
Hace un tiempo comencé una serie de entradas bajo el epígrafe “Razones para no reencarnarme” o algo parecido. Hoy buscaba tema para hablar aquí, no es que me falten temas pero os habréis dado cuenta de que estoy procurando, siguiendo a quienes saben más de blogs que yo, desterrar la actualidad, la infame actualidad, de estas entradas. Decía que estaba buscando de qué hablar cuando me encontré mientras miraba mis estanterías con los lomos, viejos, polvorientos y amontonados, de mis libros. Alguien me dijo hace poco algo quizás triste pero no sólo real sino increíblemente hermoso. Hablaba yo de deshacerme de parte de mi biblioteca por imaginables problemas de espacio. Entonces me dijo: “No, al fin y al cabo, son lo único que tienes”. Y es cierto. En ellos, junto a ellos, frente a ellos, tras ellos, persiguiéndoles, rebuscando, gozando entre ellos está mi vida. Si algún momento de felicidad he tenido ha sido perdido entre sus páginas, si algún éxito, por miserable que haya sido, ha sido por ellos. No me recuerdo sin un libro cerca. Mañanas de Reyes, cumpleaños, hospitales, enfermedades siempre con un libro en las manos o en mi radio de acción. Austral, Cátedra, Castalia, son nombres casi de la familia, como Pepita Jiménez que tanto me costó encontrar, Losada, creo recordar que era la editorial argentina en la que tengo a la buena de Pepita. Como Fortunata, como Ana, como Remedios la Bella o Cleopatra.
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Cuando era niño, recibía muy a menudo regalos de libros. Eso sin contar con que el hecho de comprarme un libro de Bruguera no era considerado regalo en mi casa sino como quien compraba algo vital. Había una familia malagueña que contaba los días para que la mañana de mi cumpleaños me llegara por correo un libro. Entonces traían los paquetes a casa. Libros grandes, ilustradísimos, Maravillas del Mundo, Cuentos y leyendas de todo el mundo, La vida en el mundo antiguo. En ellos vi por primera vez al Gran Buda de Kamakura, al joven pescador Urashima o las Parisinas cretenses. Cierto que a la gran literatura llegué tarde, pero devoraba la literatura menor y, sobre todo, las imágenes.
Pero los libros no llegaban a mí sólo por estos conductos. Cuando alguien se topaba con un libro viejo, antiguo, de cuando era niño, o de cuando era niño su abuelo, aunque estuviera roto, aunque estuviera sin tapas, acababa dándomelo. Así descubrí la verdadera historia de Cenicienta, a Simón el Bobito, o la fuente japonesa que daba vino al joven leñador por su piedad filial. También descubrí el inefable encanto de los libros viejos. Las ferias del Libro de Ocasión, la Cuesta de Moyano han sido para mí paraísos en nada artificiales. Caminos a mundos que ni siquiera se pueden imaginar.
¿Hay algo más conmovedor que encontrar en un libro comprado en una librería de viejo una dedicatoria “A Marga con todo cariño esperando que te recuperes pronto, Pepe. Marzo 1947”, mal año para recuperarse de algo. O, entre las páginas polvorientas de un libro una postal sin escribir, marcando una página. Así encontré un San Sebastián de Il Sodoma, (precisamente de Il Sodoma, que tiene su aquel) entre las páginas de “Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima. Revelador y sugerente descubrimiento, quizás un buen principio para una novela.
Otras veces es el propio libro, viejo, apolillado, que encuentras en puestos de lance o simplemente en la basura el hallazgo, el elemento discordante que te cambia la vida o la pieza del puzzle que te faltaba para darle sentido. Nada como el olor del papel viejo o el color amarillento de sus hojas para que el texto cobre sentido. Otro sentido que le hace fetiche, piedra de toque de evocaciones de tiempos vividos y no vividos. El libro así pasa a ser algo más –por si ya no fuera suficiente- que un deposito sacro de sabiduría, algo que se lleva pegado en la piel del alma y por mucho que se lea el texto en encuadernación mejor, más moderna, incluso más bella, siempre será el viejo volumen, ajado, polvoriento, amarilleado de tiempo y lecturas, el que se evoque cuando su título resuene en nuestro oído.
En casa teníamos parte de la célebre colección Popular Literaria, allí leí mi primer Dorian Gray, la primera de muchas lecturas de esa obra. Estaba el libro viejo, las esquinas curvadas, el lomo despegado casi del todo, y, en la tapa un caballero de capa y sombrero, Dorian Gray, yo tenía quince años y estaba ante un inmortal en cartulina vieja. Lo leí varias veces en aquel volumen que parecía que se me iba a desencuadernar entre los dedos, así que en cuanto pude me compré una edición moderna, tapa dura, preciosa pero carecía del placer sensual que tenía el primero y cuando evoco a Dorian Gray (unas cincuenta veces al día) es el color marchito de sus páginas y el caballero con la chistera lo que viene a mi mente. Me recuerdo leyéndolo en el coche, esperando bajo la lluvia, mañanas grises enteras con él entre mis dedos, entrando insensible como buen veneno en una mente, la mía, deslumbrada y en absoluto preparada para recibirle.
Hace poco también me dijeron otras palabras, a las que no quise prestar atención: “Por circunstancias [cito textualmente] he tenido que deshacer tres casas en poco tiempo y, mira, de lo que no hay manera de deshacerse es de los libros, nadie los quiere, ni las bibliotecas”. Al poco leí en un periódico que pronto el libro será un articulo “vintage”.
No quiero reencarnarme en un mundo donde no pueda oler el papel viejo, fascinarme ante una estantería llena de volúmenes ajados, o encontrar una postal, un recorte o un billete de lotería marcando la página. Ahora, desde que escuché aquello, las paredes de mi casa tapizadas de estanterías, parecen pesar más, como si fueran el corredor de la muerte para los libros que las ocupan. Nadie más vendrá detrás a posar sus ojos en ellos, nadie más abrirá sus páginas y se fijará en mis subrayados, nadie podrá encontrar la postal con que marqué mi poema predilecto o la flor aplastada de aquel verano que pasé entontecido por una melena pelirroja. Nadie se preguntará por que está desvencijada Doña Rosita, con la que casi abro una brecha en la cabeza de un gilipollas, ni quien demonios sería esa M. que firma la dedicatoria de “El señor de los anillos”. Sí, los libros, los míos y los que no lo son, es lo único que tengo. No quiero volver a un mundo donde ellos no estén.