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sábado, 10 de noviembre de 2012

El hombre que cruza

Desde su ventana, mientras prepara sus clases, le ve. Cada día. Cada mañana, para ser más exactos. Baja por su calle, paso largo, pantalón corto, deportivo, camiseta blanca, zapatillas también deportivas, todo ello ajado, viejo. Cruza la avenida, es su nombre aunque no sea más que una calle estrecha de un solo carril paralela a los setos de un parque, sin mirar. Pelo más bien largo que se agita con su zancada decidida. Cruza los setos sin seguir los caminos, siguiendo los destrozos que otros han hecho, y se pierde cruzando el parque. Camina con prisa, o lo parece, no es desde luego el paso de alguien que quiere hacer deporte ni el de quien ha de hacer caminatas a paso ligero por su salud, es el de quien tiene que llegar a algún sitio con hora fija. Cuando se dio cuenta de su existencia, allá con el final de una fría primavera, pensó que se trataría de esa carpeta que lleva bajo el brazo. Cosa de media hora más tarde le ve aparecer entre los setos, cruzar la avenida y subir la calle arbolada. Con la misma prisa y con una carpeta bajo el brazo que no logra adivinar si es la misma u otra. Nada extraño, cabría suponer, si no fuera por que al rato de nuevo le ve hacer el mismo recorrido, ida y vuelta. Durante toda la mañana. Cuando sale de casa sobre las dos y media suele acabar de bajar con la misma urgencia. Con el paso de los días se fue fijando en él. Es un hombre que rondará por lo bajo la cuarentena, hombros anchos, fibroso, diríase que no tiene un átomo de grasa en su cuerpo, como alguien muy hecho al ejercicio duro; en la cara no tiene expresión pero resulta dura, desagradable, quizás hostil.

Es curioso como alguien que pasaría inadvertido puede convertirse con único rasgo en el centro y el eje de la atención de cualquiera. Nada hace a ese hombre especial, uno más entre quienes viven en una gran ciudad, se supone que convencionalmente apresurados, incluso su desaliño le esconde. Calzado deportivo ajado, calcetín verde militar, pantalón corto del mismo color y camiseta de manga corta blanca. No varía salvo las contadas ocasiones en que el frío extremo le impone un jersey azul oscuro y un pantalón de chándal gris. Nada que no sea corriente, indiscernible del entorno. Sin embargo, chirría. Por lo menos a él, espectador anónimo y distraído desde su mesa de trabajo junto a la ventana, le chirría y le inquieta. Siempre ha tenido que frenar su mente para no montar historias pero los años le han ido ayudando en esa tarea, sin embargo, no puede evitar ver cierto peligro en el hombre que cruza. ¿Alguien que vigila los movimientos de alguien? ¿un correo ilegal dentro de esa carpeta? ¿terrorismo?

Sin darse cuenta va estableciendo las horas en que el hombre cruza, siempre apresurado, siempre sin mirar nada, siempre con la misma ropa y con la carpeta bajo el brazo. No hay norma, no hay horario, no hay nada fijo salvo su figura a paso rápido.

Primero estas apariciones inquietan, excitan la curiosidad, luego se elucubra con ellas, se inventan historias, se hace uno preguntas, más tarde, inevitablemente aunque esas visiones sean de unicornios montados por hadas y guiados por ángeles guardianes, acaba uno acostumbrándose. Así, el hombre que cruza va desapareciendo de su vida y sólo ocasionalmente se tropieza con su visión al levantar la vista de los libros.

Hasta que se encuentra con él, cara a cara, fuera del barrio. En pleno centro de la ciudad, el mismo paso, la misma actitud, la misma mirada que parece no ver nada, la misma indiferencia ante los coches y los semáforos. El baja hacia casa, el hombre que cruza sube tan presuroso como siempre. Ve como casi le arrolla un deportivo demasiado lanzado sin que ni siquiera pestañee ni vacile un segundo en seguir su camino. Quizás no haya camino, no haya punto final de la subida ni lugar donde girar, quizás no vaya a ninguna parte sino que fluya, desorientado y asustado, perdido en un mar de cieno y niebla del que quiere huir, por eso camina a paso de carga, una mente fuera de lo que se considera “normal y sana”, por eso mira sin ver, lanzada a la destrucción de su laberinto bajo las ruedas misericordiosas de un camión.

Descubrir estas cosas a uno le incita la compasión, es cierto, nada nos hace compadecernos más del otro que aquel mal que sentimos cerca de nosotros mismos y cualquier hombre sensato debe sentir cerca la locura o ya no es que esté cerca. Ahora veía al hombre que cruza como quien ve a un suicida, a un iluminado o a un visionario. Le asusta, como a todo ser pretendidamente racional, la pendiente resbaladiza de la mente, le asusta tanto como para quedar paralizado y no asumir un papel protector, como por ejemplo enterarse de quien es y avisar a la familia o informar al menos a las autoridades y quitarse la responsabilidad de encima. Está demasiado asustado por la cercanía de la demencia y se paraliza. Lo peor es que él sabe que hay algo más, algo inconfesable pero que se podría verbalizar de un modo tan brutal como: “cuando alguien le atropelle ya no tendré que enfrentarme a su deslizarse enloquecido, perderé de vista esa amenaza y estaré más tranquilo”. Demasiado inhumano pensamiento para ser reconocido como propio, demasiado potente como para negarlo. Durante el invierno se esfuerza en convertir esa repugnancia intelectual en lástima, misericordia o algo que sea menos ofensivo para su autoestima pero apenas logra más que fingir una indiferencia forzada. Se tranquiliza cuando el frío se va alejando y esa indumentaria tan escueta va quedando menos fuera de lugar y, sin querer, a pesar suyo incluso, se siente bueno hasta lograr convivir en paz con el hombre que cruza y su idea de él. Primer paso para el olvido.

Aun viene el viento fresco pero el sol mañanero ya calienta incluso a primera hora de la mañana. Le gusta aprovechar esas mañanas para solucionar las gestiones que va abandonando a lo largo del invierno. Apenas son las ocho de la mañana pero ya inicia la subida de la cuesta que sale del barrio camino del ministerio, como le gusta hacer las cosas, con tiempo, sin apresuramientos ni agonías. La cuesta, según sube, se va incrustando en lo que debió ser torrentera del casco viejo de la ciudad; a un lado quedan casas viejas, un rombo recordando que allí nació no sé quien, un descampado, una antigua fuente, como todas sin agua, ropa tendida; al otro un aun más empinado parque, césped, pinos retorcidos y espaciados donde el sol refulge e irisa el riego de los aspersores. En pie, sobre el césped, lejos de la calle pero no lo suficiente, está el hombre que cruza, por primera vez le ve quieto y sin la carpeta debajo del brazo. La sorpresa le hace detenerse en la acera desierta. El hombre que cruza está sin su consabida camiseta blanca, con los pantalones en los tobillos y el calzoncillo, también verde militar, por debajo de las rodillas, la mano izquierda en la nuca, los ojos cerrados, expresión de deleite al sentir la brisa y el sol envolviendo su cuerpo desnudo y salpicado por los aspersores, la mano derecha en el inequívoco gesto de masturbarse. La viva imagen de la alegría de vivir, del gozo de simplemente estar. Se pregunta qué mente está deslizándose fuera de todo control, un autobús baja, como siempre, a toda marcha e incluso baja un pie de la acera para saltar bajo él pero no es lo bastante rápido. Sube de nuevo a la acera, saluda al hombre que cruza con la mano y sigue subiendo camino del ministerio.

jueves, 8 de noviembre de 2012

¡Lárgate Ana!


Por ilégitima al ocupar el puesto a dedazo limpio.
Por deslegitimada por la gestión del asunto del Madrid Arena.
Por elitista.
Por desalmada abandonando una ciudad de luto.
Por vender la ciudad,  todos sabemos a quien.
Por respaldar lo intolerable.
Por no reaccionar ante lo que tienes dentro de tu "equipo de gobierno".
Por trepa.
Por cínica con asuntos como las peras y las manzanas o los bomberos.
Por todo eso queremos que te vayas pero YA y bien lejos.
Atentamente.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Nuestros muertos

En estas fechas, cuando los crisantemos florecen, son las que la tradición manda para recordar a nuestros difuntos. No es de extrañar. En todas las culturas existe la creencia, no tiene por que ser falsa, de que hay momentos en que el muro que separa el mundo de lo natural del sobrenatural se hace más fino, permeable, y así San Juan, Nochebuena y algunos momentos más del año, como éste, tienen ese poder, en realidad, en un nivel práctico no es estrictamente una fecha pues entre Halloween, Todos los Santos y Los Fieles Difuntos (que ya nadie parece recordar que es el dos de noviembre) se convierte más bien en un periodo que en un instante. Es tradición precristiana que los poderes eclesiásticos hicieron suya al no poder eliminarla. A mí me gusta, sé que no es políticamente correcto para mi edad, formación y pensamiento pero, como ya sabéis, lo políticamente correcto me trae al pairo. Me gusta por que, en cierto sentido, me convierte en eslabón de una cadena, aunque sea el último, y por los huesos de santo, y por que es tiempo de visiteo, aunque no se haga, y por que, por un tiempo, poco, me libero de los muertos.

Hace poco tuve una larga charla con un amigo. Apenas le llevo un año pero él aun no ha empezado. Me explico. Aun no ha perdido a nadie realmente cercano, sí, claro, a un par de tíos del pueblo a quienes trataba poco, a los abuelos en la infancia, esas pérdidas que cuanto más joven eres más naturales ves, por que el abuelo te parece viejísimo o por que realmente lo es. Sin embargo, otros, llevamos ya una carga de muertos en nuestra vida, cercanos, gentes que tratábamos todos los días y a los que, de un modo u otro, amábamos. Personas que, al marcharse, han cambiado nuestra vida, nuestra relación con el mundo y hasta nuestra cotidianeidad. Muchas de ellas con largas enfermedades que hemos vivido de cerca y que, en no pocas ocasiones, han hecho sino desear la muerte sí verla como un alivio para ellos. O eso hemos querido creer para hacérnosla más soportable. Cada una es hoy un silencio estruendoso, un rosario de recuerdos, de fechas, de gustos, de datos, de recuerdos que, sin que nos demos cuenta traen otros y éstos otros más. Unos se enredan con otros y con otros más. Hoy hace años del tío Jacinto, mañana de la abuela Juana, el viernes hará años de la boda de la tía Rosa, que en paz descanse. Así empieza la telaraña, de ahí a “¿te acuerdas cuánto le gustaba el turrón de guirlache?”, o “calla, que menudo disgusto el día que se nos olvidó comprarlo”, para seguir con “lástima que se fuera tan pronto” o peor aún, “si hubiéramos ido antes al médico”, “le pasó lo mismo al tío Pedro, debería haber ido antes al especialista”. Los recuerdos del tío pasan a enlazarse con los de la abuela, con los del amigo, con los del primo hermano, con los del suegro; las fechas se solapan, a veces se confunden, a veces se diluyen en “sé que fue en agosto pero no me preguntes que día”. Luego vienen las reflexiones, esas reflexiones inútiles que nos hacen tanto o más daño que el que nos hizo en vida quererles: “si hubiera bebido menos”, “con lo buena persona que era tenía un pronto que te cruzaba la cara si te descuidabas”. Lo peor no es eso sino que el turrón de guirlache no te sabe igual sino que tiene regusto a ausencias y casi, casi, llegas a echar de menos las bofetadas, sólo casi y aún así sueles acabar diciendo “pobrecillo”

Y las cosas, aquel jarrón espantoso que te regaló tía Enriqueta que conservabas para que no se ofendiera cuando iba a casa se convierte en algo sagrado, ¿cómo vas a tirar el jarrón con el cariño con que te lo compró?, ¿y las gafas del abuelo?, ¿y la pulsera rota en siete pedazos de la abuela?, ¿y la acuarela del primo Andrés?, ¿y el alfiler de boda de la bisabuela de la vecina que nos dio con todo cariño? Además, lo primero que hacemos todos (creo que todos, a lo mejor somos sólo los especimenes que compartimos genética) al faltar alguien querido es hacernos con una fotografía y ponerla en un marco. Así nuestros muebles empiezan a parecer altares de los antepasados pero no es eso lo peor sino ¿cómo vamos a deshacernos de la “galería de difuntos” de tía Eulalia? De ahí solemos quedarnos con quienes compartimos con tía Eulalia pero no tenemos corazón para romper las otras fotos de gentes que no conocemos. Las sacamos de sus marcos que aprovechamos para otros difuntos y las guardamos en las clásicas cajas de bombones que se nos van llenando de niñas de comunión perfectamente desconocidas, bodas anónimas y caras pueblerinas que no hemos tenido el gusto de conocer. A veces son cartas que tío Antonio guardaba con mimo en una caja de puros, de hace cincuenta, sesenta años. No las leemos por un profundo respeto a su intimidad y no las quemamos por la misma razón. Yo mismo conservo un tratado de Latín que escribió el padre de un medio pariente que me lo dio para que lo guardase por que sabía que sus sobrinos lo tirarían, y una colección de revistas que una compañera de hospital que por entonces tenía cerca de noventa años quiso que no se perdiera, y un duro que me regaló la madre de mi vecina el día de mi comunión, y un billete de cien pesetas con la efigie de Bécquer sólo por que fue el último regalo de una amiga de la familia, y un abanico hecho con palos de helado de plástico con lentejuelas (sí, ni os lo imagináis) por que alguien me pidió que no dejara que se perdiera ese regalo de su hermano, e incluso me hizo prometer que si tenía ocasión bautizaría a mi hijo o ahijado con el nombre de ese hermano llorando a lágrima viva.

 
Que esa es otra, las deudas con ellos. Las deudas con nuestros muertos, éste nos enseñó a apreciar la pintura, aquella hacía unas croquetas que le han debido ganar el paraíso, el de más allá nos enseñó la técnica para envejecer la madera. El tío Pepe venía a poner las luces al árbol de Navidad, el primo Olegario consiguió que nos entrara en la cabeza las bases del álgebra, con algún pescozón, eso sí, pero lo hizo. Así cuando ponemos las luces en nuestro árbol de Navidad o cuando probamos unas croquetas, envejecemos un marco o resolvemos una ecuación se nos hacen presentes a veces trayendo una sonrisa, a veces una congoja.

Fechas, actos, cosas, deudas, todo ello teje una telaraña personal que se trenza con la de tu seres queridos vivos y los recuerdos de las enfermedades, de los comportamientos en torno a ellos, de los hospitales, de cómo cayó fulminado sobre el regazo de alguno de nosotros, cumpleaños, aniversarios de boda, “tal día como hizo la comunión su niña, iba él más contento”, de muerte. Para que no se nos olvide tenemos los recordatorios, objetos fetiche a los que nos aferramos irracionalmente.

Así, nuestros muertos nos van envolviendo hasta casi materializarse como ectoplasmas. Sin embargo, no es esto lo peor, ni siquiera esas ausencias que nos van dejando el alma y la vida como un queso gruyere. Lo peor es el perpetuo, continuo, recuerdo de su muerte y de su enfermedad. Quienes hemos vivido de cerca esas enfermedades las tenemos presentes como yagas que no cierran nunca, si largas por la angustia inenarrable que suponen, si fulminantes por el bayonetazo que fue un cambio brutal de vida en quince minutos o, peor aun, treinta segundos. A algunos el sonido del teléfono les pone el corazón en un puño por que fue así como supo del accidente, a otros son los aviones por que fue un bombardeo lo que se llevó por delante a su pariente, la sirena de una ambulancia, una tos, el aria de la Reina de la Noche que yo escuchaba mientras a unos pocos kilómetros me estaba cambiando la vida para convertirla en un infierno.

Siempre presentes, incluso en los momentos felices en los que te esfuerzas por no pensar en los huecos, siempre hay alguien que cae vencido y “que pena que no esté aquí el abuelo” y su presencia desembarca en una larga conversación recordando sobre todo su agonía, su enfermedad, su muerte. Aunque haga ya treinta años y estemos en la comunión de un bisnieto que no llegó a conocer.

A veces su envoltura es acogedora, a veces divertida, a veces, la mayoría, una tortura refinada que nos aprieta el pecho. Por eso, en estas fechas, yendo a los cementerios, comiendo los huesos de santo, me parece que hago las paces con todos ellos, que me libero de intentar no pensar en ellos, que tengo bula para hacerlo, para enfadarme con ellos, para reírme con ellos o para llorarles. Para eso florecen los crisantemos, las hojas se tiñen de rojo y llueve.

Claro que siempre hay otra forma de verlo.

sábado, 27 de octubre de 2012

La rosa de tela


Una de las pocas cosas que le hacen tolerables sus demasiado frecuentes visitas al hospital es que puede ir caminando. Cierto que la mayoría de las veces a horas intempestivas en la que los únicos peatones son quienes esperan los autobuses para incorporarse al tráfago de la ciudad y el trabajo y quienes pasean al perro con la bolsita en la mano, algunos con prisa, otros con toda la calma del mundo. Las calles suelen estar mojadas y cuando no es invierno suele ir descubriendo el despertar de los brillos grises de las aceras y el asfalto, la revelación de los verdes y el opaco definirse de los ladrillos. El espectáculo cotidiano que nunca sorprende pero que tampoco deja hacerlo, nunca es igual aunque el proceso sea el mismo.

Le gusta especialmente ver las gotas en el césped de los parques que atraviesa y, cuando las consultas son un poquito más tarde, correr a los chiquillos que llegan tarde al colegio. Le gusta mirar. Dejarse penetrar por la realidad que le circunda hasta sentir como si se deshiciese en ella. Le gusta observar con su paso lento y casi sibarita cada detalle. La luz que se enciende, el perro que se escapa del dueño, el apacible tono marrón de la hoja caída, el tono de los primeros rayos de sol en las bases de las nubes y el envés de las hojas de los chopos cuando las agita la brisa. Le gusta mirar. No sólo lo convencional, a veces en un simple trozo de acera descubre una infinita gama de matices, sombras, objetos, colores, y, en contadas ocasiones que le hacen llegar casi tarde a la cita, vidas enteras en un par de detalles: una mancha de sangre, de vómito, un trozo de papel de regalo con restos de cinta dorada, un camioncito de juguete, confeti, un zapatito, o un vaso medio lleno de algo que bien puede ser cerveza o el fruto de una vejiga demasiado borracha.

El último septiembre subiendo la cuesta junto al parque disfrutando del amanecer que iba iluminando las hojas más altas de los árboles que, aquí y allá, comenzaban a amarillear, recorriendo con su mirada cuanto le rodeaba vio junto a su zapato una rosa de tela, no de esas más o menos toscas que se usan para floreros o para sepulturas y ahorrarse así las naturales. No, era de un tejido semitransparente, beige, con el reborde de los pétalos ligeramente más rígido, un tallo de pocos centímetros y una hoja verde. Uno de esos prendidos que usan las señoras en los tocados de gala o en los vestidos de ceremonia. Lo sabía por que allá por el… hace un montón de años, cuando él todavía estaba vivo, su madre lució una parecida sobre un vestido azul eléctrico para la boda de un primo. Fue el canto del cisne. Ésta del suelo, ajada y empapada era algo más clara, menos pastel. Era lunes y lo mismo podía habérsele caído a la madrina de una boda el sábado por la noche que haber salido del contenedor en el que alguien estuviera deshaciendo una casa y su portadora hubiera muerto treinta años atrás. Siguió su camino un tanto entristecido, aunque burlándose de su mentalidad romántica que apenas podía dejar de imaginar historias sobre aquel trozo de basura.

Al día siguiente le volvía a tocar consulta, una de esas revisiones pesadas y absurdas que nunca llevan a ninguna parte, y volvió a hacer el mismo recorrido un poco antes, eso sí. Las calles estaban más mojadas, había menos perros escapándose y las hojas más altas de los árboles todavía no habían sido tocadas por el sol, aunque ya había suficiente luz para que las farolas estuvieran apagadas. No se dio cuenta de que la rosa estaba allí hasta que pisó el tallo, los eficientes servicios de limpieza no debían haber pasado por allí aquel día. Alguien había aplastado los pétalos llenándolos de barro, con la punta del pie arrincona junto al césped la maltrecha flor.

Cada vez que se sube una cuesta normalmente hay que bajarla, la espera ha sido eterna y es tardísimo cuando ese día le toca bajarla, el sol aprieta y el estómago vacío clama por sus derechos. Inconscientemente baja la mirada justo a tiempo para verla, aún húmeda, supone que ahora a causa de los aspersores. Se acuclilla y acaricia el tejido de uno de sus pétalos, seguramente sea gasa pero no entiende tanto de telas, rígido por el barro. Como si fuera un gorrioncillo herido la toma entre sus manos formando un nido, sonríe y baja a buen paso la cuesta. Desde entonces la rosa de tela beige preside su casa destacando entre las que rellenan un florero de cristal, delicada entre las resistentes, traslúcida entre las chillonas, extremadamente llamativa precisamente por no serlo y él. Él no puede evitar una sonrisa cuando la mira ni una caricia cuando pasa cerca, claro que tampoco una autoburla por su mente sensiblera y sentimentaloide. La sonrisa se hace más amplia y profunda.

lunes, 22 de octubre de 2012

Lluvia

Gustave Caillebotte (1848-1894), fue un pintor francés, coleccionista, mecenas y personaje muy cercano al círculo impresionista. Más cosas en Santa Wiki.
Ni siquiera conozco el título de esta hermosísima pintura. No hace falta. Caillebotte es mucho más conocido por sus "Acuchilladores de parquet" que por obras como esta. Sin embargo, pocas hay que trasmitan la atmósfera melancólica y gris, casi el sonido de las gotas y de los pasos del paseante por esa orilla. La humedad nos cala los huesos y el aire se hace más denso. Un trozo de vida.
Reconozco humildemente que me he encontrado esta obra por casualidad navegando sin rumbo por la red, pero vale la pena, una obra por sí misma valiosa aunque fuera anónima y no se relacionase con personaje tan bien relacionado. Ampliad la imagen y dejad que las gotas caigan en el agua, que el tiempo pase ante ella.
Otra obra olvidada pero que, una vez conocida, resulta difícil de olvidar.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Canas

La experiencia de mirarme al espejo nunca ha sido de mis favoritas (el narcisismo lo debo llevar por otro lado) así que cuando lo hago es por cuestiones estrictamente funcionales: el rizo indomable, la barba igualada y demás pequeñeces estéticas. Sin embargo, hay otros espejos en los que no puedes elegir mirarte o no.

El otro día recomencé mis clases y no pude evitar darme cuenta de cómo había cambiado en estos tres meses de vacaciones. La devastación interior que se ha precipitado –especialmente esa tarde- ha terminado saliendo al exterior. Como soy muy pillo dejé que la conversación fluyera y acabó en la edad, así que solté como quien no quiere la cosa el tema de las canas afirmando que se me habían multiplicado, la respuesta fue una afirmación general. No es que me importe tener el pelo más o menos canoso sino el por que de esa repentina velocidad en el proceso; me preocupa el cataclismo interior que no puedo remediar, por más que haga, por más que me esfuerce.

A no recuerdo quien que le pedía un retrato, Felipe IV le contestó que ya sabía lo vago que era Velázquez y que, además, últimamente le daban miedo los espejos. Viendo el último retrato del monarca que hizo el Rey de los Pintores se entiende perfectamente la actitud del pobre Felipe.

Dentro de unos días tengo una reunión familiar y me dan miedo los espejos. Esos que no puedes evitar ver. Esos que ponen de repente ante la realidad de que las pequeñas cosas de tu pasado pesan más ya que todo tu presente y todo tu futuro.

Todo, empero, tiene su toque de humor y no hay por que dejarlo atrás, Ayer esperando el ascensor en el hospital apareció, cual hada inesperada, una diminuta mujer, no tendría más allá de los treinta y poquísimos, bata blanca abierta dejado ver un vestido azul, adornos coquetones, muchos. Morena de verde luna, pelo negro, y –y aquí me perdí- calzando unos zapatos de tacón realmente glorioso. Ninguna belleza pero sí una mujer femenina y grata a la vista, voz suave y dulce en las pocas y convencionales frases (¿usted sube?, Ya está aquí) Una delicia poco corriente y más en un hospital masificado que se vio repentinamente deshecha con el comentario a otro pasajero sobre mí: “Este señor se baja aquí”. Hacía tiempo que lo esperaba, al fin y al cabo tengo 53 años, pero ayer me llamó señor por primera vez un adulto, adulta en este caso. Bueno, concedido el espacio al humor que merece la anécdota, volvamos donde estábamos.

Al abrir los armarios buscando la corbata me encuentro con todas las viejas ocasiones en que he usado cada una, con que venga la moda que venga tengo una corbata que encaja y lo que es mucho peor: que me da igual una que otra. Al abrir los armarios encuentro pulseras, anillos, relojes, y con ellos las viejas ilusiones, las alegrías, con que los compré o los recibí. Lo malo de las pequeñas cosas no es su presencia inesperada, no es que te pillen con la guardia baja y te hagan llorar a solas, como dice Serrat, no. Lo malo de las pequeñas cosas son aquellas que no están, los huecos que dejaron las que se perdieron, los que se fueron, y –las peores de todas- las que nunca estuvieron y se fueron convirtiendo en esperanzas vanas a las que uno nunca sabe en que momento renunciar.

Y uno siente la necesidad de vaciar los armarios hasta que no quede ni una mota de polvo y prender fuego a todo, como si destruyendo el pasado se pudiera partir de cero, recuperar la ilusión por algo, pero uno ya lleva demasiadas cosas –y me refiero a cosas- en sus espaldas, cosas que si renunciara a ellas sería renunciar casi a su esencia misma. Uno no puede partir de cero ni inaugurar una casa vacía. Así que con esa hoguera sólo conseguiría más espacio, eso sí.

Una de las esperanzas a las que no sé cuando renunciar: estar delgado

viernes, 12 de octubre de 2012

Letania de Madrid (homenaje a Ramón) 4



Madrid es: una mujer muerta en la calle.


Madrid es: un anciano muerto en su casa y descubierto seis meses después.

Madrid es: un gato esperando que un desconocido le lleve su comida.

Madrid es: un universo en un balcón.

Madrid es: una vidriera entrevista al paso.

Madrid es: que un pintor llamado Victoriano pasase a la historia llamándose Juan.

Madrid es: la lucha por la supervivencia de cada edificio, de cada rincón.

Madrid es: Joaquín Sabina, que no es madrileño, y Ana Belén que nació en la calle del Oso

Madrid es: que en un cruce las tres calles sean la misma.

Madrid es: el monumento al inventor de la taquigrafía.

Madrid es: que se pierdan las esculturas.

Madrid es: San Judas, Jesús El Pobre, La Paloma, La Almudena, La Virgen de Atocha, Medinaceli, San Isidro, San Andrés, el Niño del Remedio y La Macarena.

Madrid es: los Simpecado en El Retiro.

Madrid es: la fanfarria de destellos que deja el sol al despedirse en las ventanas de Palacio.

Madrid es: la noche llegando vestida de rosa y lila.

Madrid es: otro socavón.

Madrid es: la noche de reyes.

Madrid es: un oratorio en Fuencarral junto a una tienda de ropa para Dragg Queens.

Madrid es: caramelos de violeta.

Madrid es: que a una de las fueron principales entradas de Madrid se la llamara “Puerta Cerrada”.

Madrid es: una puta en la calle de la Cruz.

Madrid es: una cuesta.

Madrid es: unos gorriones robando las patatas fritas en las mesas del Retiro.

Madrid es: el paraíso del ladrón de guante blanco, de corbata y traje, de apellido ilustre. Del ladrón en suma.

Madrid es: el fascismo imparable.

Madrid es: una puta, una zanja, una puta, una obra, una puta, un andamio, una puta, una zanja.

Madrid es: sentirse despreciado y amordazado.

Madrid es: un montón de gente que no quiere estar aquí a la que nada le importa ni la ciudad ni sus desgracias.

Madrid es: un montón de gente que no se va, literalmente, ni muerta.

Madrid es: sobrevivir para ver el nuevo desastre promovido por el ayuntamiento.

Madrid es: un churro comido en Esparteros.

Madrid es: una mordaza vieja.

Madrid es: una mendiga institucional en Preciados.

Madrid es: una araña de cristal colgando de un edificio a medio derruir.

Madrid es: la Milagrosa en una garita.

Madrid es: “Asegurada de incendios”, “Gas en cada piso”, “Casa fundada”, “Carnecería”, “Fábrica de pan”, “Fábrica de patatas fritas”, “Degustación de café”

Madrid es: el olor a café en “La Mexicana”.

Madrid es: aroma de libros apolillados.

Madrid es: un botijo.

Madrid es: entresijos, gallinejas, fritangas de madrugada.

Madrid es: un “pa chasco”, un “no te digo lo que hay”, un “mosanda”, un “sodicen”.

Madrid es: Bravo Murillo lleno de gente a cualquier hora, cualquier día, cualquier estación.

Madrid es: Pepita Jiménez, Pedro Vargas, el Gaitero de Gijón.

Madrid es: que entre Ciudad Rodrigo y Pontejos quepa el universo (y sobre espacio)

Madrid es: Fortunata, Jacinta, la de Bringas, la Nardo, la Raimunda del palacio de Linares, La Mariblanca, María de las Mercedes.

Madrid es: que nadie sepa y a nadie le importe quien fue Don Pedro, el de la calle.