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domingo, 13 de marzo de 2016

El hombre que no quería tener historia (4)



Finalmente recaló en un lugar lleno de humos malolientes, en una pensión donde permaneció casi hasta el final. Trabajaba, bebía y volvía a trabajar. Sólo esa hermana, en realidad esa figura que es la que se esfuerza por mantener los vínculos de una familia que no quiere tenerlos, estaba más o menos al corriente de cómo le iba. Jamás llegó a ningún pariente una felicitación por Navidad, o por lo que fuera, tampoco una llamada. En cierta ocasión se presentó en casa de Gonzalo y Magdalena y al ver que Gonzalo no estaba ni pasó del umbral, dio un jamón a Magdalena y se fue a la estación. Huyendo de nuevo, sin dejar rastro de a qué se desplazó por medio país ni a donde se fue y mucho menos por qué. Así Tino, áspero, agrio, despegado,  acabó por recalar en un lugar como él: inhóspito y hostil. Sólo la hermana que acabó comprando su tumba se preocupaba de sus andanzas, los demás tenían mucho quehacer con sus familias como para andar siguiéndole la pista, ella ,casada y sin hijos, funcionaba –encantada de mangonear en todo lo que pudiera- como una conexión entre cada miembro de la familia con los demás. Siempre sabía donde estaba Tino y hasta que cuando por fin asentó en sus reales fue, como decía ella: “de patrona”, en una familia en la que cayó bien e incluso apadrinó al último de sus vástagos. Cosa a la que, seguramente, se habría negado de pedírselo alguno de sus hermanos, claro que nunca se lo pidió nadie.
El hombre que no quiso tener historia ha dejado estelas más que recuerdos, evocaciones más que imágenes. Cuentan que dibujaba maravillosamente pero no ha quedado ni un dibujo de su mano. Que tenía un cuerpo perfecto pero sus sobrinos mayores ya le recuerdan con barriguita un tanto excesiva, sólo una añeja y diminuta fotografía –la de la procesión- demuestra aquello. Que sabía de hierbas medicinales pero lo que sabía se lo llevó a la tumba pues ni siquiera hablaba de ello jamás. Lo dicho, evocaciones casi ensoñaciones y pronto, tan pronto como la generación de sus sobrinos vayamos cayendo, fantasmagorías. El hombre que no quería tener historia casi lo consigue, entre sus brumas de alcohólico, o mejor decir de bebedor pues nunca quedó claro que llegara a ser un alcohólico como su padre, entre su desapego, e incluso una cierta hostilidad y su forzada cerrazón mental casi estuvo a punto de desaparecer sin dejar huella pero la vida suele jugar malas pasadas y él, como no, no fue una excepción. Seguramente le hubiera gustado morir un día en medio de la calle indocumentado, o cayendo al mar sin que le encontraran pero no fue así. Para algunos como yo fue una suerte y un dolor añadido que no lo fuera, para la inmensa mayoría no tuvo importancia, no más que uno de esos comentarios de “¿sabes quien se ha muerto?”.
Una mañana, supongo, su hermana recibió una llamada de la patrona con noticias sobre él. Estaba en el hospital con un principio de infarto. Allá que se fue la buena mujer al lugar de humos y chimeneas encontrándosele vivo y fuera de peligro, inmediato conviene matizar pues era ya un condenado. Como era cabezón y borrico como pocos cuando quería había aguantado arrechuchos varios sin ir al médico –teniendo en cuenta su experiencia ¿Quién se lo podría reprochar?- y una vez ingresado comenzaron a hacerle todo tipo de pruebas y análisis y radiografías y más análisis y más pruebas y más de todo hasta ofrecer una conclusión que debería haber sido una evidencia sin prueba alguna: hipertensión, lesiones cardiacas, colesterol, azúcar, algo de artrosis especialmente en una rodilla y, lo más lógico teniendo en cuenta su forma de vivir, cirrosis hepática. Demasiado alcohol para cualquier cuerpo por sano y fuerte que fuera. Tenía casi cincuenta años. Imposible volver a trabajar, imposible que la patrona estuviera pendiente del estricto régimen que tanta enfermedad le imponía así que su hermana se lo trajo a su casa, un tercer piso sin ascensor y casi sin marido pues éste pasaba tres de cada cinco días de viaje en el reparto de correos ferroviario. El hombre que no quería tener historia ahora ni podía escapar como tantas veces ni tenía más remedio que encajar en una rutina que no era la suya, tenía que encajar pero que encajara era cantar de gesta bien distinto. De hecho lo que hizo fue incrustarse en ella con la firmeza del granito hasta lograr cambiar la rutina ajena, pues ya dije que cabezón como pocos era Tino, y tener a su hermana pendiente del reloj pues, por ejemplo, si la cena no estaba a las ocho en punto, ni un minuto más, no cenaba. Vil chantaje emocional teniendo en cuenta el peligro que estos caprichos tiene en un diabético, en el fondo era tan sólo aquello de genio y figura y no querer perder del todo su independencia y fama hostil. Claro que no le valía con toda la familia, su cuñada Magdalena, que seguía viéndole como aquel muchacho con la cabeza herida que se reía con las dos amigas un par de horas todas las tardes en Reina Victoria y cuando se ponía burro, es decir casi siempre, le metía un meneo en el hombro y un “tu cállate ya, melón” acompañado de una risa y un colocarle el rizo revuelto de pelo ya blanco obteniendo como respuesta una sonrisa y una pacificación inmediata.
El hombre que no quería tener historia no pudo evitar dejar eso, estelas, en algunos, que, cuando nos miraba, nos parecía que nos entendía más allá de toda palabra y que, con el paso de los años, vamos viendo que así era, abocados a dejar si acaso estelas, fantasmagorías, por más que deseemos y luchemos por enraizar en tiempos y almas, casi nos parecen premonitorias aquellas miradas y aquellas sonrisas de medio lado y las pocas palabras que cruzamos con él. Murió un día de San Lorenzo tras una larga agonía que mejor no recordar ni mencionar. Dejando sólo unas herramientas, un bastón y una caja de zapatos con cosas personales, demasiado personales como para entrar a describirlas. Lo cierto es que no había nada de lo que se supone que podría aparecer en el depósito de las cosas de una vida. Si se quisiera saber de él por lo que allí había se llegaría a conclusiones absurdas, justo lo que él quería, no una historia personal y única como la de todos. Sin embargo, los vacíos decían más que las presencias. Sólo que había que saber leerlos y para eso hacían falta años de experiencia, tener ya un año más que él cuando murió para rellenar esos huecos, esos silencios y, no pocas veces, esforzarse en no querer entenderlos para hacerlo a pesar de uno mismo.
Entre tanto Tino yace en una tumba ostentosa  que ya nadie visita con su apodo presidiendo la cruz, debajo, su nombre oficial. Su hermana, quería que todos acabáramos allí pero nadie irá a esa tumba soleada entres placas deslumbrantes de nichos de mármol, y Tino seguirá como siempre quiso estar, solo y olvidado, en una tierra ajena, lejos del mar y del orballo, del castaño que cubría la casa y de los prados. Como siempre quiso estar, desarraigado e irremediablemente sólo, llenando lo que fue su vida y su muerte de elocuentes vacíos, ensordecedores huecos de silencio que nadie intentó oír, que nadie quiso atender.

lunes, 7 de marzo de 2016

Marzo

Marzo es mes travieso dedicado a mayear o a marcear, según dice el refranero. Lo cierto es que este marzo promete ser de aupa con el panorama ibérico, pata negra, que tenemos. Menos mal, espero, que la Sermana Santa nos quita una semanita de insultos a nuestra inteligencia por parte de nuestros actuales próceres de la patria (permitidme un momento que me tronche de risas varias). Lo cierto es que como historiador no quiisiera tener que hacer un manual de historia de los últimos diez años del Reino. ¡Que memez! que falta de talla y de glamour que falta de tó, coño. Vergoña, que por cierto también les falta, es lo que da el panorama. Lo malo es que ya empiezo a oír aquello de "hace falta que surga alguien que" vamos, el socorrido salvapatrias que viene a joder a la idem y salvar a su familia, que ya nos conocemos, bacalao. Lo peor es que los papanatas panolis de nuestros próceres consciente o inconscientemente estan creando el lodazal para la cría de ese bicho. Por eso para los poderes es bueno que no se estudien humanidades, la historia enseña como van estos procesos y nadie quiere evitarlos así que....
Lo bueno de marzo es que llega la primavera con sus alergias, sus sangres alteradas y su bello etcetera. Espero que venga con algo más de templanza climatológica pues me tiene a mal traer este invierno rarito, sí, por que yo soy el clásico abuelo que le duele esto o aquello según el tiempo y con este invierno me duele todo desde octubre.
En fin, ya veremos, dijo el ciego.

sábado, 27 de febrero de 2016

El Hombre que no quería tener historia (3)



La novia de Gonzalo vivía cerca de esa clínica donde estuvo bastante tiempo y le visitaba a menudo con una amiga. Dos madrileñas pequeñas, pizpiretas, simpáticas y básicamente alegres, Magdalena y Loli, supusieron, o creemos que debieron suponer una conmoción para el hombre triste y adusto en que se estaba convirtiendo. Loli era pícara y muy bonita, Magdalena era más tímida pero sabía seguir el juego aunque jamás lo empezara. Aire fresco en suma para aquellas salas siniestras de los hospitales de la época, sobre todo la risa de Magdalena, preciosa cascada que no perdió hasta casi su muerte el siete de julio hará veintinueve años. Una morena y una rubia, Magdalena y Loli, hijas del pueblo de Madrid, que diría don Hilarión y seguramente habría dicho Tino de haber conocido la zarzuela llegaban cada tarde de visita llenando la sala de sonrisas hasta que un día de buenas a primeras, cuando apenas faltaba un par de semanas para la boda de Gonzalo y Magdalena, Tino se fue, pidió el alta voluntaria y desapareció. La versión oficial es que los médicos querían ahorrar en su tratamiento y en lugar de ponerle en la cabeza una pieza metálica querían hacer una especie de cámara de aire y él se negó. Desde luego, era muy propio de él que o se hacían las cosas a su manera o no se hacían. Sin embargo, a muchos no nos convence esa explicación, sin que sepamos acertar a decir por qué. Una vez más el hombre que no quería tener historia se borró de ella,  ni siquiera una fotografía en la boda de su hermano. Sin huellas.
Sabemos, por qué nos lo han contado, que volvió a la tierra natal, a la casita de piedra bajo un castaño más grande que ella, junto a la abuela que aun hablaba del gobierno como de “la Señora” –supongo que se referiría a la Reina Regente Doña Virtudes, pues aunque anciana, había nacido, según mis cálculos el año de la Gloriosa, 1868 y, por tanto no podía recordar a Isabel II-. Allá, meses después recalaron los recién casados, merced a lo arbitrario de los destinos de la Armada. Magdalena, urbanita que nunca había salido del cogollo castizo de los madriles, tardó en hacerse con el nuevo entorno, sobre todo con lo del retrete fuera de la casa y con los bichos, aunque para compensar disfrutaba de los paisajes, las arboledas y el mar que vio por primera vez en su vida, no se sabe por qué siempre dijo que el mar “le había llegado tarde”, sobre todo cuando aun no tenía veinticinco años. Los dos hermanos la guiaron por aquel mundo nuevo tan ajeno a lo bullicioso de lo más bullicioso de la ciudad. Congeniaron los tres, la abuela, Tino y Magdalena, sorprendiéndose mutuamente con sus rarezas, o más bien con sus respectivos mundos. De nuevo otro destino de Gonzalo se llevó a la pareja al otro lado del país y al año la abuela murió y, otra vez, el hombre que no quiso tener historia se fue. Estuvo en mil sitios, hizo mil oficios para acabar yéndose sin motivo de todos ellos. En la familia corren historias variadas sobre esos años pero con un aroma épico que está muy lejos de lo que era el hombre que no quiso tener historia. De hecho, no la tenía, al menos oficialmente. Las lesiones en el cráneo eran suficiente motivo para darle una pensión pero cuando fue a reclamarla se limitaron a decirle que ese informe era falso pues si tuviera tales lesiones estaría muerto, así que o muerto o trabajando, eran así los tiempos de entonces.

miércoles, 24 de febrero de 2016

El Langui y una vieja lucha

Comenzaré por decir que admiro a este personaje aunque no me guste el rap y alguna cosa más de sus actividades. Dicho lo cual no puedo decir por menos (y ya que a los ministros becados se les permiten ciertas licencias) "OLE TUS COJONES; COLEGUI".
Soy bastante mayor que él y conozco la ciudad en la que no había ni rebajes ni accesos a nada, cuanto menos a autobuses y la lucha que supuso que la EMT extendiera los primeros con accesos a todas las líneas. A pesar de lo cual no se ha solucionado el problema pues como bien dice el Langui, a menudo no salen o entran las rampas, y malo es que no puedas entrar pero imaginad lo que supone que no puedas salir, además según la ralea del conductor se queda a una u otra distancia de la acera lo que puede resultar problemático, o los "puertos" tienen para acceder a la acera otro escalón insalvable. Vamos que hay todavía mucho por hacer.
Ahora que lo que le está sucediendo con una línea de entrada a Madrid, es decir, una de las entradas diarias de los trabajadores a sus puestos de trabajo, es algo más que una infamia. Las sillas como la suya desde luego no son nuevos, hace más de cinco años que tengo una amiga con una de ellas. Eso para empezar. Arguyen que si el peso, pues si un autobús no puede con eso ¿que es, un autobus de los clic? Se preguntaba si es que querían aislarnos. No exactamente, lo que no quieren es vernos, no encajamos en su estética de triunfadores. Cuirioso precisamente en su caso, los demás vaya y pase que no seamos lo que llaman "triunfadoes monines" pero él sí. No sé como lo ha hecho (por que sólo con el esfuerzo no vale) pero lo ha logrado. Quizás por eso sea la persona adecuada para hacer lo que está haciendo con un par. No me entendáis mal: el puede por que es conocido pero eso no le resta un ápice de mérito, otros muchos en situaciones semejantes callarían y no darían la cara. Para hacerlo hacen falta eso, COJONES. No será, dicho sea de paso por el apoyo que está recibiendo, ¿habéis observado que apenas diez personas están a su lado para parar el autobús? Es sobrecogedor el desinterés que nuestra situación y problematica despierta en la sociedad. He ido a manifestaciones en las que ni siquiera las parejas o los padres han acudido. Por eso es aun más meritorio lo que está haciendo el Langui y más flagrante la indiferencia de colectivos que se movilizan rápidamente para evitar la demolición de un teatro o para abuchear a un político.
En fin, lo dicho, OLE TUS COJONES.
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/02/23/madrid/1456219674_834440.html

sábado, 20 de febrero de 2016

El hombre que no quería tener historia (2)



Aquí el hombre sin historia empieza a desdibujarla, voluntariamente o no, no sabemos qué pasó durante un tiempo, ni siquiera si fueron meses o años, y deducimos que sus campos, su casa, las personas queridas hasta entonces, las hierbas medicinales debían estar en su mente demasiado relacionadas con ella, pues fue abandonando todo poco a poco hasta que acabó yéndose de la aldea sin más oficio ni beneficio que las cuatro reglas, algo más pero sin documentar, y sin rumbo fijo. ¿Lo hizo para buscarla o para huir de su recuerdo?, ¿Sería por entonces cuando empezó a beber? Pues sería lo lógico, pero las referencias que tenemos es que no, no más de lo normal en un muchacho de su edad. Sabemos que intentó escapar de la aldea vía Armada, intentando entrar en no sé qué cuerpo pero que no pudo por qué llevaba gafas. Luego nos han llegado anécdotas de cuando estuvo aquí o allá, o acullá, durante “algún tiempo” tampoco sabemos cuánto. En realidad el hombre que no quiso tener historia estuvo muy cerca de lograrlo. Lo que le falló para conseguirlo es que tenía siete hermanos y algunos sobrinos, además esos hermanos eran marinos. Se supone que el marino viaja por mar exclusivamente, craso error, muy a menudo les cambiaban de barco y tenían que atravesar el país en los trenes de los primeros cincuenta, teniendo que esperar en las estaciones quizás doce horas o más para hacer trasbordo. Resumiendo: que no le era tan fácil no ir dejando pistas aquí y allá. Nos consta que estuvo en la zona de los Pirineos, trabajando de no sé qué, y luego las noticias que nos llegan se desperdigan, aquí carpintero, allí fontanero, allá albañil. Siendo albañil en Alcoy fue cuando ese algo que marcó el antes y el después que he venido usando hasta ahora, ocurrió. La gente cercana a él dice que están casi seguros de que murió virgen; yo tengo mis dudas, muchas dudas. En un país en el que hasta el 56 las casas de nenas eran casi legales. De hecho a todos nos consta que estuvo, al menos una vez en una de ellas, y nos consta por qué ese y no otro fue el hecho que marcó su vida. ¿Qué fuera la primera vez que entró en uno de estos lugares? Es posible, pero un hombre soltero, libre, con un sueldo y sin nadie esperándole en la pensión, ¿no resulta lógico que se refugiase en lugares así?
Ahora bien ¿Cómo describir lo que ocurrió aquella noche indeterminada de un día indeterminado de un año indeterminado? ¿hacía frío, llovía, era una triste Navidad de las de entonces, o el otoño y sus vientos y fríos obligaban a buscar reductos de calidez humana aunque fuera pagando? Nadie lo supo, nadie supo nada de aquella noche, salvo uno de sus hermanos, el más cercano en edad y quizás el más unido a él, y aun éste sólo supo del brochazo brutal, no de los matices, no de qué le había hecho ir a aquel antro, no sí iba habitualmente o no. Nada salvo el fogonazo, casi disparo, con que le dijo a Gonzalo en una estación gélida mientras éste esperaba coger el tren para Cartagena con su petate y su gorra de marinero siempre demasiado grande para él. Entre las chicas, sí, esas de “nenas al salón”, tan tópicas, con sus ligueros, corpiños y sus coloretes, tan tópicas que lo más probable es que nunca fueran así, sino mujeres tristes de risas forzadas y pintadas con restos de lo que un día, tiempo atrás, fuera una barra de carmín, pues sí, entre las chicas estaba ejerciendo La Rizosa. No sabemos si habló con ella, no sabemos si usó sus servicios en calidad de cliente. No sabemos nada. Sólo que la vida de Tino se rompió en dos. Sabemos, eso sí, que él continuó su deambular sin encontrar nido o árbol donde ahorcarse. ¿Cuánto tiempo después de ese encuentro ocurrió lo de Alcoy? Tampoco lo sabemos, podemos, aunque no lo vamos a hacer, dar el año exacto en que ocurrió lo de Alcoy pero no cuando entró en el burdel así que no podemos establecer la relación temporal que el hombre sin historia vivió entre ambas rupturas. Trabajaba de albañil, en Alcoy, cuando sufrió un accidente cuyo resultado según el parte médico fue “aplastamiento total de sesos”, según recordaba Magdalena, una de sus cuñadas que lo leyó. Le llevaron al hospital más cercano, no sé cual, donde trabajaba una prima lejana, sobrina de un antiguo director del Prado e hija de una dama de la alta sociedad de una ciudad provinciana y de un carpintero borracho, monja ballenesca y alegre que le atendió en la medida de lo que estuvo a su alcance. Aquella lesión superaba lo que los médicos aquellos podían hacer así que le mandaron aquí, a la capital, a la Mutua en el paseo de Reina Victoria.

martes, 16 de febrero de 2016

El hombre que no quiso tener historia



¿Cómo contar, empezar a contar o siquiera acercarse a la historia de un hombre que no tiene historia? No es cierto, tiene una historia como todos. Queramos o no todos somos protagonistas de una novela; si no se convierte en tal es por la torpeza de los escritores. Si alguien llegara a poder contar ésta sería una historia dura, terrible, en realidad. La de un hombre que quiso no tenerla, que no quiso dejar huellas de ningún tipo en el mundo. Pero ese poder no le es dado a casi nadie y las huellas que dejó, los recuerdos, resultaron ambiguos, obscenos, vulgares y hasta brutales. Una cosa es cierta, si bien no logró eliminar los restos de su paso por el mundo, sí que elaboró un gran engaño pues con esos escasos restos que quedaron se dibujó, queriendo o sin querer, un personaje que era eso: un personaje al que terminaron confundiendo con él. ¿Fue su gran trampa o sólo el reflejo de un hombre perdido?

Unas pocas herramientas, ropa raída, chaquetas de lana y pantalones de botones, pues nunca hubo forma de que usara cremalleras, un bastón o dos, un arsenal de medicamentos, unas gafas de lejos, otras de cerca, un par de zapatos, las zapatillas de estar en casa, la documentación de cincuenta y seis años de vida, alguna foto suelta de las que se hizo para el último carné y dos cajas de zapatos de cartón blanco, ni siquiera se esforzó en que fuera un buen material o en buscar una buena caja de madera; no, sólo dos cajas de cartón blanco sucio y blando conteniendo lo que eran sus recuerdos, quizás el material de esas cajas era el valor que tenían para él aquellos recuerdos. No, no es ese el término, no eran sus recuerdos lo que había guardado allí, era su intimidad que había querido reducir al mínimo en su afán de desaparecer. Ese era el material del que estaba compuesto su personaje. Para conocer al hombre que no quería tener historia hay que ver precisamente lo que no está, lo que no aparece, lo que no se dice, lo que no existe por qué esa fue precisamente la única existencia que tuvo el hombre sin historia.

En su tumba de granito negro con una cruz desmedidamente alta se lee en letras doradas “Tino”, debajo, en letras considerablemente más pequeñas su verdadero nombre que nada tuvo que ver con Faustino, Agustín, o cualquier otro de los que suele derivar este diminutivo y por el cual nadie le hubiera conocido. Cosas de los pueblos pequeños, que nunca se sabe de dónde sale tal o cual apodo. Lo cierto es que tuvo éxito y hasta la propia familia le llamaba Tino. A los pocos años tan sólo ellos recordaban el nombre. Por eso en la lápida alguien quiso que se le reconociera o nadie hubiera sabido quien estaba allí enterrado. La hermana en cuya casa vivió sus últimos años quiso una tumba ostentosa, que se viera, al contrario de lo que él había sido, con la intención de que los parientes que vivían en la ciudad acabaran todos allí. Irónica, sádicamente, ninguno ha ido ni irá a parar allí, una vez muerto no tienes mucha voz y menos voto en estas cosas y ni siquiera a ella la llevaron allí sino que sus cenizas están en una tierra que no es la suya, lejos de la gente de su sangre y por supuesto de la cuasi monumental tumba de granito negro. Tino estará bajo esa desmedida cruz solo, como siempre estuvo. Quizás como siempre quiso estar, era difícil saberlo pues era de trato áspero y pocas palabras. Por lo menos así era después, cuando le conocieron los sobrinos e incluso cuñados y cuñadas. Sólo unos pocos recuerdan como era antes: los que van quedando de la familia y gentes del pueblo. De un lugar de los de antes por que el hombre que no quiso tener historia murió a los cincuenta y seis años, sí, pero hace treinta, los hará el próximo trece de agosto. En los pueblos, al menos desde fuera, la vida lleva otro ritmo, e incluso desde dentro todo parece encauzado por carriles inamovibles que heredan o se trazan muy tempranamente y las parejas ya dibujadas aunque pasaran años antes de oficializarse de alguna manera que Perenganito se había puesto novio formal de Zutanita, generalmente por una preñez tan previsible como inevitable.

En toda familia hay alguien que se ocupa de recoger los recuerdos personales, los que el resto de la familia tiraría sin contemplaciones, y que él, o más generalmente ella, también debería tirar sin mirar, pero que, en cambio, guarda amorosamente, después de una cierta, y un tanto aleatoria, selección. Tino murió joven y además era hombre de poco guardar, tal vez por qué lo fue de mucho viajar. Un culo de mal asiento, claro que eso fue después.

Quienes no le conocimos antes sabemos que se dedicaba a trabajar el campo, que era esbelto y bien formado aunque bajito en relación a los gigantones también esbeltos o escuálidos, según se mire, de sus hermanos, que dibujaba bien sin haber aprendido y que tenía desde niño una novieta a quien, por alguna razón, llamaban La Rizosa, es lo que tienen los pueblos, los apodos se heredan generaciones y, al final nadie sabe por qué a una chiquilla de pómulos altos, barbilla puntiaguda y pelo lacio aunque abundante, se le llama La Rizosa. Dicen quienes le conocieron antes que poseía un cuerpo perfecto, definido y proporcionado. Las fotografías que nos quedan nos dan la imagen de un muchacho sonriente, esbelto y con cierto aire travieso, signo de una inteligencia viva, algo en lo que coinciden todos los que quedan que le conocieron entonces. En una de ellas están cuatro de los hermanos llevando un pequeño paso procesional y tiene cierta gracia como su esquina se ladea pues la diferencia de estatura era realmente notable. Los cuatro sonrientes, no hay más fotos en las que sonrieran, ninguno.

Sabemos que un grupo de jóvenes del lugar se acercó a Vigo el verano del 47, cuando la visita de Evita, mítica e icónica imagen de aquel tiempo de hambres variadas, lo que no he llegado a averiguar es si entre ese grupo iban Tino y La Rizosa. No sé por tanto si esto fue antes o después. Lo único que nos proporciona ese dato es un tiempo, un medio, un ambiente, un escenario como quien dice. Apenas hay fotos de abuelos, tíos y demás pero en una de esas cajas de un hermano de Tino, alguien que se empeñó en organizar dentro de lo posible lo no organizable encontró una foto tamaño carnet. Debía estar tomada en una feria o un estudio pues se ve un ovalo recortado en un cartón o madera dentro del cual debían posar los retratados, en lugar de posar una chica de rasgos angulosos, sonrisa ligera y manos largas, las apoya y sobre ellas la barbilla en el borde inferior quedando medio fuera medio dentro del óvalo. Como no se parecía a nadie que conociera tuvo la inocencia de preguntar. “Anda, sí es la Rizosa ¿qué hace esa foto ahí?” Le contestaron. Lo cierto es que nadie supo dar razones del porque una fotografía de la novieta de Tino acabó en la caja de recuerdos de un hermano que no podía ni verla; la explicación es, sin embargo, simple, cuando falta la persona que recopila los recuerdos familiares pasan a otra, y de ésta a otra más hasta que acaban en el fuego, el contenedor o el Rastro.
            Casi se diría que esa fotografía es la última vez que nadie la vio. Quedaría poético pero no es real, lo real es que una tarde Tino fue a buscarla a su casa entre castaños con su pitillo en la boca para ir al baile y ya no estaba. No estuvo nunca más y por mucho que cuando veía aparecer por el camino alguna moza con la cesta en la cabeza y ese paso peculiar Tino corría al camino, nunca volvió a ser ella. No dejó ni una nota, ni una pista, simplemente se fue. Desapareció, aunque, por desgracia para él, no para siempre. No para siempre.