de peso, como el Tajo, amplio caudal denso y sabroso (he de decir que los cotilleos siempre me han seducido muchísimo, por eso estudié historia), en el cual lo primero que se aprendía era castellano y lo segundo una cuasi infinita cantidad de santos, Vírgenes y advocaciones variadas de la hagiografía católica. En Semana Santa era un verdadero lujo oírla durante horas contar las procesiones de casi todo el país, con sus pasos, en qué orden y a qué hora entreverando tan ameno monólogo con un surtido variado de historias insultantes de cuñadas, hijos, vecinas, rojos. Te podías pasar la tarde de Viernes Santo con un par de torrijas y escuchándola. La verdad es que a veces la echo de menos, por lo menos sabía usar el idioma. El caso es que la Arpía, a quien me temo habré de dedicar más espacio en otro momento, era la vecina de debajo de la Santa Madre de Solita y lo más suave que decía de ella era “¿Esa?… Más mala que la carne cabra”; por ella y desde mi rincón de observador atento supe de las palizas que la arpía sacudía a su marido, hombre enclenque y bastante… bueno, dejémoslo en que cuando crecí a mí también me daban ganas de sacudirle, que “no me quiero ensañar con los muertos”. Bueno, miradme no como a un cotilla sino como a un historiador objetivo, más o menos. El caso es que fue muchos años después y por la incontinente y frondosa lengua de la Arpía, cuando supe de los feroces intentos por parte de la arpía para que ese bebé tan a trasmano y a destiempo no naciera: recuerdo concretamente que contaba que saltaba desde la mesa de no sé cuantos meses con alevosas intenciones hacia lo que venía. El caso es que lo que vino, vino, y no sé si sería el vino, producto altamente consumido por ambos progenitores, o los saltos de trampolín sin piscina de la madre, el caso es que Solita vino con algo que es y no es, no es pero tampoco deja de ser. Es una especie de, pero sin llegar a ser. No sé si me entienden, no sé si me explico.

Dejando la literatura: la niña nació con una especie de desorden neurológico, no es retrasada, pero tampoco tuvo nunca una capacidad intelectual dentro de los parámetros que han dado en llamarse “normales”. Contaba la Arpía como en más de una ocasión habían tenido que salir corriendo de noche de este barrio, por entonces un fin del mundo rodeado de barro y… nada, con la niña en brazos camino de un médico y de cómo la arpía se la encasquetaba en la mantilla “para que se me muriera a mí”, decía la Arpía. Afortunadamente la niña, Solita, salió adelante, de aquella manera, pero salió adelante. Aprendió de su madre a fumar y el mal carácter, el armar mucho ruido, el hablar a voces y poco más. De su padre, que yo sepa y gracias a Dios, no aprendió nada. Nunca pudo desarrollar un trabajo merced, parece ser, que a esas alturas la Arpía ya no estaba y por tanto no tengo fuente de información bien informada, a unos ataques que le dan ocasionalmente, si pudo, en cambio, desarrollar un gusto por la ropa de colorines, los escotes muy profundos y bien lucidos y los pantalones muy bien ceñidos. Por aquel tiempo se hicieron célebres en el barrio los cinco paquetes de tabaco que consumía su Santa Madre y las gloriosas eses que trazaba su padre por la calle, ah, y las gloriosas heces que dejaba en el portal una noche sí y otra también. El mayor de los hermanos se buscó un trabajo lo más lejos posible de su familia y rompió radicalmente con ellos. El pequeño, en cambio, se quedó cerca y mantuvo la relación. Así Solita dejó de ser una jovencita para ser una joven, luego una mujer y más tarde una mujer que empieza a ser madura. Murió el padre, no recuerdo de qué, y a la madre dejó de vérsela por la calle, no por luto, no. Es que estaba sometida a una tienda de oxígeno de la que solo asomaba la cabeza para fumarse sus cinco paquetes y darle al whisky. Así se fue deteriorando hasta que pasó lo que tenía que pasar. Solita se quedó sola en la casa con el apoyo de su hermano que ya tenía familia propia. Bueno, sola, sola, no me atrevería a asegurarlo pues, dado que damos al mismo patio y las cuerdas de tender son muy delatoras, comenzaron a verse en ellas prendas íntimas de un alto nivel erótico-bordado y unos pantalones más largos que ella, que es más bien menuda. Sobre la lencería de Solita no hay más que decir (de hecho, sí habría mucho más que decir pero más bien en un manual de erotismo y sensualidad, no aquí) pero sí sobre los propietarios de esos pantalones. Ella es una mujer apetitosa carnalmente, pero sobre todo alguien fácil de engañar para meterse en su casa, vivir sin pagar una temporada y largarse sin más. A falta de la Arpía que me tendría al tanto, creo sinceramente que esto es lo que ha ocurrido y no una sola vez. Por otro lado, dado el funcionamiento de su cabeza y que la sexualidad no la rige la cabeza sé a ciencia cierta por quienes vivieron esas situaciones cerca de ella que la sexualidad explosiva de los veintitantos no estaba en absoluto controlada sino que se desparramaba a la menor ocasión creando problemas a quienes iban con ella y se sentían en la obligación de protegerla. En fin, no hace falta explicar más. He comentado que Solita había aprendido de su madre el mal carácter. Cierto. Muy cierto. Demasiado cierto. Tanto que no tardó demasiado en romper las relaciones con el segundo hermano, un buen hombre que se preocupaba de ella y hacía lo que buenamente podía pues tenía familia propia y quizás le impidiera hacer tanto como hubiera querido, nadie es siervo de dos amos. Una cosa trajo a la otra y hoy son las administraciones públicas quienes administran su vida y hacienda. Es un personaje entrañable, desagradable y escandaloso por las cuatro calles que conforman el barrio; todos la queremos pues hemos visto desde su nacimiento hasta ahora pero nadie la quiere cerca, a menudo hostil aunque su hostilidad se reduce a pegar cuatro voces, a menudo pegajosa y empalagosa empeñada en contarte cosas que no le interesan ni a ella y siempre, siempre ruidosa en extremo.

De un tiempo a esta parte cada vez que me he ido encontrando con ella tenía hoy un brazo en cabestrillo, se había caído del sofá, otro día una muñeca rota, se había caído en la calle por un coche, llevando muletas pues se había descuajaringado una pierna. Parecía un rosario de lesiones que a algunos, mal pensados con retranca, nos llevó a pensar si no seguiría la tradición familiar de darle al vino como le da al tabaco que ella sola podría mantener Tabacalera. Repito: somos muy mal pensados, es más somos muy mal intencionados y, en suma, un poco cabrones quienes esto pensábamos. Confío en que fuéramos minoría. Digo tal cosa por que hará un mes o mes y algo me encuentro a la ambulancia del SAMUR en la puerta de casa y a sus vecinos de al lado esperando en la calle. Lógicamente pregunté que qué pasaba, más que nada para dejar libre el ascensor, pues soy de quienes piensan que en casos como éste si no puedes ayudar lo mejor es no estorbar. Habían oído ruidos extraños y habían llamado al 112 o eso me pareció entender. Ahí quedó la historia. Pensamos que habría sido una de sus caídas, la pobre lleva ya tantísimas que no extrañaba en absoluto. Sin embargo, hoy he preguntado a un vecino más cercano a ella que los demás. Está ingresada en una residencia. Como consecuencia de su problema neurológico o intelectual o lo que sea la muchacha sufre unos mareos terribles que acaban en caídas y huesos rotos o desvencijados. Las administraciones públicas han decidido internarla, pues a todos los efectos Solita está sola y no la consideran capacitada ahora mismo para cuidar de sí misma. Así que, llorando, tuvo que irse de su casa, de su entorno, de la gente que la apreciamos aunque no hayamos sabido ver el modo de ayudarla y de cuanto conoce. De momento es provisional hasta ver si estabilizan el problema pero ¿nos podemos imaginar el horror si no lo es? Las residencias son un poco jaulas de oro, o de plomo, pero jaulas. Beneficiosas, quizás, deseables, nunca. Solita está viviendo un ritmo que no es el suyo, en un entorno hostil que no conoce, que no sé hasta que punto tiene capacidad para acabar haciendo suyo, sin visitas de caras amigas, de familia, tirada bajo el anónimo, aunque aceptemos que bienintencionado, gobierno de las instituciones públicas. Ajena y, en realidad, traicionada por todo cuanto pudiera haber considerado amigo, amable, querido. Sola en medio de un sistema que, como todos, es ciego y sordo, sin lo que llaman “habilidades sociales” algo que aquí, en su habitat natural, todos teníamos asumido, pero que fuera no le va favorecer el entablar aun las más superficiales relaciones. Tendrá unos cuarenta y pocos años, aun lozana y con muchos años por delante. Si su cabeza se da cuenta de todo esto, no quiero ni pensarlo….